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Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic net 2a. sesión: Siglo I: Primeros pasos y dificultades de la Iglesia
Los primeros pasos de la Iglesia se encuentran narrados en el libro de la Sagrada Escritura, llamado Hechos de los Apóstoles, primera historia de la Iglesia.
2a. sesión: Siglo I: Primeros pasos y dificultades de la Iglesia
SIGLO I EDAD ANTIGUA
INTRODUCCIÓN
La Iglesia no es obra humana. La fundó
Cristo cuando fue escogiendo a sus apóstoles, pero fue en
Pentecostés donde Dios Espíritu Santo lanzó a la Iglesia hasta
los confines de la tierra. Ya Jesús había ascendido al
cielo. El mensaje de los apóstoles no era otro que
el que les dejó Jesucristo, pues ellos fueron testigos privilegiados
de cuanto hizo y dijo el Hijo de Dios.
Ese
día de Pentecostés en Jerusalén, ante los peregrinos judíos reunidos
con ocasión de la fiesta, Pedro proclamó la Buena Nueva
8 y se hicieron bautizar tres mil
personas. ¡Había nacido la Iglesia misionera! Poco tiempo después, la
comunidad de Jerusalén contaba con unas quince mil personas, hecho
de suyo exorbitante, pues Jerusalén no contaría con más de
cincuenta mil almas. Nótese que fue esto un hecho casi
único, regalo del Espíritu Santo, pues de ahí en adelante
ni paganos 9ni judíos se convirtieron masivamente. La
evangelización también para los apóstoles fue un trabajo lento, palmo
a palmo, de hombre a hombre.
Lo mismo que Jesús,
esos primeros miembros de la Iglesia son judíos. Hablan el
arameo, la lengua semítica más extendida por el Próximo Oriente.
Siguen llevando una vida de judíos piadosos: rezan en el
templo, respetan las normas alimenticias y practican la circuncisión. Los
primeros judíos convertidos al cristianismo aparecen como “grupo” dentro del
judaísmo, en el cual hay fariseos, saduceos, zelotes. Ellos son
los “nazarenos”, por seguir a Jesús de Nazaret. Lo que
les caracteriza es el bautismo en el nombre de Jesús,
la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, la fracción
del pan (eucaristía) y la constitución de comunidades fraternas llenas
de caridad 10. Pero eran hombres de la
tierra, con virtudes y con vicios, como todos.
A estos cristianos
de cultura judía se añaden pronto otros judíos y paganos
de cultura griega, que son llamados helenistas.
Los primeros pasos
de la Iglesia se encuentran narrados en el libro de
la Sagrada Escritura, llamado Hechos de los Apóstoles, primera historia
de la Iglesia.
I. SUCESOS
No todo fue fácil para la Iglesia…
La
Iglesia fundada por Jesucristo tropieza desde el inicio con un
ambiente religioso, político y social enque abunan la injusticia y
la corrupción. La corrupción comenzaba en los gobernadores y jefes
religiosos y se extendía a todos los estratos de la
sociedad. En ese ambiente los cristianos fueron creciendo y resolviendo
las dificultades que surgían.
Veamos ahora qué dificultades encontró esta
Iglesia, fundada por Cristo.
¿Qué obstáculos y dificultades enfrentó la Iglesia
primitiva?
El primer escollo que debió superar la Iglesia primitiva fue
éste: ¿Sería la Iglesia una rama más de la religión
judaica, o se trataba de algo nuevo? ¿Cómo llegó el
cristianismo a independizarse de sus raíces judías y convertirse en
una religión universal?
Nuestra religión se llama católica, es decir, universal.
Cristo envió a los suyos “a todas las naciones” (Mt
28, 19), diciéndoles: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra”
(Hech 1, 8). Sin embargo, dicho universalismo no fue entendido
desde el inicio por todos. Tal desinteligencia constituyó el primer
gran escollo con que se topó la Iglesia en los
albores de su existencia.
¿Cuál era la actitud que se
debía tomar frente a la ley antigua, frente a Israel?
No olvidemos que los cristianos estaban convencidos de que Israel
era el pueblo de Dios. Gran parte de los primeros
cristianos eran judíos de nacimiento, como los doce apóstoles y
los setenta y dos discípulos, fieles a la ley de
Moisés, y sólo podían entender el cristianismo como un complemento
del judaísmo. La Iglesia no era sino la flor que
coronaba el viejo tronco de Jesé.
Resultaba lógico que así
pensaran. Parecía, pues, obvio que en el pensamiento de muchos
de los primeros cristianos la Iglesia no fuera sino la
prolongación de Israel, una nueva rama brotada del pueblo elegido.
Para muchos de ellos la Iglesia era judía: judío su
divino fundador, judía su madre, judíos los apóstoles, judíos sus
primeros miembros. Como se ve, la Iglesia hundía sus raíces
en el antiguo Israel.
