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Autor: P. Jesús Franco Castellanos | Fuente: Catholic.net Caminando junto a Cristo hacia el Tabor.
Cada mañana debo descubrir el amor de Cristo en mi vida e ilusionarme con la certeza de que Él me quiere junto a Él.
Caminando junto a Cristo hacia el Tabor.
Nuestra vida es un caminar hacia la eternidad, hacia la
contemplación de Dios. Sólo se llega a esta meta
si vamos caminando junto a Cristo, si seguimos los pasos
de Cristo. Toda la vida humana ha de ser
vista como un espacio para conocer más a Cristo.
Cristo
acaba de anunciar a los suyos la pasión que le
espera (Mt.16,21). Este anuncio fue causa de escándalo para Pedro
(Mt.16, 22) quien fue reprochado por el maestro por pensar
como los hombres, no como Dios (Mt.16, 23). Además Cristo
anuncia que todo el que quiera seguirle ha de tomar
su cruz, negándose a sí mismo, porque lo importante es
salvar la vida en la eternidad (Mt.16, 24-27). El escándalo
y la tristeza provocados en los apóstoles por el
anuncio de lo que le pasaría al Mesías, al Hijo
de Dios vivo, a quien Pedro acababa de confesar solemnemente,
pedía de la magnanimidad de Cristo una explicación.
Por eso
el evangelista Mateo, con todo cuidado, al introducir el relato
de la transfiguración, dice “seis días después” para vincular los
dos hechos. Por tanto el ambiente previo es de sacrificio.
Jesucristo quiso aclarar la misión del Mesías proclamado por Pedro
mostrándoles que moriría en la cruz y que a la
vez, dado que era el Señor de la gloria, resucitaría
victorioso. Quiso mostrarles su gloria definitiva antes de mostrarles sus
clavos. Les mostró su rostro glorificado antes de que vieran
su rostro ensangrentado. Pero habría que ir por pasos: primero
la pasión y luego la resurrección. Cuando anunció la pasión,
también anunció la resurrección, pero los apóstoles no le entendieron;
sí captaron los datos de la pasión y les escandalizaron,
pero no los de la resurrección.
Por ello les
mostró anticipadamente su rostro de Hijo del Padre que y
les mandó no contar a nadie lo visto hasta que
Él resucitara de entre los muertos (Mt.17, 9). Sabía que
iban a desfigurar su rostro como siervo doliente y era
necesario mostrar el rostro bello del Señor que sería restablecido
con la resurrección. Dado que los jefes del pueblo lo
iban a rechazar como Mesías, como Rey, Pedro iba a
negar conocerle, y la gente pediría a gritos su crucifixión,
era necesario que los apóstoles escucharan el testimonio solemne del
Padre “Este es mi Hijo muy amado”. En la persona
de estos tres discípulos es toda la Iglesia la que
ve el rostro del Señor glorioso y vive anhelante y
expectante del momento en que regresará el Señor revestido
de gloria. Mientras tanto hemos de caminar por este mundo
llevando la señal de la cruz.
La vida, la fe es
un don de Dios al que no precede nada de
nuestra parte. La gracia es un don que Cristo nos
ofrece para estar en su cercanía, para caminar con Él.
La única cosa necesaria en mi vida es corresponder a
la invitación de Cristo y estar en su compañía. Cristo
me quiere junto a Él. En mi vida Jesús me
toma consigo, quiere que camine con Él, me llama a
estar cerca de Él. ¿Correspondo? ¿Veo a Cristo como alguien
cercano que me interpela a cada rato, o como alguien
lejano?
El camino es cuesta arriba. Hay que subir, fatigarse, dejar
atrás muchas cosas. Subir al nivel de lo sobrenatural, elevarnos
de lo simplemente terreno e inmediato. Únicamente puedo subir si
voy por el camino de la fe, de la confianza
sin límites en Dios, del amor agradecido y humilde. Para
subir mejor he de llevar el menor peso posible, desasirme
de las cosas materiales, de los estorbos que no me
dejan alcanzar la cima.
Me debo dar cuenta de que
lo importante es caminar junto a Cristo, a su paso,
por iniciativa suya, a la dirección que Él me indique.
Sólo así podré asistir a la gran manifestación de quién
es Él. Hay que responderle que sí. Hay que caminar,
hay que seguir su paso y su rumbo. Sólo en
la cima se ve el rostro transfigurado del Señor. Quien
no sube, no lo alcanza. ¡Qué importante es el esfuerzo,
la lucha, la constancia en el camino junto a Cristo!
¡Hay que subir siempre, dando cada día al menos un
paso! Muchas veces regaremos el camino con sudor y lágrimas,
pero jamás podremos mirar hacia atrás, jamás podremos desalentarnos aunque
nos invada el cansancio. Nunca puedo olvidar que no voy
solo, que Cristo camina a mi lado, que él me
conforta y alienta, que también a él le costó subir.
La
subida al monte en la Sagrada Escritura tiene connotaciones de
gran importancia. El monte siempre ha sido signo de cercanía
a Dios y de cercanía de Dios. Es en el
monte donde se dan los grandes encuentros entre Dios y
el hombre. Los tres personajes principales de la transfiguración: Moisés,
Elías y Jesús tuvieron hechos relevantes y encuentros con Dios
en el monte. Hagamos memoria:
Moisés subió al Sinaí y
su rostro resplandecía al contacto con Dios. Allí el Señor
le entregó las tablas de la ley que sellaron la
primera alianza. Dios se mostró grande con su pueblo en
el Sinaí (Ex 31,18ss).
Elías y el pueblo entero vieron
sobre el monte Carmelo la gran manifestación del Señor como
el Único Dios que envió portentosamente el fuego que consumió
la víctima. Allí Elías hizo pasar a cuchillo a los
sacerdotes de Baal significando que en el monte Carmelo se
daba fin a la idolatría (1Re,18,20-40).
En esta etapa final Dios
nos habla por el Hijo y quiere sintetizar su doctrina
haciéndonos caminar hacia el Tabor donde manifiesta su divinidad, su
grandeza, su belleza, la victoria sobre la idolatría y sobre
el dolor de la cruz. A la vez los hechos
del Tabor muestran la gran humildad de Jesucristo que siendo
Dios se humilló haciéndose semejante a los hombres y tomando
la condición de siervo. Cristo en el Tabor aparece como
la plenitud de las profecías y de las manifestaciones del
poder de Dios que salva a su pueblo y muestra
su amor y cercanía, ya no a través de las
tablas de la ley ni haciendo bajar fuego
sobre la víctima, sino levantando de la muerte a su
propio Hijo.
La vida es un don de Dios, una elección
de Dios. La llamada al bautismo ha sido la gran
elección que Dios me ha hecho. Por el bautismo me
invita a conocer el rostro de Cristo, a caminar junto
a Cristo, a vivir y luchar con la conciencia de
que no estoy solo, de que el Señor me acompaña.
En la vida debo esforzarme, pues sólo de los que
se esfuerzan es el Reino de los cielos. He de
ir por el camino estrecho del Evangelio, de la fidelidad
a la Palabra de Dios y al Magisterio de la
Iglesia que me marca la ruta inequívoca para llegar a
ver a Cristo.
Cada mañana debo descubrir el amor de
Cristo en mi vida e ilusionarme con la certeza de
que Él me quiere junto a Él.
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