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Autor: Raniero Cantalamessa, OFM Cap. | Fuente: zenit.org ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad?
La Trinidad, escuela de relación
¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad?
¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es
ya bastante difícil creer que existe Dios como para añadirnos
el enigma de que es «uno y trino»? A diario
aparece quien no estaría a disgusto con dejar aparte la
Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y
musulmanes que profesan la fe en un Dios rígidamente único.
La respuesta es que los cristianos creen que Dios es
trino ¡porque creen que Dios es amor! Si Dios es
amor debe amar a alguien. No existe un amor al
vacío, sin dirigirlo a nadie. Nos interrogamos: ¿a quién ama
Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser:
¡ama a los hombres! Pero los hombres existen desde hace
algunos millones de años, no más. Entonces, antes, ¿a quién
amaba Dios? No puede haber empezado a ser amor desde
cierto momento, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes
de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo
existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes
de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor?
No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse
a uno mismo no es amor, sino egoísmo, o como
dicen los psicólogos, narcisismo.
He aquí la respuesta de la
revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del
tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo,
el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es
el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades
o sujetos: uno que ama, uno que es amado y
el amor que les une. Allí donde Dios es concebido
como poder absoluto, no existe necesidad de más personas, porque
el poder puede ejercerlo uno solo; no así si Dios
es concebido como amor absoluto.
La teología se ha servido
del término naturaleza, o sustancia, para indicar en Dios la
unidad, y del término persona para indicar la distinción. Por
esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en
tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es
un retroceso, un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario:
es un paso adelante que sólo el propio Dios podía
hacer que lo diera la mente humana.
La contemplación de
la Trinidad puede tener un precioso impacto en nuestra vida
humana. Es un misterio de relación. Las personas divinas son
definidas por la teología «relaciones subsistentes». Significa que las personas
divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres
humanos tenemos relaciones -entre padre e hijo, entre esposa y
esposo, etcétera--, pero no nos agotamos en esas relaciones; existimos
también fuera y sin ellas. No así el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo.
La felicidad y la infelicidad
en la tierra dependen en gran medida, lo sabemos, de
la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el
secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre
y gratificante una relación es el amor en sus diferentes
expresiones. Aquí se ve cuán importante es que se contemple
a Dios ante todo como amor, no como poder: el
amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación
es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez de
acogerle y entregarse.
Debo añadir una observación importante. ¡El Dios
cristiano es uno y trino! Ésta es, por lo tanto,
asimismo la solemnidad de la unidad de Dios, no sólo
de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo
Dios», sólo que la unidad en la que creemos no
es una unidad de número, sino de naturaleza. Se parece
más a la unidad de la familia que a la
del individuo, más a la unidad de la célula que
a la del átomo.
La primera lectura de la Solemnidad
nos presenta al Dios bíblico como «misericordioso y clemente, tardo
a la cólera y rico en amor y fidelidad». Éste
es el rasgo que reúne más al Dios de la
Biblia, al Dios del Islam y al Dios (mejor dicho,
la religión) budista, y que se presta más, por ello,
a un diálogo y a una colaboración entre las grandes
religiones. Cada sura del Corán empieza con la invocación: «En
el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo». En el
budismo, que desconoce la idea de un Dios personal y
creador, el fundamento es antropológico y cósmico: el hombre debe
ser misericordioso por la solidaridad y la responsabilidad que le
liga a todos los vivientes. Las guerras santas del pasado
y el terrorismo religioso del presente son una traición, no
una apología, de la propia fe. ¿Cómo se puede matar
en nombre de un Dios al que se continúa proclamando
«el Misericordioso y el Compasivo»? Es la tarea más urgente
del diálogo interreligioso que juntos, los creyentes de todas las
religiones, deben perseguir por la paz y el bien de
la humanidad.
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