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Catequesis del 27 de mayo de 1987.
1. Los Evangelios -y
todo el Nuevo Testamento- dan testimonio de Jesucristo como Hijo
de Dios. Es ésta una verdad central de la fe
cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma
naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio
evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido
estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente,
“engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado”
luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio
(y de todo el Nuevo Testamento), en el que se
funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente
definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo
suyo.
En la catequesis anterior hemos hablado ya de esto refiriéndonos
a los textos del Evangelio según Mateo y Lucas. “Nadie
conoce al Hijo sino el Padre” (Mt 11, 27). “Nadie
conoce quién es el Hijo sino el Padre” (Lc 10,
22).
2. Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio
eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los
Evangelios sinópticos, primero en la narración del bautismo de Jesús
en el Jordán y luego en el relato de la
transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos
merecen una atenta consideración.
3. En el Evangelio según Marcos leemos:
“En aquellos días vino Jesús desde Nazaret, de Galilea y
fue bautizado por Juan en el Jordán. En el instante
en que salía del agua vio los cielos abiertos y
el Espíritu, como paloma, que descendía sobre Él, y una
voz se hizo (oir) de los cielos: ´Tú eres mi
Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias´“ (Mc 1,
9-11).
Según el texto de Mateo, la voz que viene del
cielo dirige sus palabras no a Jesús directamente, sino a
aquellos que se hallaban presentes durante su bautismo en el
Jordán: “Este es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). En
el texto de Lucas (cf. Lc 3, 22), el tenor
de las palabras es idéntico al de Marcos.
4. Así, pues,
somos testigos de una teofanía trinitaria. La voz del cielo
que se dirige al Hijo en segunda persona: “Tú eres...”
(Marcos y Lucas) o habla de Él en tercera persona:
“Este es...” (Mateo), es la voz del Padre, que en
cierto sentido presenta a su propio Hijo a los hombres
que habían acudido al Jordán para escuchar a Juan Bautista.
Indirectamente lo presenta a todo Israel: Jesús es el que
viene con la potencia del Espíritu Santo: el Ungido del
Espíritu Santo, es decir, el Mesías/Cristo. Él es el Hijo
en quien el Padre ha puesto sus complacencias, el Hijo
“amado”. Esta predilección, este amor, insinúa la presencia del Espíritu
Santo en la unidad trinitaria, si bien en la teofanía
del bautismo en el Jordán esto no se manifiesta aún
con suficiente claridad.
5. El testimonio contenido en la voz que
procede "del cielo” (de lo alto), tiene lugar precisamente al
comienzo de la misión mesiánica de Jesús de Nazaret. Se
repetirá en el momento que precede a la pasión y
al acontecimiento pascual que concluye toda su misión: el momento
de la transfiguración. A pesar de la semejanza entre las
dos teofanías, hay una clara diferencia entre ellas, que nace
sobre todo del contexto de los relatos. Durante el bautismo
en el Jordán, Jesús es proclamado Hijo de Dios ante
todo el pueblo. La teofanía de la transfiguración se refiere
sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a
todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres
de ellos: Pedro, Santiago y Juan. “Pasados seis días Jesús
tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los
condujo solos a un monte alto y apartado y se
transfiguró ante ellos...”. Esta transfiguración va acompañada de la “aparición
de Elías con Moisés hablando con Jesús”. Y cuando, superado
el “susto” ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el
deseo de prolongarlo y fijarlo (“bueno es estarnos aquí”), “se
formó una nube... y se dejó oir desde la nube
una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle” (cf. Mc
9, 2-7). Así en el texto de Marcos. Lo mismo
se cuenta en Mateo: “Este es mi Hijo amado, en
quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5). En Lucas,
por su parte, se dice: “Este es mi Hijo elegido,
escuchadle” (Lc 9, 35).
6. El hecho, descrito por los Sinópticos,
ocurrió cuando Jesús se había dado a conocer ya a
Israel mediante sus signos (milagros), sus obras y sus palabras.
