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Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic net 12a. sesión: Siglo XI Edad Media: Cruzadas. Cartuja. Gregorio VII. Cisma de Oriente
La Iglesia, tanto en oriente como en occidente, sufrió en repetidas ocasiones las consecuencias nocivas de la absorbente intervención del poder imperial.
12a. sesión: Siglo XI Edad Media: Cruzadas. Cartuja. Gregorio VII. Cisma de Oriente
INTRODUCCIÓN
La Iglesia sigue su rumbo en medio de avatares. Su
barca ha sido zarandeada, pero no destrozada ni destruida. Dios,
a través de su Iglesia, ha estado siempre vigilante a
cuanto sucedía en el mundo. Ella, la Iglesia, vive en
carne propia todos los gozos y tristezas de cada nación,
de cada hombre, de cada hijo suyo.
Es curioso ver
cómo cualquier otra institución humana ya hubiera perecido, después de
tantos golpes y fracasos, y sin embargo, la Iglesia sigue
adelante, porque es de carácter divino, pues la fundó Cristo,
el Hijo de Dios. Fallan hombres, no la Iglesia. ¿Por
qué? A esos hombres de Iglesia les ha faltado iluminación
y caridad. ¡Quiera Dios que comprendamos de una vez esto!
Debemos hacer la verdad en la caridad.
En este siglo, muchos
religiosos salidos de los monasterios reformados, como los que dependen
de Cluny, se muestran deseosos de una iglesia más santa
y buscan la manera de hacer una reforma general. Para
ello era necesario que los pastores se preocupasen más de
sus responsabilidades, pero la gran mayoría carecen de las debidas
cualidades ya que eran nombrados por los príncipes.
I. SUCESOS
Siglo de
las cruzadas: “¡Dios lo quiere!”
Este siglo vio nacer la primera
de las ocho cruzadas69 que se
sucedieron hasta bien entrado el siglo XIII. Urbano II convocó
la primera durante el concilio de Clermont en 1095, con
el fin de reconquistar los santos lugares de Jerusalén que
estaban en manos de los mahometanos desde 1071. Pedro el
Ermitaño la promovió entre el pueblo y así logró reunir
un ejército enorme de veinte mil cruzados. Con hambre y
desorientados, llegaron al imperio bizantino que los miraba con recelo
por las tropelías que cometían a su paso. Después de
ellos llegó un ejército de 60 mil hombres al mando
de Godofredo de Bouillon. Los cruzados tomaron plazas importantes, por
ejemplo, Antioquía y aun la misma Jerusalén, a la que
arrasaron. Establecieron allí un reino, pequeño islote rodeado de turcos
y bizantinos. Fue llamado Reino cristiano de Jerusalén. Perdió su
última posesión en 1290.
El arte: pedagogía catequética
En los siglos
de la cristiandad, la fe religiosa impregnó todas las formas
de expresión del espíritu humano. El arte no podía ser
excepción y no lo fue: el arte medieval fue un
arte esencialmente cristiano.
Este es el siglo del arte románico, pues
la cristiandad construyó catedrales, iglesias y monasterios en toda Europa.
Tal vez nada sea más representativo del espíritu que animó
a la cristiandad que esas grandiosas catedrales, levantadas en el
angosto recinto de viejas ciudades amuralladas, o las altas torres
de las iglesias rurales, a cuya sombra se agolpan todavía
hoy humildes aldeas.
Esos templos no eran sólo lugar para
la celebración de los actos de culto; eran también el
centro de la vida social, escuela, teatro, hogar común de
todos los convecinos, escenario de los principales momentos de su
existencia terrena y cementerio donde, junto a sus mayores, descansaría
su cuerpo al llegar la muerte. Así se comprende la
razón del inmenso esfuerzo, y a veces el trabajo de
siglos que se consagraron a la construcción de estos grandes
edificios.
Las artes plásticas, la escultura y la pintura, eran
una auténtica pedagogía cristiana. La población medieval, analfabeta en su
gran mayoría, no tenía acceso a los libros. Por eso,
toda la catequesis la recibía esta gente sencilla a través
del arte sacro.
