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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Los templarios: más allá de la leyenda
Más allá de leyendas e informaciones falsas, los documentos nos desvelan una historia apasionante sobre los templarios.
Los templarios: más allá de la leyenda
Estas líneas quieren ofrecer una ágil presentación del proceso al
que fueron sometidos los templarios en los primeros años del
siglo XIV, proceso que culminó con la supresión de la
Orden en una página dramática de la historia de la
Iglesia. A través de los datos analizados quedan al descubierto
mecanismos profundos del mal que destruyen corazones y que llevan
a injusticias sin nombre, pero que no son capaces de
aniquilar la bondad y el heroísmo de quienes son capaces
de dar su vida por la verdad y la justicia.
A.
La Orden del Temple
1. Los templarios surgieron a inicios del
siglo XII, tras la conquista de numerosos lugares de Tierra
Santa y de Jerusalén por parte de la I cruzada
(1095-1099). Los cruzados organizaron un reino propio, en el que
Balduino I fue declarado rey de Jerusalén (1100-1118). Con el
nuevo rey, muchos cruzados decidieron quedarse en las zonas conquistadas
para evitar que los sarracenos las conquistasen de nuevo.
Entre quienes
se ofrecieron a permanecer en la zona, encontramos a Hugo
(Hugues) de Payens, un caballero que deseaba unir en su
vida dos ideales: los de la caballería y los de
la vida monástica. Con 8 compañeros fundó en 1118 ó
1120, en la ciudad de Jerusalén, una Orden militar de
caballeros (poco antes había sido fundada la primera, la Orden
de San Juan de Jerusalén u hospitalarios).
Parece que se autodenominaron
“pobres caballeros del Cristo”, aunque también fueron conocidos con otros
nombres: “Christi milites” (soldados de Cristo), “Milites Templi” (soldados del
Templo, o del “Temple”, como todavía hoy se les conoce).
Los
templarios emitían, además de los tres votos religiosos de pobreza,
castidad y obediencia, un voto especial de defender y escoltar
a los peregrinos y viajeros que se trasladaban en Tierra
Santa. Les fue dado, como lugar de residencia, una parte
del edificio que ocupaba el segundo rey de Jerusalén, Balduino
II (1118-1131) que, según se creía, estaba situado donde había
sido levantado el templo del rey Salomón.
2. La Orden de
los templarios tuvo como insigne amigo y promotor a san
Bernardo de Claraval, por cuyo influjo adoptó una regla similar
a la benedictina. Consiguió pronto el reconocimiento pontificio por parte
del Papa Inocencio II, con la bula “Omne datum optimum”
del año 1139: desde ese momento los templarios dependían únicamente
del Papa.
El hábito que les distinguía era blanco (como el
usado por los cistercienses) con una visible cruz roja. Entre
sus miembros, existía una especie de jerarquía. Estaban, por un
lado, los caballeros, que solían ser nobles o de familia
noble, y se dedicaban a las artes militares. Había también
un grupo reducido de sacerdotes o capellanes, para las misas
y demás celebraciones litúrgicas. Además, había un numeroso grupo de
escuderos, normalmente de la clase media, y de hermanos legos,
dedicados al servicio doméstico. La dirección suprema de la orden
corría a cargo de un Maestre que fungía como una
especie de abad.
3. Durante los siguientes decenios, la Orden del
Temple tuvo un amplio crecimiento y expansión. Había templarios en
Tierra Santa, Chipre, Francia, los reinos de España, Italia, Inglaterra,
Alemania. En el año 1300 se calcula que había unos
4000 caballeros de la Orden, a los que habría que
sumar un buen número de servidores.
Los templarios habían conseguido una
fama merecida, sobre todo por el valor mostrado en acciones
de combate. Sus gestas fueron cantadas por la poesía medieval,
lo cual muestra el aprecio que recibieron de sus contemporáneos.
Una de las últimas hazañas militares por la que se
les distingue fue la defensa de la postrera plaza cristiana
en Tierra Santa, Tolemaida (San Juan de Acre), que cayó
en 1291 bajo el ataque de un numeroso ejército sarraceno,
y que implicó la muerte, entre tantos otros templarios, del
Maestre de la Orden, Guillermo de Beaujeu. Por sus conocidos
gestos de heroísmo, el Papa Bonifacio VIII no dudó de
hablar de los templarios como de “atletas del Señor” y
de “guerreros intrépidos”.
No faltaron, sin embargo, momentos de tensión y
de lucha entre las Órdenes de caballería, en los que
los templarios se mostraron inclinados más a defender sus propias
ideas e intereses que a colaborar con los demás cristianos
de Tierra Santa. Es triste tener que recordar que incluso
hubo una sangrienta “guerra civil” entre los templarios y los
hospitalarios, con miles de muertes por ambas partes, en la
segunda mitad del siglo XIII.
Otro aspecto a destacar es que
la Orden del Temple, nacida con ideales de pobreza, fue
adquiriendo un importante poder económico. Los templarios llegaron a ser
importantes prestamistas y acaudalados “banqueros”, con lo que es comprensible
que no faltasen envidias y críticas ante su ventajosa situación
financiera.
4. La pérdida de Tolemaida (Acre) implicó el inicio de
una nueva fase en la vida de la Orden. Si
los templarios habían nacido en función de la defensa de
Tierra Santa, tenían ahora que asumir nuevas tareas en la
vida de la sociedad y de la Iglesia católica, y
tal vez no tenían una clara idea de lo podían
hacer por la cristiandad. Organizaron su cuartel general en la
isla de Chipre, una especie de avanguardia cristiana en espera
de la “reconquista” de Palestina; pero muchos templarios marcharon a
vivir a Francia, una de las naciones que más vocaciones
había dado a la Orden.
Su actividad como “banqueros” aumentó en
esos años, y no faltaron voces malévolas que los acusaban
de enriquecerse excesivamente. Pero algunos estudiosos afirman que no practicaban
la usura, y ello explica que la gente recurriese a
ellos con más confianza que respecto a otros que sí
pedían intereses muy elevados por los préstamos. Otros expertos han
mostrado que no eran tan ricos como se sigue repitiendo
una y otra vez: según algunos estudios, tenían muchos menos
bienes inmuebles que los poseídos por los “austeros” cistercienses...