Esta perplejidad se manifestaba asimismo en
la liturgia de los primeros cristianos. Tenían un culto propio,
que realizaban en las casas particulares y consistía en escuchar
la predicación de los apóstoles y celebrar la fracción del
pan o Eucaristía. Pero también asistían al culto público, que
se celebraba en el templo, junto con los demás judíos
(cf Hech 2, 42.46). Igual que había hecho Jesús, acudían
a las sinagogas, donde les era posible hacer oír la
buena nueva al interpretar la ley y los profetas. Lo
único que los distinguía de los allí presentes era la
fe en que Cristo, muerto y resucitado, era el Mesías
anunciado por los profetas.
El vínculo entre la Iglesia y
el pueblo judío sólo se rompería por una señal del
cielo y en razón de una imposibilidad absoluta, cuando la
autoridad judía, hasta entonces respetada, rechazase de manera violenta la
nueva comunidad.
Y llegó lo que tenía que llegar, pues
al predicar los apóstoles y los primeros cristianos que Jesús
era el Mesías, el Sanedrían se inquietó y comenzó la
persecución. Los jefes del pueblo judío quisieron acabar con “esta
nueva secta” y el nuevo estilo de vida, porque los
apóstoles y seguidores ya no seguían la ley de Moisés
en todo, sino la nueva ley dada por Jesús, el
Hijo de Dios, con quien habían vivido. Querían acabar con
ellos porque practicaban nuevos ritos: bautismo, eucaristía y porque obedecían
la autoridad de Pedro y de los los demás apóstoles.
La persecución abierta comenzó un día en que Pedro y
Juan subieron al templo a orar. A la entrada yacía
un tullido de nacimiento, que les pidió limosna. Pedro le
dijo que no tenía dinero, pero que le daba lo
que estaba a su alcance, la curación en nombre de
Jesús. Y así fue.
Todos los presentes quedaron estupefactos, y
se arremolinaron en torno a los dos apóstoles. Entonces Pedro
habló al pueblo enrostrándoles el haber entregado a Jesús cuando
Pilato deseaba liberarlo. Prosiguió diciéndoles que Dios había preanunciado estas
cosas por los profetas, así como por Moisés. “Resucitando Dios
a su Hijo, os lo envió a vosotros primero para
que os bendijese al convertirse cada uno de sus maldades”
(Hech 3, 14-26).
Era demasiado para los jefes judíos. Mientras
Pedro hablaba, las autoridades lo mandaron prender, juntamente con Juan,
ordenando que fuesen conducidos al día siguiente a la presencia
del consejo. Asi se hizo, pero al comparecer ante el
tribunal Pedro no se amilanó, confesando tajantemente que no había
salvación sino en Jesucristo, piedra angular rechazada por la Sinagoga.
Comenzó entonces a desencadenarse la persecución. Esteban fue el primer
mártir discípulo de Cristo que murió por su fidelidad a
Él el año 36. Entre estos fariseos convencidos estaba Saulo
de Tarso, a quien posteriormente Jesús, camino de Damasco, se
le apareció y le mostró el nuevo camino a seguir
11. A raíz de ese encuentro Saulo se
convirtió, se hizo bautizar y, por gracia de Dios, llegó
a ser el apóstol de los gentiles o paganos.
¿Qué
otras dificultades tuvo que afrontar la primitiva Iglesia de Cristo?
Se
suscitó una discusión entre los primeros cristianos. Los de origen
judío pensaban que debían exigir a quienes creían en Cristo
y pedían el bautismo la práctica de algunas costumbres judías,
como la circuncisión y el no comer carne de cerdo
ni sangre. Pero Pablo y Bernabé se opusieron diciendo que
bastaban la fe y el bautismo. Tal fue la disputa
que los apóstoles tuvieron que reunirse en Jerusalén, y allí,
inspirados por el Espíritu Santo, dieron la razón a Pablo.
Surgió
también tirantez entre los cristianos judíos y los helenistas convertidos.
Los helenistas se quejaron de que sus viudas necesitadas eran
mal atendidas en las distribuciones cotidianas de alimentos.Los apóstoles eligieron
a 7 hombres de beuna fama y llenos del Espíritu
para imponerles las manos y dedicarlos a ese servicio.
Otra dificultad
que encontraron los primeros cristianos fue la inserción de la
fe cristiana en el mundo grecorromano, en que había tantas
religiones politeístas, se daba culto de adoración al emperador, dilagaban
los vicios, y las ideas filosóficas no siempre concordaban con
el Evangelio. ¿Qué hacer?
¡Pobre Jerusalén!
La catástrofe que marcó dramáticamente la
historia de Israel fue la destrucción de Jerusalén, llevada a
cabo por Tito en el año 70. Quedaron arrasados la
ciudad y el templo, centros neurálgicos del pueblo de Israel.
