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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net Él alimenta su espíritu con la oración.
Las tres características principales de la oración de Cristo: confianza, disponibilidad y sinceridad.
Él alimenta su espíritu con la oración.
“Pues Él, a pesar del mucho trabajo apostólico, dedicaba mucho
tiempo a la oración.”
“La oración es una renovación desde
Dios. El alma sufre a veces una tensión continua, momentos
de cansancio, vaciedad, tentación, a pesar de los anhelos de
verdad, de lucha, de entrega. Hace falta claridad, fuerza, elevación.
Y la serenidad brota de la oración; en contacto con
Dios el alma se reconoce, siente más explícitamente la insuficiencia
personal y penetra en lo sobrenatural, en el dominio de
la gracia. ´Sin mí, no podéis hacer nada´. La convicción
profunda de que Él llama, conoce la debilidad del hombre
y ofrece su apoyo, disipa todas la dudas y tentaciones.”
En seguida salta a la vista el hecho de que
Cristo oraba mucho. A veces el Evangelio dice genéricamente que
“Jesús fue a la montaña a orar.” Otras veces narra
el contexto de su oración. Éste siempre coincide con una
decisión importante que debe tomar. Antes de escoger a sus
apóstoles, Él pasó toda la noche en oración. Nos da
a entender que la vocación de sus apóstoles nació de
su oración. Esta idea se corrobora todavía más si tomamos
en cuenta una petición de oración que hizo en otra
ocasión: “La mies es mucha pero los obreros pocos. Rueguen
al dueño de la mies que mande más obreros a
su viña.”
En Getsemaní su oración fue más personal,
pues pidió netamente por sí mismo: “Padre, si es posible
que pase de mi este cáliz, pero no se haga
mi voluntad sino la Tuya.” Tal vez nunca como en
este momento Cristo hizo una oración tan transparente para nosotros.
En primer lugar, Él se dirigió a Dios como Padre.
Hizo su oración en un ambiente de total confianza en
su Padre. No hay duda de que aquí está el
eje de la oración de Cristo: todo se apoya en
su filiación divina y gira en torno a su amor
al Padre. Con razón nos dijo que cuando oráramos dijéramos:
“Padre nuestro, que estás en los cielos...”
En segundo
lugar, Él está totalmente disponible para cumplir la voluntad de
su Padre. Él no trata de doblegar la voluntad de
Dios a su propia voluntad. De nuevo vemos que coincide
perfectamente con el espíritu de la oración dominical: “Hágase tu
voluntad en la tierra como en el Cielo.”
En
tercer lugar, es una oración sincera. Él no trata
de esconder el miedo que tiene de cumplir la voluntad
de Dios en su vida. Él se presenta delante del
Padre como es: “Padre, si es posible, aparta de mí
este cáliz...” En la oración dominical nos invita a tener
la misma sinceridad, pidiendo a Dios “nuestro pan de cada
día” , que “no nos deje caer en la tentación”
y que “nos libre del mal.” En la parábola del
fariseo y el publicano Cristo alabó la sinceridad de este
último: “Ten piedad de mí que soy un hombre pecador.”
Tal vez éstas sean las tres características principales de la
oración de Cristo: confianza, disponibilidad y sinceridad. Podemos aprender mucho
de Él para ir construyendo bien una vida de auténtica
oración. Debemos tener una confianza inmensa en Dios, que nos
ve, no como siervos, sino como hijos. Una vez una
madre de familia me dijo que su hijo le mentía
mucho y que no sabía qué hacer para ponerlo de
nuevo en el camino sano de la veracidad. Yo le
invité a revisar su relación con su hijo porque, le
decía, si un hijo no confía en su propia madre,
tal vez haya algo errado en su relación con ella.
Ella tomó el consejo y descubrió que el hijo le
veía como prepotente y lista a castigar; para defenderse de
ella, mentía. Cultivó una actitud de confianza con su hijo
y los buenos resultados no tardaron en producirse.
Nuestra
oración debe ser perfecta como la de Cristo. Por eso,
debemos pedir las cosas que más nos convengan según la
mente de Dios. El rezar con esta actitud de “hágase
tu voluntad en la tierra como en el Cielo” es
la mejor. Una persona una vez pidió a Dios la
gracia de sacarse la lotería; compró varios boletos, pero no
tuvo éxito. Concluyó que Dios no había respondido a su
oración, pero se equivocó, pues Dios sí respondió, aunque no
como ella quería. La disponibilidad en la oración nace de
la actitud de confianza que tenemos en Dios: si Él
es Padre, va a darnos lo que nos conviene. Es
muy importante tomar esto en cuenta al acudir a Dios
en situaciones dramáticas: cuando pedimos por una persona muy enferma,
por ejemplo, nuestra actitud filial nos lleva a abrirnos a
la voluntad de Dios.
Cuando nos presentamos delante de Dios, debemos
hacerlo como somos, con nuestros defectos y limitaciones. Por eso,
nuestra oración debe ser sincera. Hay muchos testimonios de esto
en el Evangelio. Pedro dijo a Jesús: “Señor, apártate de
mí que soy un hombre pecador.” El buen
ladrón mostró tener una sinceridad total al corregir a su
colega que blasfemaba contra Jesús: “Éste nada ha hecho, pero
nosotros recibimos lo que merecemos.” La sinceridad es una manera
de alcanzar la gracia de Dios.
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