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Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net Jesús, maestro y profeta.
Así lo reconocen y lo siguen, como a un gran profeta.También él será perseguido por sus compatriotas y su muerte se deberá a su fidelidad al mensaje de su Padre.
Jesús, maestro y profeta.
El primer título que sus contemporáneos dan a Jesús es
el de «Maestro» (a veces en la forma de «Rabbi»
o de «Rabboni»). Así le llaman antes de oírle siquiera
hablar -impresionados, sin duda, por su porte- los primeros discípulos:
Maestro ¿dónde moras? (Jn 1, 38). Así le bautizarán las
gentes que se quedan admirados de su enseñanza (Mt 7,
28). Y con este titulo de respeto -tanto más extraño
cuanto que carecía de toda enseñanza oficial para poseerlo- le
tratarán siempre los fariseos: ¿Por qué vuestro maestro come con
los pecadores? (Mt 9, 11). ¿Por qué vuestro maestro no
paga el didracma?´ (Mt 17,23), preguntarán a los apóstoles. Y
con este titulo se dirigen a él: Maestro, sabemos que
has venido de Dios (Jn 3, 2). Maestro. sabemos que
eres veraz (Mt 22, 16). Maestro, ¿cual es el mandato
mayor de la ley? (Mt 9, 16). Maestro, esta mujer
ha sido sorprendida en adulterio (Jn 8, 4). Con el
titulo de «Maestro» se dirigen a él sus íntimos. El
Maestro está ahí y te llama (Jn 11,28), dice Marta
a María. Y María le llamará Rabboni cuando le encuentre
resucitado (Jn 20, 16). Con ese nombre se dirigirán a
él casi siempre los apóstoles. ¿Acaso soy yo, Maestro?, preguntará
Judas en la cena (Mt 26, 25). Y con un
Ave, Rabbi, le traicionará (Mt 26, 49). Y Jesús aceptará
siempre con normalidad ese título que usará él mismo en
su predicación: No es el discípulo mayor que el maestro
(Mt 10, 24) o cuando envíe a sus apóstoles a
preparar la cena les ordenará que digan al hombre del
cántaro: El maestro dice: Mi tiempo está próximo, quiero celebrar
en tu casa la pascua (Mt 26, 18).
Reconocerá incluso
que ese título le es debido: Vosotros me llamáis maestro
y señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si
yo, siendo vuestro maestro... (Jn 13, 13). Sólo en una
ocasión tratará de quitar a esa palabra todo lo que
puede encerrar de insensato orgullo: Ved cómo los fariseos gustan
de ser llamados Rabbi por los hombres. Pero vosotros no
os hagáis llamar Rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro
y todos vosotros sois hermanos. No os hagáis llamar doctores,
porque uno solo es vuestro doctor, el Mesías (Mt 23,
7). Palabras importantes por las que Jesús no sólo acepta
ese titulo, sino que lo hace exclusivo suyo. El no
sólo está a la altura de los doctores de la
ley, sino muy por encima de ellos y de la
ley misma.
Pero el mismo pueblo comprende pronto que el
título de Maestro es insuficiente para Jesús: no sólo enseña
cosas admirables y lo hace con autoridad (Mc 1, 27),
sino que, además, acompaña sus enseñanzas con gestos extraordinarios, con
«signos» y «obras de poder» (I Tes 1,5), fuera de
lo común. Hoy hemos visto cosas extrañas (Lc 5, 25),
dicen al principio. Y enseguida comentan: Un gran profeta ha
salido entre nosotros. Y se extendió esta opinión sobre él
por toda la Judea y por toda la comarca. (Lc
7, 14).
La samaritana se impresionará de cómo Jesús conoce
su vida y dirá ingenuamente: Señor, veo que eres un
profeta (Jn 16, 19). Y los dos discípulos que caminan
hacia Emmaus dirán al peregrino: ¿Tú eres el único que
vive en Jerusalén y no sabes lo que ha pasado
aquí estos días? Lo de Jesús Nazareno, que llegó a
ser profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y
todo el pueblo (Lc 24, 18). Y junto a estas
expresiones que pintan a Jesús como un profeta, encontramos algunas,
que aún son más significativas: las que hablan de Jesús
como de el profeta.
En la entrada en Jerusalén oímos
a la gente aclamar a Jesús, el profeta (Mt 21,
10) y mezclar esta exclamación con la de Hijo de
David. Tras la multiplicación de los panes escuchamos de labios
de la multitud la exclamación: Este es el profeta que
ha de venir al mundo (Jn 6, 14). Y, cuando
en la fiesta de los Tabernáculos, queda la gente subyugada
ante sus palabras exclama: Verdaderamente es él, el profeta (Jn
7, 40).
¿Qué quería decir la multitud con esos apelativos?
Algo no muy concreto, pero sí muy alto. En la
esperanza mesiánica de la época de Jesús había aspectos muy
diversos entre los que no había perfecta coherencia. Se esperaba,
sí, un profeta excepcional en el que se cumplirían todas
las profecías anteriores. Para unos éste seria un profeta diferente
a todos los demás, para otros se tratarla del regreso
de alguno de los grandes profetas de la antigüedad: Moisés,
Enoch, Elías, Jeremías... Los textos ven a este profeta que
viene armado de una autoridad inigualable; su llamada al arrepentimiento
es definitiva, exige una decisión definitiva; su predicación tiene un
carácter de absoluto que no poseía la predicación de los
antiguos profetas. Cuando llega el Profeta que ha de venir,
cuando toma la palabra, se trata de la última palabra,
de la última ocasión de salvación ofrecida a los hombres;
porque su palabra es la única que indica con toda
claridad la llegada inminente del Reino.
¿Aceptó Jesús el titulo de
profeta que las gentes le daban? Parece ser que sí,
pero sin ninguna precisión. Efectivamente Jesús explica la incredulidad de
los nazarenos diciendo que ningún profeta es reconocido en su
patria (Mc 13, 57) y más tarde comenta con sus
discípulos que no conviene que un profeta muera fuera de
Jerusalén (Lc 13, 33). Pero la misma vaguedad de estas
alusiones señala que Jesús en parte se parece y en
parte se diferencia de los profetas. Tiene, como ellos, la
misión de trasmitir la palabra divina y de enseñar a
los hombres a percibir el alcance divino de los acontecimientos.
Pero el modo de realizar su misión es muy distinto
al de todos los profetas del antiguo testamento. Estos reciben
de fuera la palabra de Dios; a veces -como en
Jeremías- la reciben a disgusto y quisieran liberarse de ella:
otras -como en Amós- el profeta se siente arrebatado de
su rebaño humano. Jesús, en cambio, habla siempre en su
propio nombre. Trasmite, sí, lo que ha oído a su
Padre, pero lo trasmite como cosa propia: «Pero yo os
digo..». Es un profeta, pero mucho más.
En algo, en cambio,
sí asimila su destino al de los profetas: Jesús morirá
como ellos a causa de su testimonio (Mt 23, 37).
También él será perseguido por sus compatriotas y también su
muerte se deberá a su fidelidad al mensaje que trae.
Sólo que en el caso de Cristo. ya que es
más que un profeta, su muerte no será solamente un
testimonio de fidelidad, sino, además, será la salvación para todos
los que crean. Porque la verdad de Jesús no sólo
es verdadera, sino también salvadora. Los otros profetas anunciaron; él,
funda.
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