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Autor: Jesús de las Heras Muela | Fuente: Revista Ecclesia La necesidad esencial y vital del diálogo interreligioso
Criterios y caminos para el diálogo islamo-cristiano. Mesa redonda “Fundamentalismos y diálogo de religiones – Guadalajara, 14 de diciembre de 2006 – Salón de actos del Campus Universitario de Guadalajara
La necesidad esencial y vital del diálogo interreligioso
Con fecha 28 de octubre de 1965, el Concilio Vaticano
aprobaba la declaración conciliar "Nostra aetate" sobre las relaciones de
la Iglesia con las religiones no cristianas. El resultado
de la votación fue 2.221 votos a favor, 88 votos
en contra y 3 votos nulos. Participaron en la votación
2.312 padres conciliares.
"Nostra aetate", como recordó el Papa Benedicto XVI
a los embajadores de países islámicos acreditados ante la Santa
Sede el pasado 25 de septiembre, en el contexto de
la crisis desatada tras las interpretaciones de su discurso en
la Universidad de Ratisbona, es la brújula, la "carta magna"
para el diálogo islámico-católico.
La parábola del grano de mostaza
Fue el cardenal
Bea, presidente del entonces Secretariado para la Unidad de los
Cristianos, el gran impulsor y artífice de la declaración del
Concilio Vaticano II "Nostra aetate". El cardenal Bea incidía, a
la hora de explicar y comentar el texto, en la
imagen evangélica del grano de mostaza, que es la más
pequeña de las hortalizas, pero luego se convierte en un
gran árbol, pues de un texto pensado primero sólo para
el Judaísmo, se había pasado a un texto que afecta
a miles de millones de personas que profesan otras religiones.
Parábola también
del grano de mostaza es, a día de hoy, cuarenta
y un años después, el arbusto frondoso del que deberá
germinar y aposentarse el vivir y el poner en práctica
esta declaración conciliar. Son quizás pequeños, débiles y contradictorios algunos
de los pasos en el camino del diálogo interreligioso. Pero
están llamados a dar fruto en medio de un mundo
que, al menos en alguna influyente e importante medida y
proporción, no sólo se ha olvidado de Dios y prescinde
de Él, sino que positivamente pretende negarlo y marginarlo.
Uno de
los textos más significativos del Vaticano II
"Nostra aetate" es el más
breve de los documentos del Concilio Vaticano II. Fue
también uno de los que originó un debate más vivo
en el Aula y en su gestación y uno de
los que obtuvieron mayores repercusiones en la opinión pública, en
la Iglesia y en las mismas religiones. De él se
ha dicho que está en el corazón del Concilio Vaticano
II y que es uno de sus símbolos, uno de
sus documentos más emblemáticos como "Gaudium et spes", "Unitatis Redintegratio"
o "Dignitatis humanae".
Esta declaración sobre las religiones no cristianas no estaba
prevista en los esquemas preparatorios del Concilio. Su incorporación al
mismo fue una de las iniciativas del Papa Juan XXIII,
quien había sido arzobispo delegado apostólico en países cristianos no
católicos -Bulgaria- y en países no cristianos y de tan
amplísima mayoría islámica como Turquía. Juan XXIII encomendó al cardenal
Bea, presidente del Secretariado para la Unidad de los Cristianos,
la elaboración de un documento sobre Iglesia y Judaísmo, abierto
también a las otros religiones. El esquema básico de este
documento fue elaborado en 1961 por el cardenal Bea, en
un texto de siete páginas.
En 1964 suceden varios acontecimientos claves para
el desarrollo del Concilio y de la declaración "Nostra aetate".
Desde el 21 de junio del anterior, regía la Iglesia
Giovanni Batista Montini, con el nombre de Pablo VI, uno
de los grandes impulsores y apoyos de Juan XXIII en
la tarea conciliar. En 1964, Pablo VI viajaba a Tierra
Santa y a Bombay, publicaba su primera encíclica, "Ecclesiam suam",
y pronunciaba un célebre mensaje para el día de Pascua,
marcado por el acercamiento y al diálogo con el mundo
y con los no cristianos.
Lo que en octubre de 1965 será
la Declaración conciliar "Nostra aeta" es considerada, primero, con un
apéndice del documento conciliar sobre ecumenismo y después como un
apéndice sobre la Constitución dogmática sobre la Iglesia. Finalmente, ya
en la última sesión conciliar, se decide que sea un
texto independiente y propio, que es votado, con el resultado
ya indicado, el 28 de octubre de 1965, en la
misma fecha que son aprobados otros documentos conciliares.
