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Autor: Enrique Moliné | Fuente: Congregación para la Educación Católica Los Padres Apologistas. Siglos II y III
Aquellos Padres y escritores eclesiásticos que, una vez pasado el tiempo más cercano a los Apóstoles y a sus discípulos inmediatos, siguieron la enseñanza evangélica y la transmitieron a los Padres de los siglos IV y V.
LOS DEFENSORES DE LA FE
(Siglos II-III)
Esta segunda sección
abarca desde la mitad del siglo II hasta finales del
siglo III. Defensores de la fe se puede llamar a
aquellos Padres y escritores eclesiásticos que, una vez pasado el
tiempo más cercano a los Apóstoles y a sus discípulos
inmediatos, recogieron la antorcha de la enseñanza evangélica y la
transmitieron a los grandes Padres de los siglos IV y
V. Se trata de una época especialmente interesante, porque estos
hombres tuvieron que hacer frente a graves peligros, que amenazaban—cada
uno a su modo—la existencia misma de la Iglesia.
Un
doble peligro, de carácter externo, está representado por el rechazo
del Evangelio por parte de los judíos y por las
cruentas persecuciones de las autoridades civiles. Frente a las falsas
acusaciones de que eran objeto —ateísmo, ser enemigos del género
humano, y otras de más baja ralea—, los cristianos responden
con el ejemplo de su vida y la grandeza de
su doctrina. Algunos de ellos, bien preparados intelectualmente, toman la
pluma y escriben extensas apologías—a veces dirigidas a los mismos
emperadores—con la finalidad de confutar esas acusaciones calumniosas. Brillan los
nombres de San Justino, de Atenágoras, de Teófilo..., entre otros
muchos.
Otro peligro—más insidioso, y mucho más grave—fue la aparición
de herejías en el seno de la Iglesia. Se trata
fundamentalmente de dos errores: el gnosticismo y el montanismo. Mientras
el primero es partidario de un cristianismo adaptado al ambiente
cultural-religioso del momento—y, por tanto, vaciado de su contenido estrictamente
sobrenatural—, los montanistas predicaban la renuncia total al mundo.
Las
corrientes gnósticas—con sus variadísimas ramificaciones y formas de expresión, algunas
quizá de raíces anteriores al Cristianismo— constituyen el primer intento
sistemático de dar una explicación racional de la fe, adaptándola
a la cultura de su tiempo y acogiendo los mitos
de las religiones orientales. Para eso no dudan en mutilar
gravemente los libros sagrados, rechazan arbitrariamente los pasajes que les
estorban, y se inventan revelaciones de las que sólo ellos
serían depositarios, al margen de la Jerarquía de la Iglesia.
Este espíritu gnóstico, en formas diversas, ha estado siempre presente
en la historia, también en la actualidad.
El montanismo, a
su vez, incurre—por razones en parte opuestas—en el mismo rechazo
de la Jerarquía. Los montanistas (llamados así a causa de
su fundador, Montano) esperaban de un momento a otro el
fin de todas las cosas y proponían a los cristianos
el alejamiento completo del mundo, concebido como lugar de perdición.
Se mostraban muy rigoristas frente a los que habían pecado;
y quienes no se adherían a sus ideas eran considerados
como extraños a la Iglesia, que sólo se encontraba—según ellos—en
sus propias comunidades.
Uno y otro error organizaron una propaganda
muy eficaz y amenazaron gravemente la fe y la existencia
misma de la Iglesia fundada por Cristo. El montanismo ponía
en peligro su misión y carácter universales; el gnosticismo atacaba
su fundamento espiritual y su carácter religioso, y fue con
mucho el más peligroso.
En estas circunstancias, el Espíritu Santo—que
asiste invisiblemente a la Iglesia, según la promesa de Cristo,
y le asegura perennidad en el tiempo y fidelidad en
la fe—suscitó hombres de inteligencia privilegiada que, empuñando las armas
de la razón, con un análisis cuidadoso de la Sagrada
Escritura, hicieron frente a estos errores y mostraron el carácter
«razonable» de la doctrina cristiana. Comenzaba de este modo el
quehacer propiamente teológico, que tantos frutos daría en la vida
de la Iglesia.
Entre estos Padres y escritores destaca San
Ireneo de Lyon, que reúne en su persona las tradiciones
de Oriente y Occidente; luego, en Oriente, Clemente Alejandrino, Orígenes,
y San Gregorio el Taumaturgo; en la Iglesia de Roma,
Minucio Félix y San Hipólito; finalmente, en torno a Cartago,
en el norte de Africa, Tertuliano, San Cipriano y Lactancio.