Los elementos característicos del arte románico son: bóveda
de medio cañón, las columnas, muros inmensos y arcos de
medio punto. Es un estilo que produce impresión de severidad
por la escasez de ventanas y luz, así como por
lo macizo de su construcción. Era el símbolo de la
fe medieval: fuerte, robusta, maciza. Dios estaba en el centro.
Dios era el centro.
Después del enfriamiento de la caridad,
vino el cisma de Oriente de la Iglesia griega con
la latina
Durante muchos siglos la Iglesia de Constantinopla, aun en
medio de las intervenciones imperiales y las disputas doctrinales, había
contribuido grandemente a extender el cristianismo por las regiones orientales
de Europa. Había desarrollado también un magnífico arte, en pinturas
y mosaicos, que estaba impregnado de religiosidad. Pero siempre había
pretendido colocarse por encima de los demás patriarcados de oriente,
y había rehuído la obediencia al obispo de Roma, sucesor
de san Pedro. Las relaciones entre la sede romana y
Constantinopla se fueron tensando, hasta que en el año 1045
se produjo el gran cisma, la ruptura total entre la
Iglesia griega y la Iglesia romana. La Iglesia griega desde
ese momento rechaza toda obediencia al Papa.
¿Cómo se fue
gestando dicho cisma?
Ya había sido preparado, como dijimos, desde
el siglo V, con el cisma de Acacio, motivado por
las ideas monofisitas de este patriarca. Fue un cisma que
se prolongó durante treinta años. Más hondas fueron las repercusiones
de la iconoclastía, ya que el emperador de oriente, León
III el Isáurico, no sólo prohibió la veneración de las
imágenes sagradas, sino que pretendió que el papa sancionase sus
edictos iconoclastas. Pero el papa le dio una rotunda negativa.
Esto provocó represalias contra la Iglesia romana. Más tarde, el
patriarca Fozio en el siglo IX, abrió un abismo entre
griegos y latinos con el problema de la procedencia de
la segunda persona de la Santísima Trinidad 70
.
Por tanto, el cisma se dio por
razones políticas, culturales y dogmáticas.
Políticamente, la Iglesia griega estaba
ligada al poder bizantino. El emperador nombraba y destituía a
los patriarcas de Constantinopla, se entrometía hasta en las cuestiones
dogmáticas, y consideraba al obispo de Roma como súbdito suyo.
Pero el papa, para defender su independencia, se alió con
los francos y esto fue visto como una traición por
los emperadores de oriente. Y no sólo por ellos, sino
que también las relaciones entre el patriarca de Constantinopla y
el papa se fueron haciendo cada vez más tirantes.
Mucho
más grave todavía aparece el foso cultural, pues las dos
iglesias no se comprenden. Oriente ignora el latín y occidente
ignora el griego. Para los bizantinos, los latinos son un
país de tinieblas, salvajes e incultos. Para los latinos, los
griegos se preocupan mucho de sus atuendos y de las
formas externas.
También desde el punto de vista dogmático y
religioso hay discrepancias: los griegos achacan a los latinos el
haber cambiado las antiguas costumbres. Para los orientales el rito
es la fe que actúa, y cambiar el rito es
cambiar la fe. De ahí que den tanta importancia a
cuestiones como el ayuno, el pan ázimo, el uso de
la barba.... Es más, en oriente los monjes y los
obispos son célibes, pero los sacerdotes pueden casarse antes de
la ordenación. En occidente, se pide el celibato a todos
los sacerdotes, como una opción de vida. Los griegos, además,
reprochan a los latinos el haber añadido el famoso “filioque”
en el credo de Nicea-Constantinopla. Los latinos dicen: el Espíritu
Santo procede del Padre y del Hijo. Mientras que ellos
dicen que “procede del Padre por el Hijo”.
Así
pues, la Iglesia griega siempre fue reacia al primado jurisdiccional
del papa; recelaba que ese primado pudiera menguar su autonomía
disciplinar y litúrgica. Cierto es que la Iglesia, tanto en
oriente como en occidente, sufrió en repetidas ocasiones las consecuencias
nocivas de la absorbente intervención del poder imperial71
.
