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| ¡Venid! |
Queridísimos:
Deseo comenzar con las cosas buenas, porque es justo
alabar a Dios cuando hay serenidad, y no sólo invocar
el sol cuando hay lluvia. Además es justo ver la
brizna de hierba verde también cuando estamos atravesando una estepa.
He aquí, por lo tanto, algunas briznas de hierba verde.
Algún día antes de ir a Italia, en la hora
de la visita en la iglesia, se presentó un nutrido
grupo de muchachos más bien voceadores y ruidosos. Estoy acostumbrado:
para lograr silencio y respeto basta con acercarse, recordarles que
la iglesia es, como la mezquita, un lugar de oración
que Dios ama y en el que se complace, Un
grupito de 4-5 chavales, de unos 14-15 años, se me
acercaron y empezaron a hacerme preguntas: «¿Pero estás aquí porque
te han obligado?». «No, he venido de buena gana, libremente».
«¿Y por qué?». «Porque me gusta Turquía. Porque había aquí
una iglesia y un grupo de cristianos sin sacerdote, y
entonces me puse a disposición. Para favorecer las buenas relaciones
entre cristianos y musulmanes...». «¿Pero estás contento?» (usaron la palabra
mutlu, que en turco quiere decir feliz). «Claro que estoy
contento. Ahora os he conocido, ahora estoy más contento todavía.
Os aprecio».
En ese momento los ojos de una muchacha
se iluminaron, me miró con profundidad y me dijo con
arrojo: «También nosotros te apreciamos». Decirse «te apreciamos», dentro de
una iglesia, entre cristianos y musulmanes me ha parecido un
rayo de luz. Bastaría esto para justificar mi venida. ¿El
reino de los cielos no es tal vez parecido a
un granito de mostaza, la más pequeña de todas las
semillas? Lo echas y después le dejas hacer... ¿Y no
es tal vez verdad que «si amas conoces a Dios»
y le das a conocer, y que si no amas,
aunque poseyeras la ciencia o hablaras todas las lenguas, o
distribuyeras bienes a los pobres, no eres nada más que
un tambor que resuena?
Otra brizna de hierba. Una tarde,
a principios de diciembre, estaba en la calle con mi
furgoneta. Debía girar, puse el intermitente e inicié la maniobra.
Venía un coche rapidísimo. Tuvo que frenar para no embestirme.
Uno bajó y empezó a gritar. Conociendo la irascibilidad de
los turcos, sobre todo si están bebidos, proseguí, temiendo malas
intenciones. Me di cuenta de que me seguían. Al llegar
a la plaza me cerraron el camino. Me encontré con
la puerta abierta, uno que me lanzó un puñetazo, otro
que me arrancaba del asiento y otro más que quería
arrastrarme. Me ha durado la marca de aquel puñetazo algunos
días y el hombro, forzado, a veces aún me duele.
Intervino la policía: estaban bebidos y se hizo un atestado
en su contra. Volví a casa aturdido, preguntándome cómo se
podía llegar al enfurecimiento. Me vinieron a la mente las
peleas que acaban con un muerto, las violencias cometidas contra
una muchacha sola, la diversión sádica contra cualquier pobre desgraciado.
Debo deciros la verdad: tuve miedo y durante algunas noches
no dormí. Seguía preguntándome: ¿Por qué? ¿Cómo es posible?
Una
semana después, hacia la tarde, sonó el timbre de la
iglesia. Fui a abrir: eran tres jóvenes de unos 25-30
años. Uno me preguntó: «¿Se acuerda de mí?». Le miré
bien y reconocí al que me había tirado del hombro.
«He venido a pedirle perdón. Estaba bebido y me he
comportado muy mal. Padre, perdóneme». «Está bien –le dije--, estate
tranquilo. Pero no lo vuelvas a hacer, a nadie más».
Entonces me pidieron visitar la iglesia. Seguía pidiéndome excusas a
cada paso. Vio una página del Evangelio expuesta en la
vitrina: «Amad a vuestros enemigos», y entonces entendió por qué
le había perdonado. Después me dice: también entre nosotros hay
un dicho: «echa flores a quien te arroja piedras». Y
siguió: «Tuvimos un accidente algunos días después de golpearle. El
coche ha quedado destrozado, uno está aún en el hospital
y nosotros estamos magullados. Entre nosotros se dice que si
uno hace mal a una persona y después muere no
puede presentarse a Dios. Porque Dios le dice: es a
esa persona adonde tienes que ir. ¿Entre ustedes, padre, es
igual?».
«También nosotros decimos que no basta con dirigirse a
Dios, sino que hay que reparar el mal hecho al
prójimo. Decimos, sin embargo, también que si el inocente ofrece
su dolor por el culpable, obtiene de Dios el perdón
por quien ha hecho el mal, como Jesús, que ofreció
su vida inocente para salvar a los pecadores. Jesús se
hizo cordero para los lobos que le despedazaban y oró:
Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Con su
cruz partió la lanza». En ese punto miraron la cruz.
