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Autor: Entrevista con el Cardenal Walter Kasper | Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it Roger Schutz, el monje símbolo del ecumenismo espiritual
Entrevista publicada en “L’Osservatore Romano” al cardenal Walter Kasper, acerca del hermano Roger de Taizé. 25.8.2008
Roger Schutz, el monje símbolo del ecumenismo espiritual
Han pasado tres años desde el fallecimiento trágico del hermano
Roger, el fundador de Taizé. Usted mismo fue a presidir
sus exequias. ¿Quién era para usted?
R. – Su muerte
me conmocionó mucho. Estaba en Colonia por la Jornada Mundial
de de Juventud cuando nos enteramos del fallecimiento del hermano
Roger, víctima de un acto violento. Su muerte me recordaba
las palabras del profeta Isaías sobre el Servidor del Señor:
«Maltratado, se humilla, no abre la boca, como un cordero
llevado al matadero, como una oveja ante los que la
esquilan» (Is. 53,7). Durante toda su vida, el hermano Roger
siguió el camino del Cordero: por su dulzura y su
humildad, por su rechazo a todo acto de grandeza, por
su decisión de no hablar mal de nadie, por su
deseo de llevar en su propio corazón el dolor y
las esperanzas de la humanidad. Pocas personas de nuestra generación
han encarnado con tanta transparencia el rostro humilde de Jesucristo.
En una época turbulenta para la Iglesia y para la
fe cristiana, el hermano Roger era una fuente de esperanza
reconocida por muchos, incluido yo mismo. Como profesor de teología
y después como Obispo de Rottenburg-Stuttgart, siempre animé a los
jóvenes a pasar unos días en Taizé durante el verano.
Veía cómo esa estancia cerca del hermano Roger y de
la Comunidad les ayudaba a conocer mejor y a vivir
la Palabra de Dios, con alegría y simplicidad. Todo esto
lo sentí más cuando presidí la liturgia de su funeral
en la gran iglesia de la Reconciliación en Taizé.
¿Cuál
es, bajo su punto de vista, la contribución propia del
hermano Roger y de la Comunidad de Taizé al ecumenismo?
R. – La unidad de los cristianos era verdaderamente uno
de los deseos más profundos del prior de Taizé, igual
que la división de los cristianos fue para él una
auténtica fuente de dolor y de tristeza. El hermano Roger
era un hombre de comunión, que no llevaba bien ninguna
forma de antagonismo o de rivalidad entre personas o comunidades.
Cuando hablaba de la unidad de los cristianos y de
sus encuentros con representantes de diferentes tradiciones cristianas, su mirada
y su voz mostraban con qué intensidad de caridad y
de esperanza deseaba que “todos sean uno”. La búsqueda de
la unidad era para él como un hilo conductor hasta
las decisiones más concretas de cada día: acoger con alegría
toda acción que pueda acercar a los cristianos de tradiciones
distintas, evitar toda palabra o gesto que pudiera retrasar su
reconciliación. Practicaba este discernimiento con una atención que rozaba la
meticulosidad. En esta búsqueda de la unidad, sin embargo, el
hermano Roger no tenía prisa ni estaba nervioso. Conocía la
paciencia de Dios en la historia de la salvación y
la historia de la Iglesia. Nunca hubiera realizado actos inaceptables
para las Iglesias, nunca hubiera invitado a los jóvenes a
separarse de sus pastores. Más que el desarrollo rápido del
movimiento ecuménico, buscaba su profundidad. Estaba convencido que sólo un
ecumenismo alimentado por la palabra de Dios, la celebración de
la Eucaristía, la oración y la contemplación sería capaz de
reunir a los cristianos en la unidad deseada por Jesús.
En este ámbito del ecumenismo espiritual es donde me gustaría
colocar la importante contribución del hermano Roger y de la
Comunidad de Taizé.