A pesar de todo, los judíos lograron reorganizarse; pero años
después el emperador romano envió al general Julio Severo que
aniquiló toda resistencia judía y fundó una colonia romana, donde
los judíos no podían poner el pie. Golpe mortal. Destruidos
Jerusalén y el templo, se desmoronó la moral del pueblo
judío. Los símbolos visibles de la antigua alianza habían desaparecido.
Pero Dios hizo surgir un huracán llamado Saulo de Tarso...
La
Iglesia despliega velas con Pablo de Tarso que viaja por
Asia, Grecia, Roma y otros sitios. Funda numerosas comunidades eclesiales,
sufre hambre, cárcel, torturas, naufragios, peligros sin fin. Una obsesión
tiene: predicar a Cristo. Toda su labor evangelizadora quedó plasmada
en sus cartas, que encontramos en el Nuevo Testamento.
En
estas cartas profundizó el tema de la redención con que
el Señor Jesús nos liberó del pecado, y desarrolló las
exigencias de la vida cristiana 12. Pensamiento clave
en Pablo es Cristo13: “Cristo, misterio de Dios”
(Col 2,2). El Cristo de Pablo es vivo y arrebatador
(Fil 3, 7-14), lo describe con caracteres de fuego (Gál
3,1). El mismo, Pablo, lleva en su cuerpo las señales
de Cristo (Gál 6,7) y se siente impulsado a predicar
el evangelio (1Cor 1,17). Por el evangelio se hace todo
para todos (1Cor 9,20-23); soporta todo por dar a conocer
a Cristo (Flp 1,18); todo lo puede en Cristo (Flp
4,13). Le impulsa el amor de Cristo (2Cor 5,14), y
nadie en el mundo lo puede separar de él (Rm
8,35-39). Su vida es Cristo y morir es una ganancia
para irse con Cristo (Flp 1,23). Lo que no es
Cristo, para él es basura (Flp 3,8-15). Cristo es misterio
oculto desde los siglos en Dios (Ef 3,9). En la
persecución de Nerón, año 67, Pablo fue decapitado; fue el
único modo de hacerlo callar.
Y el Imperio Romano tuvo
miedo; por tanto, “¡cristianos a las fieras!”
Ante la expansión del
cristianismo el imperio romano tuvo miedo, pues no quería que
nadie le hiciera sombra. Varios emperadores se servieron de cualquier
catástrofe para echar la culpa a los cristianos14,
pues causas justas para perseguirlos no había15. Resulta
también una ironía de la historia constatar quien cometió tan
grande injusticia contra los cristianos fue el imperio romano, el
inventor del derecho16.
Así comenzaron las persecuciones de
los emperadores romanos17.
La primera de todas, la
de Nerón (54-68) que incendió Roma, expuso a los cristianos
a los mordiscos de las fieras, crucificó a muchos
de ellos y los cubrió de resina y brea para
que sirvieran de antorchas que iluminaran el Circo de Nerón
(hoy la plaza de san Pedro). En esta persecución de
Nerón murió crucificado Pedro, el primer Papa, en el año
64, y en el año 67 Pablo, por decapitación. Ambos,
Pedro y Pablo, fueron primeramente encerrados en la cárcel Mamertina.
Más tarde fueron muriendo también los demás apóstoles; algunos de
ellos martirizados, según cuenta la tradición. Otra de las persecuciones
del primer siglo contra los cristianos fue la del emperador
Domiciano, en el año 92, en la que murieron
muchos y otros fueron torturados. Por ejemplo, san Juan Evangelista
fue metido en una caldera de aceite hirviendo, pero salió
ileso y milagrosamente rejuvenecido. Desterrado a la isla de Patmos,
escribió el Apocalipsis y, según la tradición, escribió en Efeso
su Evangelio y las tres epístolas. Murió en dicha ciudad
alrededor del año 101.
Algunos convertidos al cristianismo flaqueaban también
Ya
desde este siglo se dieron las primeras herejías18.
La herejía ha sido una ola interna que siempre ha
amenazado la nave de la Iglesia. Estos herejes, dice san
Juan, “de nosotros han salido, pero no eran de los
nuestros” (1 Jn 2, 19). Lo quiere decir: que eran
cristianos “de nombre”, pero no verdaderos.
¿Cuáles fueron las primeras
herejías que brotaron en este siglo?
Los judaizantes, judíos
que, después de bautizados, exigían a los demás la circuncisión
y otras prácticas judías, como necesarias paara la salvación.
Ebionitas:
judaizantes que afirmaban que la salvación depende de la guarda
de la ley mosaica. Consideraban a Jesús como un simple
hombre, hijo por naturaleza de unos padres terrenos. Jesús, por
su ejemplar santidad, había sido consagrado por Dios como mesías
el día del bautismo y animado por una fuerza divina.
La misión que recibió sería la de llevar el judaísmo
a su culmen de perfección, por la plena observancia de
la Ley mosaica, y ganar a los gentiles para Dios.