El tercero que iba con ellos era un vecino mío
de casa; les había indicado la iglesia y se había
hecho su mediador. Estaba feliz de enseñarles la iglesia y
de haber obtenido la reconciliación con el sacerdote a quien
conocía. Salió también una invitación a cenar, a la vuelta
de Italia. ¡Veremos si el puñetazo ha producido también un
buen plato de cordero asado!
¿Otra brizna de hierba? Un
viernes, en la iglesia, un grupo de chavales había sido
particularmente maleducado e insolente. Otros tres, mayores, lo presenciaban de
lejos. Al final me pidieron hablar. Con mucha educación me
hicieron todo tipo de preguntas, escuchando con respeto mis respuestas
y planteando con cortesía sus objeciones. Nos despedimos. A la
mañana siguiente un joven llamó: reconocí a uno de aquellos
tres. Me dio bombones: «Padre, acepte mi regalo. Le pido
excusas por esos chavales maleducados de ayer».
En otra ocasión
entraron dos muchachas: «Padre, ¿me reconoce?», me dice una. «¡Sí,
claro!». «Usted una vez me dijo que Jesús nunca usó
la espada. ¿Es así?». «Sí, es así». «Mahoma –me dice-
la utilizó, es verdad, pero sólo como última posibilidad...». «Jesús
–le respondo- ni siquiera como última posibilidad. Os envío como
corderos en medio de lobos, dijo, y Él mismo se
hizo cordero para ganar a los lobos. Si contra la
violencia usas la violencia, se hace doble violencia. Mal más
mal, igual a doble mal. Se necesita el doble de
bien para contener el mal. Si se desata un incendio,
¿qué haces? ¿Echas leña?». «No, agua». «Eso es, precisamente. Pero
no es fácil. Sin embargo, esto es el Evangelio. En
las manos de Jesús no está la espada, sino la
cruz...». Me siguió atenta, pero trastornada. ¿Por qué me maravillo?
¿Cuántos cristianos están no sólo trastornados, sino que ni siquiera
miran ya la cruz? No acogen ya la sabiduría, la
fuerza, la victoria de la cruz. Se han convertido a
la espada: en la vida pública y en la privada.
Si lo hace un musulmán, en el fondo no es
extraño: sigue a su fundador. Pero si lo hace un
cristiano, no sigue al propio Fundador, aunque tenga cruces por
todas partes, en el cuello, en casa, en cada campanario.
Otra pequeña y delicada brizna. En el avión, de regreso
de una reunión con el obispo en Iskenderun, había junto
a mí dos ancianos esposos y una joven muchacha, elegante
y graciosa. Los dos ancianos eran más bien descuidados e
inexpertos. La joven, con mucha delicadeza, les abrochó a los
dos los cinturones, se agachó al suelo a recoger algo
que se había caído, se prodigó en toda forma, no
con respeto, sino con veneración. Él seguía desgranado su rosario
musulmán, acompañando las manos con los labios pronunciando los 99
nombres de Dios. Ella, a su lado, callada y con
el velo puesto, daba la idea de sentirse contenta junto
a su marido en oración.
Ahora os hago entrever algo
de las estepa en la que a veces me resulta
fatigoso caminar, pero en la que con gusto me doy
por entero, buscando ser yo mismo una brizna de hierba,
aunque a veces me siento una rosa llena de punzantes
espinas. Cuando advierto que para defenderme de las espinas saco
las mías, me pongo bajo la cruz, la miro y
me vuelvo a proponer seguir a «mi» Fundador, aquél que
no usa ni espada ni espinas, sino que sufrió la
una y las otras para despedazar la espada y quitarnos
las espinas del resentimiento, de la enemistad, de la hostilidad.
Le pido que me de la gracia de «su» Espíritu
para tener a raya el mío.
Empecemos por los niños.
Junto a los sonrientes, afectuosos, respetuosos, se ha intensificado en
estos últimos meses una nube de lanzadores de piedras, de
perturbadores, de «pequeños provocadores» de todo tipo. Los niños son
el espejo del mundo de los adultos. En casa, en
la escuela, en televisión se dicen frecuentemente de nosotros, cristianos,
mentiras y calumnias. El resultado no puede ser sino la
mofa de esos «pequeños» a quienes Jesús quería consigo, pero
en relación con los cuales alertaba a cuantos les «escandalizan»,
esto es, cuantos son para ellos «motivo de tropiezo y
de inducción al mal». Me he acordado de cuando, de
niño, oía «hablar mal» de la única familia protestante de
mi pueblo, o de cuando oía decir que «todos los
turcos hacen cosas turcas». El mal que se recibe a
veces te vuelve a poner ante los ojos el mal
realizado, si bien olvidado. En otros momentos me vienen a
la mente las palabras de Job, sufriente, figura de la
pasión de Cristo: «Toda la reunión me acorrala... Hasta los
chiquillos me desprecian... me hacen burla» (Job, 16,7 y 19,18).