La voz del Padre constituye como una confirmación “desde lo
alto” de lo que estaba madurando ya en la conciencia
de los discípulos. Jesús quería que, sobre la base de
los signos y de las palabras, la fe en su
misión y filiación divinas naciese en la conciencia de sus
oyentes en virtud de la revelación interna, que les daba
el mismo Padre.
7. Desde este punto de vista, tiene especial
significación la respuesta que Simón Pedro recibió de Jesús tras
haberlo confesado en las cercanías de Cesarea de Filipo. En
aquella ocasión dijo Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo
de Dios vivo” (Mt 16, 16). Jesús le respondió: “Bienaventurado
tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni
la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre,
que está en los cielos” (Mt 16, 17). Sabemos la
importancia que tiene en labios de Pedro la confesión que
acabamos de citar. Pues bien, resulta esencial tener presente que
la profesión de la verdad sobre la filiación divina de
Jesús de Nazaret -“Tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios vivo”- procede del Padre. Sólo el Padre “conoce al
Hijo” (Mt 11, 27), solo el Padre sabe “quién es
el Hijo” (Lc 10, 22), y sólo el Padre puede
conceder este conocimiento al hombre. Esto es precisamente lo que
afirma Cristo en la respuesta dada a Pedro. La verdad
sobre la filiación divina que brota de labios del Apóstol,
tras haber madurado primero en su interior, en su conciencia,
procede de la profundidad de la autorrevelación de Dios. En
este momento todos los significados análogos de la expresión “Hijo
de Dios”, conocidos ya en el Antiguo Testamento, quedan completamente
superados. Cristo es el Hijo del Dios vivo, el Hijo
en el sentido propio y esencial de esta palabra: es
“Dios de Dios”.
8. La voz que escuchan los tres Apóstoles
durante la transfiguración en el monte (identificado por la tradición
posterior con el monte Tabor), confirma la convicción expresada por
Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16,
16). Confirma en cierto modo “desde el exterior” lo que
el Padre había ya “revelado desde el interior”. Y el
Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación
divina de Cristo -“Este es mi Hijo amado: escuchadle”-, parece
como si quisiera preparar a quienes ya han creído en
Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca:
para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que
“mientras bajaban del monte” Jesús les ordenará: “No deis a
conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del
Hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9, como
también Mc 9, 9, y además, en cierta medida, Lc
9, 21). La teofanía en el monte de la transfiguración
del Señor se halla así relacionada con el conjunto del
misterio pascual de Cristo.
9. En esta línea se puede entender
el importante pasaje del Evangelio de Juan (Jn 12, 20-28)
donde se narra un hecho ocurrido tras la resurrección de
Lázaro, cuando por un lado aumenta la admiración hacia Jesús
y, por otro, crecen las amenazas contra Él. Cristo habla
entonces del grano de trigo que debe morir para poder
producir mucho fruto. Y luego concluye significativamente: “Ahora mi alma
se siente turbada; ¿y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta
hora? ¡Mas para esto he venido yo a esta hora!
Padre, glorifica tu nombre”. Y “llegó entonces una voz del
Cielo: ´¡Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaré´!” (cf. Jn
12, 27-28). En esta voz se expresa la respuesta del
Padre, que confirma las palabras anteriores de Jesús: “Es llegada
la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado”
(Jn 12, 23).
El Hijo del Hombre que se acerca a
su “hora” pascual, es Aquel de quien la voz de
lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración:
“Mi Hijo... amado... en quien tengo mis complacencias... el elegido”.
En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre
el Hijo. El autor de la segunda Carta de Pedro,
recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe
pasa consolar a los cristianos en un momento de dura
persecución: “(Jesucristo)... al recibir de Dios Padre honor y
gloria, de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que
hablaba) en estos términos: ´Este es mi Hijo, el Amado,
en quien tengo mis complacencias´. Y esta voz bajada del
cielo la oímos los que con Él estábamos en el
monte santo” (2 Pe 1, 16-18).
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