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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net Él tiene la obediencia de un hijo.
Cristo siempre cumplió la Voluntad de Su Padre por amor.
Él tiene la obediencia de un hijo.
Contemplar Belén como misterio de obediencia. El autor de
la carta a los Hebreos pone en labios de Cristo,
al momento de su encarnación, esas palabras que debieron conmover
el corazón del Padre: Heme aquí que vengo, oh Dios,
para hacer tu voluntad´. Y así fue: por obediencia María
tuvo que emprender aquel penoso viaje de Nazaret a Belén,
por obediencia no hubo para ellos lugar en el mesón,
por obediencia la atmósfera de Belén fue la humildad y
la pobreza.
En el monte Calvario había tres cruces aquel día.
Sin embargo, sólo una de ellas fue redentora, la de
Cristo. Los tres condenados sufrieron muchísimo, pero sólo uno fue
el Redentor del mundo. Lo esencial en la obra de
redención obrada por Jesús no fue la cantidad o la
calidad de los sufrimientos a los cuales fue sometido, sino
el hecho de que Él los aceptó como un acto
de obediencia al Padre.
El primer Adán nos causó
un gran daño por medio de su desobediencia. Los Santos
Padres hicieron notar que así como el primer Adán nos
arrojó a un abismo de miseria por medio de un
pecado, relacionado con un árbol, así el segundo Adán, Cristo,
nos abrió las puertas de la salvación por medio de
su consentimiento a una muerte en un árbol, la cruz.
La obediencia de Cristo no fue sólo el último
gran acto redentor de su vida. Más bien fue un
estilo de vida para Él. Él se sometió a su
Padre, viniendo a este mundo y haciéndose uno de nosotros.
Durante su infancia, adolescencia y juventud fue obediente a sus
padres en Nazaret. Este hecho de por sí mismo
es suficiente para maravillarnos cuando consideramos quién estaba obedeciendo y
a quiénes.
Cristo obedeció la Ley de Moisés. Él
cumplía con sus obligaciones religiosas: cada semana iba a la
sinagoga y tres veces al año al Templo en Jerusalén.
Ciertamente Cristo fue superior a Moisés, pero de todos modos
Él obedeció a los dictámenes de éste.
Fue en
la pasión cuando Cristo mostró en un grado supremo y
heroico su obediencia porque dejó a los hombres hacer con
Él lo que querían. Parece ser tratado como una pelota
de ping-pong pues fue botado de un lado a otro:
de Anás a Caifás, de Caifás a Pilato, de Pilato
a Herodes y de nuevo de vuelta a Pilato, de
Pilato a la chusma y a los soldados romanos. Ellos
pensaban que estaban obligándolo a hacer lo que querían, pero
en realidad fue Él quien se había entregado libremente a
ellos, pues sabía de antemano todo lo que iban a
hacerle. Cristo describió con bastante detalle su futura pasión y
muerte.
Esta lección de obediencia de Cristo no puede pasar
inadvertida para el hombre moderno. En este mundo prevalece el
individualismo. El hombre no quiere someterse a nada y a
nadie. Se proclama la libertad del hombre. Así la mujer
dice que “puede hacer con su cuerpo lo que quiere”,
aunque sea abortar; el hombre dice que “puede usar su
cuerpo como desea porque es de él”.
Cristo pone
en crisis la manera de pensar del hombre moderno sobre
la libertad, que es más bien libertinaje. Le dice que
la obediencia no destruye la personalidad humana cuando se trata
de una obediencia filial a Dios. La obediencia de Cristo
no fue la del esclavo que obedece por miedo, o
del mercenario que lo hace por una remuneración económica, sino
de un hijo que ama a su Padre. La obediencia
que nos pide Cristo nos lleva a buscar la raíz
última de toda autoridad legítima: viene de Dios. Por eso
los hijos deben obedecer a sus padres, porque éstos representan
a Dios; los ciudadanos deben obedecer los dictados moralmente correctos
del gobierno legítimo porque éste también representa a Dios; sobre
todo se debe aceptar la doctrina y la disciplina de
la Iglesia y obedecer al Papa.
Cuando la obediencia
no es motivada es muy pesada. La vemos como una
especie de “robo” de nuestro tiempo y capacidades. La obediencia
que eleva es la de Cristo, una obediencia motivada por
el amor filial a Dios Padre.
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