J. A. LOARTE El tesoro de los Padres Rialp, Madrid, 1998
_________________________
Los
escritos de los padres apostólicos iban dirigidos a las comunidades
cristianas, para su instrucción y edificación.. Pero a partir del
siglo ll aparecen escritos de autores cristianos dirigidos a un
público no cristiano, con el propósito de deshacer las calumnias
que se propalaban acerca del cristianismo y de informar acerca
de la verdadera naturaleza de esta nueva religión. Estos autores
se suelen agrupar bajo el nombre de «apologetas», aunque no
siempre su intención se limitaba a la simple apologética o
defensa del cristianismo: en muchos de estos escritos hay además
una verdadera intención misionera y catequética, con el propósito de
ganar adeptos para el cristianismo entre aquellas personas que se
interesaban por el peculiar modo de vida de los cristianos.
En este aspecto los apologetas representan el primer intento de
exposición escrita del mensaje cristiano en forma inteligible para los
no cristianos.
Algunas veces estos escritos pretenden ir dirigidos a
las autoridades o representantes del Estado que perseguían al cristianismo,
intentando mostrar la inocencia de los cristianos con respecto a
los crímenes de que se les acusaba y la inanidad
de las razones en que se fundaba la persecución. En
otras ocasiones, tales escritos se dirigían a un público más
general, y pretendían disipar las acusaciones de irracionalidad y de
superstición contra el cristianismo, mostrando a las clases cultas, especialmente
a los filósofos, la razonabilidad, coherencia y bondad intrínseca de
los principios cristianos, o disipando las calumnias groseras que corrían
entre las clases populares acerca del cristianismo. La polémica que
surgió muy pronto entre el judaísmo y el cristianismo tiene
también un lugar importante en los escritos de algunos de
los apologetas, los cuales intentan señalar las diferencias entre el
judaísmo y el cristianismo, y la superioridad de este úItimo.
Es natural que al pretender expresar el mensaje cristiano de
una manera inteligible y atractiva para los no cristianos, los
apologetas lo hicieran en lo posible según las categorías mentales
propias de la época. La apologética representa así el primer
intento de verter el cristianismo a las categorías y modos
de pensar propios del mundo helenístico. En este intento de
adaptar el cristianismo a la mentalidad grecorromana, se subrayan más
aquellos aspectos que podían más fácilmente ser comprendidos dentro de
aquella mentalidad: la bondad de Dios, manifestada en el orden
del universo, que era ya un tema predilecto de la
filosofía helenística; su unicidad probada con argumentos en los que
se combinan elementos de la tradición bíblica con otros provenientes
de la filosofía de la época; la excelencia moral de
la vida cristiana como coincidente con el antiguo ideal de
la "vida filosófica", basada en la moderación de las pasiones
y en la sumisión a los dictámenes de la recta
razón; la esperanza de una inmortalidad vagamente presentada como la
verdadera realidad que prometían los misterios del paganismo. En cambio,
el misterio de la salvación por Cristo crucificado y resucitado,
que los paganos más difícilmente podían comprender, queda un tanto
como en segundo plano o como en tono menor.
Sin
embargo, en manera alguna se puede decir que los apologetas
presentaran un «cristianismo desvirtuado», convertido en mera filosofía. Insisten en
que mientras toda filosofía no tiene otra garantía que la
de la razón humana falible, el cristianismo se funda en
la revelación de Dios, hecha primero en la Escritura y
luego en el mismo Verbo de Dios encarnado, y en
que la salvación que espera el cristiano es un don
gratuito de Dios, más allá de todo lo que puede
prometer filosofía alguna. La aportación más importante de la apologética
cristiana primitiva es la de que Dios es el Dios
universal y salvador de todos los pueblos, sin que ante
él valga la distinción entre judíos y griegos. Esto había
sido, por una parte, elemento esencial de la predicación de
Pablo, y por otra, era algo que empezaba a ser
reconocido por el mejor pensamiento filosófico de la época. Los
apologetas, al recoger la doctrina del Dios único y salvador
universal de todos los hombres, aseguraron el triunfo definitivo del
cristianismo frente al politeísmo pagano.
Con todo, con respecto al
paganismo pueden verse en los apologetas dos actitudes muy distintas.
