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Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic net 14a. sesión: Siglo XIII Edad Media: Órdenes Mendicantes. Inquisición.
Comienza ya el nacimiento del espíritu laico. Fue un gran siglo para el mundo y para la Iglesia.
14a. sesión: Siglo XIII Edad Media: Órdenes Mendicantes. Inquisición.
INTRODUCCIÓN
Llegamos al máximo esplendor de la cultura forjada lentamente durante
la Edad Media. Después de estos resplandores, comenzará el paulatino
declive del medioevo.
Es el siglo del gran Papa Inocencio III
que quiso llevar a cabo el ideal de una sociedad
político-religiosa medieval, en cuya cima estuviera la supremacía papal. Es
un siglo en que continúan las cruzadas, y en que
nacen las grandes órdenes mendicantes, como la de san Francisco
de Asís y la de santo Domingo de Guzmán. Es
también el siglo que ve aparecer la inquisición, y admira
las expediciones de Marco Polo por el lejano oriente, hasta
China. Es el siglo de las universidades y de las
grandes lumbreras intelectuales, como san Alberto Magno y su discípulo
santo Tomás de Aquino. Es el siglo del arte gótico.
Es el siglo de la Carta Magna o Constitución, que
limitaba los derechos absolutos de los reyes. ¡Interesante siglo!
La cristiandad
no sólo promovió el desarrollo de las ciencias sagradas, sino
que dio vida a la institución destinada específicamente a desarrollar
la ciencia y a difundir la cultura superior: la universidad.
Surgen por impulso de la Iglesia las universidades de París,
Oxford, Bolonia. Salamanca.
A partir del siglo XIII la evolución
de la sociedad medieval señaló nuevos rumbos a las preferencias
populares. Existía ahora una población urbana cada vez más considerable
y en las ciudades se establecieron también las nuevas órdenes
de religiosos mendicantes, que pronto ejercieron un poderoso atractivo sobre
los fieles.
I. SUCESOS
“¡Que se me pegue la lengua al paladar,
si no me acuerdo de ti, Jerusalén...!”
Las cruzadas del siglo
XIII presentan ya signos de decadencia.
La cuarta (1202-1204)
tenía como fin devolver vida y fuerzas al agonizante reino
franco, que se había establecido en Tierra Santa. Pero se
desvió de sus verdaderos fines, y en vez de dirigirse
a Palestina, los cruzados penetraron en Bizancio (Constantinopla) en 1204
y depusieron al emperador Alejo V. Coronaron a Belduino de
Flandes e instauraron allí un imperio latino que perduraría más
de medio siglo. Bizancio quedó así convertida en feudo papal,
hasta 1260. Este hecho fue uno de los principales agravios,
cometidos por los cristianos occidentales a los cristianos ortodoxos de
oriente
En la quinta cruzada (1217-1221) Andrés II de
Hungría obtuvo únicamente avances precarios. Esta cruzada se dirigió a
Siria y Egipto.
La sexta cruzada (1228-1229) fue capitaneada por
el emperador Federico II, emperador excomulgado por el Papa. Mediante
alianzas habilísimas, propias de su genio político, y sin recurrir
a las acciones bélicas, instauró en Jerusalén una política de
tolerancia religiosa. Un tratado con el sultán de Egipto puso
en manos de Federico Jerusalén, Belén, Nazaret y otros lugares,
a cambio de territorios poseídos por los cristianos al norte
de Siria. En marzo de 1229, Federico hizo su entrada
solemne en Jerusalén, mientras el patriarca latino lanzaba el entredicho
sobre la ciudad. Jerusalén permaneció tan sólo quince años en
manos de los cristianos y en agosto de 1244 se
perdió definitivamente.
Las dos últimas cruzadas fueron empresas completamente francesas,
organizadas por el santo rey Luis IX.
La séptima (1248-1254),
dirigida contra Egipto, tenía como fin recobrar nuevamente Jerusalén, caída
en poder turco en 1244. Los cristianos se habían replegado
a unas cuantas fortificaciones, como san Juan de Arce y
Antioquía. Terminó en un desastre. El rey y el ejército
fueron hechos prisioneros y tuvieron que pagar un cuantioso rescate
por la libertad.
La octava y la última cruzada (1270)
fue llevada a cabo por el mismo rey san Luis,
en respuesta al llamado del papa Inocencio IV para contener
el avance turco. Antes de partir hacia Jerusalén, se apoderó
de Túnez, en el norte de África. Allí murió, víctima
de la disentería; y con él su ejército sufrió también
esa terrible epidemia. No se hará otro intento más para
reconquistar la Tierra Santa.
En España hubo una cruzada contra
los musulmanes, en la batalla de las Navas de Tolosa
(1212), que terminó con la victoria de los europeos que
auxiliaron al rey español Alfonso IX. Durante el resto del
siglo san Fernando III, Alfonso X el sabio, Alfonso el
batallador y Jaime el conquistador, harán retroceder a los moros
hacia el sur de la península ibérica.
¿Qué herejías azotaron
a la Iglesia en este siglo?
Primero, los Valdenses. En Francia
surgió la herejía de Pedro Valdés, nacido en Lyon, que
un buen día abandonó sus negocios y partió a predicar
el evangelio, dando ejemplo de pobreza, austeridad y desprendimiento y
arrastrando compañeros de Suiza y Alemania. Atacó las costumbres de
los clérigos relajados e invitaba a volver al cristianismo primitivo,
pero no estuvo inmune de errores dogmáticos en sus predicaciones.
Los “perfectos” entre los valdenses hacían los tres votos de
pobreza, castidad y obediencia; y los simples seglares se arrogaban
el derecho de celebrar la eucaristía. Sólo admitían el bautismo,
la penitencia y la eucaristía. El papa Lucio III
los excomulgó.
Continuaron los albigenses o cátaros. Eran
más peligrosos por su mayor difusión y por su más
franco alejamiento de la fe católica. Se llamaban albigenses por
la ciudad de Albi; y cátaros o puros. No reconocían
una iglesia visible, rechazaban toda autoridad espiritual y temporal y
no admitían ni la guerra ni la pena de muerte.
Sólo tenían un sacramento, el bautismo del espíritu, el consolamentum,
que por lo demás sólo recibían los “perfectos”; los cuales
quedaban obligados después de su recepción a llevar una vida
rigurosamente ascética. Los restantes sólo recibían el consolamentum en la
hora de la muerte. El Papa Inocencio III invitó al
rey de Francia a una cruzada contra ellos, que desembocó
en una horrible crueldad por ambos bandos.
Hechos políticos importantes
Los
nobles ingleses obligaron al rey Juan sin Tierra a firmar
la Carta Magna o Constitución que delimitaba los derechos del
rey, en contra de sus pretensiones absolutistas.
