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Catequesis del 13 de mayo de 1987.
Introducción
1. Según hemos tratado
en las catequesis precedentes, el nombre de "Cristo" significa en
el lenguaje del Antiguo Testamento "Mesías". Israel, el Pueblo de
Dios de la Antigua Alianza, vivió en la espera de
la realización de la promesa del Mesías, que se cumplió
en Jesús de Nazaret. Por eso desde el comienzo se
llamó a Jesús Cristo, esto es: "Mesías", y fue aceptado
como tal por todos aquellos que "lo han recibido" (Jn
1, 12).
2. Hemos visto que, según la tradición de la
Antigua Alianza, el Mesías es Rey y que este Rey
Mesiánico fue llamado también Hijo de Dios, nombre que en
el ámbito del monoteísmo yahvista del Antiguo Testamento tiene un
significado exclusivamente analógico, e incluso, metafórico. No se trata en
aquellos libros del Hijo "engendrado" por Dios, sino de alguien
a quien Dios elige y le confía una concreta misión
o servicio.
3. En este sentido también alguna vez todo el
pueblo se denominó "hijo", como, por ejemplo, en las palabras
que Yavé dirigió a Moisés: "Tú dirás al Faraón: ...Israel
es mi hijo, mi primogénito... Yo mando que dejes a
mi hijo ir a servirme" (Ex 4, 22-23; cf. también
Os 11, 1; Jer 31, 9). Así, pues, si se
llama al Rey en la Antigua Alianza "Hijo de Dios",
es porque en la teocracia israelita, es Él representante especial
de Dios.
Lo vemos, por ejemplo, en el Salmo 2, en
relación con la entronización del rey: "Él me ha dicho:
Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" (Sal
2, 7-8). También en el Salmo 88 leemos: "Él (David)
me invocará diciendo: tú eres mi padre... y yo le
haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de
la tierra" (Sal 88/89, 27-28). Después, el Profeta Natán hablará
así a propósito de la descendencia de David: "Yo le
seré a el padre y Él me será a mí
hijo. Si obrare mal yo le castigaré..." (2 Sm 7,
14).
No obstante, en el Antiguo Testamento, a través del significado
analógico y metafórico de la expresión "Hijo de Dios", parece
que penetra en él otro, que permanece oscuro. Así en
el citado Salmo 2, Dios dice al rey: "Tú eres
mi hijo, yo te he engendrado hoy" (Sal 2, 7),
y en el Salmo 109/110: "Yo mismo te engendré como
rocío antes de la aurora" (Sal 109/110, 3).
4. Es preciso
tener presente este transfondo bíblico-mesiánico para darse cuenta de que
el modo de actuar y de expresarse de Jesús indica
la conciencia de una realidad completamente nueva.
Aunque en los Evangelios
sinópticos Jesús jamás se define como Hijo de Dios (lo
mismo que no se llama Mesías), sin embargo, de diferentes
maneras, afirma y hace comprender que es el Hijo de
Dios y no en sentido analógico o metafórico, sino natural.
5.
Subraya incluso la exclusividad de su relación filial con Dios.
Nunca dice de Dios: "nuestro Padre", sino sólo "mi Padre",
o distingue: "mi Padre, vuestro Padre". No duda en afirmar:
"Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Mt 11,
27).
Esta exclusividad de la relación filial con Dios se manifiesta
especialmente en la oración, cuando Jesús se dirige a Dios
como Padre usando la palabra aramea "Abbá", que indica una
singular cercanía filial y, en boca de Jesús, constituye una
expresión de su total entrega a la voluntad del Padre:
"Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este
cáliz" (Mc 14, 36).
Otras veces Jesús emplea la expresión "vuestro
Padre"; por ejemplo: "como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,
36); "vuestro Padre, que está en los cielos" (Mc 11,
25). Subraya de este modo el carácter específico de su
propia relación con el Padre, incluso deseando que esta Paternidad
divina se comunique a los otros, como atestigua la oración
del "Padre nuestro", que Jesús enseñó a sus discípulos y
seguidores.
6. La verdad sobre Cristo como Hijo de Dios es
el punto de convergencia de todo el Nuevo Testamento. Los
Evangelios, y sobre todo el Evangelio de Juan, y los
escritos de los Apóstoles, de modo especial las Cartas de
San Pablo, nos ofrecen testimonios explícitos. En esta catequesis nos
concentramos solamente en algunas afirmaciones particularmente significativas, que, en cierto
sentido, "nos abren el camino" hacia el descubrimiento de la
verdad sobre Cristo como Hijo de Dios y nos acercan
a una recta percepción de esta "filiación".
7. Es importante constatar
que la convicción de la Filiación divina de Jesús se
confirmó con una voz desde el cielo durante el bautismo
en el Jordán (cf. Mc 1, 11 ) y en
el monte de la Transfiguración (cf. Mc 9, 7). En
ambos casos, los Evangelistas nos hablan de la proclamación que
hizo el Padre acerca de Jesús "(su) Hijo predilecto" (cf.
