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Autor: José Antonio Loarte | Fuente: Congregación para la Educación Católica Los Padres Apostólicos Siglos I II
Se les denomina apostólicos por haber conocido personalmente a los primeros apóstoles.
TESTIGOS DE LOS COMIENZOS (SIGLOS l-ll)
Después de la Ascensión
del Señor al Cielo y de la venida del Espíritu
Santo en Pentecostés, los Apóstoles, cumpliendo el mandato de Cristo,
se dispersaron por todo el mundo entonces conocido para llevar
a cabo la misión que el Señor mismo les había
confiado: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os
he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 19-20).
Muy
pronto, comenzando por Jerusalén y por Judea, el Cristianismo se
extendió por toda Palestina y llegó a Siria y Asia
Menor, al norte de Africa, a Roma y hasta los
confines de Occidente. En todas partes, los Apóstoles y los
discípulos de la primera hora transmitieron a otros lo que
ellos habían recibido, dando así origen a la Tradición viva
de la Iglesia. Los primeros eslabones de esta larga cadena
que llega hasta nuestros días son los Apóstoles; de ellos
penden, como eslabones inmediatos, los Padres y escritores de finales
del siglo I y primera mitad del siglo II, a
los que habitualmente se denomina apostólicos por haber conocido personalmente
a aquellos primeros. El nombre proviene del patrólogo Cotelier que,
en el siglo XVI, hizo la edición príncipe de las
obras de cinco de esos Padres, que según él «florecieron
en los tiempos apostólicos». En esa primera edición, figuran la
Epístola de Bernabé (que entonces se supuso equivocadamente que había
sido escrita por el compañero de San Pablo en sus
viajes apostólicos); Clemente Romano (que efectivamente, según el testimonio de
San Ireneo, conoció y trató a los Apóstoles Pedro y
Pablo); Hermas (a quien erróneamente se identificó con el personaje
de ese nombre citado por San Pablo en la Epístola
a los Romanos); Ignacio de Antioquía (que muy bien pudo
conocer a los Apóstoles), y Policarpo (de quien San Ireneo
testimonia explícitamente que había conocido al Apóstol San Juan).
A estas
obras se unieron poco a poco las de otros Padres
o escritores de esa época que se fueron descubriendo: la
«Didaché» («Doctrina de los Doce Apóstoles»), que es el más
antiguo de estos escritos; la homilía llamada «Secunda Clementis» (se
atribuyó por algún tiempo a aquel gran Obispo de Roma),
y otras obras, como las «Odas de Salomón» o los
pocos fragmentos de Papías de Hierápolis que se conservan.
Característica común
de este grupo de escritos, no muy numeroso, es que
nos transmiten la predicación apostólica con una frescura e inmediatez
que contrasta con su vetusta antigüedad. Son escritos nacidos en
el seno de la comunidad cristiana, casi siempre por obra
de sus Pastores, destinados al alimento espiritual de los fieles.
La Iglesia estaba entonces recién nacida y, aunque desde el
principio tuvo que sufrir contradicciones (basta leer el libro de
los Hechos de los Apóstoles), no permitió el Señor que
la asaltaran, en esta época tan joven, grandes herejías como
las que surgirían más tarde. Como escribe el antiguo historiador
de la Iglesia, Hegesipo, sólo «cuando el sagrado coro de
los Apóstoles hubo terminado su vida, y había pasado la
generación de los que habían tenido la suerte de escuchar
con sus propios oídos a la Sabiduría divina, entonces fue
cuando empezó el ataque de errores impíos, por obra del
extravío de los maestros de doctrinas extrañas».
Estos , como los
hemos llamado, no se proponen defender la fe frente a
paganos, judíos o herejes (aunque algún eco de tal defensa
se encuentra de vez en cuando), ni pretenden desarrollar científicamente
la doctrina, sino que tratan de transmitirla como la han
recibido, con recuerdos e impresiones a veces muy personales. Su
estilo es, por eso, directo y sencillo; hablan de lo
que viven y de lo que han visto vivir a
los primeros discípulos: aquellos que conocieron a Cristo cuando vivía
entre los hombres y tocaron—como afirma San Juan—al mismo Verbo
de la vida (cfr. 1 Jn 1, 1).