Mientras algunos —Taciano, Teófilo, Hermias— condenan sin más y en
bloque toda la cultura pagana como incompatible con el cristianismo,
otros —Justino, Atenágoras, Arístides— saben estimar positivamente los valores que
los paganos habían alcanzado con la razón natural, y tienden
a representar el cristianismo como complemento y coronación de los
mismos.
JOSEP VIVES Los Padres de la Iglesia Ed. Herder, Barcelona, 1982
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LOS
APOLOGISTAS GRIEGOS
La opinión pública sobre los cristianos
A medida que avanzaba
el siglo II, los cristianos, a pesar de que eran
una minoría insignificante, comenzaban a ser bastante conocidos; o, mejor
dicho, mal conocidos.
No debían de llevar muchos años en Roma
cuando ya habían sido oficialmente acusados de haber provocado el
pavoroso incendio que asoló la ciudad en tiempos de Nerón
y que los contemporáneos llegaron a sospechar si no habría
sido ordenado por el propio emperador.
Esta acusación oficial y maliciosa
apunta a la difusión previa de otras calumnias en los
ámbitos palatinos; calumnias que fueron posiblemente lanzadas o fomentadas por
judíos influyentes en aquellos círculos, ya que para muchos de
ellos, como le había ocurrido antes a San Pablo, el
cristianismo era una herejía peligrosa que había que erradicar como
fuera.
La llamada persecución de Nerón, del año 64, consecuencia del
incendio de Roma, fue una explosión súbita aunque breve, y
de gran crueldad aunque limitada a la ciudad de Roma;
según la tradición, en ella sufrieron el martirio San Pedro
y San Pablo. Pero actuó además como poderoso altavoz de
las calumnias contra los cristianos, a las que parecía dar
un refrendo oficial.
Tácito, al hablarnos de este suceso, describe a
los cristianos como gente culpable de muchos crímenes, que se
pueden resumir, dice, en el desprecio que sienten por el
género humano. La imagen pública que se extenderá a partir
de este momento va a ser de este estilo: los
cristianos son gente reclutada entre lo peor de la sociedad
que, llevados de su misantropía, se retiran de la vida
ordinaria y normal; desprecian los ideales, costumbres y religión de
sus mayores y se convierten por tanto en un cáncer
para la sociedad; viven además de una manera desarreglada; y
por todas estas cosas han de engendrar la ira de
los dioses sobre la sociedad que los tolera en su
seno.
La imaginación popular añadiría pronto algunos adornos. Tenemos testimonios repetidos
de la tenacidad con que el vulgo, y algunos que
no lo eran, retenían unos infundios que se habían extendido
tempranamente: en sus reuniones, los cristianos escondían un recién nacido
bajo un montón de harina y, al que iba a
ingresar en la secta, vendándole los ojos, le hacían dar
cuchilladas a la harina que después, con horror, veía teñida
de sangre; celebraban sus fiestas con estos banquetes, que terminaban,
con las luces apagadas, en una orgía general; además, adoraban
la cabeza de un asno, cosa que también se decía
de los judíos. Una y otra vez, pese a su
disgusto, se verán obligados los cristianos a aludir a estas
monstruosidades para negarlas.
En adelante será cada vez más frecuente que
la primera información que el hombre de la calle reciba
sobre los cristianos sea la que corresponde a estas perspectivas
no ya deformadas o caricaturescas, sino completamente falsas.
Por lo que
sabemos, la atención de los intelectuales comenzó a ser atraída
algo más tarde, y conocemos las opiniones de algunos de
ellos. Hacia la mitad del siglo II, Frontón de Cirte,
en Cirene, el preceptor de los emperadores Antonino Pío y
Marco Aurelio, repetía las mismas habladurías con gran seguridad, poco
menos que como si él mismo hubiera sido testigo presencial
de esos desmanes.
Por ese mismo tiempo, Luciano de Samosata se
burlaba de los cristianos, como había hecho de tantas otras
cosas y personas, en un escrito satírico, Sobre la muerte
de Peregrino. Peregrino es un vividor que se introduce entre
los cristianos; con sus supercherías, se convierte en un gran
personaje de la secta; y acaba por pasar como confesor
de la fe, rodeado del fervor popular, cuando en realidad
el motivo de que esté en la cárcel es el
asesinato de su padre; sin embargo, los cristianos sólo le
abandonan cuando descubren que ha incumplido una de sus reglas.
