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El 14 de abril de 1986, un grupo de
pastores evangélicos de Buenos Aires quiso dejar un "testimonio de
fe" con la organización de un festival masivo en el
estadio de Vélez Sársfield. Como garantía de éxito, los organizadores
apostaron al poder de convocatoria del orador estrella de esa
noche, el predicador Luis Palau, el argentino que había hablado
"a más personas en el mundo", según podía leerse en
uno de los volantes que circularon por las gradas. Al
día siguiente, la crónica publicada por LA NACION cuantificaría en
cinco mil los asistentes.
Diecisiete años después, Palau volvió a
pulsar su capacidad de convocatoria con otro encuentro en Buenos
Aires, esta vez en los bosques de Palermo. Para perplejidad
de todos, el discreto número de asistentes a la primera
convocatoria se había multiplicado en forma exorbitante: 400.000 personas en
total después de dos jornadas de encuentro.
La entusiasta acogida
dispensada a Luis Palau, en realidad, no hizo más que
darle mayor visibilidad al crecimiento que, en los últimos años,
experimentaron en la Argentina (y en toda América latina) las
iglesias cristianas no católicas. Hoy son casi 3000 los grupos
religiosos inscriptos en la Secretaría de Culto de la Nación;
de ese total, se calcula que el 65 por ciento,
es decir 1950, son evangélicos, aunque el Consejo Nacional Cristiano
Evangélico estima que son unos 15.000, ya que son muchos
los que no están inscriptos. Más aún: se estima que
en la Argentina hay siete millones de personas que profesan
ese culto, es decir, cerca del 18 por ciento de
la población.Una proporción que se hace aún más significativa al
situarla trepando sobre la coordenada del tiempo: de acuerdo con
el testimonio del pastor metodista Emilio Monti, antigua cabeza de
la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE), la comunidad evangélica
se habría cuadruplicado en los últimos veinte años.
El padre
Luis Farinello, un sacerdote conocido por la efectividad de la
obra social que desarrolla en sectores marginales de Quilmes, admite
sin salvedades la creciente penetración que los grupos evangélicos tienen
en las mismas zonas donde él mismo lleva cuarenta años
batiéndose el cobre para dar una "vida digna" a los
pobres. Farinello estima que, en su distrito -una muestra nada
desdeñable con sus más de ochocientos mil habitantes-, la proporción
entre el número de templos evangélicos y el de capillas
católicas es de "nueve a uno" a favor de los
primeros.
Las cifras en alza que desde la reapertura democrática
van jalonando la historia reciente de este movimiento, nacido con
las misiones protestantes llegadas al país en el primer tercio
del siglo XIX, son sólo una dimensión de la actual
vitalidad del evangelismo argentino. Para decirlo de una vez: los
evangélicos en nuestro país son cada día más, pero también
más activos y mejor avenidos entre sí.
Razones
La pregunta
resulta entonces inevitable: ¿qué explica el crecimiento de la familia
evangélica y el renovado vigor de su misión? La respuesta
tiene que ver con al menos tres aspectos no siempre
fáciles de deslindar: las circunstancias históricas del país, la misma
naturaleza "movilizadora" del mensaje evangélico y la vehemente actitud con
la cual los fieles se han venido aplicando en su
esfuerzo proselitista.
Norberto Saracco, autor de una tesis doctoral sobre
la historia del pentecostalismo argentino, ofrece el primer argumento para
entender ese fenómeno que las propias iglesias llaman de "avivamiento".
"Como todo fenómeno religioso, lo ocurrido en Argentina hay que
ponerlo en un contexto social y político. La reapertura de
la democracia trajo un rebrote de las libertades y un
crecimiento geométrico de las iglesias evangélicas". Saracco -que sitúa el
caso argentino en paralelo con lo ocurrido en otros países
latinoamericanos como Guatemala o Brasil, que han experimentado una transformación
evangélica aún más llamativa- se retrotrae hasta las décadas que
van de los 50 a los 70, para hablar de
la "crisis de los populismos" y de la reabsorción por
parte de los grupos religiosos de las energías que hasta
entonces habían sido catalizadas por la política. Un efecto especialmente
visible en los sectores más humildes. "Esa gente desarraigada descubre
que su vida tiene un sentido nuevo y que hay
un rol que cumplir", comenta Saracco.
Las observaciones del pastor
resultan más que congruentes con la realidad. La mayor penetración
de las iglesias se ha dado efectivamente en aquellos lugares
donde lo único que se manifiesta con prodigalidad es la
pobreza. En La Matanza, según los pastores de la zona,
el número de fieles supera los 400.000 (casi una tercera
parte de la población). Y respecto al segundo factor explicativo,
la fuerza de un mensaje que persuade a las personas
para convertirse en "instrumentos" de la voluntad divina, lo dice
todo el hecho de que la mayor parte de los
neofieles ?hasta el 80%, según las federaciones? hayan sido abrazados
por las iglesias de corte pentecostal, que se identifican precisamente
por el acento puesto en el carácter movilizador e inspirador
del Espíritu Santo.
Fortunato Mallimacci, sociólogo de la religión adscrito
a la Universidad de Buenos Aires (UBA) y al Conicet,
concede que el espacio ganado por las confesiones protestantes puede
verse hasta cierto punto como un terreno perdido por el
catolicismo, aunque también lo relativiza al recordar que la identidad
religiosa de buena parte de la población argentina hoy no
es unívoca, sino que es muy común encontrar lo que
describe como "fieles con doble o triple pertenencia". Mallimacci utiliza
la expresión "cuentapropismo religioso" para referirse a este fenómeno, que
pasaría por ser una suerte de confesionalidad híbrida identificable en
aquellas personas que, como señala Mallimacci en varios de sus
escritos, "arman y rearman sus propios significados a partir de
leer, escuchar y participar en diversas manifestaciones de grupos e
instituciones religiosas". Estos matices permiten entender el avivamiento evangélico sin
magnificarlo. "Tomarse con demasiada seriedad la cifra de cuatro millones
de evangélicos sería tan ingenuo como pensar que el 90%
de católicos que señalan los estudios son católicos activos", dice
Mallimacci.