La datación de
estos escritos va desde el año 70 (en vida, por
tanto, de algunos de los Apóstoles) hasta mediados del siglo
II, cuando muere Policarpo de Esmirna, que había conocido al
Apóstol San Juan. Un largo arco de tiempo, cuya parte
final se superpone a los comienzos de la segunda etapa,
la de los apologistas y defensores de la fe, que
pondrán los fundamentos de la teología y pasarán el relevo
de la Tradición—superando numerosas persecuciones, de dentro y de fuera—a
los que serían las luminarias de los grandes Concilios ecuménicos
de la antigüedad.
JOSÉ ANTONIO LOARTE El tesoro de los Padres Rialp, Madrid,
1998
______________________
Suelen llamarse padres apostólicos los autores de los escritos más
antiguos del cristianismo (fuera de los que constituyen el Nuevo
Testamento), que pertenecen a la generación inmediata a la de
los apóstoles. En su mayor parte son cartas, instrucciones o
documentos de carácter muy concreto y ocasional. No hay en
ellos pretensión de exponer de manera ordenada o sistemática el
mensaje cristiano, sino que responden a determinadas exigencias concretas de
las cristiandades en un determinado momento. De ahí que predominen
los temas más bien morales, disciplinares o cultuales sobre los
propiamente dogmáticos, y que su contenido doctrinal no aparezca como
muy rico o profundo. Sin embargo, se insinúan algunas de
las que habían de ser líneas fundamentales del pensamiento cristiano:
la Iglesia fundada sobre la tradición de los apóstoles, claramente
diferenciada del judaísmo y con cierta organización cultual y administrativa;
el valor soteriológico de la encarnación y muerte de Cristo,
Hijo de Dios; el bautismo y la eucaristía como sacramentos
fundamentales, etc.
Suelen incluirse entre los padres apostólicos: Clemente Romano, el
desconocido autor de la Didakhe o Doctrina de los doce
apóstoles, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna, el autor de
la llamada carta de Bernabé, Papías de Hierápolis y Hermas.
Algunos de sus escritos, particularmente la primera carta de Clemente
Romano, la carta de Bernabé y el Pastor de Hermas,
parece que llegaron a tener en ciertas cristiandades una autoridad
y consideración análogas a las de los escritos apostólicos que
se incluyen en el canon del Nuevo Testamento.
JOSEP VIVES Los Padres
de la Iglesia Ed. Herder, Barcelona, 1982
_____________________________
LOS PADRES APOSTÓLICOS
Bajo esta denominación,
que es del siglo xvii, se comprende a una serie
de escritores cristianos del siglo i o de principios del
ii y algún otro relacionado con ellos, caracterizados por una
especial proximidad a los Apóstoles. Es una cercanía en el
tiempo, hasta el punto de que algunos llegaron a conocer
a los Apóstoles personalmente, o a través de alguno de
sus discípulos inmediatos, lo que les hace testigos privilegiados de
la primera tradición; si tenemos en cuenta que alguno de
sus escritos es probablemente anterior al evangelio de San Juan,
advertiremos hasta qué punto parte de esta literatura es temprana.
Pero es una cercanía también en el fondo y en
la forma de sus escritos, que recuerdan los del Nuevo
Testamento; además, igual que éstos, no suelen ser tratados sistemáticos
sino que obedecen a las necesidades concretas de unas determinadas
comunidades, a unas situaciones específicas; quizá por eso nos dan
informaciones aún más valiosas.
Estos escritos proceden de áreas geográficamente alejadas,
pertenecen a géneros diferentes y tratan de temas distintos. Siguiendo
un orden que quiere ser cronológico, y aunque la relación
podría ser algo distinta, son:
1. La Didajé. Es fundamentalmente un
conjunto de normas morales y de organización interna; posiblemente es
del siglo 1, aunque tal vez se incluya materiales de
la primera mitad del siglo u; quizá su origen es
sirio o palestino.