Al cisma se llegó de modo casi insensible tras un
largo proceso de enfriamiento de ese afecto de caridad que
era indispensable para que pudiera sobrevivir el vínculo de la
comunión eclesial.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
¿Cómo actuó la Iglesia de
Cristo en este siglo, nada fácil, de su historia?
Nuevas órdenes
religiosas y movimientos eremíticos
Dos nuevas órdenes aumentaron la vitalidad renovadora
de la vida religiosa: San Romualdo fundó la orden de
la Camáldula en 1018; y san Bruno estableció la Cartuja,
para que sus miembros dedicaran su vida a la oración
en silencio y soledad, aun viviendo en vida de comunidad.
Concebida como una fusión de la vida solitaria y la
cenobítica, la Cartuja72 fue desde sus orígenes
una orden austera y penitente, cuyos miembros vivían en continuo
silencio, teniendo como principal y casi exclusiva ocupación la contemplación
divina.
Cluny llegaba al apogeo. A finales de este siglo se
desarrolla un fuerte movimiento eremítico. Llevados de una voluntad de
penitencia y de pobreza, algunos hombres y mujeres se retiran
a lugares aislados (bosques, cuevas, precipicios, islas, etc...) para expiar
sus pecados. Pero la fama de su santidad atrae a
las gentes, y ellos se convierten muchas veces en predicadores
populares. Si Pedro el ermitaño es el más conocido, la
acción de Roberto de Arbrissel es más profunda (1045-1116); acaba
fijando a sus discípulos en Fontevrault (Maine-et-Lore): comunidad de hombres
y comunidad de mujeres, por separado. Pero es la abadesa
la que tiene autoridad sobre el conjunto.
La Edad Media
conoce también esa forma curiosa de vida religiosa que
es la reclusión. La reclusa o el recluso se encierran
por el resto de sus días en una celda construida
al lado de una iglesia, con una ventanilla que permite
escuchar los oficios y recibir algún alimento.
La orden del
Císter
El viejo árbol monástico se enriqueció durante este tiempo con
nuevas y vigorosas ramas, la más importante de las cuales
sería la orden del Císter.
El abad Roberto abandona el
monasterio de Molesmes, y con un grupo de monjes benedictinos
intenta volver al rigor que Cluny parece olvidar a finales
del siglo XI. Así fundó la abadía de Citeaux –Císter-
en 1098. Es una vuelta a la pobreza de hábito
–lana sin teñir-, de alimentación y de edificios, a la
sencillez de la liturgia y a la soledad en medio
de los bosques 73. Para dedicarse especialmente a
las labores agrícolas en las tierras del monasterio, el Cister
creó una nueva clase de monjes, los legos o hermanos
conversos, que estaban dispensados de varias obligaciones, entre ellas la
asistencia al coro.
En esta nueva orden, a diferencia de Cluny,
el abad no tiene autoridad sobre las demás abadías que
se fundan. Cada monasterio conserva su independencia en lo espiritual
y en lo temporal, gobernado por sus respectivos abades. No
obstante, todos los monasterios reconocían la autoridad moral del “abad
padre”, que tenía la misión de mantener la observancia en
las casas filiales, y con este fin las visitaba canónicamente
una vez al año. También anualmente se reunía en Citeaux
el capítulo general, al que asistían los abades de los
distintos monasterios, y allí se corregían los abusos, mejoraba la
observancia y se fomentaba el trato fraternal entre los superiores
monásticos.
La Orden del Cister seguía la misma observancia, contenida
en la “Charta caritatis”, que sería su regla. Dicha regla
procuró que los monasterios constituyesen como una gran familia en
vez de una estructura centralizada y jerárquica, como era la
del “imperio monástico” cluniacense.
Esta orden recibió un formidable impulso
con la llegada de un joven señor, san Bernardo, que
entró junto con treinta compañeros, todos ellos pertenecientes a familias
nobles de Borgoña (1112). El influjo de Bernardo será tratado
en el siguiente siglo.
¿Cómo surgieron los cardenales?
