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Autor: P. Máximo Alvarez | Fuente: Catholic.net El Cristo de la tolerancia
Nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas, invitaba a que le siguieran.
El Cristo de la tolerancia
Probablemente no hay ningún Cristo que lleve este nombre, pero
si hay un “Cristo de los faroles” o “de los
gitanos”... con mayor razón se puede hablar del “Cristo
de la tolerancia”.
Desgraciadamente, a lo largo de los siglos,
las diversas religiones en general no sólo no la han
promovido, sino todo lo contrario. El afán de “imponer”, como
sea, a los demás las propias creencias ha dado origen
a muchos odios y guerras. Y no han faltado cristianos
afectados por esta lacra. Afortunadamente nada tiene que ver esta
conducta con la manera de actuar de Jesucristo, ni con
el pensamiento de la Iglesia claramente expresado en el Concilio.
Precisamente Juan Pablo II en su carta ante el Tercer
Milenio ha dicho: “Otro capítulo doloroso sobre el que los
hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto
al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada con métodos
de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a
la verdad”.
Pero si bien es cierto que hubo épocas pasadas
en las que se llegó a hechos extremos (como la
Inquisición), hay que reconocer que en cierta manera en bastantes
cristianos aun permanece vivo cierto espíritu inquisitorial. Curiosamente entre personas
que se creen muy religiosas se puede dar una especie
de afán de meterse en la vida de los demás,
en juzgar a la ligera su modo de actuar, en
condenar no a la hoguera, pero sí con ese fuego
destructor que a veces es la lengua, como si ellos
tuvieran el monopolio de la verdad. Por supuesto que también
en las filas de los no religiosos se da esta
misma actitud respecto de los creyentes.
Por eso nos
viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba
de imponer sus ideas. Invitaba a que le siguieran, pero
nunca coaccionaba a nadie. Cuando terminaba de hablar solía decir:
“el que tenga oídos para oír, que oiga”. Más
bien Él fue víctima de la intolerancia de los sacerdotes,
escribas y fariseos, a quienes criticaba por estar demasiado
aferrados a la letra de la ley. Mientras éstos todo
lo arreglaban con el cumplimiento estricto de las normas, Jesús
dice que no ha sido creado el hombre para la
ley, sino la ley para el hombre. Y así Jesús
“violaba el sábado”, curando enfermos en días en que la
ley lo prohibía; era criticado porque a veces no cumplían
ni él ni sus discípulos las normas del ayuno; aunque
respetaba el templo, lo relativizó (Para orar enciérrate en
tu cuarto, adora a Dios en espíritu y en verdad);
consideró injusta la ley que castigaba a la adúltera, daba
más importancia al amor al prójimo que a ciertas leyes
rituales ( Véase la parábola del Buen Samaritano). Cuando algunos
de sus discípulos se celaban de que otros expulsaran demonios
en su nombre, Él les reprendió. Otro tanto ocurrió cuando
le pidieron que mandase fuego del cielo y consumiera a
aquellos que no les quisieron recibir en una aldea de
Samaría.
Todos sabemos que muchos de los amigos de Jesús, de
las personas que le acompañaban, no se distinguían precisamente por
su buena fama, llámense, Mateo, Zaqueo, Magdalena o la Samaritana...
Jesús, en este sentido, pasaba ampliamente de los comentarios y
cuchicheos de la gente. Era una persona verdaderamente libre. Por
eso mismo era tolerante. O en todo caso, si alguna
vez sacó el genio, fue precisamente con los intolerantes. Porque,
eso sí, Jesús nunca renunció a sus firmes convicciones y
a su lucha contra la mentira, la injusticia y el
pecado, como tampoco nosotros debemos renunciar.
Digamos para terminar que
aunque todo esto ya lo sabemos no está de más
que refresquemos la memoria, pues en la práctica no pocas
veces lo olvidamos, cayendo con frecuencia en la tentación de
juzgar, de condenar, de querer imponer nuestros criterios... de distinguir
“alegremente” entre buenos y malos (los malos los demás, los
buenos nosotros), de creernos poseedores absolutos de la verdad, de
no saber comprender al otro “y sus circunstancias” de entrometernos
en ese recinto sacro que es la conciencia de los
demás.
Santo Cristo de la Tolerancia, ruega por nosotros.
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