2. SAN CLEMENTE DE ROMA, el tercer sucesor
de San Pedro, escribió una Carta a los Corintios poco
después del año 96, anterior por tanto al Evangelio de
San Juan, y con un estilo que recuerda al de
las cartas de los Apóstoles.
3. De SAN IGNACIO, obispo de
Antioquía, se conservan siete cartas; las escribió en su camino
hacia Roma, a donde era llevado hacia el año 110
para sufrir el martirio.
4. De SAN POLICARPO, obispo de Esmirna,
tenemos también una carta, relacionada con las anteriores, y escrita
hacia el año 130 o algo después.
5. PAPÍAS, obispo
de Hierápolis, oyó predicar a San Juan y escribió hacia
el 130; sólo nos ha llegado algún pequeño fragmento de
sus escritos.
6. De antes del año 138 es también una
llamada Epístola de Bernabé, de autor desconocido, quizá de Alejandría.
7.
De un tal HERMAS se conserva el Pastor, una obra
escrita bajo la forma de un apocalipsis («revelación») y que
parece estar redactada en parte en tiempos de Clemente de
Roma y en parte entre el 140 y el 150.
8. De mediados de siglo es también un escrito, falsamente
atribuido a San Clemente de Roma con el nombre de
Segunda Carta a los Corintios.
El conjunto de todas estas obras
cabe en un volumen de proporciones reducidas. Sin embargo, su
importancia es grande, especialmente la de la Didajé, y la
de las cartas de Clemente de Roma y de Ignacio
de Antioquía.
La Didajé
Didajé es una palabra griega que significa «enseñanza»
y con la que se suele conocer abreviadamente la obra
llamada «Instrucción del Señor a los gentiles por medio de
los doce Apóstoles» o también «Instrucciones de los Apóstoles». Es
una colección de normas morales, litúrgicas y de organización eclesiástica
que debían de estar en vigor ya desde algún tiempo,
recopiladas ahora sin pretender ordenarlas ni hacer una síntesis. Tenía
tal prestigio en la antigüedad, que Eusebio de Cesarea tuvo
que hacer notar que no se trataba de un escrito
canónico. Sin embargo, después se perdió, y no fue recuperada
hasta finales del siglo xix, cuando se encontró en un
códice griego del siglo xI del patriarcado de Jerusalén.
La época
de su composición no se conoce, aunque se ha investigado
con mucha atención. En general, se puede resumir lo que
sabemos diciendo que, si por su contenido, que parece reflejar
una situación ya alejada de la era apostólica, se podría
suponer que es del período que va del año 100
al 150, la ausencia de citas de los Evangelios sinópticos
y otros argumentos hacen pensar que es muy anterior, quizá
de los años 50 al 70; ahora se suele opinar
que podría muy bien pertenecer ya al siglo i, al
menos en algunas de sus partes.
A lo largo de sus
16 capítulos, en general muy breves, se encuentra una profusión
de consejos morales, presentados bajo el esquema del camino de
la vida y el de la muerte, así como instrucciones
litúrgicas y normas disciplinares.
Respecto a la liturgia, son interesantes las
normas que se dan para la administración del bautismo, que
al parecer se solía hacer por inmersión en los ríos,
aunque se admitía el bautismo por infusión, derramando agua sobre
la cabeza; la prescripción del ayuno antes del bautismo, y
de los ayunos en los días señalados, que son los
miércoles y los viernes, distintos a los de los judíos;
los ejemplos que se dan de plegarias eucarísticas; y la
insistencia en la necesidad de purificación, tanto para la Comunión
como para la oración en general; también se alude a
la Eucaristía como sacrificio.
Respecto a la jerarquía, no se describe
con detalle su organización; se habla de obispos y diáconos,
pero no de presbíteros; el papel que dentro de la
jerarquía tienen los profetas itinerantes es aún considerable.
Se regula la
asistencia a los peregrinos, recordando la necesidad de trabajar para
no ser gravosos a los hermanos.
