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Los milagros de Jesús | tema
Autor: Rafael Garcia | Fuente: Catholic.net
La mujer en el Evangelio
Multiplicación de los panes. Único milagro en todo el Evangelio, cuyo relato intervienen los cuatro Evangelistas.
 
La mujer en el Evangelio
La mujer en el Evangelio
Primera multiplicación de los panes


Al buscar la palabra “mujer” en el Evangelio, me encaminó hacia este milagro que es el único, en todo el Evangelio, en cuyo relato intervienen los cuatro Evangelistas y cada cual lo hace según su personal interpretación de un mismo hecho sobrenatural.

Al hilo de este trabajo sobre “La mujer en el Evangelio”, me he fijado en algunos detalles que revelan datos con los que enjuiciar el supuesto trato de la sociedad de aquel tiempo con la mujer de aquel tiempo. Veamos los versículos de este pasaje donde de manera explícita e implícita se hace mención de ella:


Mateo 14,21

Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Mateo es un discípulo que ha visto con sus propios ojos el milagro que relata. Su Evangelio va dirigido fundamentalmente al lector judío, en general, al posible converso judío a quien trata de demostrar que Jesucristo es el Mesías. El destinatario principal de su mensaje es un hombre de raza judía, educado en una sociedad no propicia a entender que una hija de Dios es tan dueña del Corazón de su Padre como lo pueda ser el hombre más hombre por ser hombre.

Mi querido Mateo, ¿qué pretendes que se interprete cuando no tienes en cuenta el número de mujeres que comieron, como los varones, de este pan, que milagrosamente se multiplicaba en las benditas manos de Cristo? Solo tú, en dos ocasiones, nos informas del número de varones, cinco mil en un caso y cuatro mil en otro, que se hartaron de comer el pan y el pescado, haciendo la observación de que no se tuvo en consideración el número de mujeres. ¿Eran más o menos que los hombres? Pues yo creo, mi buen amigo Mateo, que esta puntualización hay que entenderla en función de la forma de ser de tus lectores más que en relación a la forma de ser de tu persona, porque de tu integridad y bien hacer nos has dejado como muestra tu Evangelio, una Joya que brilla para siempre como una Luz que lleva Vida en Sí misma. Solo un hombre de Dios, un hombre noble puede ser el autor de semejante Escrito.


Lucas 9,14

Porque eran como unos cinco mil hombres. Y dijo a sus discípulos: Hacedlos recostar por ranchos como de cincuenta cada uno.

Lucas, el evangelista de la mujer, no hará de ella expresa referencia en este pasaje. En su descripción obvia, elegantemente, el muy respetable nº de mujeres que también se beneficiarían del milagro de Cristo. Este gentil médico no fue discípulo que conviviera con Cristo, no le conoció personalmente, sin embargo redactó su Evangelio recibiendo información de primera mano de aquellas mujeres que fueron testigos oculares de la vida de Cristo. La primera Mujer de la que Lucas recibió información fue de la Virgen María. Mi buen amigo Lucas es un hombre de notable cultura y amable trato, que empleó la cortesía y el respeto a la mujer, como no se podía esperar menos de un caballero que escribió el Evangelio de la Misericordia.


Marcos 6,44

Y eran los que habían comido los panes cinco mil hombres.