Esa misión la habría cumplido Jesús con sus enseñanzas pero
no con una muerte redentora, puesto que el mesías se
habría retirado del hombre Jesús al llegar la pasión. La
cruz era escándalo para estos judaizantes. Rechazaban el punto esencial
del cristianismo: el valor redentor de la muerte de Cristo.
Los gnósticos, influidos por cierto misticismo difundido en ambientes
hebreos, por el dualismo del zoroastras persas y por la
filosofía platónica, buscaban resolver el problema del mal. Entre Dios
que es bueno y la materia que es mala están
los eónes. Uno de esto toma la pariencia de Jesús,
pero sólo la pariencia. La salvación consiste en liberar de
la materia el elemento divino. Esto sólo lo podrán hacer
los “espirituales”, gracias al conocimiento secreto y superior que Jesús
les ha comunicado.
Maniqueos: gnósticos persas, de moralidad severa. Creían
en dos principios creadores: el creador del bien y el
creador del mal, que siempre están en pugna. Cayeron en
la mayor disolución.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
¿Qué hizo la
Iglesia y los primeros cristianos, con la luz y la
fuerza del Espíritu Santo, ante toda esta avalancha de dificultades
y problemas? Nunca se desanimaban. Sentían en su interior arder
el fuego y el ímpetu de Pentecostés.
“¡Felices de poder
sufrir algo por el Nombre de Cristo!”
Ante la oposición de
los fariseos y del Sanedrín, que impedían a los apóstoles
predicar en nombre de Jesús, ellos, los cristianos obedecían a
Dios antes que a los hombres. Fueron presos, azotados, pero
ellos salían gozosos por haber podido padecer por el nombre
de Jesús. El discurso de Esteban ante el Sanedrín fue
la gota de agua que colmó la medida: un arrebato
de furor sacudió a la asamblea, que arrastró a Esteban
fuera de la ciudad y le dio muerte, a pedradas.
Esta persecución obligó a muchos discípulos a huir de Jerusalén,
y gracias a ello se abrieron nuevos caminos a la
predicación evangélica.
“Como vosotros os resistís, nos dirigimos a los paganos”
¿Cómo
reaccionó la Iglesia primitiva ante la destrucción de Jerusalén? Los
judíos, ante la destrucción del templo y de Jerusalén, se
dispersaron por toda la geografía del imperio romano: Antioquía, Éfeso,
Tesalónica, Corinto, Chipre y Roma. Este hecho, conocido como la
diáspora, ya había comenzado antes de Cristo, pero se intensificó
con la caída de la ciudad santa. Fue a
ellos a quienes Pablo y los primeros cristianos predicaron primeramente
el evangelio. Pero como muchos se cerraron en banda y
no quisieron creer en Jesús como el mesías preanunciado por
los profetas, se dedicaron a predicar a los paganos para
lograr su conversión al cristianismo 19.
Nuevos problemas,
nuevas soluciones
La Iglesia seguía su afán evangelizador. Muchos griegos se
convertían y recibían el bautismo. Pero no tardaron en venir
las dificultades, pues algunos helenistas comenzaron a quejarse de que
no se atendía debidamente sus las viudas.
¿Qué hicieron los
apóstoles? Los apóstoles establecieron el servicio del diaconado, escogiendo a
siete hombres, que tenían la finalidad de cooperar con los
doce en la predicación, en el bautismo y en el
servicio del prójimo. De esta manera, los apóstoles no abandonarían
la oración y la predicación.
Otro problema surgió: qué cargas
imponer a los paganos que se convertían. También aquí los
apóstoles dieron solución convocando el Concilio de Jerusalén (año 51
d.C.): no se les impondrán las prescripciones judías. No debe
haber más ley que la de Jesucristo. Así la fe
cristiana se iba desligando del judaísmo y se abría a
una visión universal, sin necesidad de sufrir un trasplante cultural
para acceder al Evangelio.
Fue sobre todo Pablo, quien más
luchó por la unidad de los primeros cristianos, judíos y
paganos20. Su ímpetu evangelizador era imparable, y poco
a poco fue formando pequeñas comunidades de cristianos, iglesias locales,
en diversas ciudades del Asia Menor y de Grecia. Incluso,
ya encadenado, llegó a Roma donde existía una comunidad cristiana
y en ella ejerció su ministerio apostólico. En esas iglesias
locales iba dejando presbíteros con autoridad, como Tito y Timoteo.
Así las primeras comunidades, por la acción de los apóstoles,
se iban estructurando jerárquicamente, de tal forma que a
principios del siglo segundo, san Ignacio de Antioquia, hablaba de
que en cada iglesia había un obispo, varios presbíteros y
diáconos. Así se consolidó la jerarquía eclesiástica21.
