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Autor: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Libro Jesucristo. Jesús, el pecado y los pecadores.
¿Cómo actuaba Jesús ante el pecado y los pecadores? ¿Existe algún pecado imperdonable? ¿Cuál es? ¿Cómo debemos actuar nosotros frente al pecado según lo que Jesús nos enseña?
Jesús, el pecado y los pecadores.
Hemos visto aspectos exteriores de la personalidad de Jesús.
Ahora es el momento de meternos en lo más profundo
de su corazón. Si para alguien ha venido Jesucristo ha
sido para los pecadores, para todos nosotros que sentimos los
arañazos de nuestra naturaleza humana, herida por el pecado original.
Canta la liturgia de la Vigilia Pascual: "¡Feliz la culpa,
que nos mereció tan noble y tan gran Redentor!". Jesucristo,
sí, odió el pecado, pero buscó y amó con gran
misericordia al pecador, porque vino a salvar lo que estaba
perdido. Nadie debe sentirse excluido de su Corazón misericordioso.
Jesucristo vino
a salvar a los pecadores. Esa fue la misión encomendada
por el Padre desde el momento de la Encarnación. El
eje central de su vida fue la lucha contra el
mal radical, el pecado, que es lo único que nos
aleja de Dios y nos impide la comunión con Él.
Nadie mejor que Jesús ha comprendido la maldad del pecado
en cuanto ofensa a la grandeza y al amor de
Dios.
Jesús y los pecadores.
¿Cuál es la postura de
Jesús ante el mal moral, ante el pecado y ante
los pecadores?
Jesús-pecado: he aquí dos palabras opuestas, contradictorias. Más opuestas
que lo blanco y lo negro, que la paz y
la violencia, que la vida y la muerte. El pecado
es el reverso de la idea de Dios. Dios es
la fuerza; el pecado es, no otra fuerza, sino la
debilidad. Dios es la unidad, el pecado es la dispersión.
Dios es la alianza, el pecado es la ruptura. Dios
es la profundidad, el pecado la frivolidad. Dios lo eterno,
el pecado la venta a lo provisional y fugitivo.
Y,
sin embargo, el pecado es algo fundamental en la vida
de Jesús. Probablemente no se hubiera hecho hombre de no
ser por el pecado, pues la lucha contra el mal,
que obstaculiza la llegada del Reino, constituyó una tarera centra
en su vida terrena. Jesús no tuvo pecado alguno. Y,
sin embargo, nadie como él entendió la gravedad del pecado,
porque al ser Hijo del Padre podía medir lo que
es una ofensa a su amor.
Por eso, conozcamos cuál fue
la postura de Jesús ante el pecado y los pecadores,
saber qué entendió por pecado, cuáles valoraba como más graves
y peligrosos, cómo trataba de hacer salir de él a
cuantos pecadores encontraba en su camino.
Comencemos por decir que
en el mundo bíblico el pecado no fue nunca la
violación de un tabú, como era típico de las tribus
primitivas. La predicación de los profetas conducirá a los judíos
hacia una visión del pecado como algo que vicia radicalmente
la personalidad humana, ya que implica una desobediencia, una insubordinación
en la que intervienen inteligencia y voluntad del hombre, contra
el mismo Dios personal y no contra un simple fatum
abstracto.
Las mismas palabras hebreas y griegas con las que
la Biblica designa el pecado acentúan este carácter voluntario y
personal. En hebreo es la palabra hatá que significa "no
alcanzar una meta, no conseguir lo que se busca, no
llegar a cierta medida, pisar en falso", y, en sentido
moral, "ofender, faltar a una norma ética, infringir detrminados derechos,
desviarse del camino recto". La versión de los setenta suele
traducir ese hatá hebreo por amartía, amartano que también significan
"fallar el blanco o ser privado de algo".
Esta idea
de ruptura es acentuada por los profetas que ven siempre
el pecado como la negativa a obedecer una orden o
seguir una llamada. En Amós es la ingratitud; en Isaías,
el orgullo; en Jeremías, la falsedad oculta en el corazón;
en Ezequiel, la rebelión declarada. En todos los casos la
ruptura de un vínculo, la violación de una alianza, la
traición de una amistad. Cada vez que uno peca repite
la experiencia de Adán, ocultándose de Dios.
Por todo esto
se explica que Dios tome tan dramáticamente el pecado, no
como una simple ley violada, sino como una amistad traicionada,
un amor falseado. Por eso en la redacción del decálogo
se pone en boca de Yavé esta terrible denominación de
los transgresores: aquellos que me odian, mientras que llama a
los que cumplen los mandamientos los que me aman (cf
Ex 20, 5-6).
¿Qué significaba el pecado en tiempos de Jesús?
Para la comunidad de monjes de Qumram, que escapaban al
desierto, el mundo estaba podrido; por eso se pasaban todo
el día con bautismos, abluciones y oraciones de purificación. Los
fariseos se creían los separados, los puros...el resto es pecador.
Para Jesús no es que todo sea pecado y sólo
pecado. Sus metas son positivas y luminosas, pero sabe muy
bien que al hombre no le basta el querer para
salvarse. Sabe que ha venido para salvar al hombre del
pecado. Pero invita a la conversión: sin ella no se
podrá entrar en el reino de Dios (cf Mt 3,
2; Mc 1, 15). Este es un Reino que sólo
puede construirse después de haber destruido los edificios del mal
y de haber retirado sus escombros. Casi se diría que
Jesús exagera su interés por los pecadores, cuando afirma con
atrevida paradoja que ha venido a llamar, no a los
justos, sino a los pecadores (Mt 9, 12), cuando se
presenta como médico que sólo se preocupa por las almas
enfermas (cf Mc 2, 17). Su interés será tal que
será acusado de andar con publicanos y pecadores (cf Mt
9, 12) y de mezclarse con mujeres que han llevado
vida escandalosa (cf Lc 7, 36-42). Él mismo resumirá el
sentido de su vida en la Última Cena declarando que
su sangre será derramada en remisión de los pecados (cf
Mt 26, 27) y, tras su muerte, pedirá a sus
apóstoles que continúen su obra predicando la penitencia para la
remisión de los pecados a todas las gentes (cf Lc
24, 44-48).
Para Jesús, ¿qué significaba, pues, el pecado?
No era
sólo la trasgresión literal de una ley, como era para
los escribas y fariseos, que se quedaban en lo secundario
y olvidaban lo principal (cf Mt 23, 23-24). Para Jesús
el pecado nace del interior del hombre (cf Mt 15,
10-20); por eso, es necesaria la circuncisión del corazón de
la que habló Jeremías (4, 4). Para Jesús el pecado
es una esclavitud con la que el hombre cae en
poder de Satán (cf Lc 22, 3); sabe que el
mismo Satanás busca a sus elegidos para cribarlos como el
trigo (cf Lc 22, 31). Para Jesús, bajo el pecado
hay siempre una falsa valoración de las cosas, pues el
corazón humano se deja arrastrar de lo inmediato y de
las satisfacciones sensibles.72 Así, pues, el
pecado para Jesús es un desamor a Dios, un desprecio
a los demás; es decir, es una ofensa a Dios
y al prójimo.
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