En el reinado
de su sucesor, Enrique III, fue instituida la cámara de
los comunes o parlamento. Ambos ejemplos fueron, muchos siglos después,
copiados por un gran número de países.
Otomán, el turco,
fundó el imperio llamado otomano en 1259, y con ello
motivó en gran parte el surgir de las cruzadas que
hemos señalado. Dicho imperio constituirá un peligro constante para Europa
hasta la batalla de Lepanto del año 1572, en que
fueron vencidos los otomanos por la escuadra cristiana, gracias a
la intercesión de la Virgen María Auxiliadora 88.
II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
De nuevo, luces y sombras...
En el siglo
XIII la Iglesia medieval había llegado a su edad de
oro. Pero como la naturaleza es débil, al hombre le
resulta difícil mantenerse en las cimas y comete flaquezas. A
fines del siglo XIII aparecen síntomas de decadencia. Ni el
sacerdote concubinario, ni el monje aburguesado, ni el obispo político
y feudal habían desaparecido por completo en este tiempo. La
preparación del clero parroquial y su formación espiritual era muy
deficiente. La elección para cargos o beneficios –obispos y abadías-
que había mejorado tras la intervención de Gregorio VII, en
la actualidad había descendido a niveles lamentables.
Por estos tiempos
los papas, que eran los obispos de Roma y estaban
obligados a cuidar su grey, poco tiempo residían en la
misma Roma. Según la costumbre de esa época, elegían al
papa en el mismo lugar donde había fallecido su antecesor.
Muchos pontífices fueron elegidos fuera de Roma, y luego retrasaban
su viaje a Roma para atenderla como pastores.
Pero también
hubo hechos muy positivos en la Iglesia de este siglo.
La
Iglesia apoyó las cruzadas y condenó las herejías. Para ello
convocó varios concilios.
El IV Concilio de Letrán, convocado por Inocencio
III en 1215, condenó a los valdenses y a los
albigenses. Reprobó la venta de reliquias, ordenó la confesión y
comunión anual, estimuló las cruzadas, y legisló sobre la
disciplina sacerdotal.
El Concilio de Lyon de 1245 hizo un triste
balance del estado espiritual de la cristiandad y señaló sus
principales llagas: relajación de los clérigos, peligro de Jerusalén y
Bizancio por las amenazas de los turcos, inminencia de la
invasión de los mongoles en Europa, y sobre todo las
guerras de Federico II, rey de Francia, al que el
concilio tuvo que excomulgar.
El II concilio de Lyon, en 1274,
volvió a hacer un llamamiento a los príncipes cristianos para
acudir en auxilio de Tierra Santa. Asimismo buscó la unión
con la iglesia bizantina y dictó medidas para reformar las
costumbres eclesiásticas. Con el fin de evitar más intromisiones civiles
en la elección de los sumos pontífices, el concilio ordenó
que los cardenales escogieran al sucesor del papa difunto. La
reunión de los cardenales para la elección del papa desde
entonces se llama cónclave.
Balance de las cruzadas
Una palabra sobre
la cuarta cruzada en la que cruzados arrasaron Bizancio o
Constantinopla en 1202. Fue un triste episodio89 .
Este hecho se presenta de ordinario como algo querido por
el papa de entonces. En realidad, está documentado que Inocencio
III se horrorizó al conocer la noticia y excomulgó a
los responsables de semejante barbarie. Ese acto vandálico estuvo motivado
por la ambición política de algunos de los caballeros cruzados,
capitaneados por la República de Venecia que buscaba la supremacía
comercial.
Hagamos un breve saldo de las cruzadas:
a) Encauzaron el espíritu
caballeresco de la época hacia ideales religiosos. Esto no quita
que entre los cruzados hubiera gente indeseable.
b) Al menos al inicio,
unió a pueblos diversos en la defensa de la fe
común. Pero poco a poco se evidenciaron sus divisiones e
intereses.
c) En algunos despertó el espíritu misionero: san Francisco de
Asís viajó a Siria (1212) y envió los primeros primeros
franciscanos a Marruecos (1219).
d) Hubo muchos hechos ignominiosos, pero no deben
hacer olvidar personajes ilustres como Godofredo y san Luis de
Francia, que lucharon con grande idealismo cristiano.
Las Órdenes Mendicantes
Ante la
relajación de algunos eclesiásticos, Dios no se olvidó de su
Iglesia. Al contrario, hizo surgir las órdenes mendicantes. Sus fundadores
quisieron responder a la llamada del evangelio y a las
necesidades de su tiempo. Fueron sensibles en particular al desarrollo
de la herejía, al movimiento urbano y a la fermentación
intelectual.
Las órdenes mendicantes se llamaban así, porque en un
tiempo en que los pastores de la iglesia se enriquecen
siempre más, los monasterios abundan en tierras y en bienes,
y la nueva burguesía de las ciudades se desvive por
aumentar sus ganancias, ellos hacen voto de perfecta pobreza. En
un tiempo en que se ahonda cada vez más la
diferencia entre los grandes señores y el pueblo llano, ellos
predican la fraternidad cristiana. Su vida ya no depende de
tierras de labranza ni de rentas. Viven de la limosna.
Ya no se llaman monjes, sino hermanos. Las principales órdenes
mendicantes fueron la de los franciscanos y la de los
dominicos.
Los dominicos: es la llamada Orden de los Predicadores, apoyada
por el gran papa Inocencio III y aprobada más tarde
por Honorio III en 1216. Fue fundada por santo Domingo
de Guzmán, nacido en España hacia el año 1170.
Sale
al encuentro de los herejes cátaros o valdenses, imitando la
pobreza de Cristo pobre y aceptando las controversias dogmáticas con
ellos. El obispo de Toulouse (Francia) aprueba en el año
1215 al pequeño grupo de predicadores: “Constituimos como predicadores en
nuestra diócesis al hermano Domingo y a sus compañeros, a
fin de extirpar la corrupción de la herejía, arrojar los
vicios, enseñar la regla de la fe e inculcar sanas
costumbres a los hombres”.
Su programa regular es portarse como
religiosos, es decir, hacer los tres votos de pobreza, castidad
y obediencia; ir a pie, predicar la palabra evangélica, vivir
la pobreza de Jesús, alimentándose con lo que les dan.
Fin y objeto de la nueva orden era crear un
grupo de sacerdotes aptos y altamente preparados para predicar al
pueblo la sana doctrina. Dedicaron, pues, los dominicos especial atención
al estudio. Tanto descollaron en las ciencias que, en vida
del fundador, enseñaban ya en la universidad de París. En
esa universidad brillaron de manera especial san Alberto Magno y
santo Tomás de Aquino.