Pero
no sólo Pablo, también Pedro se dedicó a predicar a
los judíos que vivían en la diáspora: Ponto, Galacia, Bitinia,
etc., tal como atestigua su primea carta. También llegó a
Roma, la capital de imperio. En esa iudad predicó, ejerció
su autoridad apostólica y fue crucificado. Muerto él, le sucedieron
san Lino, san Anacleto, san Clemente, san Evaristo, etc. en
una sucesión ininterrumpida que llega hasta el actual pontífice, Benedicto
XVI, Vicario de Cristo.
Es aquí el lugar para hablar
un poco sobre el origen divino de la Iglesia y
el gobierno apostólico, es decir, quién fundó la Iglesia y
cómo los apóstoles iban gobernando la Iglesia al inicio. Lo
explicaré como apéndice de esta lección.
Se oye ya la voz
del Papa y de la tradición
Del Papa san Clemente (ca.
97) nos queda su carta a los corintios, escrita para
exhortarlos a poner fin a las divisiones que los perturbaban.
No obstante, los obstáculos para la conversión no fueron pocos.
De este siglo I es el importante documento llamado “Didaché”
(Didajé) o “Doctrina de los doce apóstoles”. Este documento, juntamente
con dos cartas de san Clemente Romano y la llamada
Epístola de Bernabé son el hallazgo más valioso de los
tiempos modernos, referente a la primitiva literatura cristiana; apareció en
un códice de 1873, encontrado en la biblioteca del Hospital
del Santo Sepulcro de Constantinopla, por el arzobispo griego Filoteo
Briennios. Se ignora quién fuera el autor, pero la doctrina
es netamente evangélica, por eso se conjetura que el autor
sería algún apóstol fundador de una iglesia o alguno de
sus discípulos. La fecha exacta de su composición se ignora,
pero se calcula hacia el 70 ó 90.
La Didaché
termina con un llamado a velar en espera de la
venida del Señor: “Vigilad sobre vuestra vida, estad preparados. Reuníos
con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque
de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe,
si no sois perfectos en el último momento”. Juntamente a
este documento de la Didaché aparece otro de similar valor
llamado “Discurso a Diogneto”, de autor y destinatario desconocidos, verdadera
joya literaria y ascética de la cristiandad primitiva.
¿Cómo comenzaron
a administrar los sacramentos en este siglo?
Los sacramentos se
administraban ya en la era apostólica, en cuanto a su
esencia, pero no en cuanto a su modalidad, pues no
había ritual fijo en ese momento.
Se practicaba el bautismo,
incluso a los niños, y se hacía normalmente por inmersión.
Inmediatamente se ungía a los bautizados para comunicarles el Espíritu
Santo y se les admitía a la eucaristía. Eran los
sacramentos de la iniciación. También practicaban la confesión, pues dice
la Didaché: “Reunidos cada día del Señor, partid el pan
y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados”. Quien
absolvía era únicamente el obispo y se consideraban pecados gravísimos:
el homicidio, la idolatría y el adulterio. La carta de
Santiago (St 5,4) atestigua asimismo que, cuando uno enfermaba, llamaban
a los presbíteros de la Iglesia para ungirlos con óleo.
No existía, es verdad, una teología de los sacramentos, ni
se había fijado su número. Todo esto ocurrió mucho después.
Pero en algunas lápidas sepulcrales y pinturas de las catacumbas
aparecen símbolos del bautismo, de la confirmación, eucaristía y confesión.
Lo de siempre: no hay mal que por bien
no venga
Como la fe es necesaria para el bautismo, poco
a poco se sintió la necesidad de hacer breves compendios
de la doctrina, que los catecúmenos debían aprender antes de
ser bautizados. Así nacieron los “credos” bautismales. Más tarde, cuando
brotaron las herejías, los obispos reunidos en sínodos y en
concilios precisaron y sintetizaron las verdades de la fe en
“credos” más amplios. Dice san Ambrosio: “La estructura del Credo
es ternaria, porque es esencialmente símbolo de la Trinidad. Resume
la triple respuesta a la triple pregunta concerniente a las
tres Personas divinas: ¿crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en
Jesucristo? ¿Crees en el Espíritu Santo?” (De sacramentis, tract.
II c, 7, n. 20).
“Id por todo el mundo”
Ante
el problema de la inserción de la fe cristiana a
la cultura grecorromana, los primeros cristianos fueron poco a poco
sembrando la palabra de Jesús con firmeza, claridad y valentía,
con la predicación y con el ejemplo de una vida
coherente, honesta, que llegó incluso al heroísmo de morir por
Cristo.
El mismo imperio romano facilitó, con su organización y
sus vías de comunicación, la predicación rápida del evangelio por
todo el mundo mediterráneo. Pero lo más importante de todo
es que el evangelio responde a una espera profunda de
los hombres. Los puntos principales en los que insistían los
primeros cristianos constituyeron una bomba para el imperio romano; y
son éstos:
La comunidad cristiana acoge a todos los
hombres, porque son iguales y libres ante Dios y salvados
por Cristo.
A sólo Dios hay que dar culto.