Ante el cesaropapismo,
el papa Nicolás II creó el colegio cadenalicio mediante un
decreto “Produces sint” (1059), para frenar los abusos imperiales en
la elección de los papas. Los papas comenzaron a llamar
hombres honestos para darles el título de cardenal; llamaron particularmente
a monjes de Cluny. En 1059 estableció que sólo los
cardenales eligieran al papa. La intervención del clero y pueblo
romanos quedaba reducida a una simple aclamación del papa elegido
por los cardenales. En cuanto al emperador, se usó una
fórmula deliberadamente ambigua: al joven rey Enrique y a sus
sucesores les correspondía “el debido honor y reverencia”, pero no
la decisión de elegir papa.
Fue éste un paso importante
en la lucha por la independencia religiosa, que llevará a
cabo el gran Papa san Gregorio VII.
El gran Papa
Gregorio VII y el problema de las investiduras
Este siglo XI
será el siglo de Gregorio VII. Era un monje llamado
Hildebrando Aldobrandeschi, que buen conocedor del caos que reinaba en
la Iglesia, esquivó el cargo de papa por veinticinco años.
Silenciosamente se constituyó en el alma de seis papas consecutivos
para realizar la reforma moral en la Iglesia. Muerto el
Papa Alejandro II, fue inútil su resistencia. Cardenales, clero y
pueblo lo eligen por aclamación el 22 de abril de
1073.
Era hombre de vida santa; su indomable energía y
su firmeza de carácter lo orientaron a la reforma de
la Iglesia, que se llamará “reforma gregoriana”. Exigió las normas
que papas y sínodos habían dado para corregir la corrupción
general de obispos y clero, en cuanto a simonía y
nicolaísmo. Y luchó por extirpar la costumbre de que los
señores feudales nombraran los títulares para los puestos eclesiásticos. A
esto se llamó la lucha contra las investiduras, y tenía
como finalidad emancipar a la Iglesia del poder feudal y
dignificar el papado 74.
Con este Papa la
iglesia volvió a ser respetada como rectora espiritual. Bajo pena
de excomunión prohibió a los eclesiásticos recibir cargos –investiduras- de
señor feudal cualquiera. Gregorio VII no buscó que la Iglesia
fuera superior al emperador, pero tampoco permitía que continuase la
compraventa de cargos eclesiásticos y el nombramiento (investiduras) de hombres
deshonestos para regir la Iglesia. Así que escribió de puño
y letra a casi todos los obispos de Italia, Francia
y Alemania, a los abades de Cluny y Montecasino, al
arzobispo de Canterbury, al rey alemán Enrique IV, al rey
Felipe I de Francia, a Alfonso VI de Castilla, a
Sancho de Aragón, a Guillermo de Inglaterra, a los reyes
de Hungría, Noruega, Dinamarca, Eslabona y al emir de Marruecos.
Quería defender los derechos de la Iglesia y promover una
reforma de costumbres.
Las normas y directivas de Gregorio VII
constituyen el germen del derecho canónico, poderoso instrumento disciplinar de
la Iglesia hasta el día de hoy. No era fácil
arrancar un mal tan difundido. Reyes y señores feudales habían
edificado “iglesias propias” en “tierras propias”. Gregorio VII trató de
conciliar y salvar lo salvable; no buscó pelear sino salvar
la Iglesia y sacarla del caos. Se atrajo las
iras de muchos que lo llamaron “papa del demonio, papa
político”. Pero Gregorio no cedió. Echó mano de la excomunión
tanto para el emperador o rey que concedía la investidura,
como para quien la recibiese, obispos o arzobispos.
Es de
todos bien conocida la lucha que entabló con el emperador
alemán Enrique IV, que se opuso al Papa 75 en materia de elección papal, disciplina y moral eclesiástica
76. Gregorio lo excomulgó y le exigió hacer
penitencia en Canosa77 para recibir la absolución.
Reconciliado, volvió a las mismas andadas, convocó un concilio en
Maguncia, y nombró un antipapa con el nombre de Clemente
III, quien coronó emperador a Enrique, y un conciábulo de
obispos cómplices depuso a Gregorio VII. Después Enrique bajó a
Italia para sitiar Roma que consiguió conquistar tres años más
tarde. En realidad fue el mismo pueblo que, cansado del
asedio, le abrió las puertas, obligando al papa a encerrarse
en el castillo de san Ángel.
