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Autor: P. Fintan Kelley | Fuente: Catholic.net Jesucristo, hombre de una sola pieza
Cristo nos enseña dónde está la verdadera autenticidad: en la fidelidad a los propios principios y convicciones.
Jesucristo, hombre de una sola pieza
“Jesucristo se nos presenta en todo momento como el hombre
de una sola pieza, que no necesita aparecer al exterior
de diversa manera a como vive en su interior. No
hay en la conciencia de su misión ningún contraste, ninguna
lucha, ningún desgarrón. Por eso su postura es clara y
tajante delante de Dios y de los hombres. Delante de
Dios sabe que sólo cuenta la voluntad suprema de su
Padre; con los hombres no llega a componendas, a compromisos,
sino que, mártir de su propio testimonio, vive en la
práctica aquel principio que luego nos inculcaría: `Sea vuestra palabra:
sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto,
del mal procede´”.
En aquel que dijo que era la
“luz del mundo” no podía haber nada de tinieblas.
Alguna persona ha dicho muy acertadamente que la personalidad de
Cristo es como su túnica: hecha de una sola pieza.
En Él no hay división entre lo que dice y
lo que cree, entre lo que predica y lo que
vive. Tiene, en este sentido, una personalidad monolítica, siempre igual
a sí mismo.
Desde su niñez cuando dijo: “Tengo que estar
en las cosas de mi Padre” hasta sus últimas palabras
en la cruz: “Todo está cumplido”; “En Tus manos encomiendo
mi espíritu”, Cristo se muestra igual de auténtico.
Tal vez uno de los problemas neurálgicos de los hombres
hoy en día es la falta de autenticidad. Esto
se nota muchas veces entre algunos jóvenes.
“Convenceos de
Cristo. No lo reduzcáis, como tantos otros, a una ilusión
pasajera que llenó los años de la juventud de vuestra
vida `mientras venían otras cosas´... otras cosas que los dejaron
sin Cristo y sin ellos mismos; creyéndose maduros cuando habían
destrozado la conciencia y, sin freno, `liberados´, hacían lo que
les venía en gana; creyéndose maduros cuando se habían mezclado
con los que bajaban la fosa, sin rumbo, sin saber
por qué, sin saber a dónde.”
Cristo nos enseña dónde
está la verdadera autenticidad: en la fidelidad a los propios
principios y convicciones. Se da el caso a veces que
nace un niño sin suficiente médula en la espina. El
resultado es que no tiene anticuerpos. Tiene que vivir dentro
de una burbuja durante varios años, hasta tal vez los
doce años, antes de poder tener contacto directo con el
ambiente. Es entonces cuando experimenta la gran prueba: el
ver si podrá resistir o no a los microbios que
le atacan. Hay muchos jóvenes que parecen “perder su personalidad”
cuando se ponen en contacto con ciertos ambientes. Dan la
impresión de no tener “anticuerpos” espirituales para resistir la oleada
de paganismo que azota nuestra sociedad. Hay sólo una solución
para estos jóvenes: formar bien su personalidad, siendo auténticos y
fieles a sus principios.
Parece ser que los cristianos están sintiendo
dificultades de adaptación al mundo moderno. Vivimos en un
mundo muy pluralista en ideas y costumbres. De por sí
no debería ser un problema para los cristianos. Todo lo
contrario, debería ser un reto para evangelizar este mundo que
se aleja de Dios. En el primer milenio los cristianos
tuvieron contacto, por necesidad, con los pueblos en migración. Entre
ellos estaban los hunos, los ostrogodos, los visigodos, los vándalos...
Por el contacto con los cristianos, estos pueblos iban
acercándose a nuevos ideales y maneras de vivir. Al final
del primer milenio, ya estaban convertidos al cristianismo. Los cristianos
fueron capaces de llevarlos hacia su fe cristiana.
Hoy en día
parece que el contacto entre cristianos y ambientes paganos no
produce los mismos resultados. Son los cristianos quienes se dejan
arrastrar por la arena movediza del paganismo. Son cada
vez más los cristianos que profesan una fe, pero que
viven como paganos.
Para resolver esta situación, tenemos que recurrir a
Jesús de Nazaret. Él también tuvo que “adaptarse” a un
mundo en el cual se profesaban valores muy distintos de
los suyos. Su sistema fue ser auténtico, fiel a
su propias convicciones. Por eso, arrastró a miles de personas
detrás de Él. La novedad de Cristo fue en gran
parte su autenticidad.
Es interesante notar que los primeros
cristianos resumían su misión en ser “mártires” o “testigos” de
Cristo. Así comenzó la grande cadena de testigos que
llega hasta nuestros días. Todo creyente es un eslabón en
esta cadena espiritual.
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