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Catequesis del 11 de febrero de 1987.
1. Como hemos visto
en las recientes catequesis, el Evangelista Mateo concluye su genealogía
de Jesús, Hijo de María, colocada al comienzo de su
Evangelio, con las palabras "Jesús, llamado Cristo" (Mt 1, 16).
El término "Cristo" es el equivalente griego de la palabra
hebrea "Mesías" que quiere decir "Ungido".
Israel, el pueblo elegido
por Dios, vivió durante generaciones en la espera del cumplimiento
de la promesa del Mesías, a cuya venida fue preparado
a través de la historia de a alianza. El Mesías,
es decir el "Ungido" enviado por Dios, había de dar
cumplimiento a la vocación del pueblo de la Alianza, al
cual, por medio de la Revelación se le había concedido
el privilegio de conocer la verdad sobre el mismo Dios
y su proyecto de salvación.
2. El atribuir el nombre
"Cristo" a Jesús de Nazaret es el testimonio de que
los Apóstoles y la Iglesia primitiva reconocieron que en El
se habían realizado los designios del Dios de la alianza
y las expectativas de Israel. Es lo que proclamó Pedro
el día de Pentecostés cuando, inspirado por el Espíritu Santo,
habló por la primera vez a los habitantes de Jerusalén
y a los peregrinos que habían llegado a las fiestas:
"Tenga pues por cierto toda la casa de Israel que
Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús
a quien vosotros habéis crucificado" (Hech 2, 36).
3. El
discurso de Pedro y la genealogía de Mateo vuelven a
proponernos el rico contenido de la palabra "Mesías, Cristo" que
se encuentra en el Antiguo Testamento y sobre el que
hablaremos en las próximas catequesis. La palabra "Mesías" incluyendo la
idea de unción, sólo puede comprenderse en conexión con la
institución religiosa de la unción con el aceite, que era
usual en Israel y que (como bien sabemos) pasó de
la antigua Alianza a la Nueva. En la historia de
la antigua alianza recibieron esta unción personas llamadas por Dios
al cargo y a la dignidad de rey, o de
sacerdote o de profeta.
La verdad sobre el Cristo-Mesías hay
que volverá a leer, pues, en el contexto bíblico de
este triple "munus", que en la antigua alianza se confería
a los que estaban destinados a guiar o a representar
al Pueblo de Dios. En esta catequesis intentamos detenernos en
el oficio y la dignidad de Cristo en cuanto Rey.
4. Cuando el ángel Gabriel anuncia a la Virgen María
que había sido escogida para ser la Madre del Salvador,
le habla de la realeza de su Hijo: "...le dará
el Señor Dios el trono de David, su padre, y
reinará en la casa de Jacob por los siglos, y
su reino no tendrá fin" (Lc 1, 32-33).
Estas palabras
parecen corresponder a la promesa hecha al rey David: "Cuando
se cumplieren tus días... suscitaré a tu linaje después de
ti... y afirmaré su reino. El edificará casa mi nombre
y yo estableceré su trono por siempre. Yo le seré
a él padre, y el me será a mi hijo"
(2 Sm 7, 12-14). Se puede decir que esta promesa
se cumplió en cierta medida con Salomón, hijo y directo
sucesor de David. Pero el sentido pleno de la promesa
iba más allá de los confines de un reino terreno
y se refería no sólo a un futuro lejano, sino
ciertamente a una realidad, que iba más allá de la
historia, del tiempo y del espacio: "Yo estableceré su trono
por siempre" (2 Sm 7, 13).
5. En la anunciación
se presenta a Jesús como Aquel en el que se
cumple la antigua promesa. De ese modo la verdad sobre
el Cristo-Rey se sitúa en la tradición bíblica del "Rey
mesiánico" (del Mesías-Rey); así se la encuentra muchas veces en
los Evangelios que nos hablan de la misión de Jesús
de Nazaret y nos transmiten su enseñanza. Es significativa a
este respecto a actitud del mismo Jesús, por ejemplo cuando
Bartimeo, el mendigo ciego, para pedirle ayuda le grita: "Hijo
de David, Jesús, ten piedad de mí!" (Mc 10, 47).
Jesús, que nunca se ha atribuido ese título, acepta como
dirigidas a El las palabras pronunciadas por Bartimeo. En todo
caso se preocupa de precisar su importancia. En efecto, dirigiéndose
a los fariseos, pregunta: "¿Qué os parece de Cristo? ¿De
quién es hijo? Dijéronle ellos: De David. Les replicó: pues
¿cómo David, en espíritu le llama Señor, diciendo: !Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra mientras pongo
a tus enemigos bajo tus pies!(Sal 109/110, 1). Si, pues,
David le llama Señor, "cómo es hijo suyo?" (Mt 22,
42-45).