La organización de la orden es
democrática. Los cargos son electivos y temporales. Tan sólo el
maestro general es elegido para toda la vida. No disponen
de las rentas de las grandes abadías, sino que obtienen
de las limosnas los medios de subsistencia. Se dirigen especialmente
a las gentes de la ciudad, a los miembros de
las corporaciones y enseñan en las universidades. En 1216 el
papa aprueba esta orden, y adoptan la regla de san
Agustín. El papa Gregorio IX 90 les encarga
la responsabilidad de la inquisición eclesial, de la que hablaremos
más tarde.
Los Franciscanos: Francisco, nacido en Asís (Italia) hacia
el año 1181, era hijo de un rico mercader, y
en el año 1205 abandona sus sueños de caballería para
consagrarse a la Dama Pobreza. Se encuentra con Cristo pobre
en un leproso. Cree al principio que Cristo le pide
que repare las iglesias, como la de san Damián; pero
más tarde comprenderá que Dios le llama a la reforma
de la Iglesia, en la que se filtran abusos y
modos de vivir que contradicen la santidad de las costumbres
y la doctrina de la Iglesia. Después de devolver a
su padre todos sus bienes e incluso sus vestidos, pide
como limosna la comida y los materiales de construcción. Su
vida es la de los ermitaños. Pero en 1208, oye
el evangelio en la iglesia de la Porciúncula: “Id, proclamad
que está cerca el reino de Dios. No llevéis oro
ni plata...”. Con algunos compañeros, va por los caminos proclamando
con alegría la buena nueva de la paz. Predica sin
ser sacerdote. Se sentía indigno de serlo, y nunca quiso
recibir la ordenación sacerdotal.
Su lema es: “paz y bien”. No
quiere pronunciar ningún juicio contra los sacerdotes ni contra los
demás pastores de la iglesia. Pide tan sólo un espacio
de libertad para vivir según el evangelio. El papa Inocencio
III aprueba en 1209 el género de vida de los
que desean ser “menores”, estar entre los más pobres en
la escala social. Se limitarán a una predicación moral, y
no tanto doctrinal, como los dominicos. En 1209, Francisco tiene
doce compañeros; diez años más tarde son 3.000. En 1212,
Clara y sus compañeras siguen el ejemplo de Francisco y
así fundan la orden de las Clarisas.
En 1219 Francisco
parte hacia los santos lugares y se esfuerza en convencer
al sultán de Egipto para que respeten los Santos Lugares.
Algunos de sus hermanos desean tener una organización más rigurosa,
unos conventos, unas casas de estudio. Aquello le preocupa a
Francisco. Aunque el evangelio sea su única regla de vida,
ve la necesidad de redactar una regla (1223). Pero continúa
con su gozosa predicación.
La Navidad de 1223 la celebra
organizando, por primera vez en la historia de la iglesia,
un Belén viviente. Al año siguiente queda marcado con las
llagas o estigmas de Cristo, pero no pierde la paz
y la alegría. Es famoso su Cántico de las Creaturas,
en el que canta su amor a la naturaleza, al
sol, al agua... y Dios creador de todo. Procura la
paz entre los señores locales.
Su testamento de 1226 expresa
cierta nostalgia de los comienzos. Fiel a visión sobrenatural de
la vida, acoge con serenidad a la “hermana muerte”
el 3 de octubre de 1226. Dos años más tarde
es canonizado. La orden de hermanos menores tuvo una existencia
difícil, pues se dividió por el diverso modo de interpretar
la fidelidad a su fundador. A pesar de ello, Francisco
siguió siendo el santo más popular de la Edad Media.
Es el testigo por excelencia de la vuelta al evangelio,
y desconcierta a sus contemporáneos medievales con su imitación radical
de Cristo, con su amor a la naturaleza, y con
su rechazo de toda riqueza que con frecuencia falsea las
relaciones entre los hombres.
¿Qué aportaron estas órdenes mendicantes a
la Iglesia y al mundo?
Lo esencialmente nuevo que aportaban las
órdenes mendicantes, no era en realidad la pobreza personal de
los miembros individuales. Todas las órdenes anteriores habían observado una
vida rigurosamente austera con renuncia a la propiedad privada, y
en ello se habían distinguido los cistercienses.
Lo nuevo consistía
en que tampoco el convento debía poseer nada. El convento
de los mendicantes no es ya una abadía con bosques,
pesquerías, campo de labor, colonos y aparceros, sino un lugar
que sólo proporciona el mínimo indispensable para la vida: unas
celdas en torno a una iglesia, acaso un pequeño huerto
y nada más. Para los mendicantes, la patria ya no
es el monasterio, sino la orden. Desaparece aquella estabilidad, aquel
enraizamiento en el suelo, que desde san Benito había constituido
la base de la vida monástica. Pero esto sólo era
posible a condición de que los miembros redujeran también al
mínimo sus necesidades personales. Los mendicantes no vivían como unos
señores espirituales, análogos a los feudales, sino como hermanos que
convivían con sus iguales. Practicaban la cura de almas, en
forma desinteresada. La gente no tenía que ir a ellos,
sino que eran ellos los que iban a la gente.
La predicación estaba destinada a todos y no era para
forzar, sino para convencer y motivar a la virtud, a
la vuelta al evangelio. Hasta entonces el pastor de almas
había inspirado respeto, acaso también temor; ahora los mendicantes inspiran
admiración y amor.
Fue característico de los mendicantes tener una orden
primera – la de los varones-, una orden segunda –la
de las mujeres-, y una orden tercera compuesta por los
seglares que deseaban vivir según el mismo espíritu. Las órdenes
terceras fueron y son escuelas de santidad. Figuran entre los
primeros terciarios franciscanos santa Isabel de Hungría y san Luis,
rey de Francia.
Impulso de los sacramentos y la piedad
cristiana
Ante el declive espiritual la Iglesia tomó cartas en el
asunto y se preocupó por impulsar los sacramentos y la
fe.
¿Cuándo se administraba el bautismo? Lo común era bautizar a
los niños apenas nacidos, y no solamente en Pascua o
en Pentecostés como antes. Se administraba el sacramento derramando agua
sobre la cabeza y no por inmersión. Era tal la
importancia que atribuían al bautismo, que los niños muertos al
nacer eran llevados a algunos santuarios, pues creían que recobraban
la vida el tiempo suficiente para recibir el bautismo.
¿Nuevas normativas
para la confesión y comunión?
En 1215 el concilio Lateranense
IV marca a los cristianos la obligación de confesar sus
pecados y de comulgar al menos una vez al año,
en tiempo de pascua y en sus propias parroquias. El
sacramento de la penitencia viene llamado “confesión”. Los más fervorosos
no comulgan más que dos o tres veces al año
por respeto a la eucaristía. Hoy diríamos, porque no tenían
toda la comprensión de este sacramento. Más que comulgar, lo
importante en ese tiempo era ver el misterio sagrado de
la misa; de ahí la importancia que ganan en ese
tiempo la elevación de la hostia en la misa, la
exposición del Santísimo Sacramento y la fiesta del Hábeas, instituida
en este siglo XIII. Se le atribuyen virtudes especiales a
la visión de la hostia.