El hermano Roger describió a menudo su
evolución ecuménica como una « reconciliación interior de la fe
de sus orígenes con el misterio de la fe católica,
sin ruptura de comunión con nadie » Ese recorrido no
se enmarca en las categorías habituales. Tras su muerte, la
comunidad de Taizé ha desmentido los rumores de una conversión
secreta al catolicismo. Esos rumores nacieron, entre otras cosas, porque
se le vio comulgar a manos del Cardenal Ratzinger durante
las exequias del Papa Juan Pablo II. ¿Qué le parece
la afirmación según la cual el hermano Roger se habría
vuelto “formalmente” católico?
R. – Viniendo de una familia protestante,
el hermano Roger había realizado estudios de teología y se
había ordenado pastor en esta misma tradición protestante. Cuando hablaba
de la «fe de sus orígenes» se refería a ese
bello conjunto de catequesis, devoción, formación teológica y testimonio cristiano
recibidos en la tradición protestante. Compartía ese patrimonio con todos
sus hermanos y hermanas de adhesión protestante, con los que
siempre se ha sentido profundamente unido. Desde sus primeros años
de pastor, sin embargo, el hermano Roger buscó igualmente alimentar
su fe y su vida espiritual con las fuentes de
otras tradiciones cristianas, cruzando así ciertos límites confesionales. Decía ya
mucho de esta búsqueda su deseo de seguir una vocación
monástica y fundar, con esta intención, una nueva comunidad monástica
con Cristianos de la Reforma.
A lo largo de los
años, la fe del prior de Taizé se fue enriqueciendo
progresivamente del patrimonio de fe de la Iglesia Católica. Según
su propio testimonio, entendía algunos aspectos de la fe mediante
el misterio de la fe católica, como el papel de
la Virgen María en la historia de la salvación, la
presencia real de Cristo en los dones eucarísticos y el
ministerio apostólico en la Iglesia, incluido el ministerio de unidad
ejercido por el Obispo de Roma. Como respuesta, la Iglesia
Católica había aceptado que comulgara en la eucaristía, como hacía
cada mañana en la gran iglesia de Taizé. Igualmente, el
hermano Roger recibió la comunión en múltiples ocasiones de manos
del Papa Juan Pablo II, al que le unía una
amistad desde los tiempos del Concilio Vaticano II, y que
conocía bien su evolución en la fe católica. En este
sentido no había nada secreto o escondido en la actitud
de la Iglesia Católica, ni en Taizé ni en Roma.
En el momento de los funerales del Papa Juan Pablo
II, el Cardenal Ratzinger no hizo más que repetir lo
que ya se hacía antes en la Basílica de San
Pedro en la época del difunto Papa. No había nada
nuevo o premeditado en el gesto del Cardenal.
En una
alocución al Papa Juan Pablo II, en la Basílica de
San Pedro, durante el Encuentro Europeo de Jóvenes en Roma
de 1980, el prior de Taizé describió su propia evolución
y su identidad de cristiano con estas palabras: «Encontré mi
propia identidad cristiana reconciliando en mi mismo la fe de
mis orígenes con el misterio de la fe católica, sin
ruptura de comunión con nadie». En efecto, el hermano Roger
nunca había querido romper con «nadie», por razones que estaban
esencialmente ligadas a su propio deseo de unión y a
la vocación ecuménica de la Comunidad de Taizé. Por esta
razón, prefería no utilizar ciertos términos como «conversión» o adhesión
«formal» para calificar su comunión con la Iglesia Católica. En
su conciencia, había entrado en el misterio de la fe
católica como alguien que crece, sin deber «abandonar» o «romper»
con lo que había recibido o vivido antes. Se podría
hablar mucho del sentido de ciertos términos teológicos o canónicos.
Sin embargo, por respeto a la evolución en la fe
del hermano Roger, sería preferible no aplicar a su persona
categorías que él mismo juzgaba inapropiadas para su experiencia y
que además la Iglesia Católica no ha querido nunca imponerle.
Incluso en esto, las palabras del propio hermano Roger deberían
bastarnos.
¿Ve usted vínculos entre la vocación ecuménica de Taizé
y el peregrinaje de decenas de miles de jóvenes a
ese pequeño pueblo de Borgoña? En su opinión, ¿son los
jóvenes sensibles a la unidad visible de los cristianos?
R.
