La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
La preocupación por la unidad es algo esencial y necesario que pertenece al corazón mismo de la Iglesia. No es un capricho de unos teólogos modernos
L preocupación por la unidad
Capítulo II
La palabra ecumenismo designa un aspecto de la misión
salvífica de la Iglesia. Mientras que la labor pastoral se
dirige a los fieles católicos (“misión ad intra”) y la
labor misionera se ocupa de la labor con los no
creyentes (“misión ad extra”), la labor ecuménica se refiere
a la responsabilidad que tienen los católicos respecto a los
otros cristianos con vistas a reintegrarlos en la plena unidad.
Mira en cierto modo ad extra (de la Iglesia católica),
porque existe la “tragedia familiar” de la separación; pero
mira, a la vez, ad intra (de la Iglesia de
Cristo) porque, en muchos aspectos fundamentales, los miembros de la
casa de Cristo permanecemos unidos. La preocupación por la unidad es
algo esencial y necesario que pertenece al corazón mismo de
la Iglesia. No es un capricho de unos teólogos modernos;
no es un añadido: “No es sólo un mero ‘apéndice’,
que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia,”
explica el Vaticano II. Ha existido desde siempre, aunque
se ve hoy más claramente su urgencia y necesidad. Al
comienzo del tercer milenio de la era cristiana -afirma Juan
Pablo II con insistencia- “el compromiso ecuménico debe animarse con
vigor renovado y ardiente.”
La Iglesia como Madre
La Iglesia, ciertamente,
siempre ha procurado ser una buena “Madre” para sus hijos:
les cuidaba, enseñaba, defendía y vigilaba sobre ellos; les separaba
de todo lo que podría dañarles. Pero sus actividades exteriores
se referían casi exclusivamente a aquellos hijos suyos que vivían
en estrecha unión con ella (los católicos). Por supuesto, no
se puede negar que ha salido también a aquellos “pisos”
y “trastiendas” de su gran casa, en los que se
han retirado sus hijos separados; pero –de modo oficial- sólo
lo ha hecho para invitarlos a la conversión: para que
abrieran sus baluartes y regresaran al recinto común.
Hoy, muy
conscientemente, la Iglesia procura ser una Madre buena para toda
la gran familia cristiana, para los hijos cercanos y para
los que viven más lejos. Así lo declaró el Papa
Juan XXIII al comienzo del Vaticano II: “La Iglesia quiere
mostrarse como una Madre llena de amor, bondad y paciencia…
hacia sus hijos separados.” Está dispuesta a entrar en
los hogares de sus hijos “desconocidos” para que le muestren
todo lo bueno y bello que hay en ellos. Toma
asiento en sus salones y habla en serio con estos
hijos suyos; busca su amistad y trata de comprenderles. Es
incluso capaz de reconocer todos los bienes que descubre en
ellos: admira, por ejemplo, sinceramente los muebles y cuadros bonitos
que se encuentran en estos pisos casi “olvidados” durante largas
temporadas.
La Iglesia ve, sobre todo, la necesidad de mejorar el
recinto que ocupan sus hijos más cercanos. Sigue profundamente
convencida de que estas zonas de su casa son las
más firmes y bellas; pero no puede ni quiere negar
que el polvo de los tiempos ha quitado algo a
su esplendor inicial. Por esto, invita a todos sus hijos
a hacer una limpieza profunda y renovar conjuntamente la gran
casa en la que viven, empezando cada uno en su
propia habitación. Después se podrá ofrecer a todos un lugar
realmente acogedor y pedir a los hijos separados que quiten
algunos muros interiores que artificialmente han construido, en beneficio de
toda la gran familia.
Un cambio de las formas
Hemos visto que
la preocupación por la unidad de todos los cristianos dimana
de la esencia más profunda de la Iglesia; pertenece a
su propio corazón, a su mismo ser. Y como la
Iglesia siempre ha procurado ser fiel a su Señor, de
alguna manera siempre se ha mostrado “ecuménica”. Desde el momento
en que aparecen las primeras separaciones, surge en ella el
ardiente deseo de volver a la armonía originaria.