La palabra «iglesia» se utiliza
con el sentido de asamblea, de reunión de los fieles
para la oración; pero también con el otro sentido de
Iglesia universal, el pueblo nuevo de los cristianos, subrayando especialmente
que esta Iglesia es una y santa. Es de la
Didajé de donde arranca la comparación de la unidad de
la Iglesia con la del pan hecho de muchos granos
de trigo que se hallaban antes dispersos por los montes.
San Clemente de Roma y su epístola a los Corintios
Según
San Ireneo, al que debemos la lista más antigua de
obispos de Roma, y tal como se recogió mucho más
tarde en el canon romano de la misa, es el
tercer sucesor de San Pedro: Lino, Cleto, Clemente; quizá conoció
a San Pedro y San Pablo. Parece que era de
origen judío.
Sólo nos ha llegado un escrito suyo, la Epístola
a los Corintios. Por los datos que ella misma nos
da referentes a una segunda persecución, que sería la de
Domiciano, parece que fue escrita poco antes del año 96.
Era tan apreciada que aún en los tiempos de Eusebio
de Cesarea, según él nos dice, se seguía leyendo en
las reuniones litúrgicas de algunas Iglesias; de hecho, aunque la
carta obedece a unas circunstancias determinadas, está escrita de manera
que tenga un valor permanente y pueda ser leída ante
la asamblea de los fieles.
El suceso que la motivó es
muy interesante en sí mismo. En Corinto, la comunidad había
depuesto a los presbíteros, y el obispo de Roma, al
parecer sin ser solicitado, interviene para corregir el abuso, con
unas expresiones que parecen ir más allá de la normal
solicitud de unas Iglesias por otras y que se comprenden
mejor desde la perspectiva del primado de la sede romana:
Clemente casi pide perdón por no haber intervenido antes, como
si éste fuera un deber suyo.
Además, la epístola presenta el
testimonio más antiguo que poseemos sobre la doctrina de la
sucesión apostólica: Jesucristo, enviado por Dios, envía a su vez
a los apóstoles, y éstos establecen a los obispos y
diáconos. Los corintios han hecho mal al deponer la jerarquía
y nombrar a otras personas; la raíz de estas discusiones
es la envidia, de la que da muchos ejemplos, bíblicos
en especial, y Clemente les exhorta a la armonía, de
la que también da muchos ejemplos, sacados hasta del orden
que se observa en la naturaleza. Incidentalmente, la epístola nos
atestigua la estancia de San Pedro en Roma, la muy
probable de San Pablo en España, el martirio de ambos,
y la persecución de Nerón.
La resurrección de la carne ocupa
también un lugar importante en la epístola. Se distingue además
claramente entre laicado y jerarquía, a cuyos miembros llama obispos
y diáconos y, a veces, presbíteros, nombre con el que
parece englobar a unos y a otros; la función más
importante de éstos es la litúrgica. Recoge también una oración
litúrgica, muy interesante, que termina con una petición en favor
de los que detentan el poder civil.
San Ignacio de Antioquía
Como
hemos dicho, Ignacio escribió sus famosas siete cartas de camino
hacia Roma, a donde era llevado a sufrir el martirio.
Cuatro
fueron escritas desde Esmirna a las Iglesias de Éfeso, Magnesia,
Tralles y Roma; en ellas les da las gracias por
las muestras de afecto hacia su persona, les pone en
guardia contra las herejías y les anima a estar unidos
a sus obispos; en la dirigida a los romanos, les
ruega que no hagan nada por evitar su martirio, que
es su máxima aspiración.
Las otras tres las escribió desde Tróade:
a la Iglesia de Esmirna y a su obispo Policarpo,
a los que agradece sus atenciones, y a la Iglesia
de Filadelfia; son semejantes a las otras cuatro, añadiendo la
noticia gozosa de que la persecución en Antioquía ha terminado
y, en la dirigida a Policarpo, da unos consejos sobre
la manera de desempeñar sus deberes de obispo.
Estas cartas son
una fuente espléndida para el conocimiento de la vida interna
de la primitiva Iglesia, con su clima de mutua solicitud
y afecto; nos muestran también los sentimientos de Ignacio, llenos
de amor a Cristo.