Entre los teólogos medievales no todos
estaban de acuerdo en afirmar la sacramentalidad del matrimonio, pero
todos reconocían su valor moral, su unidad e indisolubilidad.
La piedad
popular expresa de una manera especial la fe en la
presencia real de Cristo en la eucaristía, como reacción ante
la herejía de Berengario de Tours. En efecto, es en
este tiempo cuando comienzan diversas costumbres que persisten doy día,
como doblar la rodilla ante el Santísimo, incensarlo, colocar una
lámpara encendida para indicar la presencia de Cristo en el
tabernáculo, elevar la hostia consagrada para que los fieles la
adoren. También data de este tiempo la procesión del Corpus
Christi y el rezo del rosario. Las pregrinaciones son frecuentes,
y las expresiones de arte son casi exclusivamente religiosas.
La
Inquisición
¿Qué hizo la Iglesia frente a las herejías y disidentes?
Desde el siglo XII apareció una inquisición a nivel episcopal:
los obispos tenían el deber de detectar los posibles herejes
existentes en sus diócesis y entregarlos a la autoridad secular,
para que les aplicase la pena pertinente. El poder civil,
por su parte, cooperaba activamente en la persecución de la
herejía, y el propio emperador Federico II, el gran adversario
del pontificado, promulgó en 1220 una constitución, ofreciéndose a la
Iglesia como brazo secular y estableció la muerte en la
hoguera para los herejes.
Mas como la inquisición episcopal resultaba
poco eficaz, el Papa Gregorio IX creó 1232 la inquisición
pontificia y la confió a los frailes mendicantes, especialmente a
la Orden dominicana, que desde entonces tuvo como una de
sus misiones específicas la lucha contra la herejía. Así quedó
constituida definitivamente la inquisición eclesiástica.
Hablemos, pues, de la inquisición, hoy
día tan desprestigiada y criticada91 .
La
inquisición no nace contra el pueblo sino para responder a
una petición de éste. En una sociedad –la medieval- preocupada
sobre todo por la salvación eterna, el hereje es percibido
por la gente como un peligro y como causante de
los males y pestes. Para el hombre medieval el hereje
es un contaminador, un enemigo de la salvación del alma,
una persona que atrae el castigo divino sobre la comunidad.
Por lo tanto, y tal como afirman las fuentes de
aquel entonces, el dominico que llega para aislarlo y neutralizarlo,
para inducirle a que cambie de idea, no se ve
rodeado de “odio” 92, sino que es recibido
con alivio y acompañado por la solidaridad popular. Y si
la gente se muestra intolerante con este tribunal, no es
porque sea opresivo, sino todo lo contrario, porque es demasiado
tolerante y paciente con los herejes a los que quiere
convertir; dichos herejes, si hemos de atender a la vox
populi, no merecerían las garantías y la clemencia de la
que los dominicos hacían gala. Lo que en realidad quería
la gente era acabar con el asunto deprisa, deshacerse sin
demasiados preámbulos de aquellas personas.
La inquisición no intervenía para
excitar al populacho; al contrario, defendía de sus furias irracionales
a las presuntas brujas. En caso de agitaciones, el inquisidor
se presentaba en el lugar seguido por los miembros de
su tribunal y, con frecuencia, con una cuadrilla de sus
guardias armados. Lo primero que hacían estos últimos era restablecer
el orden y mandar a sus casas a la chusma
sedienta de sangre.
Acto seguido, y tomándose todo el tiempo
necesario, practicando todas las averiguaciones, aplicando el derecho procesal de
cuyo rigor y de cuya equidad deberíamos tomar ejemplo, se
desarrollaba el proceso. En la gran mayoría de los casos
y tal como prueban las investigaciones históricas, dicho proceso no
terminaba con la hoguera sino con la absolución o con
la advertencia o imposición de una penitencia religiosa. Quienes se
arriesgaban a acabar mal eran aquellos que, después de las
sentencias, volvían a gritar: “¡Abajo la bruja!”93 .
Hasta aquí la reflexión de Vittorio Messori.
Pero hay más
que decir sobre la inquisición. Hubo inquisición secular llevada a
cabo por los reyes y gobernantes; inquisición episcopal e inquisición
papal. Ciertamente el castigo no era en primer lugar la
muerte por el fuego; sino la cárcel, multas, peregrinaciones. La
quema en hogueras la ejecutaba la inquisición secular94
, nunca la iglesia95 .
El decreto de
Graciano (año 1140), que armoniza los textos jurídicos tradicionales (derecho
romano, decretales, etc.), considera tres etapas en un proceso contra
la herejía: intento de persuadir, sanciones canónicas (pronunciadas por la
iglesia) y finalmente entrega al brazo secular, esto es, a
la justicia de los príncipes. Estos procederán a la confiscación
de bienes y a los castigos corporales y torturas, pero
sin pensar explícitamente en la pena de muerte.
Tratando de resumir
el tema de la inquisición, podríamos decir lo siguiente:
Definición:
la
inquisición fue un tribunal para la defensa y conservación de
la fe cristiana.
Clases: la eclesiástica
, que examinaba al interesado, le
hacía reflexionar, le pedía que explicara bien sus puntos dudosos,
los enmendara y corrigiera, si había error. Si no se
corregía, la Iglesia lo ponía en manos de la inquisición
civil; ésta, si no se corregían, los torturaba y los
mandaba a la hoguera. Consideraban el bien espiritual de la
fe más importante que el bien físico de la vida.
Juicio:
la naturaleza y modo de actuar de la inquisición
suscita a los ojos del historiador serios reparos: el procedimiento
inquisitorial presentaba graves defectos, con el sistema de denuncias y
testimonios secretos, que podía perjudicar gravemente a los acusados, y
con la admisión de la tortura como medio de prueba.
La crueldad de la pena por el delito de herejía
–la muerte en la hoguera- es patente, y no queda
mitigada alegando que la ejecución de las sentencias era de
la competencia del brazo secular. Mas es de justicia reconocer
también que el procedimiento inquisitorial, pese a sus defectos, ofrecía
mayores garantías de equidad que los juicios ante los tribunales
civiles de aquel tiempo. Debe tenerse en cuenta, igualmente, que
la inquisición tuvo la desgracia de ser hija de su
tiempo, esto es, que su nacimiento coincidió con el endurecimiento
general de la vida jurídica que se produjo en los
siglos XIII y XIV como consecuencia del renacimiento del derecho
romano. Los juristas consideraban el derecho romano como el ordenamiento
perfecto –la “razón escrita”- y ese derecho contenía una severísima
legislación contra los herejes, que sirvió de pauta al sistema
inquisitorial. No ha de olvidarse que la recepción romanística –un
evidente progreso jurídico- contribuyó en Europa a la extensión de
la pena de muerte; y conviene también recordar que en
muchas regiones provocó un empeoramiento en la condición social de
las clases campesinas, cuando se aplicaron a payeses y aparceros
las leyes romanas del Bajo Imperio, y los redujeron a
la situación de siervos de la gleba.
