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Ecumenismo y Diálogo interreligioso | sección
Diálogo interreligioso | categoría
Diálogo con el Judaísmo | tema
Autor: S.S. Juan Pablo II
El diálogo con los judíos
Esta actitud de diálogo entre cristianos y judíos no sólo expresa el valor general del diálogo entre las religiones, sino también la participación en el largo camino que lleva del Antiguo Testamento al Nuevo
 


28 de abril de 1999

1. El diálogo interreligioso que la carta apostólica Tertio millennio adveniente impulsa como aspecto característico de este año dedicado en especial a Dios Padre (cf. no. 52-53), atañe ante todo a los judíos «nuestros hermanos mayores», como los llamé con ocasión del memorable encuentro con la comunidad judía de la ciudad de Roma el 13 de abril de 1986 (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 1). Reflexionando en el patrimonio espiritual que tenemos en común, el concilio Vaticano II, especialmente en la declaración Nostra aetate, dio una nueva orientación a nuestras relaciones con la religión judía. Es preciso profundizar cada vez más esa doctrina, y el jubileo del año 2000 podrá representar una ocasión magnífica de encuentro, posiblemente en lugares significativos para las grandes religiones monoteístas (cf. Tertio millennio adveniente, 53).

Es sabido que, por desgracia, la relación con nuestros hermanos judíos ha sido difícil desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestro siglo. Pero en esta larga y atormentada historia no han faltado momentos de diálogo sereno y constructivo. Conviene recordar, al respecto, el hecho significativo de que el filósofo y mártir san Justino, en el siglo II, dedicó su primera obra teológica, que lleva por título precisamente «Diálogo», a su confrontación con el judío Trifón. Asimismo, hay que señalar que la perspectiva del diálogo se halla muy presente en la literatura neojudía contemporánea, la cual ha ejercido gran influjo en el pensamiento filosófico y teológico del siglo XX.

2. Esta actitud de diálogo entre cristianos y judíos no sólo expresa el valor general del diálogo entre las religiones, sino también la participación en el largo camino que lleva del Antiguo Testamento al Nuevo. Hay un largo tramo de la historia de la salvación que los cristianos y los judíos contemplan juntos. «A diferencia de otras religiones no cristianas, la fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la antigua alianza» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 839). Esta historia se halla iluminada por una inmensa multitud de personas santas cuya vida testimonia la posesión en la fe, de lo que se espera. La carta a los Hebreos pone de relieve precisamente esta respuesta de fe a lo largo de la historia de la salvación (cf. Hb 11).

El testimonio valiente de la fe debería marcar también hoy la colaboración de cristianos y judíos para proclamar y actuar el designio salvífico de Dios en favor de la humanidad entera. El hecho de que ese designio sea interpretado de forma diversa con respecto a la aceptación de Cristo implica evidentemente una divergencia decisiva, que está en la raíz misma del cristianismo, pero eso no quita que muchos elementos sigan siendo comunes.

Sobre todo tenemos el deber de colaborar para promover una condición humana más acorde con el designio de Dios. El gran jubileo, que se remonta precisamente a la tradición judía de los años jubilares, indica la urgencia de ese compromiso común para restablecer la paz y la justicia social. Reconociendo el señorío de Dios sobre toda la creación y en particular sobre la tierra (cf. Lv 25) todos los creyentes están llamados a traducir su fe en un compromiso concreto para proteger el carácter sagrado de la vida humana en todas sus formas y defender la dignidad de todo hermano y hermana.

3. Meditando en el misterio de Israel y en su «vocación irrevocable» (cf. Discurso a la comunidad judía de Roma: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 1), los cristianos investigan también el misterio de sus raíces. En las fuentes bíblicas que comparten con sus hermanos judíos, encuentran elementos indispensables para vivir y profundizar en su misma fe.

Se ve, por ejemplo, en la liturgia. Como Jesús, a quien san Lucas nos presenta mientras abre el libro del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 26 ss) también la Iglesia aprovecha la riqueza litúrgica del pueblo judío. Ordena la liturgia de las Horas, la liturgia de la Palabra e incluso la estructura de las Plegarias eucarísticas según los modelos de la tradición judía. Algunas grandes fiestas, como Pascua y Pentecostés, evocan el año litúrgico judío y constituyen ocasiones excelentes para recordar en la oración al pueblo que Dios eligió y sigue amando (cf. Rm 11, 2). Hoy el diálogo implica que los cristianos sean más conscientes de estos elementos que nos acercan. De la misma manera que tomamos conciencia de la «alianza nunca revocada» (cf. Discurso a los representantes de la comunidad judía, en Maguncia, 17 de noviembre de 1980, n. 3: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de noviembre de 1980, p. 15), debemos considerar el valor intrínseco del Antiguo Testamento (cf. Dei Verbum, 3), aunque cobra su sentido pleno a la luz del Nuevo y contiene promesas que se cumplen en Jesús. ¿No fue la lectura actualizada de la sagrada Escritura judía, hecha por Jesús, la que hizo arder el corazón de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 32), permitiéndoles reconocer al Resucitado al partir el pan?

4. No sólo la historia común de cristianos y judíos, sino particularmente el diálogo debe orientarse al futuro (cf. Catecismo de la iglesia católica, n. 840), convirtiéndose, por decirlo así, en «memoria del futuro» (Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoa: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de marzo de 1998, p. 11). El recuerdo de los hechos tristes y trágicos del pasado puede abrir el camino a un renovado sentido de fraternidad, fruto de la gracia de Dios, y al esfuerzo por lograr que las semillas infectadas del antijudaísmo y el antisemitismo nunca más echen raíces en el corazón del hombre.

Israel, pueblo que construye su fe sobre la promesa hecha por Dios a Abraham: «Serás padre de una multitud de pueblos» (Gn 17, 4; Rm 4, 17), señala al mundo Jerusalén como lugar simbólico de la peregrinación escatológica de los pueblos, unidos en la alabanza al Altísimo. Ojalá que, en el umbral del tercer milenio, el diálogo sincero entre cristianos y judíos contribuya a crear una nueva civilización, fundada en el único Dios, santo y misericordioso, y promotora de una humanidad reconciliada en el amor.


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