5. En
este nuevo contesto aumentaron las envidias, y no faltaron quienes
empezaron a hacer circular dicherías o calumnias de diversa gravedad,
en especial sobre los ritos secretos con los que eran
admitidos los nuevos caballeros. Pero la fama y la integridad
de los templarios era tan ampliamente reconocida, que esas primeras
críticas no fueron prácticamente tenidas en consideración.
B. La preparación del
drama
6. Los problemas inician a partir de la serie de
intrigas, maquinaciones, calumnias, y, como veremos, abusos que llegaron hasta
niveles de injusticia y violencia insospechados, por parte del rey
de Francia, Felipe IV el Hermoso (1268-1314), y de su
fiel servidor y hábil jurista Guillermo (Guillaume) de Nogaret (ca.
1260-1313).
Felipe IV promovió una política de tipo absolutista y participó
en numerosas guerras con momentos de victoria y con importantes
derrotas. Para financiar sus enormes gastos militares no dudó en
usar métodos “extraordinarios”. Decidió imponer impuestos a los clérigos y
controlar en parte los asuntos eclesiásticos, lo que le llevó
a un fuerte enfrentamiento con el Papa de entonces, Bonifacio
VIII (Benedicto Caetani o Gaetani, 1235-1303).
Felipe el Hermoso mostró su
astucia y su malignidad en diversos momentos de su choque
con el Papa. Por ejemplo, cuando Bonifacio VIII envió una
bula, “Ausculta fili carissime” (5 de diciembre de 1301) para
pedir al rey que se presentase en Roma y respondiese
a diversas acusaciones de tiranía y de abuso sobre el
clero, Felipe IV mandó quemar el texto papal y lo
sustituyó por otro texto falso en el que hacía decir
al Papa cosas absurdas que no había afirmado. De este
modo, pretendía provocar una reacción de la gente y de
parte del clero a su favor, como si fuese víctima
de la “malignidad” de Bonifacio VIII.
El rey francés pudo contar,
además, con aliados de peso en Italia: dos cardenales de
la potente familia Colonna defendían la idea de que Bonifacio
VIII era un Papa ilegítimo. Los cardenales Colonna fueron excomulgados,
pero consiguieron huir a Francia para pedir la protección de
Felipe IV, mientras que algunos de sus familiares en Italia
continuaban sus intrigas contra el Papa.
7. En este contexto de
tensiones se produjo la tristemente famosa afrenta de Anagni. Cuando
el Papa se disponía a emanar, el 8 de septiembre
de 1303, el decreto de excomunión contra el rey francés,
el día anterior Guillermo de Nogaret consiguió entrar por la
fuerza en la ciudad de Anagni (donde residía el Papa),
con la ayuda de un grupo de mercenarios y el
apoyo de la familia Colonna. Allí apresó al pontífice y
buscó maneras de obligarle a la renuncia y a la
convocatoria de un concilio. Sólo una revuelta popular de la
gente de Anagni pudo liberar a Bonifacio VIII. Pero la
salud del Papa quedó seriamente quebrantada: moría el 11 de
octubre de ese mismo año.
8. Tras la muerte de Bonifacio
VIII, los cardenales eligieron Papa a Nicolás (Niccolò) Boccasini (1240-1304),
que tomó el nombre de Benedicto XI y sólo gobernó
la Iglesia por un año (1303-1304). En ese breve tiempo
hizo importantes concesiones a Felipe el Hermoso y absolvió a
los Colonna, pero no a Nogaret, a quien mantuvo la
excomunión por la afrenta de Anagni.
9. El cónclave de 1304-1305
fue especialmente difícil y largo, pues en él se enfrentaron,
de una parte, los partidarios del rey de Francia y
de la familia Colonna, y de otra, los defensores del
legado de Bonifacio VIII. Al final, los cardenales eligieron a
Bertrand de Got (ca. 1264-1314), arzobispo de Bordeaux, que se
encontraba en esos momentos en Francia.
El nuevo Papa tomó el
nombre de Clemente V y fue coronado en Lyon. Gobernó
la Iglesia de 1305 a 1314. Aunque inicialmente mostró el
deseo de partir hacia Italia, por diversos motivos fue posponiendo
el viaje, hasta que al final fijó la residencia papal
en Aviñón. De este modo, quedó expuesto notablemente a las
intrigas del rey y de su fiel ministro Nogaret. Además,
contribuyó a que la curia papal fuese cada vez más
“francesa”, al nombrar a numerosos cardenales de Francia.
Clemente V estaba
aquejado por diversas enfermedades que limitaban no poco su servicio
a la Iglesia. Era, además, un hombre muy apegado a
su tierra y a su familia, a la que favoreció
enormemente. También tenía no poco aprecio por el dinero: llegó
a acumular más de 1 millón de florines, de los
cuales una importante cantidad pasó a sus familiares, 200 mil
florines fueron dedicados a obras pías, y sólo quedaron 70
mil florines para su sucesor.
Con los nombres de Felipe IV
el Hermoso, Guillermo de Nogaret y Clemente V estamos ya
ante los principales protagonistas de la condena de los templarios,
que vamos a presentar en sus momentos más importantes. Conviene,
antes de presentar la historia de una tragedia, hacer mención
del “proceso” contra Bonifacio VIII, pues nos ayudará a comprender
hasta qué punto el rey francés era capaz de inventar
calumnias y de suscitar “testigos” en pos de sus ambiciones
de poder y de venganza.
10. El “proceso” contra la persona
del Papa Bonifacio VIII venía siendo organizado ya desde 1303,
y llegó a tomar cuerpo a causa de las numerosas
presiones y amenazas que ejercieron Felipe IV y Nogaret (que
seguía excomulgado precisamente por haber encarcelado al Papa) sobre Clemente
V. Éste intentó de diversos modos eludir el asunto, pues
conocía la honradez de su predecesor. Al final accedió a
escuchar a los acusadores que se presentasen contra Bonifacio VIII,
y luego permitió que se abriese el proceso en Aviñón
(1310).