Un documento profético
y necesario
La finalidad de "Nostra aetate" no es tanto teológica o
fenomenológica sino práctica y pastoral. El Concilio intenta mostrar lo
que los hombres de las distintas religiones tienen en común
para promover el diálogo y la colaboración entre todos. "Nostra
aetate" tuvo y tiene gran importancia en sí misma y
en su valor y carácter profético y marcaba una nueva
actitud de cercanía, diálogo e intercolaboración necesarias entre los distintos
creyentes en Dios desde los principios de la paternidad universal
de Dios y su voluntad salvífica universal y desde los
principios evangélicos del amor y del perdón mutuo.
"Nostra aetate" proclama que
la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas
otras religiones hay de verdadero y de santo y que
intentan dar respuesta a las más recónditas preguntas del ser
humano. Asimismo, expresa su rechazo más absoluto a toda discriminación
por causa de la Religión. "Nostra aetate" tienen como principales
destinatarios los seguidores del Judaísmo y del Islamismo.
En
dos de sus párrafos más significativos podemos leer: "La Iglesia
católica no rechaza nada de lo que estas religiones es
verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de
obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque
discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no
pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad
que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la
obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es camino,
verdad y vida, en quien los hombres encuentran la plenitud
de la vida religiosa, en que Dios reconcilió consigo todas
las cosas.
Así, pues, exhorta a sus hijos a que, con
prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con
los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y
vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y
morales, así como los valores socio-culturales que se encuentren en
ellos".
El número 3 de "Nostra aetate"
El número 3 de esta declaración
conciliar está dedicada a los musulmanes. Las principales afirmaciones recogidas
en este número son las siguientes: la mirada de aprecio
de la Iglesia hacia los creyentes musulmanes, la concordancia en
la creencia en un Dios viviente, subsistente, misericordioso, todopoderoso y
creador del cielo y de la tierra, la existencia -en
distinta gradación y relevancia- en ambos religiones de personajes comunes
como Abraham, Jesucristo (lo veneran como profeta, aunque no lo
reconocen como Dios) o María Virgen, a quien incluso honran
devotamente.
Islamismo y Cristianismo, también con diferencias, mantienen una teología de
la trascendencia o escatología: "Esperan el día del juicio, cuando
Dios recompensará a todos los hombres, una vez que hayan
resucitado".
Islamismo y Cristianismo son religiones del libro, de la Revelación
de Dios a través de un Libro sagrado (el Corán
y la Biblia, respectivamente, aun cuando difieren sustancialmente en el
concepto de inspiración).
Por último, el Islam "aprecia la vida moral y
venera a Dios, sobre todo con la oración, las limosnas
y el ayuno". De ahí, y pesar de las tan
notabilísimas diferencias teológicas, el Concilio, recordando las no pocas disensiones
y enemistades del pasado entre cristianos y musulmanes, exhorta a
que, "olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua, promuevan
juntos la justicia social, los bienes morales, la paz
y la libertad para todos los hombres".
Benedicto XVI, amigo y
apóstol de diálogo
Y en estas, en este marco dibujado por el
Concilio Vaticano II, se mueven Benedicto XVI y sus distintas
alocuciones al mundo islámico, incluido su célebre y polémico discurso
en la Universidad de Ratisbona, en la tarde del pasado
12 de septiembre.
¿Qué dijo el Papa en Ratisbona? El tema de
su largo y magistral discurso era la relación entre fe
y razón, tal y como indicaba su mismo título: "Fe,
Razón y Universidad". El islamismo no es la clave de
este discurso, sino que para llegar a las tesis del
mismo (fundamentalmente, que la religión se apoya en la razón
y no en la violencia y en la necesidad de
que las religiones contribuyan a presentar la idea racional y
necesaria de Dios a un mundo como el nuestro que
excluye a Dios de su vida) utiliza un coloquio de
finales de siglo XIV acerca del diálogo islamo-cristiano. Aquí entra
en escena el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y su
referencia brusca -"incomprensiblemente brusca"- sobre la "yijad" y sobre Mahoma.
La valoración que Manuel II Paleólogo hace de Mahoma no
expresa en modo alguno el pensamiento del Papa, quien calificó
de "comprensible" el malestar de ciertos sectores del Islam sobre
la frase del emperador.
Benedicto XVI buscaba en su
discurso seis grandes objetivos:
1.- La racionalidad de la transmisión
de la fe.
2.- La religión no va unida a
la violencia, sino a la razón.
3.- Es necesario el
diálogo de la fe cristiana con el mundo moderno y
con todas las culturas y religiones.
4.- Las religiones, desde
estas premisas y desde a la coherencia a ellas, han
de exigir y cooperar al verdadero respeto a lo sagrado.