Todos estos factores,
de tan diverso signo, han de tenerse en cuenta cuando
se quiere formular un juicio objetivo sobre la inquisición. Pero
en todo caso ese juicio resulta imposible para el observador
actual que sea incapaz de situarse en el pasado y,
desde allí, tratar de comprender el significado que tenía la
fe religiosa, en una época en que esa fe representaba
el supremo valor 96. Aquella sociedad puso en
su defensa el mismo apasionado interés que han demostrado modernamente
ciertos países occidentales en la defensa de la libertad, hasta
proscribir las ideologías y partidos totalitarios que pudieran amenazarla. Fue
la seriedad misma con que vivían las propias convicciones religiosas
la razón de considerar a la herejía como el peor
de los crímenes, aquel que ponía en peligro el sumo
bien, la salvación eterna de los hombres.
Tal vez un
hombre “moderno”, con su sensibilidad actual, tan sólo acierte a
comprender la conducta de sus mayores si toma como punto
de referencia sus propias reacciones frente a las amenazas hacia
unos bienes tan apreciados por la humanidad de hoy como
pueden serlo la salud y la larga vida: el “hombre
religioso” europeo puso en la lucha contra la herejía el
mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la
defensa de esos bienes, en la lucha contra el cáncer
o la droga.
De todos los errores y desmanes que
hubo, ya la Iglesia y el papa Juan Pablo
II pidió perdón con humildad. Hoy la Iglesia apuesta por
el amor, la caridad. Prefiere hacer la verdad en la
caridad. Hoy día nos cuesta entender este capítulo de la
historia porque somos más sensibles a los derechos humanos y
porque el bien de la fe hay que defenderlo, sí,
pero nunca con la violencia.
La inquisición española
Mención aparte merece la
inquisición española. Por eso quiero explayarme un poco más en
ella, aunque sea adelantándome un poco al tiempo en que
apareció.
Lo primero que hay que decir es que la
inquisición española cae dentro del esquema de unidad nacional, política
y religiosa que se propusieron llevar a cabo los Reyes
Católicos.
Se han dado muchas opiniones sobre esta inquisición, unas
positivas y otras negativas. Entre las opiniones negativas se encuentran
las siguientes: algunos vieron en la inquisición española una fuente
de ingresos para la curia romana, debido a la desmesurada
codicia de los papas; o también una campaña de los
mismos papas para infundir en el pueblo español y en
sus monarcas las ideas de intolerancia y fanatismo de que
ellos estaban animados.
De distinta manera piensan los cronistas e
historiadores que fueron contemporáneos de los hechos97 .
Cuentan que los judíos que se convirtieron al cristianismo, por
conveniencia y no de corazón 98, pronto volvieron
a sus andadas en secreto: robos, usuras, blasfemias y burlas
de la doctrina cristiana. Esto llegó a oídos de los
Reyes Católicos y lo informaron al papa, el cual firmó
una bula, en la que mandaba instituir inquisidores. Estos conversos,
a los que el pueblo despectivamente llamaba “marranos”, se convirtieron
en un verdadero peligro para la unidad nacional y eclesiástica
de España, pues la mayor parte de ellos conservaban ocultamente
sus antiguas costumbres, y al mismo tiempo se dedicaban con
el más ardoroso celo al proselitismo. Su influencia fue tanto
más peligrosa cuanto que ellos tenían en sus manos las
fuentes financieras de la nación.
Ludovico Pastor, autor de una
monumental Historia de los Papas, escribe también a este propósito:
“La ocasión para el restablecimiento de este tribunal...la dieron principalmente
las circunstancias de los judíos españoles. En ninguna parte de
Europa habían causado tantos disturbios el comercio sin conciencia y
la usura más despiadada de los judíos como en la
península Ibérica, tan ricamente bendecida por el cielo. De ahí
se originaron persecuciones de los judíos, en los cuales sólo
se les daba a elegir entre el bautismo o la
muerte. De esta manera se produjo bien pronto en España
un gran número de conversos en apariencia, los llamados “marranos”
que eran judíos disfrazados y, por lo mismo, más peligrosos
que los abiertos...Las cosas habían llegado últimamente a tal extremo,
que ya se trataba del ser o no ser de
la católica España”99 .
Por tanto, no se debió
la inquisición española a pasiones bastardas ni a otros motivos
de mala ley, sino al peligro para la unidad nacional
y religiosa de España, de parte de los judíos aparentemente
convertidos. Sin este grupo la inquisición española no hubiera existido
o, por lo menos, no hubiera conocido el desarrollo que
tuvo a partir del siglo XVI.
Vino después el problema de
los moriscos y casi al mismo tiempo que el de
los herejes. Las autoridades civiles, los eclesiásticos y el mismo
pueblo piden que se tomen medidas contra ellos, por entender
que eran un verdadero peligro para la sociedad.
La inquisición
española nace, en consecuencia, como algo propio y nacional, que
poco o casi nada tiene que ver con la que
ya existía en Europa desde principios del siglo XIII. Fue
un instrumento político, con matices religiosos y apoyado por
la Iglesia, que desde el primer momento quedó en manos
del Estado.
La inquisición española se contradistingue de la medieval,
fundada en 1231 por el Papa Gregorio IX, en dos
puntos fundamentales: en su estrecha dependencia de los monarcas españoles
y en la perfecta organización de que la dotó desde
el principio su primer inquisidor general, Fray Tomás de Torquemada,
O.P. Con las Instrucciones de que éste la dotó y
basándose en las disposiciones existentes contra la herejía, organizó bien
pronto diversos tribunales en Sevilla, Toledo, Valencia, Zaragoza, Barcelona y
otras poblaciones, con lo cual se convirtió en un importante
instrumento en manos de los Reyes Católicos y de sus
sucesores Carlos V y Felipe II, quienes apoyaron constantemente su
actuación.
Para tener una idea adecuada sobre la inquisición española
es necesario conocer los procedimientos que empleaba, pues contra ellos
suelen dirigirse buena parte de las inculpaciones de sus adversarios.
El primer punto de controversia es el de las denuncias
con que generalmente se iniciaban los procesos inquisitoriales. Estas denuncias
se recogían, sobre todo, como resultado de la promulgación de
los edictos de fe, en los que se exponían los
posibles errores doctrinales cuando había sospecha de que pudieran darse
en algunas ciudades o en alguna región, cargando la conciencia
de los cristianos para que denunciaran a los sospechosos. Otras
denuncias venían o bien de los mismos encarcelados para congraciarse
con los jueces; o bien del espionaje, que de modo
especial ejercían los llamados familiares de la inquisición.