Hay que llevar una vida de austeridad, de pureza y
de caridad con los necesitados.
CONCLUSIÓN
Comenzaba la lucha de
varios siglos del imperio contra los cristianos, pero también el
atractivo cada vez mayor del evangelio para los habitantes de
ese imperio, al ver el ejemplo heroico de muchos cristianos
que se dejaban matar antes de claudicar de su fe.
¡Qué razón tuvo Tertuliano al decir: “La sangre de los
mártires es semilla de cristianos”! Cuando llegó la hora de
la libertad de la Iglesia, el cristianismo había penetrado profundamente
en Oriente y Occidente: Siria, Asia Menor, Armenia, Mesopotamia, Roma
y la mayor parte de Italia, Egipto y Africa del
norte. Otras tierras, como Galia y España, sin alcanzar el
nivel de las primeras regiones, contarían también en su población
con fuertes minorías cristianas.
APÉNDICE
1. Origen divino de la Iglesia
La Iglesia
no es una invención humana. Ya estuviera destruida hace muchos
siglos. El concilio Vaticano en su constitución “Lumen Gentium” presenta
a la Iglesia como fruto de la sabiduría y la
bondad con que Dios Trino busca reunir a todos los
hombres, dispersos por el pecado, en una sola familia.
La
Iglesia es parte del misterio de Dios. Si olvidamos esto,
nunca comprenderemos el origen y la finalidad de la Iglesia.
Colocar en Dios Trino el origen de la Iglesia puede
herir la sensibilidad del hombre moderno, acostumbrado a una convivencia
democrática y educado en una cultura que tiende a rehuir
la trascendencia. Le resulta difícil comprender que una asociación de
personas, como es la Iglesia, deba su origen a alguien
que es anterior y está por encima de ella. Por
eso, no es raro que muchos se pregunten hoy día
si realmente la ekklesía es una asamblea convocada por Dios,
o si más bien es fruto de una simple decisión
asociativa de los primeros discípulos de Jesús después de la
resurrección y ascensión a los cielos.
Si decimos que la
Iglesia tiene su origen en Dios, debemos aceptar que no
somos dueños de ella y que es Él quien determina
su naturaleza y su misión, y que por lo mismo
debemos acudir a lo que Él nos ha revelado para
resolver los problemas que surjan. Pero si alguien dice que
la Iglesia ha nacido de una simple decisión de los
primeros discípulos de Jesús, entonces los amos de la Iglesia
somos nosotros; el modo de concebirla, de estructurarla, las mismas
tareas que ejerza dentro de la historia caen bajo nuestro
arbitrio. Son muchos los que hoy día piensan así, los
que consideran que la Iglesia no es más que una
sociedad humana, y que está en nuestras manos decidir pragmáticamente
los diversos problemas que la historia y las culturas van
presentando. Rechazan todo magisterio que se apoye en la autoridad
de Cristo, y se extrañan de que los pastores de
la Iglesia no acepten las teorías de los teólogos o
la opinión pública como norma de fe o moral22.
Los liberales protestantes, por contraponer razón y fe y
separar el Jesús histórico del Cristo de la fe, veían
el origen de la Iglesia no en el Jesús que
predicó en Palestina y murió en Jerusalén, sino en la
fe de la primera comunidad en Cristo resucitado. Los manuales
católicos, en cambio, por su afán apologético, consideraban imprescindible presentar
que la Iglesia como sociedad había sido fundada directamente por
Jesucristo, quien la dotó de su propio fin y de
sus propios medios. Ambas visiones, aun siendo contrapuestas, se mueven
dentro de un mismo ámbito teológico, que nos parece claramente
reducido. Unos se referían al Cristo de la fe; los
otros, en cambio, al Jesús de la historia. El enfoque
queda así exclusivamente crístico (centrado en Cristo); y no se
integra el misterio de Cristo en el misterio de Dios
Trino. Y esto si lo vio claro el concilio Vaticano
II, en su constitución “Lumen Gentium”, que concluye su primer
capítulo con las palabras de san Cipriano: “Así toda la
Iglesia aparece como el pueblo unido por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium, 4).
Por
tanto, en el origen de la Iglesia está Dios Trino.
Dios Padre la planeó y la preparó admirablemente en la
historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza;
Dios Hijo la inauguró en la tierra, eligiendo a unos
apóstoles a quienes llamó, formó y les envió, dándoles sus
poderes para que continuaran su misión salvadora; y el Espíritu
Santo, la está llevando a su plenitud, hasta el final
de los tiempos, santificándola, iluminándola y guiándola.
2. Gobierno apostólico
en este siglo I
La autoridad en Iglesia, durante el
siglo I, fue ejercida por los apóstoles mientras estos vivieron.