Contra el Papa Caetani no sólo testimonió su agresor, Nogaret,
sino una serie de personajes turbios, entre los que no
faltaron monjes o sacerdotes indignos, que llegaron a inventar calumnias
de lo más pintoresco y absurdo. Alguno acusó a Bonifacio
VIII de hereje; otro, de haber asesinado al anterior Papa,
Celestino V (ca. 1210-1296); otro, de no mirar a la
hostia durante la consagración; otro, de haber dicho que la
religión cristiana estaba llena de falsedades; otro, de proferir que
las religiones judía, mahometana y cristiana eran invenciones humanas; otro,
que no quiso recibir la Eucaristía antes de morir. No
es difícil comprender que tal cúmulo de acusaciones, ofrecidas “espontáneamente”
y con lujo de detalles, no podrían sino ser motivadas
e incitadas por alguna mente resentida y perversa como la
de Nogaret. No hay que olvidar esto, para comprender el
tenor de las acusaciones y la astucia casi diabólica que
se hizo patente en el esfuerzo por destruir a los
templarios, también con la mano y la mente de aquel
“fiel ministro” de Felipe IV.
C. Acusaciones y procesos contra los
templarios
11. No creemos que la historia sea el resultado de
fuerzas ciegas ni de factores anónimos que dirigen, como marionetas,
a sus protagonistas. Esto se hace patente en el tema
de la disolución de los templarios: el drama de esta
Orden militar no acaeció como resultado de una fatalidad inevitable,
sino como consecuencia de ambiciones profundas, de odios encendidos, de
voluntades maquiavélicas, de miedos y de torturas usadas con astucia
calculada hasta el detalle.
Conviene subrayar, como ya dijimos en el
punto 4, que la identidad de los templarios estaba en
parte en entredicho por la desaparición de los enclaves cristianos
en Tierra Santa. Ello llevó, por ejemplo, a que uno
de sus enemigos, Pedro Dubois, en una obra titulada “De
recuperatione Terrae Sanctae” (1305-1307), propusiese la supresión de la Orden
del Temple o su fusión con la Orden de San
Juan. ¿Motivos? Pedro Dubois no señala ningún escándalo ni acusación
como las que serán inventadas en Francia, sino simplemente señala
que los templarios han perdido su razón de ser, pues
no tienen peregrinos a los que escoltar...
12. El drama inicia,
como ya insinuamos, con las ambiciones económicas, las envidias y
los odios de Felipe IV el Hermoso. ¿De dónde nacieron
estas actitudes? No es fácil saberlo, sobre todo si señalamos
que los templarios (de origen francés) apoyaron al rey en
sus disputas contra Bonifacio VIII, y que el mismo rey
confirmó, el año 1304, todos los privilegios dados en Francia
a la Orden militar.
Pudo haber influido en Felipe IV un
hecho personal: en 1306, tras una sublevación ocurrida en París,
el rey encontró protección segura al refugiarse en la fortaleza
(el Templo) que tenían los templarios de la ciudad. Quizá
este hecho hizo pensar al monarca en el “peligro” que
implicaba la existencia de un grupo de hombres tan poderosos,
y le llevó a poner en marcha la idea de
destruirlos. Una vez más la historia muestra cómo la gratitud
es una virtud muy extraña entre los hombres, pues el
que los templarios hubiesen defendido y salvado la vida del
rey debería haber sido un motivo suficiente para refrenar las
ambiciones del monarca...
Hemos de recordar, además, que la Orden del
Temple era famosa por sus riquezas, y que fungía en
muchos lugares como si se tratase de una especie de
“banco”, capaz de dar préstamos, de custodiar bienes de valor,
etc. Según parece, cuando Felipe el Hermoso estuvo en el
Templo de París, fue llevado a contemplar el abundante tesoro
custodiado por los templarios. La ambición se despierta de modo
muy intenso a través de la vista, máxime cuando eran
cuantiosas las deudas que agobiaban al rey francés.
13. Había que
conseguir dinero, de modo rápido y sin intereses. Una primera
acción de Felipe IV consistió en arrestar y exiliar a
todos los judíos de su reino el 21 de julio
de 1306, lo que le permitió apropiarse de todos sus
bienes. Más tarde, en 1311, haría algo parecido con los
mercaderes italianos. En 1307 les llegaba el turno a los
templarios. Para acaparar sus riquezas, sin embargo, habría que anular
su poder, su prestigio y, sobre todo, su dependencia directa
del Papado.
14. La primera fase consistió en buscar y reunir
acusaciones contra los templarios. Entre los primeros “testigos” encontramos a
un personaje turbio, Esquiu de Floyran, que decía haber sido
templario y que había cometido diversos delitos que le llevaron
a la cárcel. Una vez en libertad, se dirigió primero
a la corte del rey de Aragón, Jaime II, con
una serie de graves acusaciones contra la Orden del Temple
que habría obtenido, supuestamente, de un templario apóstata conocido en
la cárcel. El rey aragonés no hizo ningún caso de
estas acusaciones, y entonces Esquiu marchó a Francia. No es
fácil imaginar que alguien dirigía los pasos y las acusaciones
de este hombre, como antes alguien había coordinado e incitado
a tantas personas, incluso eclesiásticos, a proferir acusaciones absurdas contra
Bonifacio VIII...
Las calumnias de Esquiu fueron, obviamente, muy bien acogidas
por Felipe el Hermoso, y no falta quien insinúa que
detrás de Esquiu estaba la astucia y la imaginación de
Guillermo de Nogaret. El rey pudo también “reunir informaciones” de
algunos templarios que habían dejado la orden o habían sido
expulsados por su mala conducta (lo cual ya los hace
testigos poco fiables). Incluso el rey instigó a doce falsarios
para entrar en la Orden y actuar como espías, para
poder testificar así contra los templarios.
Felipe IV iba informando de
las distintas críticas y acusaciones al Papa para preparar el
terreno a la hora de presionarle a iniciar un proceso
contra la Orden del Temple. Clemente V empezó a dudar
de la inocencia de los templarios y llegó a pensar
en la necesidad de una investigación, una idea que barruntaba
ya en el verano de 1307.
15. Previamente, el rey había
realizado una maniobra que resultó vital para su proyecto. El
Maestre de los templarios, Jacobo (Jacques) de Molay (ca. 1243-1314),
residía en Chipre (que, como dijimos, esa la sede central
de la Orden) y habría que atraerlo a Francia. El
Papa lo llamó, quizá en parte con la idea de
que había que analizar ciertos proyectos para preparar la conquista
de Tierra Santa, quizá también para pedirle una defensa de
la Orden. Jacobo no intuyó el peligro al que iba
a exponerse, y partió hacia Francia con un nutrido grupo
de caballeros. El rey, de manera cínica, lo agasajó grandemente
en París, e incluso le permitió ser padrino de uno
de sus hijos. La víctima había caído, sin saberlo, en
una complejísima telaraña de la que sólo lograría librarse con
la muerte.