La inquisición
tenía un cuidado particular en reunir gran cantidad de denuncias
bien confirmadas; no hacía caso de las anónimas, y en
este punto procedía, en general, con la máxima objetividad. Respecto
del espionaje, tenemos que decir que ha sido siempre un
instrumento usado por los organismos mejor constituidos de todos los
tiempos.
Sobre las cárceles de la inquisición, ni eran tan
lóbregas, ni tan tétricas y oscuras, como tantas veces se
ha dicho, pues de los procesos consta que los reos
leían en ellas y escribían mucho. Eran relativamente moderadas, si
se tienen presentes las que usaban los tribunales de aquel
tiempo.
Los puntos más débiles del proceso de la inquisición
eran el secreto de los testigos y el sistema de
defensa.
Respecto al secreto de los testigos, tantas veces impugnado
por los adversarios de este tribunal, debe advertirse que, si
se admite el derecho del Estado y de la Iglesia
para castigar a los herejes, el secreto de los testigos
se hizo en realidad necesario, pues la experiencia había probado
que sin él nadie se arriesgaba a presentar denuncias, y
resultaban inútiles los esfuerzos de los inquisidores. Por eso, ya
en la Edad Media tuvo que introducirse. Con todo, en
esto precisamente estriba el punto más débil del sistema de
defensa de la inquisición. El mismo tribunal nombraba a los
abogados o letrados, por lo que el reo quedaba aparentemente
sin defensa propia. Sin embargo, por poco que se examinen
los procesos de la inquisición, puede verse la intensidad con
que trabajaba la defensa y cómo muchas veces obtenía resultados
favorables al reo. Había también testigos de abono, citados por
el mismo reo, que no pocas veces influían en la
marcha del proceso.
Indudablemente que el punto más impugnado de
este tribunal es el tormento que se empleaba. Pero conviene
observar, sin que sirva totalmente de excusa, que en aquel
tiempo empleaban este sistema todos los tribunales legítimamente establecidos; que
fueron muy pocos los procesos en que lo empleó la
inquisición; y que los géneros de tormentos empleados por este
tribunal eran “relativamente suaves”, y ciertamente mucho menos crueles que
los empleados en otros países también por causa religiosa.
Por
lo que se refiere a las penas aplicadas por la
inquisición española, baste decir que no hizo otra cosa que
aplicar las leyes y las normas ya existentes y admitidas
entonces por todos los estados católicos y con mayor causa
cuando los herejes, además de defender sus principios religiosos, se
unían y se rebelaban contra sus príncipes y señores. Es
bien claro el hecho de los hugonotes o protestantes franceses.
Las naciones cristianas tenían a los herejes como perturbadores públicos
y enemigos suyos, y a su herejía como crimen contra
el estado. Esto explica la solemnidad que se daba a
veces a su juicio y condena, como en los tan
comentados Autos de fe que se celebraron en España.
No
es del todo cierto que la inquisición sirviera de obstáculo
y freno al desarrollo de la ciencia, como a veces
se ha creído. Hombres de letras y hasta santos y
reformadores sabemos que tuvieron que ver con ella, implicados en
largos y pesados procesos100 . Pero se ha
demostrado que en ocasiones no fueron tales los procesos y
que de lo que más bien se trataba era de
examinar algunas doctrinas que pudieran presentarse como peligrosas en aquellos
“tiempos recios”, como decía la misma santa Teresa.
La documentación
que se ha encontrado en los archivos inquisitoriales reduce considerablemente
el número de víctimas, como se ha querido atribuir a
la inquisición. Puede decirse que la verdadera cultura y el
humanismo sano y ortodoxo nunca fueron objeto de persecución por
parte de los inquisidores.
Hubo ciertamente exageraciones. Así consta que
las hubo en los primeros años de su actuación, a
partir de 1481, en el tribunal de Sevilla y otros
tribunales. Asimismo hubo partidismo y apasionamiento en algunos inquisidores y
en algunos grandes procesos, como el del arzobispo de Toledo
Bartolomé de Carranza, en la segunda mitad del siglo XVI.
Se trata en estos casos de deficiencias humanas, como las
ha habido siempre en todas las instituciones en las que
toman parte los hombres, incluso en las más elevadas, como
el episcopado y el pontificado romano.
Por otra parte, lo
mismo que ocurrió con la expulsión de los judíos, tampoco
se consiguieron con ella grandes resultados. Siguió habiendo herejes, y
personas que mantenían ideas desviacionistas; y la represión inquisitorial que
se llevó, por ejemplo, en Flandes, lo único que hizo
fue provocar el odio a la religión católica, aislar a
España de las demás naciones y avivar el ansia de
independencia en aquellos países.
Si en algo se la puede
entender, aunque no disculpar del todo, es colocándola en el
clima de fe ardiente y de fuerte nacionalismo que invadía
entonces a los españoles, los cuales consideraban a la herejía
como crimen de estado, a la intolerancia más como imperativo
que como virtud, y a la indulgencia como signo de
extrema debilidad.
Por otra parte, ellos estaban convencidos de que,
acabando con la herejía, evitaban una posible guerra civil y
se hacían fuertes para rechazar los posibles ataques de turcos
y protestantes. El pueblo llano era a veces más intolerante
que los mismos inquisidores, como dijimos ya anteriormente.
Termino esta
parte con el juicio de un estudioso: “Poco justifica considerar
al tribunal puramente como un instrumento de la intolerancia fanática
y por tanto hemos de estudiar a la inquisición no
como un mero capítulo de la historia de la intolerancia,
sino como una fase de desarrollo social y religioso de
España...La intolerancia de la inquisición española tiene un significado sólo
si se la relaciona con factores históricos mucho más amplios
y complejos, de los que no siempre fue el más
destacado o importante la solución del problema religioso...” 101.
Otras Órdenes en este siglo XIII
Nació en este siglo la
orden de Ermitaños de san Agustín, dedicados a la predicación,
instrucción y misiones. Fue aprobada por el papa Alejandro IV.
Son también mendicantes y a fines del siglo XV llegan
a más de treinta mil. Uno de ellos sería fray
Martín Lutero.
Otra orden fue la de la Merced, fundada
por san Pedro Nolasco en 1218, por san Raimundo de
Peñafort y Jaime I el conquistador. Su fin: rescatar de
los moros a los cristianos cautivos. Fueron aprobados en
1235.
También es bueno recordar que desde el siglo XII
ermitaños latinos vivían en el Monte Carmelo, situado en Palestina.
Entre 1205 y 1214 redactaron una regla de vida. El
Papa Honorio III en 1226 confirmó la orden llamada de
los Carmelitas; pero fue Inocencio IV en 1247 el que
la aprobó. Su influencia en la iglesia llega a grado
elevadísimo en el siglo XVI, con santa Teresa de Ávila
y san Juan de la Cruz. Hacia 1238 emigraron a
occidente. Su primer prior fue Simón Stock. Introdujeron el uso
del escapulario.