No hay acritud en la burla de Luciano; los cristianos
no son gente peligrosa, sino unos pobres infelices. De hecho,
Luciano no sabe casi nada de ellos, excepto las habladurías
que sin duda corrían por la plaza pública. Marco Aurelio,
el emperador filósofo, iba a ser más o menos de
la misma opinión que Luciano, aunque fue más allá, y
su desprecio le llevó a decir que estos hombres eran
merecedores de la muerte por su espíritu de rebeldía y
por su tonta terquedad.
Es algo más tardío, de las últimas
décadas del siglo, el más serio ataque intelectual al cristianismo.
Nos referimos al Discurso de la doctrina verdadera, de Celso,
obra conocida por los numerosos y amplios pasajes que unos
setenta años más tarde copió Orígenes, al refutarla párrafo por
párrafo en su Contra Celso. No consta que el escrito
tuviera un gran eco en su tiempo, pero sí se
trata de un ataque muy meditado. Celso conoce mejor el
cristianismo; ha hablado con cristianos; ha leído los Evangelios y
parte del Antiguo Testamento, y está familiarizado con otros escritos
cristianos; expone las doctrinas de esos hombres y lo que,
según él, se deduce de ellas; y su juicio es
completamente negativo y lleno de agresividad. Jesús y sus Apóstoles
no eran más que unos vagabundos hinchados con su propia
importancia, sus doctrinas son un desafortunado revoltijo de verdades ya
sabidas, y su actitud no deja de ser un peligro
para la sociedad. Es absurdo que el mundo pueda ser
creado de la nada, o que Dios hable a los
hombres, y aún más que baje a la Tierra, pues
Dios es absolutamente trascendente e inmutable; Jesús era, como mucho,
un mago que conocía la magia de Egipto. Además, los
cristianos se niegan a razonar, y muestran su propia insensatez
al creer firmemente en cosas indemostrables; hacen sus prosélitos entre
lo más bajo e ignorante de la población; ridiculizan la
religión de sus mayores; su palabra sólo la escuchan los
criminales, que así se animan a seguir con sus crímenes;
y, por tanto, no hay que tenerles ninguna compasión cuando
el poder los persigue.
La rectificación: la fe y las costumbres
de los cristianos son admirables
Éste es más o menos el
ambiente en el que surgieron los escritos de defensa o
apologías (del griego apología, defensa). Estos escritos van por tanto
destinados a un público muy diferente a aquel para el
que escribían los Padres apostólicos. Las apologías se dirigen a
los paganos o, a veces, a los judíos; no se
dirigen a los cristianos, a los que sin embargo debía
de reconfortar su lectura, al comprobar que sus doctrinas y
su género de vida eran defendidas con argumentos aceptables para
cualquier hombre de buena voluntad.
Los temas que se abordan en
las apologías corresponden a los infundios del ambiente; unos cuantos
de entre ellos suelen aparecer en la mayoría de las
apologías, aunque con distinto énfasis. Así por ejemplo: los cristianos
no son ateos, sino que adoran al único Dios, el
mismo que los mejores de los filósofos paganos llegaron a
descubrir; no son infieles al Estado, aunque se nieguen a
adorar a los dioses falsos o al mismo emperador, a
quien sin embargo pagan los impuestos y sirven; no atraen
males a la sociedad por no adorar a los dioses,
pues éstos no son nada, o son demonios, ya que
enseñan y fomentan el mal con el culto a menudo
depravado que se les da; por el contrario, atraen bienes,
al orar al verdadero Dios por el mismo Estado y
sus autoridades.
Los cristianos no sólo son inocentes de las inmoralidades
que se les achacan, sino que su comportamiento, entre ellos
y con los que no son cristianos, es moralmente mucho
más elevado que el de los paganos; no son tampoco
gente rara que huye del mundo, sino que comparten todos
los afanes de sus conciudadanos, a quienes procuran ayudar en
todo.
También se protesta de la inicua ley que condena a
los cristianos por el mero hecho de serlo; no se
puede condenar por un nombre, sin averiguar qué significa, sin
molestarse en saber qué son y cómo viven los cristianos
y qué es lo que hacen o dicen que merezca
el castigo: esto no es un comportamiento ilustrado, digno de
emperadores que cultivan la filosofía.
A todo esto suelen unir los
apologistas, de manera y con intensidad variada, la acusación de
que a menudo entre los paganos sí que se dan
los vicios de que ellos acusan a los cristianos, y
aun peores; otras veces su actitud es más amable, y
procuran en cambio convencer al lector pagano sin herirle; y
otras hacen ambas cosas.
También varía la actitud de los apologistas
ante la filosofía pagana, ante el saber en general y
el arte; unas veces es de aprecio, como en San
Justino, y otras de repudio, como en Taciano.