Mientras, Felipe IV terminaba de mover las últimas piezas
para que el plan fuese perfecto. Tenía como confesor a
Guillermo Imbert, que era, además, el gran inquisidor del reino.
Con su apoyo, en nombre de la Inquisición, el rey
podía echar mano a los templarios bajo la falsa acusación
de herejía, con lo que evitaba el problema de la
invulnerabilidad de una Orden que dependía directamente del Papa.
16. Empieza
el drama. El 14 de septiembre de 1307, el rey
envía órdenes secretas para que la mañana del día 13
de octubre se proceda al arresto de los templarios presentes
en su reino y a la incautación de todos sus
bienes. La ejecución del mandato real cogió de sorpresa a
Jacobo de Molay (que se encontraba en París, preparando un
viaje a la corte papal para defender a la Orden
de las acusaciones que corrían ya por todas partes) y
a los más de 1000 templarios (tal vez 2000) residentes
en Francia. Para tal arresto masivo, el rey contó con
un eficaz ejército privado y una especie de policía, que
ya habían mostrado su destreza a la hora de arrestar
y expulsar a los judíos. La “conquista” de la fortaleza
(el Templo) que los templarios tenían en París corrió a
cargo del mismo Nogaret, que convirtió a aquel recinto en
la cárcel de los que antes eran sus propietarios...
El golpe
fue tan inesperado que el mismo Papa Clemente V tuvo
que protestar ante el abuso real, con una carta fechada
el 27 de octubre de ese mismo año 1307. Envió,
además, a dos cardenales, Berenguer Fredol y Esteban de Siuzy,
para conminar al rey a que pusiese en sus manos
las personas y los bienes de los templarios. Veremos en
seguida cómo maniobró el rey ante esta petición papal.
17. Antes
de la llegada de los dos cardenales, el rey empezó
a conseguir “resultados” muy favorables a sus planes. Los comisarios
reales torturaban a los templarios y les obligaban a confesar
sus delitos. Cuando éstos cedían psicológicamente, llamaban a los inquisidores
que recogían las “confesiones” de los presuntos culpables. Muchos templarios
sucumbieron y se acusaron de delitos contra la fe y
contra la moral (normalmente de aquellos delitos sobre los que
se les preguntaba según una lista previamente preparada por los
inquisidores).
Jacobo de Molay, que tenía unos 64 años, cedió a
la presión psicológica, si bien parece que no fue torturado
físicamente. El 24 de octubre de 1307 declaró, ante el
inquisidor Imbert y varios testigos, haber renegado de Cristo y
haber escupido sobre la cruz. Más aún, envió una carta
a todos los templarios de Francia para que confesasen, por
mandato suyo, aquellos delitos de los que fuesen acusados. No
es el momento de juzgar este gesto de debilidad. Quizá
lo comprenderíamos mejor si dejásemos de pensar que los héroes
son impasibles, cuando en realidad son tan humanos que también
pueden tener sus momentos de flaqueza. Jacobo no soportó la
presión psicológica y firmó una falsa confesión de delitos. Veremos
que, en el decurso de los hechos, aumentará su entereza
moral y llegará a dar, con su muerte, testimonio de
amor a la verdad y de la inocencia de su
Orden.
18. Los dos cardenales enviados por el Papa fueron recibidos
con bastante retraso. El rey los acogió con benevolencia. Renovó
sus promesas, llenas de no poca hipocresía, de fidelidad a
la Iglesia, y manifestó su disponibilidad de entregarles las personas
de los templarios, pero sin liberar, por el momento, a
ninguno. Poco tiempo después los cardenales consiguieron entrevistar a Jacobo
de Molay y a varios templarios en la cárcel, y
éstos hicieron sus primeras retractaciones.
El Papa, por su parte, estaba
indignado por el papel que la Inquisición había jugado en
Francia contra los templarios. Por eso, a inicios de 1308,
suspendió de su cargo a Guillermo Imbert. Además, privó a
la Inquisición francesa de competencias en el asunto de los
templarios, y pasó el proceso a los tribunales diocesanos. Por
desgracia, el Papa no mantuvo estos gestos de valor, pues
más adelante, bajo las presiones del rey, confirmó a Imbert
como juez para el caso de los templarios.
19. Mientras, Felipe
IV había enviado una pregunta a la facultad teológica de
París: ¿tenía el rey de Francia la facultad de apresar,
juzgar y condenar a los herejes? La facultad le dio
una respuesta negativa. Entonces empezó a promover, a través de
Pedro Dubois (jurista francés rico en ardides y precursor de
la “propaganda” panfletaria, al que ya mencionamos por un primer
escrito contra los templarios), una serie de ataques contra Clemente
V, al que acusaba de poca firmeza para gobernar la
Iglesia y de haberse dejado sobornar por los templarios. En
uno de sus escritos, Dubois le recuerda al rey cómo
Moisés conminó a los israelitas para que asesinasen a los
infieles del pueblo, sin pedir permiso a Aarón: también el
rey podría actuar así, sin tener que avisar al Papa...
Para
aumentar su presión sobre Clemente V, Felipe IV convocó los
estados generales para el 5 de mayo de 1308, en
la ciudad de Tours. Allí recibió un apoyo casi unánime:
los templarios merecían la pena de muerte por ser herejes
y por haber cometidos crímenes nefandos. Las calumnias y las
presiones del rey habían logrado una nueva victoria, y todavía
quedaba uno de los puntos más difíciles: doblegar la voluntad
del Papa.
20. El rey quiso encontrarse con Clemente V en
la ciudad de Poitiers (que fue durante bastante tiempo residencia
provisional del Papa), de mayo a julio de 1308. El
rey reconoció al Papa su competencia para juzgar a la
Orden del Temple, si bien “se ofrecía”, para “ayudar” al
Papa, a mantener en arresto a la mayor parte de
los templarios. Permitió, además, que un grupo de templarios, bien
seleccionados, se presentasen ante el pontífice, al mismo tiempo que
inventaba excusas absurdas para impedir que Jacobo de Molay y
otros jefes insignes de la Orden pudiesen ser interrogados por
el Papa. Los prisioneros seleccionados se acusaron de tales delitos
y con tanto descaro que Clemente V quedó muy impresionado.
21.
Fue entonces cuando el Papa se decidió del todo a
iniciar el proceso, llevado a cabo en un doble binario.
