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Catequesis del 4 de marzo de 1987.
1. En las catequesis
precedentes hemos intentado mostrar los aspectos más relevantes de la
verdad sobre el Mesías tal como fue preanunciada en la
Antigua alianza y tal como fue heredada por la generación
de los contemporáneos de Jesús de Nazaret, que entraron en
la nueva etapa de la Revelación divina. De esta generación,
los que siguieron a Jesús lo hicieron porque estaban convencidos
de que en Él se había cumplido la verdad sobre
el Mesías: que Él es el Mesías, el Cristo. Son
muy significativas las palabra con que Andrés, el primero de
los Apóstoles llamados por Jesús anuncia a su hermano Simón:
“Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo)” (Jn 1,
41).
Sin embargo, hay que reconocer que constataciones tan explícitas como
ésta son más bien raras en los Evangelios. Ello se
debe también al hecho de que en la sociedad israelita
de entonces se hallaba difundida una imagen de Mesías al
que Jesús no quiso adaptar su figura y su obra,
a pesar del asombro y a admiración suscitados por todo
lo que “hizo y enseñó” (Act 1, 1).
2. Es más,
sabemos incluso que el mismo Juan Bautista, que había señalado
a Jesús junto al Jordán como “El que tenía que
venir” (cf. Jn 1, 15-30), pues, con espíritu profético, había
visto en Él al “Cordero de Dios” que venía para
quitar los pecados del mundo; Juan, que había anunciado el
“nuevo bautismo” que administraría Jesús con la fuerza del Espíritu,
cuando se hallaba ya en la cárcel, mandó a sus
discípulos a preguntar a Jesús: “¿Eres Tú que ha de
venir o esperamos a otro?” (Mt 11, 3).
3. Jesús no
deja sin respuesta a Juan y a sus mensajeros: “Id
y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son
evangelizados” (Lc 7, 22). Con esta respuesta Jesús pretende confirmar
su misión mesiánica y recurre en concreto a las palabras
de Isaías (cf. Is 35, 4-5; 6, 1). Y concluye:
“Bienaventurado quien no se escandaliza de mí” (Lc 7, 23).
Estas palabras finales resuenan como una llamada dirigida directamente a
Juan, su heroico precursor, que tenía una idea distinta del
Mesías.
Efectivamente, en su predicación, Juan había delineado la figura del
Mesías como la de un juez severo. En este sentido
había hablado “de la ira inminente”, del “hacha puesta ya
a la raíz del árbol” (cf. Lc 3, 7. 9),
para cortar todas las plantas “que no de buen fruto”
(Lc 3, 9). Es cierto que Jesús no dudaría en
tratar con firmeza e incluso con aspereza, cuando fue senecesario,
la obstinación y la rebelión contra la Palabra de Dios;
pero Él iba a ser, sobre todo, el anunciador de
la “buena nueva a los pobres” y con sus obras
y prodigios revelaría la voluntad salvífica de Dios, Padre misericordioso.
4.
La respuesta que Jesús da a Juan presenta también otro
el momento que es interesante subrayar: Jesús evita proclamarse Mesías
abiertamente. De hecho, en el contexto social de la época
es título resultaba muy ambiguo: la gente lo interpretaba por
lo general en sentido político. Por ello Jesús prefiere referirse
al testimonio ofrecido por sus obras, deseoso sobre todo de
persuadir y de suscitar la fe.
5. Ahora bien, en los
Evangelios no faltan casos especiales, como el diálogo con la
samaritana, narrado en el Evangelio de Juan. A la mujer
que le dice: “Yo sé que el Mesías, el que
se llama Cristo, está para venir y que cuando venga
nos hará saber todas las cosas”, Jesús le responde: “Yo
soy, el que habla contigo” (Jn 4, 25-26).
Según el contexto
del diálogo, Jesús convenció a la samaritana, cuya disponibilidad para
la escucha había intuido; de hecho, cuando esta mujer volvió
a su ciudad, se apresuró a decir a la gente:
“Venid a ver un hombre que me ha dicho todo
cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?” (Jn 4, 28-29).
Animados por su palabra, muchos samaritanos salieron al encuentro de
Jesús, lo escucharon, y concluyeron a su vez: “Este es
verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 22).
6. Entre los
habitantes de Jerusalén, por el contrario, las palabras y los
milagros de Jesús suscitaron cuestiones en torno a su condición
mesiánica. Algunos excluían que pudiera ser el Mesías. “De éste
sabemos de dónde viene, mas del Mesías, cuando venga, nadie
sabrá de dónde viene” (Jn 7, 27). Pero otros decían:
“El Mesías, cuando venga, ¿podrá hacer signos más grandes de
los que ha hecho éste?” (Jn 7, 31). “¿No será
éste el Hijo de David?”. (Mt 12, 23). Incluso llegó
a intervenir el Sanedrín, decretando que “si alguno lo confesaba
Mesías fuera expulsado de la sinagoga” (Jn 9, 22).