En Jerusalén, tal como cuenta el Libro de los Hechos,
los Doce iban resolviendo los problemas bajo la guía de
Pedro. Éste gozaba ya desde el inicio de una función
preminente, y así lo vemos que visita las comunidades de
Samaría (Hch 8,14) y más tarde recorre las ciudades costeras
de Lida, Jope y Cesarea (Hch 9,32-10,48). Posterirmente es Pablo
quien, tras su conversión, predica en Damasco y Antioquía, y
se lanza a una serie de viajes durante los cuales
va fundando diversas iglesias locales: Corinto, Tesalónica, Éfeso, etc. En
todas ellas Pablo ejerce la autoridad apostólica, pero para ayudarse
consagra a Tito y Timoteo. Incluso les ordena que vayan
consagrando a otras personas dignas para ponerlas al frente, como
obispos, de las comunidades. Tal fue el encargo de
Tito en Creta.
El hecho es que los apóstoles, queridos
por Cristo como pastores con autoridad en el seno de
su Iglesia, consagraron a otros por medio de la invocación
del Espíritu Santo y la imposición de las manos, y
éstos consagraron a otros. Era la forma de perpetuar en
la Iglesia la autoridad apostólica con que Cristo había querido
enriquecerla. El resultado es que en cada comunidad o iglesia
local había “obispos” o “presbíteros”, y que a inicios del
siglo I – según ya dijimos - la jerarquía en
una iglesia local estaba compuesta de un obispo, al que
ayudaban varios presbíteros y diáconos.
En estas comunidades no todo
era agua de rosas, como podemos ver por los problemas
a los que debía hacer frente san Pablo en sus
cartas, e incluso surgían herejías como se aprecia por las
cartas de san Juan y por el libro del Apocalipsis.
Pero había entre ellas la conciencia de la unidad, de
formar la Iglesia de quienes creían en Jesús y habían
recibido su Espíritu. Y de esta conciencia brotaba la búsqueda
de la comunión.
Esta comunión se alimentaba de la Eucaristía,
pues “aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos
participamos del mismo pan” (1Co 10,17), y en la adhesión
al propio obispo. Dice san Ignacio de Antioquía: “El obispo
no ha obtenido el ministerio de regir la comunidad por
sí mismo o por medio de los hombres, sino de
Nuestro Señor Jesucristo...Seguid dondequiera que esté a vuestro pastor, como
hacen las ovejas; todos los que pertenecen a Dios y
a Cristo están unidos con el obispo...No participéis sino en
la única eucaristía, no hay más que un altar, no
hay más que un solo obispo rodeado del presbiterio y
de los diáconos” (A los de Filadelfia 1, 1-2; 3,
2-5).
También buscaban la comunión y cohesión entre las diversas
comunides. Se manifestaba ese empeño en las colectas por las
comunidades pobres, en las cartas que se enviaban mutuamente, y
en la lucha por mantenerse adheridas a la doctrina de
los apóstoles 23.
3. Estructura de la Iglesia
Creo que
es bueno, antes de seguir con los siguientes siglos, dar
algunas notas sobre la estructura de la Iglesia, para que
podamos comprender mejor su misterio y su misión. Y los
vamos hacer en una breve síntesis:
Igualdad y diversidad en
la Iglesia: Por una parte, el concilio Vaticano II reafirma,
por un lado la radical igualdad de todos los miembros
de la Iglesia, basándose no en motivos humanos y sociológicos,
sino en la voluntad de Dios que nos ha hecho
partícipes de las mismas realidades sobrenaturales por medio del bautismo
(cf. Lumen gentium, 32b); esta igualdad bautismal convierte a los
cristianos en una comunidad. Pero por otro lado, junto a
esta igualdad fundamental, el concilio reconoce la pluralidad de carismas
que el Espíritu Santo reparte entre los diversos miembro de
la Iglesia, y afirma igualmente la diferencia que el Señor
estableció entre los ministros sagrados y el resto del Pueblo
de Dioscf. Lumen gentium 32c). Esta unidad fundamental y esa
diversidad funcional, que Cristo ha querido para su Iglesia, están
ordenadas entre sí, se implican y se exigen mutuamente.
Ministerialidad
de las diversas funciones: tanto la función de los pastores
como las funciones de los demás fieles deben ser consideradas
como servicios o ministerios. Los pastores están para santificar, apacentar
y guiar a los fieles. Y los laicos están para
elevar el mundo donde trabajan y ordenarlo según el plan
de Dios. Por tanto, esta ministerialidad es el puente que
une la pluralidad de funciones y la unidad bautismal.
Terminemos
diciendo que no debemos reducir la Iglesia a una comunidad
humana cualquiera. La Iglesia sí es una comunidad, pero en
un sentido un poco especial. Veamos tres diferencias entre la
Iglesia y cualquier otra sociedad natural, cultural, política, etc. En
primer lugar, la Iglesia no nace de la voluntad asociativa
de sus miembros, es fruto de una convocación divina acogida
en la fe. En segundo lugar, la Iglesia es una
comunidad en tanto en cuanto vive históricamente y expresa en
formas visibles de comportamiento una comunión sobrenatural. En tercer lugar,
podríamos decir que la comunidad eclesial, visible, con sus funciones
varias, sólo tiene sentido en cuanto signo de la comunión
sobrenatural en Cristo y en su Espíritu.