Por un lado, habría un proceso pontificio, en el que
se analizasen los eventuales delitos de la Orden en su
conjunto; por otro, los obispos realizarían procesos diocesanos para analizar
los presuntos delitos de los templarios en cuanto personas particulares.
Además,
y siempre bajo las presiones del rey, el 22 de
noviembre de 1308 Clemente V pidió que fuesen arrestados y
juzgados los templarios de las demás naciones cristianas, y que
sus bienes pasasen bajo el control de la Iglesia. Aludiremos
un poco más adelante a cómo fue acogida y aplicada
la orden papal.
22. Hubo que esperar a noviembre de 1309
para que diese inicio el proceso pontificio contra la Orden
del Temple. Fue llamado a declarar Jacobo de Molay. Después
de unos momentos de vacilación, defendió públicamente la inocencia de
la Orden, y declaró su fe católica, lo cual era
una importante retractación pública de lo que había firmado bajo
las presiones psicológicas durante los primeros meses. Las palabras de
Molay debieron de sentar muy mal a uno de los
personajes presentes en la comisión y que ya nos es
suficientemente conocido: Nogaret. Con permiso del obispo que presidía el
tribunal, Nogaret empezó a interrogar a Molay y éste le
desmintió sus acusaciones llenas de veneno. Al final, Jacobo de
Molay pidió que se le concediese la gracia de escuchar
misa, lo cual no pediría alguien que fuese verdaderamente hereje...
Durante
el proceso, otros caballeros templarios empezaron a retractar sus “autoacusaciones”.
Uno de ellos, Ponsard de Gisi, tuvo la osadía de
exponer a qué torturas había sido sometido para ser obligado
a declararse culpable:
“Tres meses antes de mi confesión me ataron
las manos a la espalda tan apretadamente que saltaba la
sangre por las uñas, y sujeto con una correa me
metieron en una fosa. Si me vuelven a someter a
tales torturas, yo negaré todo lo que ahora digo y
diré todo lo que quieran. Estoy dispuesto a sufrir cualquier
suplicio con tal de que sea breve; que me corten
la cabeza o me hagan hervir por el honor de
la Orden, pero yo no puedo soportar suplicios a fuego
lento como los que he padecido en estos dos años
de prisión”.
23. Cada vez eran más los templarios que retractaban
lo firmado bajo torturas y que se mostraban dispuestos a
defender a su Orden. Entre febrero y abril de 1310,
más de 500 templarios quisieron dar este paso y se
ofrecieron para hablar ante los jueces en París. Muchos de
ellos sabían a qué se estaban arriesgando: en aquel tiempo,
el hereje que primero confesaba sus errores y luego se
retractaba, podía ser condenado a la hoguera.
Ante tal multitud de
hombres dispuestos a defender a la Orden, los jueces determinaron
que los templarios escogiesen a algunos representantes que pudieran hablar
en nombre de todos. Fueron elegidos Pedro de Bolonia (Pietro
di Bologna) y otros tres templarios. El 1 de abril
de 1310 entregaron un primer escrito de defensa, en el
que negaban como absurdas las acusaciones, recordaban que muchos templarios
habían confesado a causa de las torturas y del miedo
a la muerte, y pedían, finalmente, lo siguiente:
“Imploramos la misericordia
divina, que se haga justicia, puesto que ya por un
tiempo excesivo hemos padecido una persecución injusta. Como cristianos fieles
y fervorosos pedimos la recepción de los sacramentos de la
Iglesia”.
No faltaron, hay que reconocerlo, algunos ex-templarios que renovaron las
acusaciones contra la Orden, así como otros prisioneros que ratificaron
sus confesiones acusatorias. Pero las contradicciones sobre algunos puntos eran
tan manifiestas que los jueces no consiguieron mucho de estas
declaraciones.
24. La valentía recobrada por las víctimas ponía al rey
en graves problemas, y tuvo que pensar, con sus ministros,
un golpe de mano que asustase a muchos y produjese
un fuerte impacto en la “opinión pública”. Para ello, el
rey contó con la complacencia del nuevo arzobispo de Sens,
Felipe (Philippe) de Marigny, hermano de uno de los ministros
de Felipe IV, que tenía la competencia de juzgar a
los templarios encarcelados en la zona de París. Preparó un
tribunal eclesiástico apresurado para juzgar a algunos templarios que habían
retractado las acusaciones anteriores. Los procuradores de los templarios, apenas
conocieron la noticia, avisaron a la comisión pontificia de lo
que estaba por ocurrir; incluso Pedro de Bolonia entregó un
documento de apelación al Papa. Pero sus peticiones no fueron
atendidas.
Así, el 11 de mayo de 1310, 54 templarios acusados
como “relapsos” (es decir, acusados del “delito” de haberse retractado
y de haber querido defender a la Orden ante una
comisión pontificia que debería guardar secreto de sus interrogatorios), fueron
condenados a muerte, sin que se les dejase ningún margen
de defensa. Al día siguiente, 12 de mayo de 1310,
los 54 condenados entonaron el “Te Deum” (himno de acción
de gracias), antes de que el fuego los consumiese vivos.
Poco
tiempo después, otros 15 templarios, en diversos lugares, fueron asesinados
en la hoguera. En las cárceles, sea por las torturas,
sea por la misma insalubridad de las prisiones, la muerte
había causado ya no pocas víctimas entre los templarios que
mendigaban un poco de justicia humana. A muchos de los
que morían en las cárceles les fueron negados los sacramentos
y la sepultura en un cementerio cristiano.
25. El rey imponía,
de este modo, el sistema del terror. Muchos templarios dispuestos
antes a retractarse dejaron ahora de hablar en favor de
su Orden. Otros, como el mismo Pedro de Bolonia, escaparon,
pues se dieron cuenta de que la maquinación contra la
Orden era más poderosa que las más elementales normas de
justicia, y que no había ningún margen de defensa equa.
No faltaron algunos que continuaron en su empeño por defender
al Temple. Como aquel templario que, el día 13 de
mayo de 1310 (un día después de la muerte de
sus 54 compañeros), se atrevió a declarar ante la comisión
pontificia: “Yo he confesado algunos artículos a causa de las torturas
que me infligieron Guillermo de Marcilli y Hugo de la
Celle, caballeros del rey, pero todos los errores atribuidos a
la Orden son falsos. Al mirar ayer cómo eran conducidos
a la hoguera 54 freyres por no reconocer sus supuestos
crímenes, he pensado que yo no podré resistir al espanto
del fuego. Lo confesaré todo si quieren, incluso que he
matado a Cristo”.
