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Autor: Joaquin Navarro Valls | Fuente: mexicosiemprefiel.com Un viaje de mil años de duración
Comentario de Joaquin Navarro Valls, ex vocero de la Santa Sede, al viaje de Benedicto XVI a Turquía publicado originalmente en el diario El País (28 nov 2006)
Un viaje de mil años de duración
En el viaje a Turquía que Benedicto XVI inicia hoy
no habrá papamóvil. El uso de tan peculiar vehículo comenzó
en 1979 durante el primer viaje a México de Juan
Pablo II. A pesar de la difundida opinión de que
se recurrió a él para proteger al Papa, la verdad
es que empezó a utilizarse para hacer al Pontífice visible
a los fieles. Sólo sucesivamente, tras el atentado de 1981,
experimentó el papamóvil las modificaciones que conocemos, con el añadido
de cristales blindados, de manera que siguiera siendo posible el
contacto con la gente, salvaguardando a la vez la incolumidad
del Pontífice.
En Turquía, sin embargo, no habrá multitud alguna. Los
pocos cristianos que estén presentes en Estambul -menos aún habrá
en Ankara- no se agolparán en las calles, sino que
aguardarán a Benedicto XVI en la iglesia local. Los musulmanes
interesados por la presencia del Papa en Turquía, por su
parte, tal vez estén más atareados en dejarse ver en
la nueva veste de progresiva fusión del sector nacionalista y
del ala fundamentalista islámica, alarmante realidad que por lo demás
podría ser la causa de la decisión de algunas autoridades,
explicable en clave interna, de desdeñar este viaje.
El moderno Estado
turco es relativamente reciente. Fue fundado por Mustafá Kemal Atatürk
en 1923, y adoptó, desde sus orígenes, una ordenación institucional
rigurosamente laica. La Constitución actualmente en vigor, a pesar de
dos golpes de Estado y de muchos años de crisis
económica, ha mantenido ese carácter no confesional de los orígenes.
La singularidad única de la capital, Estambul, antigua Constantinopla, reside
en el hecho de ser la encrucijada de tres grandes
confesiones monoteístas presentes en Oriente: cristianos católicos, ortodoxos, musulmanes.
Este viaje
de Benedicto XVI es la tercera visita que un Papa
realiza a Turquía. La primera fue la de Pablo VI
en 1967, marcada por el célebre encuentro con el Patriarca
Athenágoras, significativo jalón del ecumenismo entre las iglesias cristianas. La
segunda fue la de Juan Pablo II en 1979. En
ambos casos, ninguno de los dos pontífices hizo mención a
la mayoría musulmana del país. Sólo Pablo VI, citando la
Declaración Nostra Aetate, dirigió desde Estambul un saludo breve y
formal en francés al líder de los musulmanes. Juan Pablo
II, en su encuentro con las autoridades turcas, ni siquiera
pronunció la palabra islam.
Esta actitud de los predecesores de Benedicto
XVI se debía fundamentalmente a la consideración por el carácter
laico del Estado y la ordenación de la República turca
inaugurada con Atatürk, además de al respeto por la libertad
religiosa. Hoy, sin embargo, la situación ha cambiado completamente. Tenemos,
por un lado, la fundamental cuestión de los derechos humanos,
que demora el ingreso de Turquía en la Unión Europea,
y tenemos también, por otro, la cuestión del islam. Esta
última se deriva de la explosión del integrismo tras el
11 de septiembre, y hace particularmente delicada la visita de
Benedicto XVI. De hecho, son muchos quienes se preguntan incluso
por los porqués de un viaje tan poco en consonancia
con la lógica política del momento.
Si las reacciones integristas tras
el discurso de septiembre en Ratisbona hablan por sí mismas,
las relaciones con los ortodoxos, por su parte, aparentemente no
parecen prometer grandes logros. Como es sabido, las dos grandes
iglesias cristianas siempre viajaron en paralelo y en unión durante
el primer milenio, mientras que en el segundo vivieron separadas.
El Gran Cisma tuvo lugar formalmente en 1054, concretamente cuando
el Papa León IX y el Patriarca Miguel I Cerulario
se excomulgaron mutuamente, aunque el divorcio institucional no hizo más
que rubricar de manera definitiva una separación cultural y lingüística
entre Oriente y Occidente que se remontaba a los tiempos
de los Padres de la Iglesia.
Algunos historiadores han subrayado
que el motivo fundamental de la división fue la reivindicación
por el obispo de Roma de su primacía sobre los
cuatro patriarcados de Oriente, aunque tal vez haya que detenerse
a reflexionar sobre los verdaderos motivos políticos que estaban en
juego, y por encima de todas las relaciones entre religión
y política. En efecto, si desde la misma época del
papa Gelasio I subsiste en Occidente una clara distinción entre
religión y Estado, o, como recita el título de una
obra del canonista francés Hugo de Fleury, entre realeza y
sacerdocio, en Oriente esa distinción nunca se planteó de la
misma manera.
