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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Faro de Vigo, martes, 12 de Mayo de 1998 La Sábana Santa ¿prueba la Resurrección de Jesús?
¿Se trata de un dogma de fe? ¿Hay que creer en ella?
La Sábana Santa ¿prueba la Resurrección de Jesús?
¿Es un dogma de fe (hay que creer en
la Sábana)? No se trata de una prueba científica de la
Resurrección de Cristo. Eso es materia de fe. No hay
que "creer" en la Sábana. Se trata más bien de
un testimonio de su realidad histórica, en perfecta consonancia con
el Evangelio. La Iglesia y la fe han existido y
crecido durante veinte siglos sin necesidad de conocer a fondo
la Sábana, pero es curioso que en medio de esta
sociedad secularizada y desacralizada, surja el Lienzo, gracias a los
adelantos técnicos que tantas veces ensoberbecen al hombre, como testigo
inapelable e inexplicable del amor de Dios observado desde la
Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, que emerge, ahora más
que nunca, como Señor de todas las cosas.
La Sábana Santa
de Turín despierta un enorme interés en los medios de
comunicación. Artículos periodísticos, reportajes televisivos y tertulias radiofónicas se ocupan
con frecuencia del singular objeto, encontrado en 1358, que ha
sido venerado por los fieles como icono -¿acaso reliquia?- de
Jesucristo.
Pese al secularismo reinante, el hombre sigue teniendo ansia
de lo sagrado y experimenta curiosidad por aquellos indicios que
transparentan de algún modo la dimensión de misterio que a
todos nos envuelve, sin que logremos dominarla confinándola dentro de
los estrechos márgenes de nuestra razón.
Para el creyente, el
Santo Sudario no "prueba" nada, ni tiene por qué hacerlo.
La fe -aunque conforme a la razón- no es fruto
de la razón, sino don de Dios que capacita al
hombre para comprometerse libremente en la aceptación de la Verdad
que le sale al encuentro en la persona de Jesucristo,
Logos divino que excede -superando y nunca anulando- los límites
del "logos" humano.
Exageran, por consiguiente, quienes pretenden ver en
la Sábana Santa una prueba de credibilidad del cristianismo. El
gran signo que hace creíble -digno de fe- el mensaje
evangélico es el mismo Jesucristo. Él -como indica el Concilio
Vaticano II- "con su presencia y manifestación, con sus palabras
y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte
y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la
verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma
con testimonio divino" (Dei Verbum, 4).
Pero exageran también quienes
otorgan a la ciencia un grado de certeza que ésta
no aspira a alcanzar. Los resultados de la prueba del
carbono 14 realizada por científicos de Tucson, Oxford y Zurich
al lienzo custodiado en Turín constituyen, sin duda, "un" dato
a tener en cuenta, pero no "el" dato definitivo que
obligue sin más a descartar "a priori" la posibilidad de
que la tela pudiese ser el sudario que envolvió el
cuerpo de Jesús.
No es preciso sumergirse en la "noche
de la razón", ni pecar mortalmente contra el espíritu ilustrado,
para reconocer que -al menos después de Popper y de
Thomas S. Kuhn- la ciencia es más consciente de sus
límites y de la provisionalidad de sus conclusiones. Dejemos, sin
miedo, que los científicos estudien el misterioso tejido y esperemos
-sin angustias "cientistas"- a que se pongan de acuerdo sobre
los resultados.
Frente a la arrogancia racionalista y frente al
irracionalismo ascendente, apostemos por una confianza razonable en una razón
humana consciente de sus posibilidades y de sus límites y,
por ello mismo, abierta a la dimensión del misterio allí
donde -tal vez- podamos captar el eco de sus huellas.
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