En general se
puede sin embargo decir que las apologías del grupo de
los llamados apologistas griegos son griegas hasta en su concepción,
y tratan de mostrar que el cristiano no sólo se
conforma con los ideales aceptados por el helenismo, sino que
el cristiano es el único capaz de encarnar de verdad
ese ideal.
Las apologías dirigidas a los paganos raramente se apoyan
en textos sagrados, que no tienen ningún valor especial para
sus lectores. Por lo mismo, la presentación que hacen de
la doctrina de Cristo se suele ceñir a aquellos de
sus aspectos que de alguna manera se hallan ya cerca
de la mentalidad del público pagano. Se busca conseguir de
él una actitud de comprensión y benevolencia, con la esperanza,
a veces claramente manifestada, de su posterior acercamiento a la
fe; pues aunque la intención fundamental de estos escritos es
que se deje vivir en paz a los cristianos, el
interés proselitista no deja de estar presente.
La forma más usual
de las apologías dirigidas a los paganos es la de
un alegato dirigido unas veces al pueblo y otras al
emperador o a la suprema autoridad local o provincial, aunque
siempre con la intención de que sea ampliamente leído. Otras
veces, tanto estas apologías como las dirigidas a los judíos,
toman en cambio la forma literaria de un diálogo.
En las
apologías dirigidas a los judíos, la argumentación era lógicamente distinta.
Aquí sí se usa el Antiguo Testamento, y en general
se muestra que la revelación antigua era una preparación de
la nueva, y que la ley vieja ha sido substituida
por la nueva del Evangelio; varían de un autor a
otro los términos con que se describe esta abrogación y
la culpabilidad que se atribuye a los judíos que no
la han aceptado; en algún caso extremo, de manera semejante
a lo que ocurría en la Epístola de Bernabé que
ya hemos descrito, la repulsión hacia el judaísmo es extrema.
Podríamos
ilustrar lo dicho sobre el contenido de las apologías con
el esquema de una de las más breves y mejor
escritas que nos han llegado, el Discurso a Diogneto.
El autor
dirige su obra a Diogneto, que puede ser un nombre
propio pero también un título dado al emperador («conocido de
Zeus»), para responder a su interés por conocer la doctrina
y la vida de los cristianos. Comienza refutando la idolatría:
las imágenes a las que se adora no son dioses,
sino objetos hechos por los hombres y que no pueden
valerse por sí mismos; también los judíos están equivocados, pues
aunque adoran al Dios verdadero, lo hacen con ritos innecesarios
y ridículos, a los que conceden gran importancia. Los cristianos
en cambio, que viven en este mismo mundo sin huir
de él, que usan el mismo vestido y la misma
lengua y viven en las mismas ciudades, están en el
mundo como si no fueran de él; son como el
alma del mundo, aborrecidos por éste y sin embargo dándole
vida. Sus convicciones son tan firmes que no vacilan en
dar la vida para no abandonarlas; pues no se han
inventado su doctrina, sino que la han recibido de Dios,
que se ha manifestado últimamente, enviando a su Hijo amado
para que nos revelara lo que desde un principio tenía
preparado para nosotros; además, el Hijo de Dios nos ha
librado de nuestra culpa sufriendo por nuestros pecados. Exhorta después
a Diogneto a conocer a Dios Padre y a amarle
a Él y al prójimo para que, viviendo en la
tierra, pueda contemplar al Dios del cielo.
Las apologías
Estudiaremos ahora el
grupo de los primeros apologistas, que eran griegos. Más adelante,
a fines del siglo II, nos encontraremos con apologías latinas
(Minucio Félix, Tertuliano) y luego con las de autores más
tardíos, pues el género estaba destinado a tener una larga
vida; basta considerar que una de las obras más importantes
de San Agustín, La ciudad de Dios, es en gran
parte una apología. Pasaremos pues revista, con una cierta brevedad,
a las obras de los apologistas griegos, en las que
nos limitaremos a señalar alguna particularidad notable dentro de estas
características generales que hemos avanzado. Hay que tener en cuenta,
por otra parte, que aun cuando estos autores son fundamentalmente
conocidos por sus apologías, escribieron también otras obras, algunas de
las cuales se conservan, y que serán brevemente descritas bajo
el correspondiente autor.