– En mi opinión, el hecho de que cada año
miles de jóvenes encuentren todavía el camino a la pequeña
colina de Taizé es verdaderamente un don del Espíritu Santo
a la Iglesia de hoy. Para muchos de ellos, Taizé
representa el primer y principal lugar donde pueden encontrar jóvenes
de otras Iglesias y Comunidades eclesiales. Me siento feliz de
ver que los jóvenes que llenan cada verano las tiendas
y las carpas de Taizé vienen de distintos países de
Europa occidental y oriental, algunos de otros continentes, que pertenecen
a diferentes comunidades de tradición protestante, católica u ortodoxa y
que vienen a menudo acompañados por sus propios sacerdotes o
pastores. Muchos de los jóvenes que llegan a Taizé vienen
de países que han conocido la guerra civil o violentos
conflictos internos, con frecuencia en un pasado todavía reciente. Otros
vienen de regiones que han sufrido durante varias décadas el
yugo de una ideología materialista. Además hay otros, quizá la
mayoría, que viven en sociedades profundamente marcadas por la secularización
y la indiferencia religiosa. En Taizé, durante los momentos de
oración y de reflexión bíblica, redescubren el don de comunión
y de amistad que solamente el Evangelio de Jesucristo puede
ofrecer. Escuchando la Palabra de Dios, descubren también la riqueza
única que les fue dada por el sacramento del bautismo.
Sí, creo que muchos jóvenes se dan cuenta del verdadero
desafío de la unidad de los cristianos. Saben cuánto puede
pesar todavía la carga de las divisiones sobre el testimonio
de los cristianos y sobre la construcción de una nueva
sociedad. En Taizé encuentran una «parábola de comunidad» que ayuda
a superar las fracturas del pasado y a mirar un
futuro de comunión y de amistad. De vuelta a casa,
esta experiencia les ayuda a crear grupos de oración y
de encuentro en su propio contexto de vida, para alimentar
ese deseo de unidad.
Antes de presidir el Consejo Pontificio
para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, ha
sido Obispo de Rottenburg-Stuttgart y, como tal, acogió en 1996
un Encuentro Europeo de Jóvenes organizado por la Comunidad de
Taizé. ¿Qué aportan estos encuentros de jóvenes a la vida
de las Iglesias?
R. – Ese encuentro fue, efectivamente, un
momento de gran alegría y profundidad espiritual para la Diócesis
y sobre todo para las parroquias que acogieron a los
jóvenes provenientes de diferentes países. Estos encuentros me parecen tremendamente
importantes para la vida de la Iglesia. Muchos jóvenes, como
le decía, viven en sociedades secularizadas. Les resulta difícil encontrar
compañeros de camino en la fe y la vida cristiana.
Son pocos los espacios para profundizar y celebrar la fe,
con alegría y serenidad. Las Iglesias locales tienen a veces
dificultades para acompañarles adecuadamente en su crecimiento espiritual. Por ello,
los grandes encuentros como los organizados por la Comunidad de
Taizé responden a una verdadera necesidad pastoral. Es cierto que
la vida cristiana tiene necesidad de silencio y de soledad,
como decía Jesús «Cierra la puerta y dirige la oración
a tu Padre, que habita en lo secreto» (Mt 6,6).
Pero también tiene necesidad de compartir, de encuentro, de intercambio.
La vida cristiana no se vive en aislamiento, al contrario.
A través del bautismo, pertenecemos al mismo y único cuerpo
de Cristo resucitado. El Espíritu es el alma y el
aliento que anima ese cuerpo, que le hace crecer en
santidad. Por otra parte, los Evangelios hablan con frecuencia de
una gran multitud que venía, a menudo, desde muy lejos
para ver y escuchar a Jesús y para ser curados
por él. Hoy los grandes encuentros se inscriben en esta
misma dinámica. Permiten a los jóvenes comprender mejor el misterio
de la Iglesia como comunión, escuchar juntos la palabra de
Jesús y confiar en él.
¿El Papa Juan XXIII denominó
a Taizé como una «pequeña primavera». Por su parte, el
hermano Roger decía que el Papa Juan XXIII era el
hombre que más le había marcado. En su opinión, ´por
qué el Papa que tuvo la intuición del Concilio Vaticano
II y el fundador de Taizé se apreciaban tanto?