De todo esto
sacamos estas conclusiones: La autoridad de los pastores en la
Iglesia no puede considerarse como representación y delegación de la
base popular, ya que la reciben del mismo Cristo, quien
a su vez recibió del Padre todo poder en el
cielo y en la tierra par realizar la obra de
la redención. La verdad que transmite la Iglesia no puede
tampoco reducirse a la simple opinión de la mayoría, pues
su misión es conservar, predicar y defender, con la asistencia
del Espíritu Santo, únicamente la verdad revelada para nuestra salvación.
Los ministros ordenados en la Iglesia no son meros delegados
de la comunidad para realizar ciertas funciones necesarias, sino que,
por haber recibido el sacramento del orden, son configurados ontológicamente
con Cristo, Cabeza y Pastor, y participan de su función
capital, es decir, de su autoridad, de manera que en
ellos y por medio de ellos Cristo Cabeza continúa enseñando,
santificando y guiando a su Cuerpo que es la Iglesia24.
___________________________
Cf. Hch 2, 22 ss.
regresar Cuando se habla de paganos,
se refiere a aquellos hombres y mujeres procedentes de las
civilizaciones grecorromanas, y demás civilizaciones, que no habían recibido todavía
la revelación de Dios, como tuvo la suerte de recibir
el pueblo judío, pueblo monoteísta y religioso. regresar Cf. Hch 2, 41-47; 4, 32-35 regresar Cf. Hch 9, 1 ss regresar Para más información sobre Pablo, sus viajes
y sus cartas, puede consultar mi curso de Biblia, segunda
parte: Nuevo Testamento.regresar En las cartas
de san Pablo pueden contarse 200 veces la palabra “Jesús”;
280 veces dice “Señor” y 400 veces usa la palabra
“Cristo”. Jesucristo era la obsesión para san Pablo. regresar Así lo dejó escrito Tertuliano: “Si el
Tíber desborda los muros; si el Nilo no atina a
inundar los campos; si el cielo no se mueve o
la tierra se mueve; si hay hambre o plaga...el grito
es siempre el mismo: ¡Cristianos, a las fieras!”regresar Las verdaderas causas de las persecuciones son las
mismas que sufrió Jesucristo: odio a los cristianos, a su
nueva religión, a su nueva doctrina, tan contraria al paganismo,
el culto que daban sólo a Dios, y no al
emperador, el tenor de vida honrada y honesta que llevaban
los cristianos. Todo esto molestaba a los emperadores. Ser cristiano
era delito. Si prestaba culto a los dioses romanos, había
indulto. Si no, era matado. regresar El Derecho Romano era un conjunto de leyes sabias, pero
en lo civil; en lo penal adolecía de grandes deficiencias.
Cada gobernador o cada prefecto podía cometer cualquier arbitrariedad o
injusticia. regresar Hoy se cree sin
fundamento que la Iglesia estaba deseosa de tener persecuciones. No
es cierto. Nadie deseaba la persecución. Todos amaban la paz
y la vida. Muchos cristianos las afrontaron con gran entereza,
siguiendo el ejemplo de Cristo, pero otros claudicaron de su
fe cristiana, para salvar el pellejo. regresar Herejía viene de un verbo griego que significa seleccionar,
tomar. El hereje no acepta toda la verdad que Dios
nos ha revelado y que la Iglesia nos transmite. Técnicamente
decimos que la herejía es la negación pertinaz, después del
bautismo, de una verdad que ha de creerese con fe
divina y católica.regresar Cf. Hch 13,
46 regresar Cf. Hch 24, 17;
1 Cor 16, 1-3; 2 Cor 8 y 9; Rom
15, 26-28; Gál 2, 10.regresar Jerarquía
significa servicio sagrado en bien de los miembros de la
Iglesia. Esta jerarquía se ejerce en la caridad, santificación y
gobierno de la Iglesia.regresar Baste recordar
las reacciones ante temas como el origen de la jerarquía,
la ordenación de las mujeres, o la contracepción y el
aborto. regresar San Juan apóstol, en
la carta primera, en media docena de renglones, cuatro veces
habla de vivir en comunión (cf. 1 Jn 1, 1-8)
regresar Recomiendo leer de la constitución
del Vaticano II, “Lumen gentium” el número 10 donde se
explica la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los
fieles y el sacerdocio ministerial. regresar
_____________________________________
TEMA DE DISCUSIÓN EN
EL FORO
1. ¿La Iglesia es de origen humano o divino? 2.
¿Qué dificultades encontró la Iglesia en el primer siglo y
qué herejías se dieron? 3. ¿Cómo reaccionó la Iglesia ante estos
problemas?
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