7. Con
estos elementos podemos llegar a comprender el significado clave de
la conversación de Jesús con los Apóstoles cerca de Cesarea
de Filipo. “Jesús... les preguntó: ¿Quién dicen los hombres que
soy yo? Ellos le respondieron, diciendo: Unos, que Juan Bautista;
otros, que Elías y otros, que uno de los Profetas.
Pero El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo” (Mc
8, 27-29; cf. además Mt 16, 13-16 y Lc 9,
18-21), es decir, el Mesías.
8. Según el Evangelio de Mateo
esta respuesta ofrece a Jesús la ocasión para anunciar el
primado de Pedro en la futura Iglesia (cf. Mt 16,
18). Según Marcos, tras la respuesta de Pedro, Jesús ordenó
severamente a los Apóstoles “que no dijeran nada a nadie”
(Mc 8, 30). De lo cual se puede deducir que
Jesús no sólo no proclamaba que Él era el Mesías,
sino que tampoco quería que los Apóstoles difundieran por el
momento la verdad sobre su identidad. Quería, en efecto, que
sus contemporáneos llegaran a tal convencimiento contemplando sus obras y
escuchando su enseñanza. Por otra parte, el mismo hecho de
que los Apóstoles estuvieran convencidos de lo que Pedro había
dicho en nombre de todos al proclamar: “Tú eres el
Cristo”, demuestra que las obras y palabras de Jesús constituían
una base suficiente sobre la que podía fundarse y desarrollarse
la fe en que Él era el Mesías.
9. Pero la
continuación de ese diálogo tal y como aparece en los
dos textos paralelos de Marcos y Mateo es aún más
significativa en relación con la idea que tenía Jesús sobre
su condición de Mesías (cf. Mc 8, 31-33; Mt 16,
21-23). Efectivamente, casi en conexión estrecha con la profesión de
fe de los Apóstoles, Jesús “comenzó a enseñarles como era
preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho, y que
fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los
sacerdotes y los escribas y que fuese muerto y resucitado
al tercer día” (Mc 8, 31). El Evangelista Marcos hace
notar: “Les hablaba de esto abiertamente” (Mc 8, 32). Marcos
dice que “Pedro, tomándole aparte, se puso a reprenderle” (Mc
8, 32). Según Mateo, los términos de la reprensión fueron
éstos: “No quiera Dios, Señor, que esto suceda” (Mt 16,
22). Y esta fue la reacción del Maestro: Jesús “reprendió
a Pedro diciéndole: Quítate allá, Satán, pues tus pensamientos no
son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc
8, 33; Mt 16, 23).
10. En esta reprensión del Maestro
se puede percibir algo así como un eco lejano de
la tentación de que fue objeto Jesús en el desierto
en los comienzos de su actividad mesiánica (cf. Lc 4,
1-13), cuando Satanás quería apartarlo del cumplimiento de la voluntad
del Padre hasta el final. Los Apóstoles, y de un
modo especial Pedro, a pesar que habían profesado su fe
en la misión mesiánica de Jesús afirmando “Tú eres el
Mesías”, no lograban librarse completamente de aquella concepción demasiado humana
y terrena del Mesías, y admitir la perspectiva de un
Mesías que iba a padecer y a sufrir la muerte.
Incluso en el momento de la ascensión, preguntarían a Jesús:
“¿...vas a reconstruir el reino de Israel?” (cf. Act 1,
6).
11. Precisamente ante esta actitud Jesús reacciona con tanta decisión
y severidad. En El, la conciencia de la misión mesiánica
correspondía a los Cantos sobre el Siervo de Yavé de
Isaías y, de un modo especial, a lo que había
dicho el Profeta sobre el Siervo Sufriente: “Sube ante él
como un retoño, como raíz en tierra árida. No hay
en él parecer, no hay hermosura... Despreciado y abandonado de
los hombres, varón de dolores, y familiarizado con el sufrimiento,
y como uno ante el cual se oculta el rostro,
menospreciado sin que le tengamos en cuenta... Pero fue Él
ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores...
Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados”
(Is 53, 2-5).
Jesús defiende con firmeza esta verdad sobre el
Mesías, pretendiendo realizarla en Él hasta las últimas consecuencias, ya
que en ella se expresa la voluntad salvífica del Padre:
“El Justo, mi siervo, justificará a muchos” (Is 53, 11
). Así se prepara personalmente y prepara a los suyos
para el acontecimiento en que el “misterio mesiánico” encontrará su
realización plena: la Pascua de su muerte y de su
resurrección.
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