Estamos estudiando una estrategia aún mayor de afabilidad y acogida,
de silencio, de sonrisa, de persuasión.
Una familia de musulmanes
–se habían hecho cristianos antes de que yo llegara a
Trebisonda— me habló del llanto de sus niños en la
escuela cuando se decía toda clase de mal de los
cristianos. Hablaron de ello con el maestro recibiendo excusas y
un compromiso de mayor honestidad y corrección. Un padre de
familia, registrado como musulmán en el documento de identidad (en
Turquía en el carné de identidad se anota la religión),
desea regresar a la fe cristiana de sus antepasados. Pero
se enfrenta con los insultos y las amenazas de algunos
de su pueblo. «Si me atacan y yo respondo, ¿soy
aún cristiano?», me preguntaba preocupado y pensativo. «Sí –le respondía--
porque el Señor comprende tu debilidad. Pero recuerda que a
nosotros, cristianos, no nos es lícito el “ojo por ojo,
diente por diente”. Nosotros somos discípulos de Aquel que lleva
las llagas por todo su cuerpo y que dijo a
Pedro: “Mete la espada en la vaina...”». Contra el pecado
Jesús erigió como baluarte su cuerpo sacrificado y su sangre
derramada. El cristianismo nació de la sangre de los mártires,
no de la violencia como respuesta a la violencia. Un
joven, que por motivos sinceros y rectos se había acercado
a la iglesia, no resistió a la hostilidad de los
amigos, de los familiares, de los vecinos de casa y
a las «diligencias» de la policía que, aún garantizándole plena
libertad («Turquía es un Estado laico, eres libre», le dijeron),
le preguntaba en cualquier caso por qué iba, qué sucedía
en la iglesia y si conocía a fulano o mengano...
Una señora cristiana de nacionalidad rusa, casada con un musulmán
y madre de un niño, me contaba las vejaciones de
la suegra, el desprecio de los parientes por «pagana e
idólatra» y los repetidos empujes a hacerse musulmana. En cuanto
leyó, al entrar en la iglesia, una frase escrita en
ruso, se le iluminó el rostro. Le di una Biblia
en ruso y otros libros de oración también en ruso.
Se sintió por fin «libre» y «verdaderamente» hermana.
Permitidme ahora
una reflexión en voz alta, a la luz de cuanto
os he relatado. Se dice y se escribe con frecuencia
que en el Corán los cristianos son considerados los mejores
amigos de los musulmanes, de ellos se elogia la mansedumbre,
la misericordia, la humildad, también para ellos es posible el
paraíso. Es verdad. Pero es igualmente cierto lo contrario: se
invita a no tomarles en absoluto por amigos, se dice
que su fe está llena de ignorancia y de falsedad,
que es necesario luchar contra ellos e imponerles un tributo...
Cristianos y judíos son considerados creyentes y ciudadanos de segunda
categoría. ¿Por qué digo esto? Porque creo que aunque es
justo y un deber alegrarse de los buenos pensamientos, de
las buenas intenciones, de los buenos comportamientos y de los
pasos adelante, igualmente debe haber el convencimiento de que en
el corazón del Islam y en el corazón de los
Estados y de las naciones donde viven preponderantemente musulmanes debe
realizarse un pleno respeto, una plena estima, una plena igualdad
de ciudadanía y de conciencia.
Diálogo y convivencia no es
cuando se está de acuerdo con las ideas y las
elecciones ajenas (esto no se le pide a ningún musulmán,
a ningún cristiano, a ningún hombre), sino cuando se les
deja lugar junto a las propias y cuando se intercambia
como don el propio patrimonio espiritual, cuando a cada uno
le es dado poderlo expresar, testimoniar e introducir en la
vida pública, además de la privada. El camino por delante
es largo y no fácil. Dos errores creo que hay
que evitar: pensar que no es posible la convivencia entre
hombres de religión distinta, o bien creer que es posible
sólo infravalorando o dejando de lado los problemas reales, dejando
aparte los puntos en los que el chirrido es mayor,
ya tengan que ver con la vida pública o privada,
las libertades individuales o las comunitarias, la conciencia individual o
la disposición jurídica de los Estados.
La riqueza de Oriente
Medio no es el petróleo, sino su tejido religioso, su
alma empapada de fe, su ser «tierra santa» para judíos,
cristianos y musulmanes, su pasado marcado por la «revelación» de
Dios, además de una altísima civilización. Incluso la complejidad de
Oriente Medio no está ligada al petróleo o a su
posición estratégica, sino a su alma religiosa. El Dios que
«se revela» y al que «apasionadamente» se sirve es un
Dios que divide, un Dios que privilegia a uno contra
otro, y autoriza a uno contra otro.
