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Autor: Prof. Alfonso Carrasco Rouco | Fuente: Clerus.org El influjo de la globalización sobre las religiones y religiosidad
La globalización pone de manifiesto que todas las religiones están llamadas al diálogo y a la colaboración
El influjo de la globalización sobre las religiones y religiosidad
La reflexión sobre las religiones y la religiosidad muestra bien
cómo el fenómeno de la globalización no puede ser reducido
de ninguna manera a la constitución de un mero mercado
global, sino que significa en primer lugar comunicación, conocimiento, presencia
consciente y relación mutua.
La globalización implica ciertamente la existencia de
contactos cada vez mayores con miembros de otras religiones; pero
su influencia más honda y significativa se refiere a la
percepción y a la conciencia misma de la propia religión
y de la religiosidad.
La interpelación primera afecta a la identidad
religiosa propia y exige superar ante todo el riesgo del
relativismo, es decir, la tentación de aceptar la imposibilidad de
alcanzar una verdad propiamente dicha sobre Dios, considerando las diferentes
religiones, al final, como meros fenómenos culturales más o menos
regionales.
Por esta vía se diluye la identidad de todas las
religiones, que se comprenden a sí mismas como propuestas verdaderas
para la vida del hombre, y desaparece el interés por
un diálogo real entre ellas, que, en cuanto tal, carecería
de sentido.
En esta perspectiva, la religiosidad misma del hombre es
reinterpretada a la medida de un agnosticismo típicamente moderno y
occidental, que, absolutizando su concepción de una razón instrumental y
cerrada a la trascendencia, hace violencia a las varias religiones,
pretendiendo su irrelevancia real, y multiplica las dificultades para el
respeto y el conocimiento mutuo.
El desafío de la globalización exige,
por el contrario, que las religiones puedan comunicar sus riquezas
espirituales y dar razón de su pretensión de verdad; de
esta manera, manteniendo el nexo intrínseco entre verdad, cultura y
religión, podrá darse un encuentro y un diálogo razonable entre
ellas, de extraordinaria relevancia para la convivencia pacífica en una
sociedad globalizada.
Será posible así, por un lado, reconocer unos principios
de humanidad comunes a todas las grandes religiones: el anhelo
de verdad y de bien, el significado de la libertad
de conciencia, el reconocimiento de los propios límites ante el
Misterio que fundamenta la realidad, etc.; lo que constituye base
imprescindible para un entendimiento entre las gentes. Por otra parte,
será posible comprender mejor que todos los hombres estamos en
camino hacia el Dios verdadero, de modo que se eviten
las tentaciones de totalitarismo y de imposición violenta, que pueden
surgir en toda tradición, religiosa o irreligiosa. Pues la revelación
misma de Dios constituye en realidad el don de un
camino verdadero hacia la plenitud de la vida, y su
pretensión se verificará inevitablemente situando realmente a la persona en
este camino, de modo que sea capaz de encontrarse con
todo hombre y alentarlo en la común búsqueda de la
verdad, compartiendo las propias riquezas espirituales, sin pretender en absoluto
haber agotado el conocimiento del misterio (FR 2).
La globalización pone
de manifiesto, por tanto, que todas las religiones están llamadas
al diálogo y a la colaboración en el camino de
los hombres hacia la plenitud que es Dios, el cual
es afirmado y amado precisamente como mayor que todo lo
que podemos pensar. En este proceso, los miembros de las
diferentes religiones habrán de dejar atrás limitaciones propias –y quizá
pecados–, abriéndose de nuevo a la verdad, siempre más grande.
La aceptación del agnosticismo, en cambio, la negación de la
verdad, cierra las vías de un diálogo verdadero, y contradice
en lo más íntimo a todos aquellos que creen
verdaderamente en su religión.
La globalización no pone, pues, en cuestión
la religiosidad, es decir, la búsqueda del Dios verdadero por
parte del hombre, sino que muestra más bien la inviabilidad
de una posición escéptica o agnóstica, racionalista, incapaz de acceder
a las riquezas propias de la vida de los hombres
y de los pueblos.
Prof. Alfonso Carrasco Rouco Facultad de Teología “San
Dámaso” Madrid
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