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Ecumenismo y Diálogo interreligioso | sección
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Autor: Pilar Calva
L preocupación por la unidad
La preocupación por la unidad es algo esencial y necesario que pertenece al corazón mismo de la Iglesia. No es un capricho de unos teólogos modernos
 
L preocupación por la unidad
L preocupación por la unidad
Capítulo II

La palabra ecumenismo designa un aspecto de la misión salvífica de la Iglesia. Mientras que la labor pastoral se dirige a los fieles católicos (“misión ad intra”) y la labor misionera se ocupa de la labor con los no creyentes (“misión ad extra”), la labor ecuménica se refiere a la responsabilidad que tienen los católicos respecto a los otros cristianos con vistas a reintegrarlos en la plena unidad. Mira en cierto modo ad extra (de la Iglesia católica), porque existe la “tragedia familiar” de la separación; pero mira, a la vez, ad intra (de la Iglesia de Cristo) porque, en muchos aspectos fundamentales, los miembros de la casa de Cristo permanecemos unidos.
La preocupación por la unidad es algo esencial y necesario que pertenece al corazón mismo de la Iglesia. No es un capricho de unos teólogos modernos; no es un añadido: “No es sólo un mero ‘apéndice’, que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia,” explica el Vaticano II. Ha existido desde siempre, aunque se ve hoy más claramente su urgencia y necesidad. Al comienzo del tercer milenio de la era cristiana -afirma Juan Pablo II con insistencia- “el compromiso ecuménico debe animarse con vigor renovado y ardiente.”

La Iglesia como Madre

La Iglesia, ciertamente, siempre ha procurado ser una buena “Madre” para sus hijos: les cuidaba, enseñaba, defendía y vigilaba sobre ellos; les separaba de todo lo que podría dañarles. Pero sus actividades exteriores se referían casi exclusivamente a aquellos hijos suyos que vivían en estrecha unión con ella (los católicos). Por supuesto, no se puede negar que ha salido también a aquellos “pisos” y “trastiendas” de su gran casa, en los que se han retirado sus hijos separados; pero –de modo oficial- sólo lo ha hecho para invitarlos a la conversión: para que abrieran sus baluartes y regresaran al recinto común.

Hoy, muy conscientemente, la Iglesia procura ser una Madre buena para toda la gran familia cristiana, para los hijos cercanos y para los que viven más lejos. Así lo declaró el Papa Juan XXIII al comienzo del Vaticano II: “La Iglesia quiere mostrarse como una Madre llena de amor, bondad y paciencia… hacia sus hijos separados.” Está dispuesta a entrar en los hogares de sus hijos “desconocidos” para que le muestren todo lo bueno y bello que hay en ellos. Toma asiento en sus salones y habla en serio con estos hijos suyos; busca su amistad y trata de comprenderles. Es incluso capaz de reconocer todos los bienes que descubre en ellos: admira, por ejemplo, sinceramente los muebles y cuadros bonitos que se encuentran en estos pisos casi “olvidados” durante largas temporadas.

La Iglesia ve, sobre todo, la necesidad de mejorar el recinto que ocupan sus hijos más cercanos. Sigue profundamente convencida de que estas zonas de su casa son las más firmes y bellas; pero no puede ni quiere negar que el polvo de los tiempos ha quitado algo a su esplendor inicial. Por esto, invita a todos sus hijos a hacer una limpieza profunda y renovar conjuntamente la gran casa en la que viven, empezando cada uno en su propia habitación. Después se podrá ofrecer a todos un lugar realmente acogedor y pedir a los hijos separados que quiten algunos muros interiores que artificialmente han construido, en beneficio de toda la gran familia.

Un cambio de las formas

Hemos visto que la preocupación por la unidad de todos los cristianos dimana de la esencia más profunda de la Iglesia; pertenece a su propio corazón, a su mismo ser. Y como la Iglesia siempre ha procurado ser fiel a su Señor, de alguna manera siempre se ha mostrado “ecuménica”. Desde el momento en que aparecen las primeras separaciones, surge en ella el ardiente deseo de volver a la armonía originaria.

Sin embargo, no en todas las épocas la Iglesia estaba dispuesta a dialogar en serio con los que llamaba “herejes”. Al contrario, les perseguía y castigaba, según el estilo y las costumbres comunes de los tiempos pasados. Partía, no pocas veces, del principio de que “el error no tiene derechos,” interpretando severamente que las personas que consideraba en el error –entre ellos, los no católicos- no deberían disponer de una legítima defensa. En principio, actuaba, sin duda, con buena intención, y sería una injusticia (y gran hipocresía) de nuestra parte juzgar con nuestra mentalidad de hoy sobre los acontecimientos de ayer.

La Iglesia misma reconoce desde hace varias décadas que sus hijos, también en este aspecto, no siempre han actuado bien. Ha profundizado en el hecho de que la violencia, la tortura y el terror no son medios lícitos para nada, y menos para defender o propagar la fe. “En efecto, Cristo,… manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a los discípulos, no quería ejercer coacción sobre ellos.”