Se halló Gregorio VII
militarmente indefenso e incomprendido 78. Por eso se
retiró a Salerno, donde falleció el 25 de mayo de
1085 recitando las palabras del salmo 44: “He amado la
justicia y odiado la iniquidad”. Y luego agregó “por eso
muero en el destierro”. Levantó la excomunión a todos, menos
a Enrique IV y al antipapa.
A los ojos humanos
parecía una gran derrota del Papa, sin embargo, quedaba el
papado más fortalecido que nunca y con un prestigio moral
jamás visto. El Papa que acababa de morir era ante
la cristiandad el Vicario de Cristo. Fueron necesarios varios decenios
para zanjar definitivamente el problema de las investiduras sagradas79 .
Después del Papa Gregorio VII, Víctor III subió
a la silla de Pedro y después Urbano II. Éste
dio a conocer su programa: “Resuelto a caminar por las
huellas de mi bienaventurado padre, el papa Gregorio, rechazo lo
que él rechazó, condeno lo que él condenó, amo todo
lo que él amó y me uno en todo a
sus pensamientos y acciones”. Continuó la lucha contra la compraventa
de cargos, trató de disminuir la influencia del antipapa y
continuó la reforma de la Iglesia.
“La túnica inconsútil de
Cristo...rasgada” ¡Dios mío, piedad y misericordia!
Lo más triste de este
siglo para la Iglesia fue el cisma de Oriente en
1054, entre el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, y el
Papa de Roma, León IX. Aquel patriarca no aceptaba la
costumbre occidental de consagrar panes ázimos (sin levadura) en la
misa, además de los otros asuntos litúrgicos y dogmáticos de
los que hemos hablado.
El Papa León IX mandó sus
legados, el cardenal Humberto de Silva Cándida y Federico de
Lorena, para zanjar esta cuestión. Como Miguel no cedía, Humberto
lo excomulgó 80, depositando una bula el 16
de julio de 1054, sobre el altar de la catedral
de Santa Sofía. Cerulario y su sínodo patriarcal respondieron el
24 del mismo mes excomulgando a los legados y a
quienes les habían enviado. Así empezó la separación de Bizancio,
Bulgaria, Rumania y pueblos eslavos. Se interrumpió la comunión eclesiástica
de la Iglesia griega con el pontificado romano y la
Iglesia latina.
El cisma quedaba así formalmente consumado, aunque
cabe pensar que muchos contemporáneos, y quizá los propios protagonistas,
no lo pensaron así, sino que creían que se trataba
de un incidente más de los muchos registrados hasta entonces
en las difíciles relaciones entre Roma y Constantinopla. Pero es
indudable que para la gran masa del pueblo cristiano griego
y latino el comienzo del cisma de oriente pasó del
todo inadvertido.
La vuelta a la unión constituyó desde entonces
un objetivo permanente de la Iglesia, la promovieron los papas,
la desearon en Constantinopla emperadores y hombres de Iglesia, se
celebraron concilios unionistas y hubo momentos como en el II
concilio de Lyon (1274) y el de Florencia (1439-1445) en
que pareció que se había logrado.
No era realmente así.
La caída de Constantinopla en poder de los turcos y
la desaparición del imperio bizantino (1453) pusieron fin a los
deseos y a las esperanzas de poner término al cisma
de oriente y reconstruir la unidad cristiana.
La excomunión contra Cerulario
fue levantada por el papa Pablo VI al término del
Vaticano II, el 7 de diciembre de 1965. Y lo
mismo hizo el patriarca de Constaninopla, Atenágoras.
Es de todos
conocido el esfuerzo que ha hecho el Papa Juan Pablo
II por recomponer la unión de la única Iglesia de
Cristo, en un solo rebaño y bajo un solo Pastor.