Constantinopla se convirtió, a partir del siglo IV, en
la capital del mundo, y el Emperador de Oriente era
al mismo tiempo rey y sacerdote, sin una clara distinción
entre política y religión. Tampoco el islam, por su parte,
ha distinguido siempre ambos niveles, y el carácter laico integral
reivindicado por el Estado turco fue también una respuesta ante
esta confusión de niveles presente en las actitudes religiosas del
pueblo.
Debe reconocerse que la gran novedad de hoy son las
buenas relaciones entre el Patriarcado Ortodoxo y la Iglesia Católica.
En esta ocasión, en efecto, cada uno de los máximos
dirigentes tomará parte en las funciones religiosas del otro. El
Papa asistirá a la liturgia ortodoxa en el Fanar, mientras
el Patriarca asistirá a la liturgia católica en la catedral
de Estambul. El Papa y el Patriarca se hablan, se
escriben, se mandan invitaciones que vienen aceptadas por ambos y
correspondidas. Nadie hubiera podido prever un comportamiento análogo no sólo
hace cien años, sino ni siquiera hace cincuenta. Si en
la época del viaje de Pablo VI la visita y
el encuentro con el Patriarca supusieron un acontecimiento único, una
frontera inigualable del ecumenismo, ahora nos hallamos ante una reciprocidad
de relaciones estable y habitual.
Hay que tener en cuenta, sin
embargo, que la situación de las minorías étnicas y religiosas
no es de las mejores en Turquía. Nos encontramos a
menudo frente a una situación de emergencia que afecta tanto
a la Iglesia católica como a la ortodoxa. Este contexto
hace que las relaciones entre cristianos sean muy semejantes a
las existentes en el primer milenio, cuando el Papa y
el Patriarca se consideraban, a pesar de todo, unidos en
la defensa de la libertad religiosa. Por esto no pueden
desconocerse las importantes expectativas que los ortodoxos alimentan ante la
presencia en Turquía del Papa, especialmente y sobre todo en
materia de defensa de los derechos humanos. En este sentido,
no hace mucho que el Patriarca declaró que todos confiaban
en una explícita declaración del Papa en favor de la
defensa de las "minorías", un eufemismo que es sinónimo del
derecho a la libertad religiosa, en lo que atañe sobre
todo al derecho a la expresión auténtica de los respectivos
cultos.
Actualmente, la actitud del Papa se distingue de la
de los otros líderes religiosos, cristianos o no. Benedicto XVI
quiere transmitir un testimonio de abnegación y de sobriedad, revelando
el profundo y exclusivo sentido religioso de la misión que
lleva a cabo. No actúa siguiendo una lógica de utilidad
política, precisamente porque, en caso contrario, en la situación actual,
no habría proyectado en absoluto un viaje como éste, en
un momento como el presente.
El Papa acude a Oriente
para llevar un mensaje de identidad y de paz, un
testimonio personal del esfuerzo y de la responsabilidad que tal
objetivo conlleva, con la misma mentalidad con la que Juan
Pablo II fue a llevar al pueblo de Israel en
Tierra Santa un mensaje de perdón. La carta que lleva
Benedicto XVI esta vez no será depositada en el Muro
de las Lamentaciones, sino entregada con el calor -y digámoslo
también, con el riesgo- de una presencia personal.
Tales expectativas no
son un asunto marginal porque en Turquía las minorías religiosas
padecen la falta de un reconocimiento de tipo jurídico que
salvaguarde las distintas identidades y sus relaciones mutuas, mientras que
el derecho a la libertad religiosa corresponde al artículo 18
de la Declaración Universal de los Derechos humanos y constituye
un elemento irrenunciable de legitimación internacional.
El viaje del Papa es,
en todo caso, un itinerario que viene de lejos, un
camino iniciado ya hace tiempo, de un milenio de duración
y que en los últimos años ha acelerado sus pasos.
Y llevar un mensaje de adyacente identidad implica siempre, además
del peligro de ser "usado", una generosa apertura que no
es exclusivamente política, que no se deja interpretar en los
márgenes de un limitado y coyuntural cálculo de intereses.
No se
trata en este caso de unir o de defender Occidente
de la expansión de la violencia integrista, ni mucho menos
de atrincherar a la Iglesia en una identidad semejante a
la cárcel de un rey; se trata, por el contrario,
de escuchar y de mostrar auténticamente lo que se es,
cómo se piensa, qué valor tienen las propias ideas y
las propias convicciones. Y es que, en realidad, lo que
impulsa el Papa al encuentro de Estambul se parece mucho
a esas motivaciones que Thomas Mann definía "consideraciones impolíticas". Y
hoy resulta realmente indispensable que alguien dé un paso audaz
en esa dirección, por más que pueda costar desde un
punto de vista personal.
Es evidente, sin duda, que nos hallamos
ante una gran cita de la historia, y este importante
encuentro de mutuo reconocimiento de la identidad común sólo podrá
realizarse con el concurso de todos y sólo si todos
tienen el coraje de vencer el temor más peligroso e
insidioso que existe, el terror a afrontar el propio tiempo.
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