Cronológicamente, se pueden clasificar como sigue las apologías
de los apologistas griegos:
Hacia los años 123/124, bajo el
emperador Adriano, las de CUADRATO (¿Epístola a Diogneto?) y ARÍSTIDES
DE ATENAS;
Bajo el emperador Antonino Pío (138-161), las
de ARISTÓN DE PELLA y SAN JUSTINO MÁRTIR;
Bajo
el emperador Marco Aurelio (161-180), las de TACIANO EL SIRIO,
MILCÍADES, APOLINAR, ATENÁGORAS DE ATENAS, TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, MELITÓN DE
SARDES y HERMIAS.
Los primeros apologistas
En los años 123 ó
124, CUADRATO presentó en Atenas una apología al emperador Adriano
(117-138) que se ha perdido. Es posible que esta apología
sea precisamente la Epístola a Diogneto que hemos resumido más
arriba, y que hasta hace poco se solía poner en
una fecha más avanzada del siglo, hacia su final. A
menudo, esta carta se clasifica también entre los escritos de
los Padres Apostólicos.
Por los mismos años 123 ó 124, ARÍSTIDES
DE ATENAS, filósofo, también dirigió una apología a Adriano. El
autor dice de sí mismo que llegó al conocimiento de
Dios por la necesidad de explicarse el orden del universo;
expone los errores de bárbaros, griegos y judíos, en contraste
con la verdad de los cristianos y con la elevación
de sus costumbres.
Los apologistas del tiempo de Antonino Pío
En tiempos
del emperador Antonino Pío (138-161) hay registrados dos autores. Uno
es ARISTÓN DE PELLA, que hacia el 140 escribió la
primera apología contra los judíos, titulada Discusión entre Jasón y
Papisco sobre Cristo, que se ha perdido.
El otro, SAN JUSTINO
MÁRTIR, es el más importante de los apologistas griegos, y
su obra no se limita a las apologías. Justino nació
en Palestina, en la antigua Siquem, de padres paganos, y
parece que su conocimiento del judaísmo lo adquirió más tarde.
Él mismo nos cuenta su itinerario espiritual en busca de
la verdad, y cómo acudió a diversos maestros de diferentes
escuelas filosóficas, hasta que encontró el cristianismo. Llegado a Roma,
puso una escuela en la que enseñaba su filosofía, la
cristiana, y allí, por las envidias de un maestro pagano
que seguía la filosofía cínica, Crescente, fue denunciado como cristiano
y murió mártir, probablemente en el año 165. Se conserva
el relato auténtico de su martirio, basado en actas oficiales.
Obras
suyas fueron un Libro contra todas las herejías, otro Contra
Marción, un Discurso contra los griegos y una Refutación de
tema semejante, un tratado Sobre la soberanía de Dios y
otro Sobre el alma, y aun algún otro. Pero a
nosotros nos han llegado sólo tres escritos: dos apologías contra
los paganos (Apologías) y otra contra los judíos (Diálogo con
Trifón).
Las dos Apologías están dirigidas al emperador Antonino Pío y
fueron escritas alrededor del año 150; probablemente son dos partes
de la misma obra, que luego se desdobló. En ellas
se pide al emperador que juzgue de los cristianos sólo
después de escucharles, pues no es sensato condenar a alguien
por un nombre, el de cristiano, sino sólo por crímenes
reales. Expone luego la doctrina cristiana, tanto en lo referente
a las creencias como a la moral y el culto,
amonestando de nuevo al emperador y añadiendo que aun cuando
las persecuciones están provocadas por los demonios, no pueden dañar
a los cristianos, que también así llegan a la vida
eterna.
El Diálogo con Trifón es el más importante de estos
escritos apologéticos. Trifón es un judío al que Justino encontró
en Éfeso y con quien probablemente trató de algunas de
estas cuestiones, escritas mucho más tarde, después de las dos
Apologías. La argumentación de Justino se apoya mucho ahora en
el Antiguo Testamento, base aceptada por los dos interlocutores; Justino
expone que la ley de Moisés era provisional, mientras que
el cristianismo es la ley nueva, universal y definitiva; explica
por qué hay que adorar a Cristo como a Dios,
y describe a los pueblos que siguen a Cristo como
el nuevo Israel.
Seguramente el pensamiento de Justino queda sólo parcialmente
reflejado en estas obras de apología, dirigidas por tanto a
los no cristianos. En ellas trata de mostrar aquellos extremos
en que coincide la enseñanza de los filósofos, especialmente la
de los platónicos, y la fe de los cristianos.