CONCLUSIÓN
Terminó el siglo, pero no terminó la Iglesia. Se rompió
la unidad entre la Iglesia griega de oriente y la
Iglesia romana latina, pero no se rompió la barca de
Pedro. Se hirió la caridad cristiana, pero continúa en pie
la caridad de Cristo que nos urge. Fue triste la
ruptura, pero una vez más hay que dejar claro que
esto sucede porque hombres de Iglesia, no la Iglesia de
Cristo, no viven el mandato del amor que el Maestro
nos dejó en la Última Cena y del que Él
nos dio eximio ejemplo.
Un gesto hermoso para la reconciliación
lo tuvo el Papa Pablo VI al terminar el Concilio
Vaticano II. Estas son las palabras hermosas que Pablo VI
dijo el 7 de diciembre de 1965, al levantar la
excomunión de Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla en ese entonces:
“Nuestro corazón, inflamado por la gracia de Dios, arde en
deseos de no regatear esfuerzo para unir a quienes han
sido llamados a perseverar en la unidad por haber sido
incorporados a Cristo.... Así, pues, deseando dar un paso más
en el camino del amor fraterno, por el que lleguemos
a la perfecta unidad, y destruir cuanto a ella se
oponga y obstaculice, afirmamos ante los obispos reunidos en el
Concilio Vaticano II que lamentamos los hechos y palabras dichas
y realizadas en aquel tiempo, que no pueden aprobarse. Además,
queremos borrar del recuerdo de la Iglesia aquella sentencia de
excomunión y, enterrada y anulada, relegarla al olvido” (Bula, “Ambulate
in dilectione”). ________________________
Las cruzadas son la gesta
más grandiosa de la época medieval. Son la explosión del
espíritu medieval y sólo dentro de ese marco pueden entenderse.
Cruzados se llamaron porque llevaban una gran cruz cosida sobre
sus ropas, pero no siempre llevaban el evangelio; armados estaban,
pero no eran guerreros; conquistaban territorios, pero su finalidad no
eran las cosas terrenas. Eran idealistas medievales. Nacieron para expulsar
de Roma a un antipapa (Clemente III). Después quisieron librar
los santos lugares de Tierra Santa del dominio musulmán. Papas
y reyes, señores feudales y príncipes, monjes y caballeros, mercaderes
y mercachifles aparecen entremezclados en esos ejércitos. La idea surgió
en el cerebro del Papa Gregorio VII, para unir a
Europa en un gran movimiento cristiano ante el avance del
Islam. No logró realizarlo; lo llevó a cabo su sucesor
Urbano II (concilio de Clermont, año 1095), pero sin medir
las dificultades. Miles y miles de hogares quedaron sin padre
y a la deriva en toda Europa. Los cruzados estaban
sobrados de entusiasmo, pero carecían de disciplina militar. Capitaneados por
Godofredo de Bouillón, y sobre la base de entusiasmo y
heroísmo, lograron tomar Jerusalén. Primer objetivo cumplido (año 1099).regresar Para la Iglesia latina, el Espíritu Santo
procede del Padre y del Hijo; para la Iglesia griega,
procede del Padre por el Hijo. Yo le explicaremos más
adelante.regresar En este siglo estaba
muy arraigada la costumbre de que el príncipe elegía a
los prelados, incluso al papa. ¡Otra vez el cesaropapismo! Era
la intromisión de reyes, emperadores o familias poderosas en cuestiones
eclesiales. El caos provocado por esta funesta intromisión estaba a
la vista: los papas, los obispos y los abades eran
juguetes de los intereses políticos. regresar Debe su nombre al valle alpino de Chartreuse, donde se
estableció su fundador, san Bruno. regresar Los cistercienses son grandes colonizadores de los bosques.regresar Así rezaba: “Os rogamos y os exhortamos
en Jesús, que procuréis enteraros bien del por qué y
el cómo de las tribulaciones y dificultades que sufrimos por
parte de los enemigos de la Iglesia. Mi gran preocupacón
ha sido el que la santa Iglesia, madre nuestra, recuperase
el decoro que le pertenece, permaneciendo libre, casta y universal.