Militantes de la fe
Todo indica que el éxito
del nuevo evangelismo se relaciona en buena medida con la
habilidad de sus líderes para conseguir implicar a toda la
comunidad de fieles en las tareas de apostolado, hasta el
punto de que dentro del evangelismo argentino se suele hablar
abiertamente de "militancia" para referirse al compromiso de expansión del
evangelio contraído por los creyentes.
De la mano del crecimiento
de sus iglesias y conscientes de que por su número
se han convertido en un banco de votos muy codiciado,
algunos sectores dentro del protestantismo argentino están impulsando un cambio
de actitudes que busca favorecer una participación más visible de
los fieles: el compromiso cívico debe explotar también la veta
política, sostienen algunos sectores. Aquí, el testimonio el ex presidente
del Consejo Pastoral de Santa Fe, José Faienza, resulta muy
significativo. Después de oponerse frontalmente durante décadas a la entrada
en política de los grupos cristianos -no sólo él, ya
que el repudio a cualquier tipo de acción partidaria ha
sido generalizado en la familia evangélica-, el propio Faienza se
candidateó en las últimas elecciones municipales de la ciudad norteña.
"Nadie enciende una luz para ponerla debajo de una mesa",
dice, echando mano de un didactismo que es moneda común
entre los pastores. A lo que apunta el candidato de
una lista que cosechó 6.400 votos en esos comicios es
a la interpretación cada vez más extendida entre los fieles
de que un compromiso solidario consistente trae de la mano
la asunción de responsabilidades políticas. Y más aún en el
contexto de crisis y descrédito de la cultura política que
vive el país. "Dios nos pide que hagamos un llamado
a construir una vida más justa para todos", dice este
pastor de 65 años, 46 de los cuales los ha
dedicado al ministerio evangélico, al tiempo que afirma que los
evangélicos estarían en disposición de dar "una respuesta que los
demás no dan".
La discusión acerca de la conveniencia o
no de promover iniciativas políticas no es, sin embargo, una
cuestión cerrada dentro de la comunidad evangélica. Tan fácil como
encontrar opiniones en un sentido sería recopilar las del sentido
contrario. Lo relevante en este punto es constatar que, pese
al vehemente rechazo de algunos pastores, hay signos de cambio.
Arturo Hotton, candidato por el Movimiento Recrear a vicegobernador de
Buenos Aires en las últimas elecciones, presidente de la Fundación
Promesa -una entidad que desde 2003 pretende alentar a la
participación de cristianos en política- y figura en torno a
la cual, al parecer, se aglutina la mayor parte de
los evangélicos decididos a hacer política, asegura que existe entre
los creyentes un "conciencia mayoritaria" de la necesidad de implicarse
partidariamente. "Claro que no sería una búsqueda del poder por
el poder -explica Hotton-, sino como un camino para cambiar
las cosas."
¿Significa esto que el voto evangélico podría propiciar
algún movimiento de peso en el panorama político de Argentina?
Hasta ahora han cosechado magros resultados: la apuesta más firme
y ruinosa fue el Movimiento Cristiano Independiente, que en 1994
concurrió sin ningún éxito a las elecciones de representantes constituyentes.
En realidad, Hotton habla de una nueva mentalidad de los
evangélicos que, de alguna forma, los habilita para cumplir un
rol más activo dentro de la vida cívica.
Coincidentemente, Pedro
Antonin, ex director de Cáritas Argentina, admite que la presencia
evangélica en el área social es tan gravitante como para
que hoy se la considere "el segundo actor social", después
de Cáritas.
En el panorama cambiante del evangelismo argentino, otro
signo nuevo tiene que ver con el progresivo fenómeno de
integración que han protagonizado estas iglesias y que queda patente
en el hecho de que, por primera vez, las tres
federaciones que las representan estén sentadas desde 1996 en la
mesa común de la CNCE. Gracias a esa integración, concretada
a lo largo de los últimos diez años, el evangelismo
argentino ha obtenido, en opinión de Humberto Shikiya, director del
cristiano Centro Ecuménico de Asesoría y Servicio (Creas), un beneficio
de legitimidad. "El salir en los medios de comunicación dio
a las iglesias no sólo visibilidad, sino legitimidad ante la
sociedad argentina", comenta Shikiya. Y todavía más, la constitución del
CNCE habría permitido finalmente a los grupos evangélicos figurar como
un interlocutor social claramente identificable. Botones de muestra, al menos
dos: la presencia del CNCE en la Mesa del Diálogo
Argentino y la de grupos de pastores en los Consejos
Consultivos del Plan Jefas y Jefes de Hogar.
En este
punto resulta iluminador recordar el análisis de Fortunato Mallimacci sobre
la trascendencia de esta irrupción de movimientos religiosos de nuevo
cuño como el evangelismo. "Lo diferente hoy -sostiene el sociólogo-
es que el espacio de lo popular ya no está
controlado por grupos políticos partidarios, sino que los grupos religiosos
gozan de una legitimidad tal que son consultados por los
gobernantes para pedirles su opinión sobre los planes sociales, culturales
y de empleo que se deciden implantar." |