Su concepto
de Dios es tan absolutamente trascendente, que piensa que no
puede establecer ningún contacto con el mundo, ni siquiera para
crearlo, si no es a través de un mediador, que
es el Logos (en griego, la razón); al principio el
Logos estaba de alguna manera en Dios, pero sin distinguirse
realmente de Él; luego, justo antes de la creación, emanó
de Dios con el fin de crear y de gobernar
el mundo; sólo después de esta emanación parece pensar Justino
que se constituye el Logos en persona divina, aunque permanece
subordinado («subordinacionismo») al Padre. El Logos nos revela al Padre,
y es el maestro que nos lleva a Él.
Pero esta
doctrina sobre el Logos tiene aún otro significado para Justino.
El Logos en toda su plenitud sólo apareció en Cristo,
pero de una manera tenue estaba ya en el mundo,
pues en cada inteligencia humana hay una semilla del Logos,
capaz de germinar. De hecho, germinó en los profetas del
pueblo de Israel y en los filósofos griegos; y por
este origen común, no puede haber contradicción entre el cristianismo
y la verdadera filosofía; con mayor razón, dice, puesto que
Moisés fue anterior a los filósofos, y éstos tomaron sus
verdades de él.
Justino es el primer escritor que completa la
comparación entre Adán y Cristo de San Pablo con la
comparación entre Eva y María. Es uno de los primeros
testimonios del culto a los ángeles, cuyo pecado interpreta como
pecado de la carne, pues piensa que tienen una cierta
corporeidad; también piensa que los demonios no irán al fuego
eterno hasta el momento del juicio final y que hasta
entonces vagan por el mundo tentando a los hombres: especialmente,
tratando de apartarles de Cristo. Justino es también milenarista.
Tiene especial
importancia el testimonio de Justino sobre la Eucaristía. Describe la
celebración eucarística que tiene lugar después de la recepción del
bautismo, y la de todos los domingos; el domingo, dice,
se ha elegido porque en este día creó Dios el
mundo y resucitó Cristo. Primero se hace una lectura de
los Evangelios, a la que sigue la homilía; después se
dicen unas oraciones rogando por los cristianos y por todos
los hombres, seguidas del ósculo de paz; luego viene la
presentación de las ofrendas, su consagración, y su distribución por
medio de los diáconos. El pan y el vino, consagrados,
son ya el Cuerpo y la Sangre del Señor, y
esta ofrenda constituye el sacrificio puro de la nueva ley,
pues los demás sacrificios son indignos de Dios.
Los apologistas
del tiempo de Marco Aurelio.
Bajo Marco Aurelio, el emperador filósofo
(161-180), tenemos otra serie de apologistas, algunos de los cuales
parece que escribieron en el ambiente creado por la persecución
de este emperador (176-180).
TACIANO EL SIRIO, nacido de una familia
pagana y en Siria, seguramente en la zona cercana al
imperio persa («nacido en tierra de asirios», dice de sí
mismo), y con una gran antipatía hacia todo lo griego,
se convirtió quizá en Roma, donde acudió a la escuela
de Justino; como su maestro, había llegado al cristianismo después
de una larga búsqueda de la verdad entre los filósofos.
Pero a diferencia de Justino, Taciano rechaza completamente no sólo
la filosofía de los griegos, sino toda su cultura y
sus costumbres. Regresó a Oriente hacia el 172, y dio
origen a una secta rigorista, llamada de los encratitas, que
proscribía el matrimonio, el comer carne y el beber vino,
hasta el punto de que en la misma Eucaristía lo
substituyó por agua.
De sus obras sólo dos se conservan. Una,
que al parecer era la más importante de todas y
que se puede reconstruir con las traducciones que tenemos, es
el Diatessaron; se trata de una concordia de los cuatro
evangelios, hecha con objeto de presentarlos en un solo relato
continuo; parece que fue muy utilizado, incluso en la liturgia,
durante un largo tiempo; su traducción al latín fue posiblemente
la primera versión latina del Evangelio.
La otra obra es el
Discurso contra los griegos, una apología que, más que una
defensa frente a los paganos, es un ataque virulento y
desmesurado contra todo lo griego, al que añade la exposición
de algunos puntos de la religión cristiana: Dios, el Logos,
el pecado original, los demonios y su actividad, la posibilidad
de que el hombre se haga inmortal si sabe rechazar
completamente la materia, el misterio de la encarnación, la conducta
de los cristianos; la religión cristiana, dice, es la más
antigua de todas, pues Moisés es anterior a cualquier pensador
griego.