A través de ellas, Ignacio deja ver
con especial claridad la pacífica posesión de algunas de las
verdades fundamentales de la fe, lo que resulta aún de
mayor interés por lo temprano de su testimonio. Así, Cristo
ocupa un lugar central en la historia de la salvación,
y ya los profetas que anunciaron su venida eran en
espíritu discípulos suyos; Cristo es Dios y se hizo hombre,
es Hijo de Dios e hijo de María, virgen; es
verdaderamente hombre, su cuerpo es un cuerpo verdadero y sus
sufrimientos fueron reales, todo lo cual lo dice frente a
los docetas (del griego dokéo, parecer), que sostenían que el
cuerpo de Cristo era apariencia.
Es en estas cartas donde encontramos
por vez primera la expresión «Iglesia católica» para referirse al
conjunto de los cristianos. La Iglesia es llamada «el lugar
del sacrificio»; es probable que con esto se refiera a
la Eucaristía como sacrificio de la Iglesia, pues también la
Didajé llama «sacrificio» a la Eucaristía; además, «la Eucaristía es
la Carne de Cristo, la misma que padeció por nuestros
pecados».
La jerarquía de la Iglesia, formada por obispos, presbíteros y
diáconos, con sus respectivas funciones, aparece con tanta claridad en
sus escritos, que ésta fue una de las razones principales
por las que se llegó a negar que las cartas
fueran auténticas por parte de quienes opinaban que se habría
dado un desarrollo más lento y gradual de la organización
eclesiástica; pero esta autenticidad está hoy fuera de toda duda.
El
obispo representa a Cristo; es el maestro; quien está unido
a él está unido a Cristo; es el sumo sacerdote
y el que administra los sacramentos, de manera que sin
contar con él no se puede administrar ni el bautismo
ni la Eucaristía, y hasta el matrimonio es conveniente que
se celebre con su conocimiento. Respecto a éste, Ignacio sigue
de cerca la enseñanza de San Pablo: que las mujeres
amen a sus maridos y los maridos a sus mujeres,
como el Señor ama a su Iglesia; pero a los
que se sientan capaces les recomienda la virginidad.
En el saludo
inicial de la carta a los romanos, Ignacio se excede
y trata a la Iglesia de Roma de forma distinta
a como trata a las demás, con especiales alabanzas. El
tono general de la salutación se puede tomar como un
testimonio del primado de Roma, aún de mayor interés por
provenir del obispo de la sede de Antioquía: una sede
antigua, que cuenta a San Pedro como su primer obispo,
establecida en una de las ciudades mayores y más influyentes
del Imperio, en la que además comenzaron a llamarse cristianos
los seguidores de Cristo. Alguna de sus frases, aunque de
interpretación difícil, subraya esta impresión: es la Iglesia «puesta a
la cabeza de la caridad», cuyo significado más probable parece
ser que es la Iglesia que tiene la autoridad para
dirigir en lo que se refiere a lo esencial del
mensaje de Cristo.
Para San Ignacio, la vida del cristiano consiste
en imitar a Cristo, como Él imitó al Padre. Esa
imitación ha de ir más allá de seguir sus enseñanzas,
ha de llegar a imitarle especialmente en su pasión y
muerte; es de ahí de donde nace su ansia por
el martirio: «soy trigo de Dios, y he de ser
molido por los dientes de las fieras, para poder ser
presentado como pan limpio de Cristo». Por otra parte, esa
imitación viene facilitada porque Cristo vive en nosotros como en
un templo y nosotros llegamos a vivir en Él; por
eso los cristianos estamos unidos entre nosotros, porque estamos unidos
a Cristo.
San Policarpo de Esmirna y su epístola a
los Filipenses
Según San Ireneo, Policarpo había sido discípulo de San
Juan, y hecho obispo de Esmirna por los Apóstoles. Su
prestigio era grande, y trató con el papa Aniceto de
la unificación de la fecha de la Pascua, que en
las Iglesias de Asia era distinta, sin que llegaran a
un acuerdo. El año 156 Policarpo murió mártir; conocemos los
detalles de su martirio por una carta contemporánea que lo
relata y que forma por tanto parte del grupo que
en sentido amplio llamamos actas de los mártires, y que
estudiaremos más adelante.