Sin embargo, no
en todas las épocas la Iglesia estaba dispuesta a dialogar
en serio con los que llamaba “herejes”. Al contrario, les
perseguía y castigaba, según el estilo y las costumbres comunes
de los tiempos pasados. Partía, no pocas veces, del principio
de que “el error no tiene derechos,” interpretando severamente que
las personas que consideraba en el error –entre ellos, los
no católicos- no deberían disponer de una legítima defensa. En
principio, actuaba, sin duda, con buena intención, y sería una
injusticia (y gran hipocresía) de nuestra parte juzgar con nuestra
mentalidad de hoy sobre los acontecimientos de ayer.
La Iglesia misma
reconoce desde hace varias décadas que sus hijos, también en
este aspecto, no siempre han actuado bien. Ha profundizado en
el hecho de que la violencia, la tortura y el
terror no son medios lícitos para nada, y menos para
defender o propagar la fe. “En efecto, Cristo,… manso y
humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a los discípulos,
no quería ejercer coacción sobre ellos.”
El Concilio Vaticano ha
condenado, en consecuencia, “todo tipo de acciones que puedan tener
sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre
todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas.”
Y ha declarado con firmeza: “La verdad no se impone
sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra,
con suavidad y firmeza a la vez, en las almas.”
Juan Pablo II sigue fielmente estas enseñanzas. No tiene reparos
en afirmar que la Iglesia lamenta haber empleado “métodos de
intolerancia e incluso de violencia en el servicio de la
verdad” que oscurecieron no poco la luz de Cristo.
Si
consideramos los documentos y las actuaciones de los últimos Papas,
podemos constatar que las formas de expresión del ecumenismo han
cambiado notablemente. La Iglesia católica se muestra al mundo con
una nueva apertura; tiende hacia una nueva manera de pensar
y obrar. Especialmente a partir del último Concilio consolidó este
cambio de rumbo y entró decididamente en la era ecuménica.
La Iglesia, por supuesto, no adoptó esta nueva postura por
el mero gusto de cambiar, sino por el anhelo de
ser más fiel a Cristo. La verdadera fidelidad no
es temerosa ni pusilánime, tampoco cerrada sobre sí misma, ni
refractaria a toda reforma e incluso a toda confrontación; no
se limita a repetir materialmente algunos gestos y fórmulas, ni
carece nunca del verdadero contacto con la realidad. La verdadera
fidelidad es, por el contrario, dinámica y flexible: conserva o
transforma cuanto se ve que Cristo habría conservado o transformado.
Tiene el valor de reconocer una desviación, en lugar de
intentar justificarlo todo. Y se atreve a tomar iniciativas verdaderamente
nuevas, como también Cristo las tomó.
Con ello, la Iglesia católica
no reniega su misión de custodiar y transmitir íntegramente la
plenitud de la revelación. Pero sabe que, en cuanto que
está compuesta por hombres débiles, debe alcanzar una mayor conciencia
de todos sus tesoros, y realizar cada vez mejor en
su vida todos los valores que abarca el mensaje de
Cristo. Puede ser que otras comunidades le ayuden a
renovarse, a llegar a ser cada vez más plenamente lo
que es. Puede ser que otros nos recuerden a los
católicos algunas verdades que quizá no hayamos desarrollado lo suficiente.
En este sentido, la Iglesia católica no sólo quiere
orientar y ayudar a los demás, también quiere aprender de
ellos.
Un único movimiento
Al reflexionar sobre la labor ecuménica, Juan Pablo
II anota: “Lo que nos une es más grande de
cuanto nos divide. Todos creemos en el mismo Cristo; y
esa fe es esencialmente el patrimonio heredado de la enseñanza
de los siete primeros Concilios ecuménicos anteriores al año mil.
Existen por tanto las bases para un diálogo, para la
ampliación del espacio de la unidad, que debe caminar parejo
con la superación de las divisiones, en gran medida consecuencia
de la convicción de poseer en exclusiva la verdad.” ¡Lo
que nos une es más grande que lo que nos
divide! Desde hace algún tiempo, casi todas las comunidades cristianas
esparcidas por el mundo han tomado conciencia de ello. Se
puede considerar el ecumenismo, por tanto, como un movimiento único,
suscitado y promovido por el mismo Espíritu Santo. Comprende
todos los esfuerzos para conseguir la reconciliación entre los cristianos
que se desarrollan en cualquier parte de la casa de
Cristo. Existe, por ejemplo, también una amplia labor ecuménica entre
los ortodoxos y los luteranos, entre los protestantes reformados y
los anglicanos y, en principio, de cualquier comunidad cristiana respecto
a cualquier otra.