De MILCÍADES, nacido en Asia Menor y discípulo de Justino,
y de APOLINAR, obispo de Hierápolis, no se conservan las
apologías que escribieron por este tiempo, ni tampoco ningún otro
de sus escritos.
En cambio, de ATENÁGORAS DE ATENAS, contemporáneo de
Taciano, se conserva una Súplica en favor de los cristianos,
escrita hacia el 177 y dirigida a Marco Aurelio y
a su hijo Cómodo, asociado al Imperio; está escrita con
elegancia y moderación, con abundantes citas paganas, y en ella
refuta las acusaciones acostumbradas: los cristianos no son ateos, sino
monoteístas, como algunos de los mejores pensadores paganos; no son
culpables de canibalismo, pues aborrecen el asesinato, y por eso
no van al circo y respetan la vida del niño
más pequeño; no sólo no organizan las orgías de que
se habla, sino que tienen en gran aprecio la castidad.
De este mismo autor se conserva además un discurso Sobre
la resurrección de los muertos, donde explica que lejos de
ser imposible o inconveniente para Dios que los muertos resuciten,
es muy razonable, para que el cuerpo reciba con el
alma el premio o el castigo de las obras en
cuya ejecución también participó.
Trata Atenágoras, por primera vez, de demostrar
filosóficamente que sólo puede haber un Dios. Explica, con más
claridad que los anteriores, la divinidad del Logos, evitando aun
las apariencias de subordinacionismo; utiliza también alguna expresión especialmente afortunada
al hablar de la Trinidad, aunque usa el término «emanación»
al referirse al Espíritu Santo. Habla también de la existencia
de los ángeles. Al explicar cómo los cristianos han recibido
la doctrina que profesan, contrapone la inseguridad de las enseñanzas
de los filósofos con la certeza de la revelación hecha
por Dios a unos hombres elegidos. Trata también del aprecio
a la virginidad y de la indisolubilidad del matrimonio, que
está orientado hacia la procreación.
TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, según Eusebio de
Cesarea, fue el sexto obispo de aquella sede, nació de
padres paganos cerca del Éufrates, en los confines del Imperio
cercanos a Persia, y recibió una educación helenística. Era ya
mayor cuando se convirtió, después de un estudio profundo de
las Escrituras.
De sus obras quedan sólo los tres libros A
Autólico, un amigo frente al que defiende el cristianismo, que
fueron escritos poco después del 180. En ellos trata del
Dios verdadero y de la idolatría, contrasta las enseñanzas de
los profetas con las fábulas griegas, y por fin describe
la superioridad del comportamiento moral de los cristianos, refutando de
paso las famosas calumnias. Repite la idea de que Moisés
es más antiguo que cualquier filósofo. Sus otras obras parece
que versaban sobre las Sagradas Escrituras o que atacaban algunas
herejías.
Teófilo es el primero que usa la palabra trías para
referirse a las tres personas divinas juntas. Es también el
primero que distingue entre la Palabra inmanente en Dios (Logos
endiácetos) y la Palabra proferida por Dios (Logos proforikós). Piensa
que la inmortalidad del alma no es algo natural, sino
un premio a la obediencia a Dios, idea que volveremos
a encontrar alguna vez.
MELITÓN DE SARDES, obispo de esta ciudad,
en Lidia, escribió hacia el 170 una apología destinada a
Marco Aurelio. Esta apología se ha perdido, aunque conocemos un
detalle, por un fragmento conservado: Melitón subraya que desde la
aparición del cristianismo las cosas han ido mucho mejor para
el Imperio. De las muchas obras suyas cuyo título nos
es conocido, sólo nos ha llegado una Homilía sobre la
pasión del Señor, descubierta recientemente; en ella domina la idea
de la preexistencia de Cristo, que se encarnó en la
Virgen para rescatar al hombre del pecado, de la muerte
y del demonio.
De HERMIAS, posiblemente del siglo III, se tiene
solamente una breve sátira, el Escarnio de los filósofos paganos.
Puede
darnos una idea de la extensión de las apologías que
hemos descrito, el número de páginas que ocupan en la
edición de la BAC que citaremos enseguida en los textos.
La mayor parte se sitúan entre las 15 páginas (Discurso
a Diogneto) y las 70; más largo es el Discurso
contra los griegos de Taciano, con 100 páginas, pero a
todas las supera el más importante autor del grupo, San
Justino, cuyo Diálogo con Trifón ocupa 250 páginas, y su
Apología en dos partes otras 100 páginas.
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