En este corazón
a la vez «luminoso», «único» y «enfermo» de Oriente Medio
es necesario entrar: de puntillas, con humildad, pero también con
valor. La claridad va unida a la bondad. La ventaja
de nosotros, cristianos, al creer en un Dios inerme, en
un Cristo que invita a amar a los enemigos, a
servir para ser «señores» de la casa, a hacerse el
último para ser el primero, en un Evangelio que prohíbe
el odio, la ira, el juicio, el dominio, en un
Dios que se hace cordero y se deja golpear para
matar el orgullo y el odio en sí, en un
Dios que atrae con el amor y no domina con
el poder, es una ventaja que no hay que perder.
Es una «ventaja» que puede parecer «desventajosa» y perdedora, y
lo es a los ojos del mundo, pero es victoriosa
a los ojos de Dios y capaz de conquistar el
corazón del mundo. Decía San Juan Crisóstomo: Cristo apacienta corderos,
no lobos. Si nos hacemos corderos venceremos, si nos hacemos
lobos perderemos. No es fácil, como tampoco lo es la
cruz de Cristo siempre tentada por la fascinación de la
espada. ¿Habrá quien quiera regalar al mundo la presencia de
«este» Cristo? ¿Habrá quien quiera estar presente en este mundo
de Oriente Medio sencillamente como «cristiano», «sal» en la comida,
«levadura» en la masa, «luz» en la estancia, «ventana» entre
muros levantados, «puente» entre orillas opuestas, «ofrecimiento» de reconciliación? Hay
muchos, pero se necesitan muchos más. La mía es una
invitación además de una reflexión. ¡Venid!
Os dejo dándoos las
gracias por la acogida en las tres semanas transcurridas en
Roma. Deseo dar las gracias en particular a muchos párrocos
romanos y responsables de varias realidades estudiantiles que me han
invitado a tener encuentros o testimonios.
Doy gracias a Dios
por cuantos han abierto su corazón. Pero que esté aún
más abierto y sea aún más valiente. Que la mente
esté abierta a entender, el alma a amar, la voluntad
a decir «sí» a la llamada. Abiertos también cuando el
Señor nos guía por senderos de dolor y nos hace
saborear más la estepa que las briznas de hierba. El
dolor vivido con abandono y la estepa atravesada con amor
se convierte en cátedra de sabiduría, fuente de riqueza, seno
de fecundidad. Estaremos en contacto. Unidos en la oración os
saludo con afecto. Podéis escribir vuestros pensamientos, hacer vuestras preguntas,
expresar vuestras propuestas. Juntos se sirve mejor al Señor.
Don
Andrea Roma-Trebisonda, 22 enero 2006
Pocos días antes de ser
asesinado en Trebisonda (Turquía), el sacerdote italiano Andrea Santoro había
escrito esta carta a sus amigos y colaboradores de Roma.
Exactamente al mes de su muerte, el diario católico italiano
«Avvenire» publicó la misiva (5 de marzo de 2006), reconociendo
en ella «el amor por el pueblo turco», «la dificultad
del testimonio diario en una tierra donde el Islam dicta
su ley», «el ofrecimiento total de la existencia al ideal
cristiano y el presagio del sacrificio».
El padre Santoro, de
60 años, murió mientras oraba arrodillado en los últimos bancos
de su iglesia de la localidad del Mar Negro; recibió
dos disparos por la espalda –mientras se oyó el grito
de «Alá es grande»-- presuntamente de parte de un joven
que reconoció haber actuado movido por la rabia suscitada tras
la publicación en prensa occidental de las viñetas sobre Mahoma.
Sacerdote «fidei donum» de la diócesis de Roma, su desaparición
ha causado una fuerte conmoción. Benedicto XVI se ha referido
varias veces al testimonio de amor del padre Santoro.
El
obispo vicario del Papa para la diócesis de Roma, el
cardenal Camillo Ruini, al presidir en la Basílica romana de
San Juan de Letrán los funerales por el sacerdote –10
de febrerode 2006-, anunció su intención de abrir el proceso
de beatificación y canonización convencido de que en el padre
Santoro se dan los elementos constitutivos del martirio.
Durante su
última visita a Roma, el padre Santoro envió una breve
carta al Papa –fechada el 31 de enero— en nombre
de algunas fieles de su parroquia en Trebisonda, y se
unía a éstas invitando al Pontífice a visitarles en la
localidad turca. Benedicto XVI indicó la publicación de dicha carta (Zenit, 8 febrero 2006).
Consultas de Ecumenismo y
Diálogo interreligioso Foros de Catholic.net
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