Sabemos que Marcos escribe su Evangelio al dictado de Pedro. La idiosincrasia de Pedro se manifiesta por la manera contundente con el que relata lo que vieron sus ojos, lo que sus oídos oyeron y lo que tocaron sus manos. Amiga lectora, amigo lector, observa como los anteriores evangelistas dan como aproximado el nº de cinco mil los hombres que presenciaron el milagro de Jesucristo. Observa así mismo como Pedro no da opción a la aproximación, fueron cinco mil hombres, ni uno más, ni uno menos. “Dime como escribes y te diré como eres”, esto bien se puede aplicar al Evangelio de Marcos y si damos por hecho que el espíritu de Pedro está patente en esta sintetizada Escritura, comprenderemos que jamás se ha descrito, con tanta realidad imperativa, hechos de semejante trascendencia divina y con menos palabras. Mi buen amigo Pedro, con respecto a la referencia de la mujer en este pasaje evangélico, está en la misma línea de mi buen amigo Mateo. Escribe para una sociedad de su tiempo no propicia a hacer intervenir a la mujer en los asuntos públicos que supusiesen debate en la interpretación de las ideas con las que se pretendía ganar la mente y el corazón de tus interlocutores. En Roma habían senadores y no senadoras, en Israel habían doctores de la Ley y no doctoras de la Ley, habían fariseos y no fariseas.


Juan 6,10

Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloquen en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones, en número como unos cinco mil.

Amiga lectora, amigo lector, a la vista de este versículo de San Juan y puesto que estamos contemplando el mismo suceso redactado por otros tres evangelistas, no podemos evitar el hacer concatenación de datos que nos llevan a las siguientes conclusiones:

  • San Juan tampoco hace mención al importante número de mujeres y niños que allí estaban.

  • Jesús manda que los varones se coloquen en el suelo en grupos separados de cincuenta.

  • Con cincuenta varones por grupo tendríamos cien grupos.

  • Por lo que se aprecia en San Marcos también se formaron grupos de 100 que, probablemente, serían de mujeres y niños exclusivamente.

  • Los varones estaban en una zona y separadas, en otra zona, las mujeres y niños.

  • Posiblemente, contando con las mujeres y los niños, los grupos de cincuenta y de cien personas que se formaron separados entre si, para poder circular entre ellos, ocuparían una superficie superior a los 200.000 metros cuadrados, es decir la superficie de 20 campos de fútbol.

  • En la distribución de estos panes y peces es posible que intervinieran más de 150 discípulos de Cristo.


    Ante estas deducciones, amiga lectora, amigo lector, nos surgen las siguientes preguntas:

    1) ¿Por qué el Señor quiso los grupos con solo varones separados de los grupos con solo mujeres y niños?

    2) Dice el Evangelio que el día comenzó a declinar, estamos hacia la mitad de la tarde. Antes de que la noche se cerrara y viniera la oscuridad consecuente, ¿cómo pudo distribuirse, en tan corto tiempo, comida para tantas personas?

    3) Un experto en acústica se preguntaría como fue posible que la voz de Cristo llegara a los oídos de un gentío, probablemente, cercano a las diez mil personas contando con las mujeres y los niños. ¿Cómo puede oírse la voz de un Hombre, sin megafonía, que habla, sin gritar, a una multitud semejante, esparcida por una superficie de 20 hectáreas?


    A la primera pregunta se puede responder con la sencillez del que sabe que Dios conoce el corazón del hombre y el corazón de la mujer. El Señor interviene con prudencia divina, con la prudencia de un Padre que conoce perfectamente a sus hijos y a sus hijas.

    A la segunda pregunta se contesta con el sentido común y a la vista de lo que se lee entre líneas puede confirmarse que en las manos de Cristo se multiplicaban los panes y los peces, pero también se multiplicaban en las manos de sus discípulos que los repartían, sin agotarse, por los grupos de varones, de mujeres y niños.

    A la tercera pregunta se contesta con la Fe. Solo a Dios se le puede atribuir semejante poder para hacer posible que su palabra llegue al oído humano nítida y perfectamente entendible sin necesidad ni de la técnica, ni de la ciencia. Cristo habló a sus oyentes con palabras de Hombre y Omnipotencia divina. En este acontecimiento histórico, realmente sucedido en nuestro tiempo y en nuestro espacio, se han dado un conjunto de hechos inexplicables para la razón humana. Poner en duda la divinidad de este Hombre, Jesucristo, después de haber asistido a tan sorprendente relato, es como encender una cerilla para alumbrar al sol en la hora cenital. Jn 1,11 Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron.



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