De las varias cartas que Policarpo escribió a
Iglesias vecinas y a otros obispos, de las que tenía
conocimiento Ireneo, nos ha llegado sólo una Epístola a los
Filipenses, con la que acompañaba una copia de las de
San Ignacio; en realidad, es probable que se trate de
dos cartas escritas con unos años de diferencia y que
al ser copiadas juntas han llegado a unirse, pues la
nota acompañando al envío no parece estar muy de acuerdo
con la extensión y el tipo de temas que se
tratan después y que recuerdan la de Clemente de Roma
a los corintios. En ella insiste en que Cristo fue
realmente hombre y realmente murió; que hay que obedecer a
la jerarquía de la Iglesia (por cierto, menciona sólo presbíteros
y´diáconos en Filipos), que hay que practicar la limosna, y
que hay que orar por las autoridades civiles.
Papías de Hierápolis
De
nuevo según San Ireneo, Papías había escuchado a San Juan
en su predicación, y era amigo de Policarpo. Escribió una
Explicación de las sentencias del Señor, en la que al
parecer mostró poca discreción, tanto en los comentarios como en
la crédula aceptación de muchos testimonios que debían de ser
poco de fiar. Esta obra se ha perdido; pero nos
ha llegado un fragmento de ella, recogido por Eusebio de
Cesarea, que es importante por la información que da sobre
los evangelios y sus autores. Papías era milenarista, es decir,
creía que después del juicio habría mil años más de
vida en un mundo renovado, opinión que como veremos aparece
en más de un autor.
La Epístola de Bernabé
La llamada Epístola
de Bernabé, atribuida antiguamente al compañero de San Pablo, ciertamente
no es suya, y no es propiamente una carta sino
un tratado teológico. Nada se sabe de su autor, pero
se piensa en Alejandría como su lugar de origen o
de formación, tanto por las influencias que revela de Filón
como por el uso que de ella hicieron los teólogos
de Alejandría.
En la primera parte de este escrito se explica
que la ley de los judíos estaba desde el principio
dirigida a los cristianos, y tenía un sentido espiritual que
aquéllos, al interpretarla literalmente, no entendieron: por eso todo el
culto judío es tan rechazable como el pagano; la actitud
antijudía es extrema. La segunda parte expone los caminos del
bien y del mal, de modo semejante a la Didajé,
ilustrados con un gran número de preceptos morales y
una lista de pecados y vicios. La epístola señala también
el comienzo de esa interpretación alegórica de la Escritura hecha
por cristianos, que será luego tan querida de los alejandrinos.
En
este escrito, entre otras cosas se afirman: Cristo estaba ya
presente cuando Dios creó el mundo, y se encarnó para
poder padecer; en el bautismo, Dios adopta al hombre como
hijo, imprime su imagen en su alma, y le transforma
en templo del Espíritu Santo; en lugar del sábado se
celebra el domingo, en que resucitó Cristo; la vida del
niño está protegida por la ley de Dios ya desde
el seno de su madre; finalmente, el autor cree también
en el milenio.
Hermas y su Pastor
El Pastor, aunque tiene la
forma de un libro de visiones y revelaciones, de un
apocalipsis apócrifo, se suele tradicionalmente estudiar con los Padres Apostólicos.
Su autor, Hermas, parece ser judío de origen o de
formación; había sido vendido como esclavo y enviado a Roma,
donde consiguió ir abriéndose paso; como liberto se dedicó a
los negocios y compró algunas fincas, que luego había ido
perdiendo; sus hijos apostataron en la persecución y vivían mal,
y con su mujer no se llevaba demasiado bien, según
él mismo nos va contando. Se ve en él a
un hombre piadoso; es posible, como afirma el fragmento muratoriano
del que ya hablaremos, que fuera hermano del papa Pío
I (140-150); parece que comenzó a escribir el Pastor a
comienzos del siglo o antes, pero que la redacción definitiva
es de este último período.
