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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net Jesús usa las cosas con toda libertad.
No debemos tener nuestro corazón atado a nada, usar los bienes, pero sin encadenar nuestro corazón.
Jesús usa las cosas con toda libertad.
“Es desconcertante y avasallador -casi supera nuestra capacidad de sorpresa-
contemplar a Dios hecho Niño, acompañado de María y de
José, rodeado de unos animales y metido en una cueva
excavada en la montaña, en una noche fría de invierno.
El que hizo el universo, el que abrió los labios
y fue obedecido en todo, el que dio a los
demás la existencia, el que pudo escoger su forma de
nacimiento, ahí está pobre, rodeado de pobreza, gozoso en la
pobreza de sus padres.”
En este tema de la pobreza
descubrimos una vez más el gran equilibrio de Jesucristo. Él
usa las cosas, pero nunca se hace esclavo de ninguna
de ellas. Como carpintero en Nazaret tenía que usar muchas
cosas para poder ejercer su profesión, pero al comenzar su
misión Él afirmó que no tenía lugar ni donde reclinar
la cabeza. Él vivía de la caridad de las personas,
pero cuando fue necesario hacer un milagro de abundancia lo
hizo como fue el caso de la multiplicación de los
panes y los peces, en una montaña en Galilea, y
la conversión del agua en vino en la ciudad de
Caná. Parece ser que solía caminar de un lugar
a otro, pero cuando quiso usar un burrito para entrar
triunfalmente en Jerusalén, no tuvo ningún reparo en pedir prestado
uno.
Una semana antes de morir estuvo hospedado en
una casa en Betania, cerca de Jerusalén. En la
cena una señora entró allí y ungió los pies de
Jesús con un ungüento muy costoso. Judas Iscariote, el traidor,
quedó escandalizado y dijo que era un despilfarro y que
se debía venderlo y dar el dinero a los pobres.
Pero Cristo respondió que siempre íbamos a “tener pobres entre
nosotros, pero a Él no siempre íbamos a tenerlo.”
Cristo
nos enseña a usar las cosas con libertad. Esto significa
que no debemos tener nuestro corazón atado a nada. En
este mundo moderno donde existe mucho consumismo, Cristo nos da
un criterio muy claro y cierto para usar las cosas:
debemos usarlas, pero sin encadenar nuestro corazón con ellas.
Para Cristo
ser pobre es ante todo no apegar el corazón a
nada.
“Dios ama la pobreza y escogió la pobreza para
su Hijo. Dios ama la pobreza y escoge la pobreza
para nosotros como instrumento de salvación personal y de eficacia
apostólica, porque la pobreza mantiene el alma abierta hacia Dios
y hacia los hombres, porque la pobreza alimenta la esperanza,
porque la pobreza es madre de la justicia y de
la misericordia, porque la pobreza desarrolla el amor en la
generosidad, porque la pobreza engendra serenidad y alegría espiritual, como
pre anuncio del gozo eterno.”
Todos somos testigos de la
gran corrupción que existe en muchas partes del mundo. En
la raíz de la corrupción muchas veces está la pasión
desordenada a poseer. El hombre quiere tener cada vez más
para poder aparecer cada vez más, para poder dominar a
su prójimo cada vez más. No hay duda de que
la avaricia cierra el corazón del hombre, no sólo a
Dios, sino también al prójimo. Para muchas personas el
dinero es su ídolo preferido.
¿Cómo podemos ayudar al
hombre a usar las cosas con un corazón libre? Cristo
responde a esta pregunta diciendo que se debe usarlas como
medio para realizar nuestra misión sobre la tierra.
Según
la doctrina social de la Iglesia la propiedad privada (sea
en especie o en metálico) tiene una función social. Se
debe usar el capital para fomentar el verdadero desarrollo de
todos los hombres y de todo el hombre. El invertir
dinero en la cultura, en la educación de las personas,
en el desarrollo socioeconómico de los pueblos... es evidentemente bueno.
Lo que sí es inmoral es gastar sumas fabulosas en
cosas superfluas, en la propia belleza corporal, en el vestido,
en armamentos...
Una de las plagas de nuestra sociedad es el
consumismo. Éste lleva al hombre a desear poseer más y
más dinero para poder comprar cada vez más cosas, que
aumentan su calidad de vida, entendida como mayor comodidad, diversiones,
etc. La manera de vivir de Jesús fue diametralmente opuesta
a la tendencia del hombre moderno de buscar lo más
fácil y cómodo siempre.
Como cristianos debemos compartir las
cosas con los demás. Esto es todavía más urgente cuando
a nuestro lado hay muchos hermanos nuestros que pasan grave
necesidad. Según la mente de Cristo el compartir las cosas
con los demás no nace de un privilegio de algunas
personas, sino del derecho de los demás a ser tratados
con solidaridad. Es significativo que Cristo, en su descripción del
juicio final, puso como criterio de salvación o condenación el
compartir los propios bienes con los demás: “Tuve hambre y
me diste de comer...”
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