Mt 3, 17; Lc 3, 22).
Los Apóstoles tuvieron una confirmación
análoga dada por los espíritus malignos que arremetían contra Jesús:
"¿Qué hay entre Ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido
a perdernos? Te conozco: tú eres el Santo de Dios"
(Mc 1, 24). "¿Qué hay entre Ti y mí, Jesús,
Hijo del Altísimo?"(Mc 5, 7).
8. Si luego escuchamos el testimonio
de los hombres, merece especial atención la confesión de Simón
Pedro, junto a Cesarea de Filipo: "Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Notemos que
esta confesión ha sido confirmada de forma insólitamente solemne por
Jesús: "Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la
carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino
mi Padre, que está en los cielos" (Mt 16, 17).
No se trata de un hecho aislado. En el mismo
Evangelio de Mateo leemos que, al ver a Jesús caminar
sobre las aguas del lago de Genesaret, calmar al viento
y salvar a Pedro, los Apóstoles se postraron ante el
maestro, diciendo: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios" (Mt
14, 33).
9. Así, pues, lo que Jesús hacía y enseñaba,
alimentaba en los Apóstoles la convicción de que Él era
no sólo el Mesías, sino también el verdadero "Hijo de
Dios". Y Jesús confirmó esta convicción.
Fueron precisamente algunas de las
afirmaciones proferidas por Jesús las que suscitaron contra Él la
acusación de blasfemia. De ellas brotaron momentos singularmente dramáticos como
atestigua el Evangelio de Juan, donde se lee que los
judíos "buscaban... matarlo, pues no sólo quebrantaba el sábado, sino
que decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a
Dios" (Jn 5, 18).
El mismo problema se plantea de nuevo
en el proceso incoado a Jesús ante el Sanedrín: Caifás,
Sumo Sacerdote, lo interpeló: "Te conjuro por Dios vivo a
que me digas si eres tú el Mesías, el Hijo
de Dios". A esta pregunta, Jesús respondió sencillamente: "Tú lo
has dicho", es decir: "Sí, yo lo soy" (cf. Mt
26, 63-64). Y también en el proceso ante Pilato, aun
siendo otro el motivo de a acusación: el de haberse
proclamado rey, sin embargo los judíos repitieron la imputación fundamental:
"Nosotros tenemos una ley y, según esa ley, debe morir,
porque se ha hecho Hijo de Dios" (Jn 19, 7).
10.
En definitiva, podemos decir que Jesús murió en la cruz
a causa de la verdad de su Filiación divina. Aunque
la inscripción colocada sobre la cruz con la declaración oficial
de la condena decía: "Jesús de Nazaret, el Rey de
los judíos", sin embargo -hace notar San Mateo-, "los que
pasaban lo injuriaban moviendo la cabeza y diciendo... si eres
el Hijo de Dios, baja de la cruz" (Mt 27,
39-40). Y también: "Ha puesto su confianza en Dios, que
Él le libre ahora, si es que lo quiere, puesto
que ha dicho: Soy el Hijo de Dios" (Mt 27,
43).
Esta verdad se encuentra en el centro del acontecimiento del
Gólgota. En el pasado fue objeto de la convicción, de
la proclamación y del testimonio dado por los Apóstoles, ahora
se ha convertido en objeto de burla. Y sin embargo,
también aquí, el centurión romano, que vigila a agonía de
Jesús y escucha las palabras con las cuales Él se
dirige al Padre, en el momento de la muerte, a
pesar de ser pagano, da un último testimonio sorprendente en
favor de la identidad divina de Cristo: "Verdaderamente este hombre
era hijo de Dios" (Mc 15, 39).
11. Las palabras del
centurión romano sobre la verdad fundamental del Evangelio y del
Nuevo Testamento en su totalidad nos remiten a las que
el Ángel dirigió a María en el momento de la
anunciación: "Concebirás en tu seno y darás a luz un
hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande
y llamado Hijo del Altísimo..." (Lc 1, 31-32). Y cuando
María pregunta "¿Cómo podrá ser esto?", el mensajero le responde:
"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del
Altísimo te cubrirá con su sombra y, por esto, el
hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios" (Lc
1, 34-35).
12. En virtud de la conciencia que Jesús tuvo
de ser Hijo de Dios en el sentido real natural
de la palabra, Él "llamaba a Dios su Padre..." (Jn
5, 18). Con la misma convicción no dudó en decir
a sus adversarios y acusadores: "En verdad en verdad os
digo: antes que Abrahám naciese, era yo" (Jn 8, 58).
En
este "era yo" está la verdad sobre la Filiación divina,
que precede no sólo al tiempo de Abrahám, sino a
todo tiempo y a toda existencia creada.
Dirá San Juan al
concluir su Evangelio: "Estas (señales realizadas por Jesús) fueron escritas
para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de
Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre"
(Jn 20, 31).
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