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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.vatican.va Encuentro con los representantes de otras religiones
Encuentro interreligioso en la sala capitular de la catedral de Santa María (Sydney, 18 de julio de 2008)
Encuentro con los representantes de otras religiones
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A SYDNEY (AUSTRALIA)
CON OCASIÓN DE LA XXIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (13
- 21 DE JULIO DE 2008)
ENCUENTRO CON LOS
REPRESENTANTES DE OTRAS RELIGIONES
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Sala capitular
de la Catedral de Santa María de Sydney Viernes 18 de
julio de 2008
Queridos amigos:
Dirijo un cordial saludo de
paz y amistad a todos los que estáis aquí en
representación de las diversas tradiciones religiosas presentes en Australia. Me
alegra tener este encuentro y doy las gracias al Rabino
Jeremy Lawrence y al Mohamadu Saleem por las palabras de
bienvenida que me han dirigido, en su nombre y en
nombre de vuestras respectivas comunidades.
Australia es famosa por la
amabilidad de sus habitantes con el prójimo y el turista.
Es una nación que tiene en gran consideración la libertad
religiosa. Vuestro País reconoce que el respeto de este derecho
fundamental da a los hombres y mujeres la posibilidad de
adorar a Dios según su conciencia, de educar el espíritu
y de actuar según las convicciones éticas que se derivan
de su credo.
La armoniosa correlación entre religión y vida
pública es especialmente importante en una época en la que
algunos han llegado a pensar que la religión es causa
de división en vez de una fuerza de unidad. En
un mundo amenazado por siniestras e indiscriminadas formas de violencia,
la voz concorde de quienes tienen un espíritu religioso impulsa
a las naciones y comunidades a solucionar los conflictos con
instrumentos pacíficos en el pleno respeto de la dignidad humana.
Una de las múltiples modalidades en que la religión se
pone al servicio de la humanidad consiste en ofrecer una
visión de la persona humana que subraya nuestra aspiración innata
a vivir con magnanimidad, entablando vínculos de amistad con nuestro
prójimo. Las relaciones humanas, en su íntima esencia, no se
pueden definir en términos de poder, dominio e interés personal.
Por el contrario, reflejan y perfeccionan la inclinación natural del
hombre a vivir en comunión y armonía con los otros.
El
sentido religioso arraigado en el corazón del ser humano abre
a hombres y mujeres hacia Dios y los lleva a
descubrir que la realización personal no consiste en la satisfacción
egoísta de deseos efímeros. Nos guía más bien salir
al encuentro de las necesidades de los otros y a
buscar caminos concretos para contribuir al bien común. Las religiones
desempeñan un papel particular a este respeto, en cuanto enseñan
a la gente que el auténtico servicio exige sacrificio y
autodisciplina, que se han de cultivar a su vez mediante
la abnegación, la templanza y el uso moderado de los
bienes naturales. Así, se orienta a hombres y mujeres a
considerar el entorno como algo maravilloso, digno de ser admirado
y respetado más que algo útil y simplemente para consumir.
Un deber que se impone a quien tiene espíritu religioso
es demostrar que es posible encontrar alegría en una vida
simple y modesta, compartiendo con generosidad lo que se tiene
de más con quien está necesitado.
Amigos, estos valores –estoy seguro
que estaréis de acuerdo– son particularmente importantes para una adecuada
formación de los jóvenes, que frecuentemente están tentados de considerar
la vida misma como un producto de consumo. Sin embargo,
también ellos tienen capacidad de autocontrol. De hecho, en el
deporte, en las artes creativas o en los estudios, están
dispuestos a aceptar de buena gana estos compromisos como un
reto. ¿Acaso no es cierto que, cuando se les presentan
altos ideales, muchos jóvenes se sienten atraídos por el ascetismo
y la práctica de la virtud moral, tanto por respeto
de sí mismos como por atención hacia los demás? Disfrutan
con la contemplación del don de la creación, y se
sienten fascinados por el misterio de lo trascendente. En esta
perspectiva, tanto las escuelas confesionales como las estatales podrían hacer
más para desarrollar la dimensión espiritual de todo joven. En
Australia, como en otros lugares, la religión ha sido un
factor que ha motivado la fundación de muchas instituciones educativas,
y por buenas razones sigue teniendo hoy un puesto en
los programas escolares. El tema de la educación aparece con
frecuencia en las deliberaciones de la Organización Interfaith Cooperation for
Peace and Harmony, y aliento vivamente a los que participan
en esta iniciativa a continuar en su análisis de los
valores que integran las dimensiones intelectuales, humanas y religiosas de
una educación sólida.