Mas, como esto es totalmente contrario a los deseos del
antiguo enemigo, éste ha puesto en pie de guerra contra
nosotros a sus secuaces, haciendo que todo se nos pusiera
en contra” (Gregorio VII, carta 64; P.L. 148, 709-710). regresar Enrique IV convoca a veinticinco obispos
y declara depuesto al papa Gregorio en una nota que
decía así: “Enrique, rey por voluntad de Dios, a Hildebrando,
desde ahora monje falso, no papa. Condenado por el juicio
de nuestros obispos, baja, deja el puesto que has usurpado.
Ocupe otro la sede de Pedro. Yo, Enrique, rey por
la gracia de Dios, te digo con todos nuestros obispos:
¡Baja, baja!”. La nota estaba firmada en Worms. A lo
que el papa respondió en san Juan de Letrán: “Bienaventurado
Pedro: como representante tuyo he recibido el poder de atar
y desatar en el cielo y en la tierra. Por
el honor y defensa de tu Iglesia, en el nombre
de Dios Todopoderoso, prohíbo al rey Enrique que gobierne Alemania
e Italia; libro a todos los cristianos del juramento de
fidelidad al rey. Prohíbo que nadie lo sirva como rey.
Quede excomulgado; que los pueblos sepan que tú eres Pedro
y sobre esta piedra el Hijo de Dios ha edificado
su Iglesia”. Era la primera excomunión que un papa lanzaba
contra un rey; y por primera vez en la historia,
un papa liberaba a un pueblo de la obediencia al
rey. Estos hechos tomaron a Enrique por sorpresa. regresar Recordemos que en la elección del anterior
papa, Alejandro II, Enrique opuso incluso otro concilio y un
antipapa (Honorio II).regresar Castillo ubicado en
los Apeninos, al sur de Parma. Allí se refugió el
papa para dar una buena lección a Enrique IV. Enrique
quiso ir contra el papa, pero al darse cuenta de
que el papa estaba bien protegido y le apoyaban casi
todos en Alemania, hizo una farsa de penitencia: envió unas
cartas al papa en los tonos más humildes, prometiendo y
jurando que cumpliría lo que el papa mandara, a condición
de que le levantara la excomunión. Se vistió de monje
penitente y, descalzo, subió hasta el castillo de Canosa, donde
por tres días imploró perdón. El papa sabía que no
debía fiarse, pero la recia fibra de Hildebrando cedió a
la ternura del buen pastor. Gregorio VII levantó la excomunión
a Enrique y escribió a los obispos y príncipes
alemanes en tono conciliatorio. Grave error político del papa. El
Enrique irresponsable y caprichoso olvidó pronto sus promesas y volvió
a las andadas. regresar También
corrió por ahí una leyenda negra sobre este excelente papa.
Leyenda, provocada en el siglo XIX cuando Bismark, en su
lucha contra la Iglesia, dijo: “No iremos a Canosa”. Bismark
dijo que el papa Gregorio había humillado al rey Enrique
IV, cuando en realidad fue el rey quien se burló
del papa, hasta tal punto que murió en el destierro,
malquistado con los príncipes alemanes.regresar
Será en el siglo XII con el concordato de Worms
(1122) y el concilio de Letrán (1123) quienes zanjarán la
cuestión diciendo: el emperador renuncia a la investidura espiritual que
se concede entregando el báculo y el anillo, pero el
papa admite que el emperador conceda al obispo los poderes
temporales entregándole el cetro. En este último terreno, el obispo
debe obediencia a su soberano.regresar
La fórmula de excomunión redactada por Humberto fue muy dura,
sin misericordia y sin caridad; además, manifiesta su profunda ignorancia.
Reprocha a los orientales la supresión del “filioque”, el matrimonio
de los sacerdotes, el pan con levadura...La excomunión que a
su vez lanzó el patriarca Miguel es del mismo tenor,
sin caridad y sin respeto. Sin caridad no lograremos nada
en la Iglesia. Con la caridad, todo.regresar
____________________________________
TEMA DE DISCUSIÓN
EN EL FORO
1. ¿Por qué se dio el triste cisma de
oriente? 2. ¿Cuáles eran las nuevas órdenes religiosas de este siglo? 3. ¿Cuál era
el problema de las investiduras? ¿Qué Papa lo afrontó?
P. Antonio Rivero LC No respuestas a las preguntas de la sesión, éstas deberán
contestarse en los Foros
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