Hacia el principio del libro, Hermas
cuenta cómo la Iglesia se le aparece en una visión,
bajo la forma de una anciana que exhorta a la
penitencia; la anciana le muestra una torre en construcción, para
decirle que las piedras que no sirven han de labrarse
por la penitencia, y tienen que hacerlo pronto, antes de
que se acabe de construir la torre; luego es un
ángel el que se le aparece, bajo la forma de
un pastor, que es el que da nombre al libro,
para insistirle igualmente en la necesidad de la penitencia y
para proclamar una serie de mandamientos y de parábolas, las
cuales encierran también preceptos morales.
El objetivo principal del libro es
esta exhortación a la penitencia; se trata de la penitencia
pública sacramental, que sólo se puede recibir una vez después
del bautismo, y que abarca a todos los pecados sin
ninguna exclusión, lo cual es un dato muy característico de
Hermas. Esta penitencia hay que hacerla ya enseguida y ha
de producir una conversión profunda y una enmienda verdadera, pues
la santificación que produce en el alma es comparable a
la del bautismo.
En todo este contexto, la Iglesia se presenta
como necesaria para la salvación, una Iglesia que es la
primera de las criaturas, y por esto se aparece como
anciana, y que es también una torre mística, la Iglesia
de los escogidos y de los predestinados. Se entra en
ella por el bautismo, que es un auténtico sello, y
tan necesario que, según Hermas, los apóstoles descendieron al limbo
para bautizar a los justos que habían muerto antes de
Cristo. Es en cambio poco claro lo que Hermas nos
dice de Cristo: no utiliza este nombre ni el de
Logos, habla de Dios Padre, llama Hijo de Dios al
Espíritu Santo (lo cual es un error) y nombra luego
al Salvador, hecho hijo adoptivo como premio por sus sufrimientos
y unido así a las otras dos personas (lo que
es otro error).
En cuanto a los preceptos morales, distingue entre
lo que está mandado y lo que está aconsejado, y
dice que un ángel bueno y otro malo influyen en
el corazón del hombre; respecto al matrimonio, permite las segundas
nupcias; también manda repudiar a la adúltera, aun cuando su
marido no puede volver a casarse mientras ella viva. Bajo
la imagen de siete mujeres, da una lista de siete
virtudes, que son la fe, continencia, sencillez, ciencia, inocencia, reverencia
y caridad.
Escritos falsamente atribuidos a San Clemente de Roma
La llamada
Segunda epístola de San Clemente a los Corintios no es,
como ya hemos dicho, de San Clemente, y tampoco es
en realidad una carta; más bien parece una homilía, la
primera que tenemos. Pero sí es de la época y
estilo de los Padres Apostólicos. Su interés es notable. La
divinidad y la humanidad de Cristo se muestran con toda
claridad. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, esposa
suya y madre de los cristianos; existía, aunque estéril y
sin carne, antes de la creación del sol y de
la luna. El bautismo es un sello que se ha
de conservar entero; existe una penitencia para los pecados cometidos
después del bautismo, a la que se exhorta a los
cristianos. Las buenas obras son necesarias, especialmente la limosna, que
es el medio principal para conseguir el perdón de los
pecados, aun mejor que el ayuno y la oración.
En cambio,
los escritos que siguen ni siquiera pertenecen a este período.
Si los mencionamos aquí y no en otro lugar es
sencillamente para no apartarnos del uso común. Son:
Las dos Cartas
de San Clemente a las vírgenes, que hay que situar
hacia la primera mitad del siglo iii. Se trata en
realidad de una sola carta, dividida después en dos, y
es una de las fuentes más antiguas para el conocimiento
del ascetismo cristiano primitivo.
Las Pseudo clementinas, un largo relato novelado
construido alrededor de la figura de San Clemente. Escrito probablemente
en las primeras décadas del siglo IIl, quedan de él
fragmentos considerables, las Homilías y las Recognitiones; su finalidad es
instruir en la fe y dar argumentos que sirvan para
defenderla.
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