Las religiones del mundo dirigen constantemente su
atención a la maravilla de la existencia humana. ¿Quién puede
dejar de asombrarse ante la fuerza de la mente que
averigua los secretos de la naturaleza mediante los descubrimientos de
la ciencia? ¿Quién no se impresiona ante la posibilidad de
trazar una visión del futuro? ¿Quién no se sorprende ante
la fuerza del espíritu humano, que establece objetivos e indaga
los medios para lograrlos? Hombres y mujeres no solamente están
dotados de la capacidad de imaginar cómo podrían ser mejores
las cosas, sino también de emplear sus energías para hacerlas
mejores. Somos conscientes de lo peculiar de nuestra relación con
el reino de la naturaleza. Por tanto, si creemos que
no estamos sometidos a las leyes del universo material del
mismo modo que el resto de la creación, ¿no deberíamos
hacer también de la bondad, la compasión, la libertad, la
solidaridad y el respeto a cada persona un elemento esencial
de nuestra visión de un futuro más humano?
La religión,
además, al recordarnos la limitación y la debilidad del hombre,
nos impulsa también a no poner nuestras esperanzas últimas en
este mundo que pasa. El hombre «es igual que un
soplo; sus días una sombra que pasa» (Sal 143, 4).
Todos nosotros hemos experimentado la desilusión por no haber logrado
cumplir aquel bien que nos propusimos realizar y la dificultad
de tomar la decisión justa en situaciones complejas. La Iglesia
comparte estas consideraciones con las otras religiones. Impulsada por la
caridad, se acerca al diálogo en la convicción de que
la verdadera fuente de la libertad se encuentra en la
persona de Jesús de Nazaret. Los cristianos creen que es
Él quien nos revela completamente las capacidades humanas para la
virtud y el bien; Él es quien nos libera del
pecado y de las tinieblas. La universalidad de la experiencia
humana, que transciende las fronteras geográficas y los límites culturales,
hace posible que los seguidores de las religiones se comprometan
a dialogar para afrontar el misterio de las alegrías y
los sufrimientos de la vida. Desde este punto de vista,
la Iglesia busca con pasión toda oportunidad para escuchar las
experiencias espirituales de las otras religiones. Podríamos afirmar que todas
las religiones aspiran a penetrar el sentido profundo de la
existencia humana, reconduciéndolo a un origen o principio externo a
ella. Las religiones presentan un tentativo de comprensión del cosmos,
entendido como procedente de dicho origen o principio y encaminado
hacia él. Los cristianos creen que Dios ha revelado este
origen y principio en Jesús, al que la Biblia define
«Alfa y Omega» (cf. Ap 1, 8; 22, 1).
Queridos amigos,
he venido a Australia como embajador de paz. Por eso
me alegra encontrarme con vosotros que también compartís este anhelo
y el deseo de ayudar al mundo a conseguir la
paz. Nuestra búsqueda de la paz procede estrechamente unida a
la búsqueda del sentido, pues descubriendo la verdad es como
encontramos el camino hacia la paz (cf. Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2006). Nuestro esfuerzo para llegar
a la reconciliación entre los pueblos brota y se dirige
hacia esa verdad que da una meta a la vida.
La religión ofrece la paz, pero –lo que es más
importante aún– suscita en el espíritu humano la sed de
la verdad y el hambre de la virtud. Que podamos
animar a todos, especialmente a los jóvenes, a contemplar con
admiración la belleza de la vida, a buscar su último
sentido y a comprometerse en realizar su sublime potencial.
Con estos
sentimientos de respeto y aliento os confío a la providencia
de Dios omnipotente, y os aseguro mi oración por vosotros
y por vuestros seres queridos, por los miembros de vuestras
comunidades y por todos los habitantes de Australia.
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