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Catequesis del 29 de abril de 1987.
1. Jesucristo, Hijo del
hombre e Hijo de Dios: éste es el tema culminante
de nuestras catequesis sobre la identidad del Mesías. Es la
verdad fundamental de la revelación cristiana y de la fe:
la humanidad y la divinidad de Cristo, sobre la cual
reflexionaremos más adelante con mayor amplitud. Por ahora nos urge
completar el análisis de los títulos mesiánicos presentes ya de
algún modo en el Antiguo Testamento y ver en qué
sentido se los atribuye Jesús a Sí mismo.
En relación con
el título “Hijo del hombre”, resulta significativo que Jesús lo
usara frecuentemente hablando de Sí, mientras que los demás lo
llaman Hijo de Dios, como veremos en la próxima catequesis.
Él se autodefine “Hijo del hombre”, mientras que nadie le
daba este título si exceptuamos al diácono Esteban antes de
la lapidación (Act 7, 56) y al autor del Apocalipsis
en dos textos (Ap 1, 13; 14, 14).
2. El título
“Hijo del hombre” procede del Antiguo Testamento, en concreto del
libro del Profeta Daniel, de la visión que tuvo de
noche el Profeta: “Seguía yo mirando en la visión nocturna,
y vi venir sobre las nubes del cielo a uno
como hijo de hombre, que se llegó al anciano de
muchos días y fue presentado ante éste. Fuele dado el
señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio
eterno que no acabará, y su imperio, imperio que nunca
desaparecerá” (Dan 7, 13-14).
Cuando el Profeta pide la explicación de
esta visión, obtiene la siguiente respuesta: “Después recibirán el reino
los santos del Altísimo y lo poseerán por siglos, por
los siglos de los siglos... Entonces le darán el reino,
el dominio y la majestad de todos los reinos de
debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo”
(Dan 7, 18. 27). El texto de Daniel contempla a
una persona individual y al pueblo.
Señalemos ya ahora que
lo que se refiere a la persona del Hijo del
hombre se vuelve a encontrar en las palabras del Ángel
en la anunciación a María: “Reinará... por los siglos y
su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33).
3. Cuando Jesús
utiliza el título “Hijo del hombre” para hablar de Sí
mismo, recurre a una expresión proveniente de la tradición canónica
del Antiguo Testamento presente también en los libros apócrifos del
judaísmo. Pero conviene notar, sin embargo, que la expresión “hijo
de hombre” (ben-adam) se había convertido en el arameo de
la época de Jesús en una expresión que indicaba simplemente
“hombre” (bar enas).
Por eso, al referirse a Sí mismo
como “Hijo del hombre”, Jesús logró casi esconder tras el
velo del significado común el significado mesiánico que tenía la
palabra en la enseñanza profética. Sin embargo, no resulta casual,
si bien las afirmaciones sobre el “Hijo del hombre” aparecen
especialmente en el contexto de la vida terrena y de
la pasión de Cristo, no faltan en relación con su
elevación escatológica.
4. En el contexto de la vida terrena de
Jesús de Nazaret encontramos textos como el siguiente: “Las raposas
tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; pero el
Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt
8, 20); o este otro: “Vino el Hijo del hombre,
comiendo y bebiendo, y dicen: es un comilón y bebedor
de vino, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11, 19).
Otras veces la palabra de Jesús asume un valor que
indica con mayor profundidad su poder. Así cuando afirma: “Y
dueño del sábado es el Hijo del hombre” (Mc 2,
28). Con ocasión de la curación del paralítico, a quien
introdujeron en la casa donde estaba Jesús haciendo un agujero
en el techo, El afirma en tono casi desafiante: “Pues
para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder
en la tierra para perdonar los pecados -se dirige al
paralítico-, yo te digo: Levántate, toma tu camilla y vete
a tu casa” (Mc 2, 10-11 ). En otro texto
afirma Jesús: “Porque como fue Jonás señal para los ninivitas,
así también lo será el Hijo del hombre para esta
generación” (Lc 11, 30). En otra ocasión se trata de
una predicción rodeada de misterio: “Llegará tiempo en que desearéis
ver un solo día al Hijo del hombre, y no
lo veréis” (Lc 17, 22).
5. Algunos teólogos señalan un paralelismo
interesante entre la profecía de Ezequiel y las afirmaciones de
Jesús. El Profeta escribe: “(Dios) me dijo: Hijo de hombre,
yo te mando a los hijos de Israel... que se
han rebelado contra mí... Diles: Así dice el Señor, Yavé”
(Ez 2, 3-4) “Hijo de hombre, habitas medio de gente
rebelde, que tiene ojos para ver, y no ven; oídos
para oír, y no oyen...” (Ez 12, 2) “Tú, hijo
de hombre... dirigirás tus miradas contra el muro de Jerusalén...
profetizando contra ella” (Ez 4, 1-7). “Hijo de hombre, propón
un enigma y compón una parábola sobre la casa de
Israel" (Ez 17, 2).