Esplendor de la Escolástica. Las Universidades
Los antiguos colegios
catedralicios se transformaron en universidades o estudios generales. El nacimiento
de las universidades se produjo con la espontánea naturalidad característica
de las grandes creaciones históricas. Las viejas escuelas monásticas y
catedrales no respondían ya a las necesidades de los tiempos,
y por eso maestros y escolares de ciertas disciplinas comenzaron
a agruparse libremente, con el fin de organizar las enseñanzas.
Llegó un momento en que la “universidad”, la corporación de
profesores y alumnos, constituyó un estudio general y recibió el
reconocimiento público de la autoridad eclesiástica y civil.
La primera
fue la de París ya organizada en el año 1200.
Estas universidades superaban a las antiguas aulas por el número
de alumnos, las facultades establecidas y la organización docente y
administrativa. El número de Universidades creció pronto en Italia, Francia,
Inglaterra, España. Descollaron las de Oxford, Montpellier, Cambridge, Nápoles, Salamanca
y Lisboa. Fueron patrocinadas por papas, emperadores y reyes. Las
universidades como obra que eran de la iglesia y reflejo
del espíritu universalista de la cristiandad, tenían un marcado carácter
supranacional.
Las facultades características de la universidad medieval fueron las
de Teología, Derecho, Filosofía, Medicina y Artes, entendidas éstas como
unos estudios humanísticos que eran el paso previo para las
facultades superiores. La de París sobresalió en Teología y Filosofía;
Bolonia en Derecho; Montpellier en Medicina. La de París gozó
de una extraordinaria autoridad doctrinal en los últimos siglos de
la Edad Media.
La universidad medieval fue una institución, no
sólo cristiana, sino propiamente eclesiástica. Clérigos eran la mayor parte
de los profesores y tonsurados, cuando menos, los escolares, que
gozaban así de los tradicionales privilegios clericales.
Hasta el siglo
XIII san Agustín era el alma de los estudios teológicos,
siguiendo la corriente platónica. Desde este siglo, surgió otra corriente,
la aristotélica. Resucitaron a Aristóteles el árabe Averroes en el
siglo XII y el judío Maimónides. Más tarde, san Buenaventura,
san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino “bautizaron” a
Aristóteles.
Pero fue santo Tomás el titán que supo armonizar la
filosofía de Aristóteles con el pensamiento cristiano. En un inicio
recayeron sobre las obras de santo Tomás diversas prohibiciones. Posteriormente,
su filosofía y teología fueron consideradas como oficiales en la
Iglesia. Las obras más importantes de santo Tomás fueron: La
Suma contra los Gentiles, una apologética frente a la filosofía
musulmana; y la Suma Teológica, magna enciclopedia del saber teológico.
Consta de tres partes: Dios, principio de todas las cosas;
Dios, fin del hombre; Cristo, camino de la salvación.
La
obra de santo Tomás fue muy importante, pues las traducciones
primeras que se hicieron de Aristóteles eran árabes, y estaban
infectadas por graves impurezas debidas a la acción de los
transmisores y comentaristas árabes. Un Aristóteles recibido por conducto de
Averroes y adobado de racionalismo y panteísmo averroísta, constituía un
peligro considerable y es natural que fuera mirado por la
Iglesia con justificada aprensión. Ésa fue la razón por la
que los tratados de Aristóteles sobre metafísica y ciencias naturales
fueron prohibidos en la universidad de París. Pero la “invasión”
aristotélica era imposible de atajar y la Iglesia, en un
realista cambio de postura, estimó acertadamente que podía intentarse algo
mejor que rechazar a Aristóteles: cristianizarlo. Y aquí entró la
labor de san Alberto Magno y su discípulo santo Tomás
de Aquino.
A santo Tomás se le ha llamado Doctor
Angélico. Fue una mente excepcional capaz de realizar una síntesis
doctrinal, destinada a perdurar a través de los siglos. Parece
increíble cómo santo Tomás, en una vida corta que no
alcanzó los cincuenta años, lograse coronar la obra iniciada por
Alberto y llevar a término la construcción de un aristotelismo
cristiano.
Santo Tomás dejó una huella definitiva en la ciencia
teológica y estableció sobre bases firmes los fundamentos de una
concepción católica del mundo y de la existencia. Todavía hoy
la Iglesia, en su Código de Derecho Canónico, prescribe que
su doctrina sirva de guía segura para el estudio de
la filosofía y la teología en todas las universidades eclesiásticas.
CONCLUSIÓN
La creación de las universidades, el compromiso con
la razón y la argumentación racional y el espíritu de
investigación que caracterizaban la vida intelectual en la Edad Media
fueron un regalo del Medioevo latino al mundo moderno…aun cuando
nunca llegue a reconocerse. Acaso conserve siempre el estatus de
secreto mejor guardado de la civilización occidental que ha merecido
en los últimos cuatro siglos. Fue un regalo de la
civilización en cuyo centro se hallaba la Iglesia católica.
La
empresa más característica de la cristiandad en este siglo fueron
las cruzadas. De ordinario las cruzadas no fueron iniciativa de
uno u otro reino, sino tarea común de la cristiandad
bajo la dirección del Papa, que otorgaba gracias especiales a
los combatientes. El espectáculo, tantas veces reiterado durante dos siglos,
de príncipes y pueblos que tomaban el camino de Oriente
impulsados por el afán de libertar el Santo Sepulcro, es
una prueba impresionante de la profunda seriedad que tuvo la
religiosidad medieval.
Sería impropio concebir los siglos de la cristiandad
medieval sólo como una época áurea, animada por los ideales
evangélicos. Aquellos tiempos estuvieron también llenos de miserias y pecados
personales, de desórdenes e injusticias. Pero resultaría todavía más falso
ignorar la profunda impregnación cristiana de la vida de los
hombres y de las estructuras familiares y sociales que entonces
se produjo. Luces y sombras, como en toda empresa humana.
A finales de este siglo, el sistema doctrinal y político
de la cristiandad hizo crisis con la aparición de un
nuevo clima espiritual e ideológico que prevaleció en Europa durante
la Baja Edad Media. El factor que de modo inmediato
contribuyó más a aquella ruptura fue el enfrentamiento entre pontificado
e imperio, representados por los Papas sucesores de Inocencio III
(1198-1216) y el emperador Federico II. La época de la
crisis se abrió con el choque entre Bonifacio VIII (1294-1303)
y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, en la
búsqueda de la primacía en cuanto a poder sobre los
destinos de los hombres. Lo veremos en el próximo siglo.
Comienza
ya el otoño de la cristiandad y el nacimiento del
espíritu laico. No obstante, fue un gran siglo para el
mundo y para la Iglesia. Se estaba gestando algo grande,
que sólo Dios sabía en su inmensa sabiduría y providencia.