26. ¿Qué ocurría, mientras, en otras naciones? No
nos detenemos ahora para hablar de lo que ocurrió en
tantos lugares entre 1307 y 1312. Podemos decir, en modo
de resumen, que hubo reyes, como Jaime II de Aragón
y Eduardo II de Inglaterra, que inicialmente defendieron a los
templarios por su fama y los nobles servicios prestados a
los reinos cristianos. Pero cuando se hizo pública la orden
papal de arrestar a los templarios y “poner a salvo”
sus bienes, la catástrofe fue inevitable.
En algunos lugares, los templarios
fueron sometidos a tormentos, pero ello no les llevó a
declararse culpables, mientras que en otros, algunos de los torturados
confesaron aquellos delitos que no habían cometido. Hubo también varios
procesos diocesanos en los que se declaró la inocencia de
los caballeros del Temple. No faltaron monarcas que aprovecharon la
situación para expropiar a los templarios de sus bienes, a
pesar del disgusto de Clemente V.
El caso de Aragón fue
especialmente interesante, pues los templarios fueron declarados inocentes en el
proceso inquisitorial. El rey, sin embargo, decidió apoderarse de sus
bienes, y los templarios se alzaron en armas. Fue el
único lugar donde ofrecieron una resistencia militar en toda regla.
Jaime II tuvo que conquistar, uno por uno, los castillos
de la Orden presentes en su reino.
En Portugal, en cambio,
los templarios gozaron del favor del monarca reinante, don Diniz.
Éste los tomó bajo su custodia y dejó que el
proceso diocesano siguiese su curso normal. Terminadas las averiguaciones, los
templarios fueron declarados inocentes, y el rey quiso “fundar” de
nuevo a la Orden (ya suprimida por el Papa) con
el nombre de Caballeros de Cristo. En Alemania los procesos
canónicos mostraron también la inocencia de los templarios.
Es oportuno notar
que en Chipre, la sede central de los templarios, fue
organizado un proceso contra los miembros de la Orden (unos
180 en la isla). De entre ellos, muchos eran franceses
y de otros lugares de Europa, y ninguno admitió conocer
delito alguno de aquellos caballeros que habían sido antes compañeros
en el Temple y que ahora confesaban culpas absurdas en
las prisiones de Francia.
D. La disolución de la Orden del
Temple
27. El golpe final contra los templarios sólo podía darlo
el Papa, y Clemente V pensó hacerlo con el apoyo
de un concilio. Así, se convocó el concilio de Vienne
(1311-1312), que tenía ante sí tres asuntos centrales: el “problema”
de los templarios, la organización de una cruzada en Tierra
Santa, y la reforma de la Iglesia. Mientras se organizaba
el concilio siguieron los interrogatorios individuales de templarios por parte
del obispo de París, en los que los miembros de
la Orden mostraron su debilidad con retractaciones y autoacusaciones que
se sucedían continuamente.
Las presiones del rey, para proceder al concilio,
eran muy fuertes, y supo combinarlas con una carta escondida
que mostraba en los momentos difíciles: cuando intuía que el
Papa podía tomar una actitud más favorable a los templarios,
“resucitaba” el tema del proceso contra Bonifacio VIII (que había
quedado un poco entre paréntesis) para dar a entender que
si el Papa no accedía a los deseos del rey
podría volver a encontrarse con nuevas presiones para juzgar la
memoria del Papa Caetani, esta vez en un concilio universal.
Además,
el tema de la cruzada influía no poco en Clemente
V. En efecto, el Papa veía que al contentar a
Felipe el Hermoso con la supresión de los templarios, podría
facilitar luego el apoyo francés para encabezar un poderoso ejército
al que se unieran los demás reyes cristianos.
28. El concilio
inició el 16 de octubre de 1311. La curia papal
había reunido un enorme material con las actas y procesos
preparados en las comisiones pontificia y diocesanas. En una consulta
secreta que se tuvo en diciembre de ese mismo año
1311, Clemente V preguntó si era conveniente dar opción de
defensa a los templarios, y la mayor parte de los
obispos respondió afirmativamente. Pero, como veremos, tal defensa no tuvo
lugar, pues el concilio dejó de lado el proceso para
“cerrar” el tema con una decisión más de oportunidad política
que de respeto a la justicia.
En una comisión interna
que se dedicó a analizar las actas, muchos hicieron notar
que no cabía, en justicia, una condena contra la Orden
del Temple. No faltaron voces prestigiosas, sin embargo, que se
alzaron a favor de la supresión de los templarios.
Por su
parte, el rey francés volvió a jugar la baza de
la presión política: convocó unos nuevos estados generales en Lyon,
en febrero de 1312, y volvió a hacer presentes los
muchos crímenes cometidos por los templarios. Además, envió a Nogaret
y a otros embajadores a la sede del concilio, Vienne,
para ejercer una mayor presión sobre el Papa. Hizo llegar
un poco más tarde una carta, fechada el 2 de
marzo de 1312, donde pedía insistentemente a Clemente V que
suprimiese a los templarios y diese sus bienes a otra
orden. El 20 de marzo, el rey llegaba a la
ciudad del concilio acompañado de un nutrido séquito.
29. Dos días
después de la llegada de Felipe V, el Papa reunió
un consistorio particular para dirimir la cuestión. La mayoría de
los participantes votaron a favor de la supresión de los
templarios, no por vía judicial (lo cual evitaba el hacer
un juicio público en el que sería posible que los
templarios se defendiesen) sino por vía “de provisión apostólica” (por
una decisión administrativa).
El Papa quedó tranquilo. Preparó la bula “Vox
in excelso” (que lleva la fecha de 22 de marzo
de 1312), y la presentó al concilio el 3 de
abril de 1312. El concilio no puso objeciones a la
decisión papal. En la sesión solemne, junto al Papa, estaba
sentado el rey francés: había triunfado, al menos a los
ojos de quien ve la historia sólo como un conjunto
de intrigas y maniobras humanas.