Haciéndose eco de las palabras del Profeta,
Jesús enseña: “Pues el Hijo del hombre ha venido a
buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10).
“Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida en
rescate por muchos” (Mc 10, 45; cf. además Mt 20,
29). El “Hijo del hombre” ... “cuando venga en la
gloria del Padre, se avergonzará de quien se avergüence de
Él y de sus palabras ante los hombres” (cf. Mc
8, 38).
6. La identidad del Hijo del hombre se presenta
en el doble aspecto de representante de Dios, anunciador del
reino de Dios, Profeta que llama a la conversión. Por
otra parte, es “representante” de los hombres, compartiendo con ellos
su condición terrena y sus sufrimientos para redimirlos y salvarlos
según el designio del Padre. Como dice Él mismo en
el diálogo con Nicodemo: “A la manera que Moisés levantó
la serpiente en el desierto, así es preciso que sea
levantado el Hijo del hombre, para que todo el que
crea en Él tenga la vida eterna” (Jn 3, 14-15).
Se
trata de un anuncio claro de la pasión, que Jesús
vuelve a repetir: “Comenzó a enseñarles cómo era preciso que
el Hijo del hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado
por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y
los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de
tres días” (Mc 8, 31). En el Evangelio de Marcos
encontramos esta predicción repetida en tres ocasiones (cf. Mc 9,
31; 10, 33-34) y en todas ellas Jesús habla de
Sí mismo como “Hijo del hombre”.
7. Con este mismo apelativo
se autodefine Jesús ante el tribunal de Caifás, cuando a
la pregunta: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”,
responde: “Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado
a la diestra del Poder y venir sobre las nubes
del cielo” (Mc 14, 62). En estas palabras resuena el
eco de la profecía de Daniel sobre el “Hijo del
hombre que viene sobre las nubes del cielo” (Dan 7,
13) y del Salmo 110, que contempla al Señor sentado
a la derecha de Dios(cf. Sal 109/110, 1)
8. Jesús habla
repetidas veces de la elevación del “Hijo del hombre”, pero
no oculta a sus oyentes que ésta incluye la humillación
de la cruz. Frente a las objeciones y a la
incredulidad de la gente y de los discípulos, que comprendían
muy bien el carácter trágico de sus alusiones y que,
sin embargo, le preguntaban: “¿Cómo, pues, dices tú que el
Hijo del hombre ha de ser levantado? ¿Quién es este
Hijo del hombre?” (Jn 12, 34), afirma Jesús claramente: “Cuando
levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que
yo soy, y no hago nada por mí mismo, sino
que según me enseñó el Padre, así hablo” (Jn 8,
28). Jesús afirma que su “elevación” mediante la cruz constituirá
su glorificación. Poco después añadirá: “Es llegada la hora en
que el Hijo del hombre será glorificado” (Jn 12, 23).
Resulta significativo que cuando Judas abandonó el Cenáculo, Jesús afirme:
“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios
ha sido glorificado en Él” (Jn 13, 31).
9. Este es
el contenido de vida, pasión, muerte y gloria, del que
el Profeta Daniel había ofrecido sólo un simple esbozo. Jesús
no duda en aplicarse incluso el carácter de reino eterno
e imperecedero que Daniel había atribuido a la obra del
Hijo del hombre, cuando en la profecía sobre el fin
del mundo proclama: “Entonces verán al Hijo del hombre venir
sobre las nubes con gran poder y majestad” (Mc 13,
26; cf. Mt 24, 30). En esta perspectiva escatológica debe
llevarse a cabo la obra evangelizadora de la Iglesia. Jesús
hace la siguiente advertencia: “No acabaréis las ciudades de Israel,
antes de que venga el Hijo del hombre” (Mt 10,
23). Y se pregunta: “Pero cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 1 8, 8).
10.
Si en su condición de “Hijo del hombre” Jesús realizó
con su vida, pasión, muerte y resurrección el plan mesiánico
delineado en el Antiguo Testamento, al mismo tiempo asume con
ese mismo nombre el lugar que le corresponde entre los
hombres como hombre verdadero, como hijo de una mujer, María
de Nazaret. Mediante esta mujer, su Madre, Él, el “Hijo
de Dios”, es al mismo tiempo “Hijo del hombre”, hombre
verdadero, como testimonia la Carta a los Hebreos: “Se hizo
realmente uno de nosotros, semejante a nosotros en todo, menos
en el pecado” (Const. Gaudium et spes, 22; cf. Heb
4, 15).
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