5.- Las religiones que adoran a un único Dios
han de contribuir, también conjuntamente, a la defensa y promoción
de la justicia social, los valores morales, la paz y
la libertad.
6.- Por fin, Benedicto XVI pretendía así dar
un impulso y un aliento en pro de un diálogo
positivo, incluso autocrítico, tanto entre las religiones como la razón
moderna y la fe de los cristianos.
Estos planteamientos de Benedicto XVI
-presentes en su discurso de Ratisbona y desarrollados más concretamente
en su alocución de la audiencia general del miércoles 20
de septiembre de 2006- no son nuevos en su magisterio.
Ya se refirió a ellos en su primera homilía del
25 de abril de 2005. Especial desarrollo de estas ideas
hizo en Colonia, en un encuentro del 20 de agosto
de 2005 con la comunidad islámica en esta ciudad alemana.
Y sobre ellos abundó en Castelgandolfo el 25 de septiembre
pasado, en su encuentro con los embajadores islámicos, y en
Ankara, en su entrevista y posterior discurso en el Consejo
de Asuntos Religiosos de Turquía, el 28 de noviembre.
Decálogo para
las relaciones islamo-cristianas
La
fe cristiana, amiga de la inteligencia y solícita con los
necesitados –que afirmara certera y bellamente el Papa en Verona
el pasado 19 de octubre- es también servidora del diálogo.
Desde
estos principios y con todos los elementos de juicio desarrollados
en esta exposición, podemos establecer el siguiente decálogo sobre cómo
ha de ser las relaciones islamo-cristianas:
1.- Es preciso el mutuo conocimiento
de los contenidos teológicos, de las tradiciones, de las praxis
propias del islamismo y del cristianismo, desde el respeto a
la identidad del otro y evitando la burla, la desconfianza,
el estereotipo.
2.- Este conocimiento mutuo se ha de traducirse también en
respeto, aprecio y amistad. Nos somos rivales ni mucho menos,
enemigos.
3.-
Hay que superar activamente los distanciamientos y enfrentamientos del pasado,
que fueron un error, que jamás debe repartirse, promoviendo caminos
de reconciliación verdadera. Para ello hay que asumir la historia,
sino afanes revisionistas.
4.- Debe asimismo promoverse un diálogo verdadero, positivo y
autocrítico. Se trata de un diálogo imprescindible para contribuir a
la construcción conjunta de un mundo "de paz y de
fraternidad".
5.- Se trata de un diálogo, no fruto de una
coyuntura particular, sino expresión de una "necesidad vital, de la
cual depende en parte nuestro futuro" y fruto de la
misma identidad y espiritualidad religiosa.
6.- Los caminos del auténtico
diálogo interreligioso pasan por la solidaridad y la colaboración. Son
caminos asimismo de humildad, de perseverancia, de sinceridad.
7.- Es necesario tomar
conciencia de la actual situación del mundo, marcada por el
relativismo y que demasiado frecuentemente excluye la trascendencia de la
universalidad de la razón y de su estrecha vinculación y
lógica con la fe. En este sentido, cristianos y musulmanes
deben rechazar toda discriminación que venga por causa de la
religión, apoyando y basando la religión en el encuentro fecundo
entre razón y fe y excluyendo todo amparo, toda justificación
de la violencia, del uso de la fuerza y de
los fanatismos fundamentalistas, tanto en sus expresiones públicas como en
sus manifestaciones y vivencias internas y privadas.
8.- La reciprocidad es una
de las claves esenciales de este diálogo y relación entre
religiones, sobre todo, en lo referente a la libertad religiosa
y a la libertad de culto. A este respecto, es
especial luminoso el discurso del Papa Juan Pablo II, en
Casablanca (Marruecos), en agosto de 1985.
9.- Cristianos y musulmanes han de
prestar un servicio conjunto a la justicia social, a los
valores morales, a la paz y a la libertad.
10.- Cristianos y
musulmanes han de dar testimonio de perdón, de reconciliación y
de amor. De ese amor, de esa caridad a la
que aludía el Papa Gregorio VII, a finales del siglo
XI, "porque nosotros -cristianos y musulmanes- creemos en un solo
Dios, aunque de manera diferente, y porque lo veneramos y
lo alabamos todos los días como creador y soberano del
mundo".
APENDICES
Un luminoso y esperanzador ejemplo:
La oración en la mezquita
azul de Estambul
Era la tarde del jueves 30 de noviembre
de 2006. Era la oración íntima y personal del Papa
en la mezquita azul de Estambul, en el segundo recinto
más sagrado del Islamismo. No era oración litúrgica, revestida de
connotaciones externas de la liturgia y de la devoción cristiana.
Era oración privada y personal.
