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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net Despertar al Cristo dormido en nosotros.
A Dios no lo vemos con los ojos, pero estamos seguros que está en nuestro corazón.
Despertar al Cristo dormido en nosotros.
Se levantó una fuerte borrasca... Mc 4,35-41
La fe
nos exige creer en la presencia de Dios, incluso cuando
no lo sentimos.
La vida es como una ensalada bien
variada: hay momentos de tranquilidad y de turbación. A veces
nos sentimos con tanta fuerza como para mover el mundo
con un dedo y otras veces nos sentimos caídos en
el fondo de un pozo, abandonados, sin esperanza.
Los apóstoles
tuvieron la experiencia de un gran peligro: las aguas les
iban a tragar y lo peor era que el único
Hombre que podía ayudarles estaba durmiendo tranquilamente.
La experiencia de
la tempestad o adversidades es común a todos los hombres,
de todas las razas, culturas, lugares y tiempos. La cruz
nos persigue como nuestra sombra. ¿Qué hay que hacer? Hay
que despertar al Cristo que está durmiendo dentro de nosotros.
Para algunos hombres, Cristo está ausente de sus vidas, pues
no tienen ningún contacto personal con Él. No le hablan
en la oración y no lo experimentan en los sacramentos.
Para otros, Cristo murió dentro de ellos. Hubo un tiempo,
tal vez cuando eran jóvenes, en que caminaban mano a
mano con Él. Lo veían en todas partes: en la
belleza de la naturaleza y en las maravillas del firmamento.
Como dijo un poeta irlandés, Joseph Mary Plunket: "Dios ha
hecho tres cosas muy bellas: las estrellas del cielo, las
flores del campo y los ojos de los niños".
Pero
para muchos el pecado ya ha obstaculizado esta experiencia de
Dios. Él es sólo un eco arcano del momento de
su Primera Comunión o de su boda.
Para otros más,
Cristo está dentro de ellos, pero durmiendo. Tratan de despertarlo
por medio de su fe. A veces la fe se
hace auténtica. Es la fe de los mártires que no
ven nada que no sea la punta de un fusil.
La fe no es un sentir, sino un aceptar voluntariamente
la presencia de un Dios que no vemos con los
ojos, pero estamos seguros que está ahí.
La experiencia del
Cristo durmiendo en la barca de nuestra vida es bastante
común. Muchas veces uno escucha: "Padre, he perdido mi fe".
Y uno le pregunta: "Pero, ¿es que ya no cree
en Dios?" La persona responde que sí cree en Él,
pero que no lo siente.
Pero a Dios no se
lo siente como si fuese un caramelo.
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