Los templarios fueron suprimidos, explicó el
Papa, no como consecuencia de un juicio condenatorio, sino como
provisión apostólica en virtud de los poderes papales. ¿Qué motivos
se adujeron para tal decisión? El Papa reconoció que no
había sido probada la culpabilidad de la Orden; pero, como
la Orden se encontraba tan fuertemente difamada, y algunos de
sus dirigentes habían dado confesión espontánea (así dijo Clemente V)
de sus crímenes y delitos, ya no podía cumplir su
fin propio (servir y defender la Tierra Santa), y era
algo casi seguro que ya nadie querría ingresar en la
misma.
Podemos decir, por tanto, que los templarios no fueron suprimidos
en cuanto culpables: los delitos no habían sido suficientemente probados,
ni eran válidas las declaraciones firmadas bajo las torturas, ni
se había dado espacio a una defensa digna de tal
nombre, ni se habían respetado numerosos aspectos necesarios para un
mínimo respeto a la justicia. Fueron suprimidos simplemente porque así
lo decidió un Papa sometido a la presión injusta de
un rey ambicioso.
30. Quedaban dos asuntos pendientes en todo este
largo proceso. El primero se refería a los bienes de
los templarios. ¿Qué hacer con ellos? Felipe IV el Hermoso,
a través de sus ministros, ya había echado mano a
buena parte del tesoro de la Orden del Temple en
París, pues desde 1307 mejoró notablemente su economía. Pero había
que tomar una decisión que fuese aceptada por el Papa.
Aunque el rey manifestaba su deseo de que los bienes
fuesen entregados a una nueva Orden militar, el Papa determinó,
con la bula “Ad providam Christi Vicarii” (2 de mayo
de 1312) que los bienes confiscados (los que quedaban...) fuesen
destinados a la Orden de San Juan de Jerusalén, menos
aquellos bienes que se encontraban en los reinos hispánicos, sobre
cuyo reparto hubo que esperar diversos años.
Según parece, el rey
francés tenía planeado, con su fiel Nogaret, iniciar también un
proceso contra los Hospitalarios, pero la muerte les detuvo en
sus ambiciones. De todos modos, el rey se vio libre
de sus no pequeñas deudas con los templarios, y recibió
importantes sumas de dinero por diversos conceptos relacionados con el
largo proceso, con lo que en parte su ambición quedó
satisfecha.
31. El segundo asunto era más delicado. ¿Qué hacer con
las personas de los templarios? Clemente V determinó, el 6
de mayo de 1312, que continuasen los procesos diocesanos, mientras
que el juicio sobre el Maestre y otros dirigentes de
la Orden quedaría reservado al Papa (cosa que, en realidad,
delegó a una comisión de eclesiásticos). Estableció asimismo que se
asegurase la devolución de sus bienes a los templarios inocentes,
y que fuesen tratados benignamente aquellos que confesasen sus culpas.
Los
dirigentes de los templarios fueron juzgados por dos cardenales y
el arzobispo de Sens, Felipe de Marigny (que ya conocemos
por sus arbitrariedades), según una decisión del Papa en diciembre
de 1313. El 18 de marzo de 1314, sin haber
dejado espacio a la defensa de los acusados, se emitió
la sentencia en una sesión pública que se tuvo en
la misma París: cadena perpetua a los culpables. Jacobo de
Molay y Godofredo (Geoffroy) de Charney (que era preceptor de
Normandía), sin que nadie les preguntase, tomaron la palabra y
declararon ante los presentes su inocencia.
“Nosotros no somos culpables de
los crímenes que nos imputan; nuestro gran crimen consiste en
haber traicionado, por miedo de la muerte, a nuestra Orden,
que es inocente y santa; todas las acusaciones son absurdas,
y falsas todas las confesiones”.
Este gesto de valor impresionó profundamente
a los presentes. Los jueces decidieron tener al día siguiente
una nueva sesión para decidir qué hacer después de lo
ocurrido. Pero la noticia llegó con rapidez al rey, que
no quiso esperar más tiempo. Ordenó por su cuenta que
los dos templarios fuesen quemados vivos ese mismo día. Jacobo
de Molay y Godofredo de Charney morían bajos las llamas,
pocas horas después, en una isla del río Sena. Algunos
dice que Jacobo, antes de morir, pidió que le aflojasen
las cadenas para poder unir sus manos como gesto de
un caballero que quiere rezar a Dios. No se dio
sepultura a los cuerpos de las víctimas: sus cenizas fueron
arrojadas a las aguas del río, testigo mudo de una
injusticia absurda.
La muerte nos iguala a todos. Pocos meses antes
de la muerte de Jacobo de Molay, en 1313, Guillermo
de Nogaret dejó este mundo para presentarse al juicio verdadero,
el que se produce ante Dios. El Papa Clemente V,
con el agravarse de sus enfermedades, quiso salir de Aviñón
para dirigirse a su tierra natal, pero falleció antes de
llegar a su meta, el 20 de abril de 1314.
Felipe IV pudo saborear pocas meses su “victoria”, pues moría
en el otoño de ese mismo año.
E. Algunas reflexiones conclusivas
32.
Los hechos presentados hasta ahora suscitan, en nosotros, reacciones vivas
de dolor ante tal cúmulo de injusticias. Nos faltan, desde
luego, elementos de contextualización de una época en la que
las injerencias políticas en asuntos religiosos eran tristemente frecuentes, si
es que no eran defendidas incluso a través de pseudorazonamientos
teológicos o de escritores panfletarios. El mundo europeo vivía, además,
unos momentos de convulsión, en el que las luchas internas
entre los nobles de los reinos, entre las naciones y
los pueblos, entre el papado y algunos monarcas, se combinaban
con las presiones que, de diverso modo, ejercían algunos pueblos
dominados principalmente por grupos musulmanes que querían conquistar nuevas tierras
“cristianas”.
Los sistemas jurídicos permitían, además, un complicado juego de interacciones
entre tribunales eclesiásticos y tribunales civiles. El uso de la
tortura, algo normal en los reinos medievales, era también admitido
como “método” para obtener la confesión de culpables que no
“serían capaces” de confesar sus delitos y herejías sin una
presión “proporcionada” al grado de su nivel de perversiones.
Tenemos que
reconocer, sin embargo, que la tortura era suficiente para amedrentar
incluso a caballeros y soldados que se distinguían por su
valor en la guerra, como lo habían sido los templarios.