Duró un minuto. Un minuto de
recogimiento y de meditación. ¡Un minuto que condensa tanto tiempo,
tanta espera, tanta siembra! Un minuto para la historia y
para la eternidad. El rostro del Papa reflejaba dulzura, gozo,
confianza, acogida y esperanza. Vestía su blanca e inmaculada sotana
papal. Tenía las manos cruzadas debajo del pecho; los ojos
cerrados; los pies descalzos; la mente serena y luminosa, como
siempre; las palabras, entonces silentes, apacibles y verdaderas; y el
corazón abierto de par en par.
¿Qué pensaría el Papa? ¿Que
musitaría el Papa? ¿Cuál sería su plegaria? A buen seguro
que daba gracias a Dios por el decurso de su
viaje -el más difícil- a Turquía, puente entre Oriente y
Occidente, encrucijada de religiones y de cultura, corazón del Islam.
A buen seguro que recordó los días siguientes a su
discurso en Ratisbona. Y dio gracias a Dios -al Único
Dios verdadero- que, en menos de dos meses, le ha
permitido ser instrumento tan eficaz de paz, de diálogo y
de reconciliación.
Aquel minuto suyo de recogimiento y de oración mirando
a La Meca vale, sí, por todas las polémicas, como
las vividas tras su discurso en la Universidad de Ratisbona.
Aquel minuto suyo de plegaria iluminada, junto al Gran Mutfi
de Estambul, es una encíclica: la encíclica del diálogo interreligioso,
del servicio a la paz, la intercolaboración y la convivencia
entre culturas y religiones. Es la encíclica de la profesión
en el Dios creador del cielo y de la tierra,
viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso. En el Dios, en
suma, que es y es Amor.
Fue, es la encíclica de la
existencia de Dios y de su Bondad. De la demostración,
en soledad sonora, de Dios. De la trascendencia y del
valor preeminente de la Religión, fundada siempre en la razón.
Fue, es la encíclica que refuta, sin palabras, pero con
la fuerza del testimonio vivo, teorías y prácticas de un
mundo sin Dios, de un hombre sin alma, de una
vida sin trascendencia. Fue, es la encíclica sin palabras de
un humilde, perseverante y eficiente trabajador de la viña del
Señor, de un cooperador espléndido de la verdad.
Las siete peticiones
de perdón del 12 de marzo de 2000
Uno de los actos
más significativos del Gran Jubileo Romano del Año Santo 2000
tuvo lugar en la basílica de San Pedro de Roma
en la mañana del domingo 12 de marzo de 2000,
primer domingo de cuaresma. Se trataba de la celebración de
petición de perdón por los pecados y los errores del
pasado. Un impresionante Cristo románico presidía la celebración. Ante él,
postrado y ya anciano y enfermo, Juan Pablo II se
inclinó varias en petición de perdón.
A lo largo de la celebración,
insertada dentro del rito penitencial de la Eucaristía de aquel
primer domingo de cuaresma -tiempo litúrgico propicio para el perdón,
la reconciliación y la misericordia-, se realizaron siete peticiones concretas
de perdón de los yerros cometidos por la Iglesia católica
y por sus hijos.
La segunda era la confesión de las culpas
cometidas al servicio de la verdad, con alusión expresa al
empleo de métodos no evangélicos y de intolerancia en este
servicio a la verdad. La invocación de petición de perdón
fue realizada por el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe.
En la quinta petición
se imploró el perdón por los comportamientos contra el amor,
la paz, los derechos de los pueblos y el respeto
de las culturales y de las religiones. En la oración
correspondiente, proclamada por el arzobispo Stephan Fumio Hamao, entonces presidente
del Consejo Pontificio para la Pastoral de Migraciones, se aludía
a las veces que los hijos de la Iglesia habían
cedido a la lógica y al uso de la fuerza
y habían despreciado a las culturas y religiones.
Por fin, la séptima
petición se refería a las acciones contrarias los derechos fundamentales
de las personas, uno de los cuales -el más sagrado
y base y fundamento de los demás- es el derecho
a la libertad religiosa. Esta petición de perdón fue efectuada
por el cardenal ya difunto François Xavier Nguyen van Thúan,
quien fue prisionero durante años en Vietnam por razones religiosas,
y quien era entonces presidente del Consejo Pontificio Justicia y
Paz.
La
primera petición de perdón versaba sobre los pecados en general,
por los pecados que han comprometido la unidad del
cuerpo de Cristo, la cuarta las culpas en relación con
Israel y la sexta la confesión de los pecados que
han herido la dignidad de la mujer y la unidad
del género humano. Los textos correspondientes fueron pronunciados por los
cardenales Bernardin Gantin, Roger Etchegary, Edward Idris Cassidy y Francis
Arinze.
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