R.
– Cada vez que me encontraba con el hermano Roger,
me hablaba mucho de su amistad con el Papa Juan
XXIII primero, y después con el Papa Pablo VI y
el Papa Juan Pablo II. Me contaba, siempre con gratitud
y con una gran alegría, los numerosos encuentros y conversaciones
que había tenido con ellos a lo largo de los
años. Por un lado, el prior de Taizé se sentía
muy cercano de los Obispos de Roma en su preocupación
por conducir la Iglesia de Cristo por las vías de
la renovación espiritual, de la unidad de los cristianos, del
servicio a los pobres, del testimonio del Evangelio. Por el
otro, se sentía profundamente comprendido y apoyado por ellos en
su propio desarrollo espiritual y en la orientación que tomaba
la joven Comunidad de Taizé. La conciencia de actuar en
armonía con el pensamiento del Obispo de Roma era para
él como una brújula en todas sus acciones. Nunca hubiera
tomado una iniciativa que supiera que sería contraria al criterio
o a la voluntad del Obispo de Roma. Además, la
misma relación de confianza continúa hoy con el Papa Benedicto
XVI que pronunció palabras muy emotivas por la muerte del
fundador de Taizé, y que recibe cada año al hermano
Alois en audiencia privada. ´De donde venía esa estima recíproca
entre el hermano Roger y los Obispos sucesivos de Roma?
Sin duda, tiene su raíz en lo humano, en las
ricas personalidades de estos hombres. En definitiva, diría que viene
del Espíritu Santo que es coherente en lo que inspira
en el mismo momento a diferentes personas, por el bien
de la Iglesia única de Cristo. Cuando habla el Espíritu
Santo, todos comprenden el mismo mensaje, cada uno en su
propia lengua. El verdadero artesano de la comprensión y de
la fraternidad entre discípulos de Cristo es él, el Espíritu
de comunión.
Usted conoce bien al hermano Alois, el sucesor
del hermano Roger. ¿Cómo ve el futuro de la comunidad
de Taizé?
R. – Aunque nos habíamos encontrado anteriormente, fue
sobre todo después de la muerte del hermano Roger que
he aprendido a conocer mejor al hermano Alois. Unos años
antes, el hermano Roger me había confiado que todo estaba
previsto para su sucesión el día que fuera necesario. Él
estaba feliz con la perspectiva de que el hermano Alois
tomara el relevo. ´Quién habría podido imaginar que esta sucesión
iba a tener que hacerse en una sola noche, tras
un inconcebible acto de violencia? Lo que me sorprende desde
entonces es la absoluta continuidad en la vida de la
Comunidad de Taizé y en la acogida a los jóvenes.
La liturgia, la oración y la hospitalidad continúan con el
mismo espíritu, como un canto que nunca se ha interrumpido.
Lo que dice mucho, no solamente de la persona del
nuevo prior sino también, y sobre todo, de la madurez
humana y espiritual de toda la Comunidad de Taizé. La
que ha heredado el carisma del hermano Roger es la
Comunidad en su conjunto, que sigue viviéndolo e irradiándolo. Conociendo
a las personas, tengo plena confianza en el futuro de
la Comunidad de Taizé y en su compromiso con la
unidad de los cristianos. Esta confianza me viene igualmente del
Espíritu Santo, que no suscita carismas para abandonarlos a la
primera ocasión. El Espíritu de Dios, que es siempre nuevo,
trabaja en la continuidad de una vocación y de una
misión. Él es el que va a ayudar a la
Comunidad a desarrollar su vocación, en fidelidad al ejemplo que
el hermano Roger le dejó. Las generaciones pasan, el carisma
permanece, porque es don y obra del Espíritu. Me gustaría
terminar repitiendo al hermano Alois y a toda la Comunidad
de Taizé mi gran estima por su amistad, su vida
de oración y su deseo de unidad. Gracias a ellos,
el dulce rostro del hermano Roger nos sigue siendo familiar.
Traducción
en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú
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