Pero un momento de miedo o de abatimiento no puede
ser motivo suficiente para descalificar completamente a una persona. Jacobo
de Molay y otros templarios firmaron, bajo tortura, confesiones de
delitos falsos, y ello puede ser interpretado ciertamente como un
gesto de debilidad. Pero la historia de cualquier caballero (de
cualquier ser humano) no queda circunscrita sólo a una parte
de su vida, por muy oscura y triste que pueda
aparecer, sino que abarca la totalidad de sus gestos y
el nivel de su adhesión sincera y perseverante a la
fe y al amor.
Podemos recordar aquí lo que fue afirmado
en un concilio provincial que tuvo lugar en Ravena, en
junio de 1311 (es decir, en medio de la tempestad
contra los templarios): debían ser considerados inocentes quienes, después de
haber declarado su culpabilidad bajo torturas, luego se retractaban. Es,
por tanto, legítimo decir que las autoacusaciones firmadas por los
templarios tras las torturas no valen nada. Como hemos podido
constatar, tristemente, en numerosos procesos organizados por los sistemas totalitarios
del siglo XX, procesos en los que miles de inocentes
se declaraban culpables de crímenes que nunca habían cometido.
Por lo
mismo, Jacobo de Molay merece, como tantos otros templarios, un
homenaje. Su último gesto de heroísmo le convierte en un
auténtico testigo de la verdad y la justicia. La historia
debe reconocer que se enfrentó a fuerzas poderosas y a
intrigas profundas, capaces de destrozar, ayer como hoy, incluso a
los temperamentos más robustos. Jacobo sucumbió al inicio de la
prueba. Pero supo alzarse desde sus cenizas para defender, hasta
el último gesto de su vida, la inocencia de la
Orden del Temple.
33. Muy distinto, en cambio, debería ser nuestro
juicio sobre el rey Felipe IV el Hermoso, un triste
esclavo de su propio poder, un hombre capaz de ampararse
hipócritamente en su “amor a la Iglesia” para destruir y
aniquilar a inocentes a través del uso de todo tipo
de argucias y de fechorías, con la mirada puesta solamente
en sus ambiciones de grandeza y dinero; un tirano capaz
de todo con tal de dar rienda suelta a odios
profundos o a envidias despreciables.
34. Quedaría, ciertamente, ofrecer alguna reflexión
sobre las numerosas y a veces absurdas leyendas que giran
en torno a los templarios. Intentar una respuesta acerca de
las mismas llevaría un trabajo arduo para ver cómo y
por qué han sido inventadas, aceptadas y difundidas narraciones llenas
de fantasía y errores que muestran muy poco sentido histórico
y, en no pocas situaciones, mala fe y deseo de
engañar al gran público.
Sería, sin embargo, una pérdida de tiempo
luchar contra una nube de mentiras y calumnias. El camino
más correcto a seguir, en el estudio de cualquier asunto
del pasado, es confrontarse con los documentos y dejar de
lado suposiciones que se difunden con facilidad pero que carecen
de apoyos sólidos. Es lo que hemos pretendido con estas
reflexiones que, desde luego, habrá que corregir si nuevos documentos
auténticos (la misma historia nos ha mostrado que existen documentos
falsos y que a veces tienen una acogida enorme) ofrezcan
elementos de juicio que lleven a modificar lo que los
estudiosos actuales nos dicen sobre el tema en cuestión.
En este
sentido podemos señalar que, a inicios del año 2006, fue
dado a la luz un documento reencontrado en los archivos
vaticanos en el que se recoge la absolución del Papa
Clemente V a Jacobo de Molay y a los dirigentes
de los templarios, documento que lleva la fecha de 17-20
de agosto de 1308 y que está firmado por varios
cardenales. El documento, conocido como "folio de Chinon", puede ser
visualizado en la página del Vaticano (cf. http://asv.vatican.va/es/doc/1308.htm). Posteriormente, cuando
se cumplían los 700 años del inicio del drama de
los templarios (octubre de 2007) vio la luz el volumen
histórico “Processus contra Templarios”, que recoge los originales de las
actas del proceso oficial contra los templarios (desde junio de
1308 hasta el año 1311).
35. La historia de los templarios
nos pone, como cada historia humana, ante el misterio del
ser humano. Grande por ser amado por Dios, por haber
recibido un alma inmortal, por haber sido redimido por Cristo.
Pequeño por las heridas que el pecado original deja en
todos. También en caballeros como los templarios, humillados ante la
fuerza de un rey, sometidos ante un Papa que se
vio aprisionado en un absurdo juego de intereses humanos, víctimas
de la codicia de un rey asesino.
Los templarios fueron derrotados:
dejaron de existir como institución al servicio de la Iglesia
en su marcha temporal. Cuentan, sin embargo, con un lugar
en el corazón de Dios según la medida de su
amor y de su confianza en Cristo, Salvador del mundo
y Señor de la historia, Juez que conoce los corazones
y que descubre verdades que escapan a los ojos del
más atento investigador, pero no de quien nos ha creado
por amor y para el amor.
A.
BECK, El fin de los templarios: un extermino en nombre
de la legalidad (título original, Der Untergang der Templer), Península,
Barcelona 2002, 2ª ed.
BERNARDO DE CLARAVAL, Elogio de la nueva
milicia templaria; R. PERNOUD, Los Templarios, Siruela, Madrid 2005.
K. BILHLMEYER
- H. TUECHLE, Storia della chiesa. III. L´epoca delle riforme,
Morcelliana, Brescia 2001, 10 ed. (edición italiana por Iginio rogger
de la edición alemana Kirchengeschichte. III. Mittelalter).
R. GARCÍA-VILLOSLADA, Historia de
la Iglesia Católica. II. Edad Media (800-1303), BAC, Madrid 2003,
7ª ed.
R. GARCÍA-VILLOSLADA - B. LLORCA, Historia de la Iglesia
Católica. III. Edad Nueva, BAC, Madrid 1999, 4ª ed.
P. LEVILLAIN
(ED.), Dizionario storico del Papato, 2 tomos, Bompiani, Milano 1996.
PONTIFICIA
ADMINISTRACIÓN DE LA PATRIARCAL BASÍLICA DE SAN PEDRO, Los Papas.
Veinte Siglos de Historia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano
2002.
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Agradecerle por su articulo, en verdad deja ver su calidad y profundidad al momento de exponer cada linea de la hintoria de los templarios, y como estos episodios dramaticos de la historia nos dejaron sin la oportunidad de ver floreser en su explendor la calidad humana de estos SEÑORES...
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