Aunque nos adelantemos del siglo,
es interesante conocer algo de la batalla de Lepanto. Fue
en tiempo del papa Pío V, gran devoto de la
Virgen María. Convocó a los príncipes católicos para que salieran
a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó
un buen ejército. El 7 de octubre de 1572 se
encontraron los dos ejércitos, en el golfo de Lepanto,
en el Mediterráneo. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88.000
soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar
la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron misa, comulgaron,
rezaron el rosario y entonaron un canto a la Madre
de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán
en busca del ejército mahometano. Al principio la batalla era
desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección
opuesta a la que ellos llevaban y detenía sus barcos,
que eran de vela. Pero luego –de manera admirable- el
viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los
cristianos, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas.
Los derrotaron. Cuando Pío V supo de la noticia mandó
que repicaran todas las campanas de Roma. Desde ese día
mandó el eapa rezar en las letanías: María, auxilio de
los cristianos, ruega por nosotros. regresar
El papa Juan Pablo II, en su visita a
Grecia el 4 y 5 de mayo de 2001, pidió
perdón en nombre de la Iglesia por los atropellos que
algunos hijos de la Iglesia católica hicieron en el año
1204. Dijo el papa: “Algunos recuerdos son particularmente dolorosos, y
algunos acontecimientos del pasado lejano han dejado profundas heridas en
la mente y en el corazón de las personas hasta
hoy. Pienso en el desastroso saqueo de la ciudad imperial
de Constantinopla, que fue durante mucho tiempo bastión de la
cristiandad en Oriente. Es trágico que los asaltantes, que habían
prometido garantizar el libre acceso de los cristianos a Tierra
Santa, luego se volvieran contra sus hermanos en la fe.
El hecho de que fueran cristianos latinos llena a los
católicos de profundo pesar. No podemos por menos de ver
allí el “mysterium iniquitatis” actuando en el corazón humano. Sólo
a Dios toca juzgar y, por eso, encomendamos la
pesada carga del pasado a su misericordia infinita, suplicándole que
cure las heridas que aún causan sufrimiento al espíritu del
pueblo griego. Debemos colaborar en esta curación si queremos que
la Europa que está surgiendo sea fiel a su identidad,
que es inseparable del humanismo cristiano compartido por Oriente y
Occidente” (Discurso del Papa durante el encuentro con el patriarca
ortodoxo Cristódulos, 4 de mayo de 2001).regresar
De santo Domingo dijo este papa Gregorio IX:
“He conocido a un hombre fiel en todo a la
vida de un verdadero apóstol; también en el cielo estará
gozando de la misma gloria que los apóstoles”. regresar Tomaré algunas reflexiones de Vittorio Messori
en su libro “Leyendas negras de la Iglesia”, de la
editorial Planeta-Testimonio, pp. 54 en adelante. regresar Como se puede percibir en la película “El
nombre de la rosa”, inspirada en la novela de Umberto
Eco, del mismo nombre. regresar
Y si usted ha leído la novela de Manzoni, “Los
novios”, sabrá que la caza de brujas fue iniciada y
sostenida por las autoridades laicas, mientras que la Iglesia desempeñó
un papel por lo menos moderado, cuando no escéptico. regresar Aquí tenemos un texto de
la legislación de Federico II, rey de Francia, contra los
herejes: “Todo el que haya sido manifestado convicto de herejía
por el obispo de su diócesis será inmediatamente apresado a
petición de éste por las autoridades seculares del lugar y
entregado a la hoguera. Si sus jueces creen que hay
que conservarle la vida, sobre todo para que convenza a
otros herejes, se le cortará la lengua que no vaciló
en blasfemar de la fe católica y del nombre de
Dios” (Constituciones de Catania, 1224). regresar Este texto de Wason, obispo de Lieja lo
confirma: “Nosotros, los obispos, no hemos recibido el poder de
apartar de esta vida por la espada secular a los
que nuestro creador y redentor quiere dejar vivir para que
ellos mismos se liberen de los lazos del demonio...Los que
son hoy nuestros adversarios en el camino del Señor pueden
convertirse con la gracia de Dios en superiores a nosotros
en la patria celestial...Los que somos llamados obispos hemos recibido
la unción del Señor, no para dar la muerte, sino
para traer la vida” (carta al obispo de Chálons, hacia
el 1405). regresar Así se
entiende esta cita de santo Tomás de Aquino que justificó
teológicamente la represión contra los herejes con estas palabras: “Acerca
de los herejes, deben considerarse dos aspectos: uno, por parte
de ellos; otro, por parte de la iglesia. Por parte
de ellos está el pecado, por el que no sólo
merecieron ser separados de la iglesia por la excomunión, sino
aun ser excluidos del mundo por la muerte; pues mucho
más grave es corromper la fe, vida del alma, que
falsificar moneda, con que se sustenta la vida temporal. Y
si tales falsificadores y otros malhechores justamente son entregados sin
más a la muerte por los príncipes seglares, con más
razón los herejes, al momento de ser convictos de herejía,
podían no sólo ser excomulgados, sino ser entregados a justa
pena de muerte. Por parte de la Iglesia, está la
misericordia para la conversión de los que yerran. Por eso
no condena luego, sino después de una primera y segunda
corrección, como enseña el apóstol. Pero, si todavía alguno se
mantiene pertinaz, la Iglesia, no esperando su conversión, lo separa
de sí por sentencia de excomunión, mirando por la salud
de los demás. Y aún pasa más adelante, relegándole al
juicio seglar para su exterminio del mundo por la muerte”
(Suma Teológica, II-II, 11, 3 regresar Baste leer los testimonios de dos de aquellos cronistas,
Bernáldez y Pulgar. regresar Estas
conversiones masivas de judíos se debieron, en parte, a los
esfuerzos realizados por san Vicente Ferrer; y en parte, por
las sangrientas persecuciones del pueblo contra ellos.regresar Historia de los Papas, ed. Esp. (Buenos Aires-Barcelona,
1948-1960).regresar P.e. Arias Montano, Francisco
Sánchez, el Brocense, el P. Mariana, Fray Luis de León,
san Juan de Ávila, Fray Bartolomé de Carranza, la misma
santa Teresa de Jesús...regresar Henry Kamen,
La Inquisición española, tercera edición española (Barcelona, Crítica, 1979), p.
305. regresar
____________________________________
TEMA DE DISCUSIÓN EN EL FORO
1. Balance positivo y
negativo de las cruzadas. 2. ¿Qué aportaron las Órdenes mendicantes en la
Iglesia? 3. ¿Qué concluyes sobre la Inquisición? 4. ¿Quién fue el autor más importante
de la Escolástica? ¿Por qué?
P. Antonio Rivero LC No respuestas a
las preguntas de la sesión, éstas deberán contestarse en los
Foros
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