En este movimiento participa cada una
de las comunidades cristianas desde su perspectiva propia. No hay
varios “ecumenismos” (católico, ortodoxo, luterano...), sino un movimiento esencialmente universal
en el que los católicos participan desde la fe católica.
Por esta razón, el Concilio Vaticano II no habla de
“principios del ecumenismo católico”, sino de “principios católicos del ecumenismo”.
Según una expresión de San Cipriano, toda la Iglesia se
presenta como “un pueblo unido bajo la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.” Esto significa que,
en el fondo, ya existe la unidad: ¡estamos en la
misma casa! Pero en la situación actual en que
nos encontramos, esta profunda unidad no puede manifestarse por los
obstáculos que ponemos los mismos hombres.
Como el pecado es la
razón última de las separaciones, la tarea más importante del
ecumenismo consiste en pedir la gracia de Dios para que
se derrumben los muros de piedra que rodean, en primer
lugar, nuestros propios corazones. Rezamos por esta intención, de
un modo comunitario, en la “Octava de Oraciones por la
Unidad”, que se remonta a una iniciativa del Papa León
XIII; fue fijada entonces en los días que preceden a
Pentecostés. San Pío X la trasladó al 18 a 25
de enero (conmemoración de la conversión de San Pablo), para
hacer coincidir las fechas con una iniciativa surgida en la
Iglesia anglicana. Así, esta costumbre se extendía poco a poco
a las otras Iglesias cristianas y hoy en día, durante
esta Semana, muchos cristianos del mundo entero rezamos juntos para
que nuestra unidad real y sacramental sea también visible y
existencial.
Una tarea para todos
La labor ecuménica se distingue netamente
del apostolado ad fidem (catholicam). Mientras el apostolado se refiere
a la conversión de personas concretas, el ecumenismo busca la
unidad de toda la Iglesia. Los diálogos ecuménicos, por
tanto, competen en sentido estricto y formal a los representantes
de las respectivas comunidades cristianas, que pueden delegar esta tarea
importante a unos especialistas. Así proclamó el Papa Juan
Pablo II en una ocasión en la Basílica de San
Pedro, en Roma: “Que el Señor ilumine a los pastores
y a los teólogos, para que encuentren juntos los caminos
de la santificación y de la unidad.” Los “pastores
y teólogos” se esfuerzan, codo a codo con sus colegas
de otras creencias, por cumplir el “primer deber” de la
Iglesia que consiste en ser verdaderamente lo que ella es:
profunda comunión entre Dios y los hombres y, en consecuencia,
sincera unión de los hombres entre sí. Con su
trabajo abnegado y su ilusión por buscar la voluntad de
Dios en cada momento histórico, estos teólogos manifiestan, no pocas
veces, que las actividades relacionadas con el gobierno de la
Iglesia constituyen una misión de servicio a toda la humanidad. Por
otro lado, la gracia del Espíritu Santo produce en todos
los bautizados una íntima unión con Dios en Cristo. Así,
de modo misterioso, cada uno de ellos es Iglesia y
ha de hacer suya la preocupación por la unidad entre
los cristianos. Todos debemos participar en la labor ecuménica, aunque
de modos distintos. El Concilio Vaticano II declara: “La
preocupación por el restablecimiento de la unión es cosa de
toda la Iglesia..., y afecta a cada uno según su
propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria, ya
en las investigaciones teológicas e históricas.” Entonces, ¿cómo puede un
cristiano corriente formar parte del ecumenismo? Vamos a considerar algunas
actitudes básicas que son necesarias para que una persona pueda
–allí donde esté- preparar la unidad de los bautizados.
Estas actitudes no sólo afectan el ambiente a su alrededor,
sino también, en un segundo paso, la vida pública de
la Iglesia y todas sus instituciones. Según afirma Pablo
VI, las organizaciones eclesiales –como todos los demás lugares en
los que se unen los hombres- “jamás” son suficientemente perfectas,
suficientemente santas, como las quería Dios. Pero cada uno
de nosotros puede contribuir a que lo sean un poco
más.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Un espacio para dialogar con nuestros hermanos de las iglesias cristianas, descubriendo los tesoros que tenemos en común, para crecer juntos en el conocimiento y la alabanza de Nuestro Señor Jesucristo, único Nombre dado a los hombres para nuestra salvación
Ver todos los consultores