6. Como vemos, Jesús llama a atención sobre el
modo "limitado" e insuficiente de comprender al Mesías teniendo sólo
como base la tradición de Israel, unida a la herencia
real de David. Sin embargo, El no rechaza esta tradición,
sino que la cumple en el sentido pleno que ella
contenía, y que ya aparece en las palabras pronunciadas en
a anunciación y que se manifestará en su Pascua.
7.
Otro hecho significativo es que, al entrar en Jerusalén en
vísperas de su pasión, Jesús cumple, tal como destacan a
los Evangelistas Mateo (21, 5) y Juan (12, 15), la
profecía de Zacarías, en la que se expresa la tradición
del "Rey mesiánico": "Alégrate sobremanera, hija de Sión. Grita exultante,
hija de Jerusalén. He aquí que viene tu Rey, justo
y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino
hijo de asna" (Zac 9, 9) "Decid a la hija
de Sión: he aquí que tu rey viene a ti,
manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo
de una bestia de carga" (Mt 21, 5) Precisamente sobre
un pollino cabalga Jesús durante su entrada solemne en Jerusalén,
acompañado por la turba entusiasta: "Hosanna al Hijo de David"
(Cfr. Mt 21, 1-10).
A pesar de la indignación de
los fariseos, Jesús acepta a aclamación mesiánica de los "pequeños"
(Cfr. Mt 21, 16; Lc 19, 40), sabiendo muy bien
que todo equívoco sobre el titulo de Mesías se disiparía
con su glorificación a través de la pasión .
8.
La comprensión de la realeza como un poder terreno entrará
en crisis. La tradición no quedará anulada por ello, sino
clarificada. Los días siguientes a la entrada de Jesús en
Jerusalén se verá cómo se han de entender las palabras
del Ángel en a anunciación: "Le dará el Señor Dios
el trono de David, su padre... reinará en la casa
de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá
fin". Jesús mismo explicará en qué consiste su propia realeza,
y por lo tanto la verdad mesiánica, y cómo hay
que comprenderla.
9. El momento decisivo de esta clarificación se
da en el diálogo de Jesús con Pilato, que trae
el Evangelio de Juan. Puesto que Jesús ha sido acusado
ante el gobernador romano de "considerarse rey" de los judíos,
Pilato le hace una pregunta sobre est acusación que interesa
especialmente a la autoridad romana porque, si Jesús realmente pretendiera
ser "rey de los judíos" y fuese reconocido como tal
por sus seguidores, podría constituir una amenaza para el imperio.
Pilato, pues, pregunta a Jesús: "¿Eres tú el rey de
los judíos? Responde Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o
te lo han dicho otros de mi?"; y después explica:
"Mi reino no es de este mundo; si de este
mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que
no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no
es de aquí" Ante la insistencia de Pilato: "Luego, ¿tú
eres rey?", Jesús declara: "Tú dices que soy rey. Yo
para esto he nacido y para esto he venido al
mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que
es de la verdad oye mi voz" (Cfr. Jn 18,
33-37) Estas palabras inequívocas de Jesús contienen la afirmación clara
de que el carácter o munus real, unido a la
misión del Cristo) Mesías enviado por Dios, no se puede
entender en sentido político como si se tratara de un
poder terreno, ni tampoco en relación al "pueblo elegido", Israel.
10. La continuación del proceso de Jesús confirma la existencia
del conflicto entre la concepción que Cristo tiene de Sí
como "Mesías, Rey" y la terrestre o política, común entre
el pueblo. Jesús es condenado a muerte bajo a acusación
de que "se ha considerado rey". La inscripción colocada en
la cruz: "Jesús Nazareno, Rey de los judíos", probará que
para a autoridad romana éste es su delito. Precisamente los
judíos que, paradójicamente, aspiraban al restablecimiento del "reino de David",
en sentido terreno, al ver a Jesús azotado y coronado
de espinas, tal como se lo presentó Pilato con las
palabras: "¡Ahí tenéis a vuestro rey!, habían gritado: "¡Crucifícale!... Nosotros
no tenemos más rey que al Cesar" (Jn 19, 15).
En este marco podemos comprender mejor el significado de la
inscripción puesta en la cruz de Cristo, refiriéndonos por lo
demás a la definición que Jesús había dado de Sí
mismo durante el interrogatorio ante el procurador romano. Sólo en
ese sentido el Cristo)Mesías es "el Rey"; sólo en ese
sentido El actualiza la tradición del "Rey mesiánico", presente en
el Antiguo Testamento e inscrita en la historia del pueblo
de a antigua alianza.
11. Finalmente, en el Calvario un
último episodio ilumina la condición mesiánico-real de Jesús. Uno de
los dos malhechores crucificados junto con Jesús manifiesta esta verdad
de forma penetrante, cuando dice: "Jesús, acuérdate de mí cuando
llegues a tu reino" (Lc 23, 42). Jesús le responde:
"En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso"
(Lc 23, 43) En este diálogo encontramos casi una confirmación
última de las palabras que el Ángel había dirigido a
María en a anunciación: Jesús "reinará... y su reino no
tendrá fin" (Lc 1, 33).
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