El Concilio Vaticano ha condenado, en consecuencia, “todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas incultas o necesitadas.” Y ha declarado con firmeza: “La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas.”

Juan Pablo II sigue fielmente estas enseñanzas. No tiene reparos en afirmar que la Iglesia lamenta haber empleado “métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio de la verdad” que oscurecieron no poco la luz de Cristo.

Si consideramos los documentos y las actuaciones de los últimos Papas, podemos constatar que las formas de expresión del ecumenismo han cambiado notablemente. La Iglesia católica se muestra al mundo con una nueva apertura; tiende hacia una nueva manera de pensar y obrar. Especialmente a partir del último Concilio consolidó este cambio de rumbo y entró decididamente en la era ecuménica.

La Iglesia, por supuesto, no adoptó esta nueva postura por el mero gusto de cambiar, sino por el anhelo de ser más fiel a Cristo. La verdadera fidelidad no es temerosa ni pusilánime, tampoco cerrada sobre sí misma, ni refractaria a toda reforma e incluso a toda confrontación; no se limita a repetir materialmente algunos gestos y fórmulas, ni carece nunca del verdadero contacto con la realidad. La verdadera fidelidad es, por el contrario, dinámica y flexible: conserva o transforma cuanto se ve que Cristo habría conservado o transformado. Tiene el valor de reconocer una desviación, en lugar de intentar justificarlo todo. Y se atreve a tomar iniciativas verdaderamente nuevas, como también Cristo las tomó.

Con ello, la Iglesia católica no reniega su misión de custodiar y transmitir íntegramente la plenitud de la revelación. Pero sabe que, en cuanto que está compuesta por hombres débiles, debe alcanzar una mayor conciencia de todos sus tesoros, y realizar cada vez mejor en su vida todos los valores que abarca el mensaje de Cristo. Puede ser que otras comunidades le ayuden a renovarse, a llegar a ser cada vez más plenamente lo que es. Puede ser que otros nos recuerden a los católicos algunas verdades que quizá no hayamos desarrollado lo suficiente. En este sentido, la Iglesia católica no sólo quiere orientar y ayudar a los demás, también quiere aprender de ellos.

Un único movimiento

Al reflexionar sobre la labor ecuménica, Juan Pablo II anota: “Lo que nos une es más grande de cuanto nos divide. Todos creemos en el mismo Cristo; y esa fe es esencialmente el patrimonio heredado de la enseñanza de los siete primeros Concilios ecuménicos anteriores al año mil. Existen por tanto las bases para un diálogo, para la ampliación del espacio de la unidad, que debe caminar parejo con la superación de las divisiones, en gran medida consecuencia de la convicción de poseer en exclusiva la verdad.”
¡Lo que nos une es más grande que lo que nos divide! Desde hace algún tiempo, casi todas las comunidades cristianas esparcidas por el mundo han tomado conciencia de ello. Se puede considerar el ecumenismo, por tanto, como un movimiento único, suscitado y promovido por el mismo Espíritu Santo. Comprende todos los esfuerzos para conseguir la reconciliación entre los cristianos que se desarrollan en cualquier parte de la casa de Cristo. Existe, por ejemplo, también una amplia labor ecuménica entre los ortodoxos y los luteranos, entre los protestantes reformados y los anglicanos y, en principio, de cualquier comunidad cristiana respecto a cualquier otra.

En este movimiento participa cada una de las comunidades cristianas desde su perspectiva propia. No hay varios “ecumenismos” (católico, ortodoxo, luterano...), sino un movimiento esencialmente universal en el que los católicos participan desde la fe católica. Por esta razón, el Concilio Vaticano II no habla de “principios del ecumenismo católico”, sino de “principios católicos del ecumenismo”.

Según una expresión de San Cipriano, toda la Iglesia se presenta como “un pueblo unido bajo la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” Esto significa que, en el fondo, ya existe la unidad: ¡estamos en la misma casa! Pero en la situación actual en que nos encontramos, esta profunda unidad no puede manifestarse por los obstáculos que ponemos los mismos hombres.

Como el pecado es la razón última de las separaciones, la tarea más importante del ecumenismo consiste en pedir la gracia de Dios para que se derrumben los muros de piedra que rodean, en primer lugar, nuestros propios corazones. Rezamos por esta intención, de un modo comunitario, en la “Octava de Oraciones por la Unidad”, que se remonta a una iniciativa del Papa León XIII; fue fijada entonces en los días que preceden a Pentecostés. San Pío X la trasladó al 18 a 25 de enero (conmemoración de la conversión de San Pablo), para hacer coincidir las fechas con una iniciativa surgida en la Iglesia anglicana. Así, esta costumbre se extendía poco a poco a las otras Iglesias cristianas y hoy en día, durante esta Semana, muchos cristianos del mundo entero rezamos juntos para que nuestra unidad real y sacramental sea también visible y existencial.

Una tarea para todos

La labor ecuménica se distingue netamente del apostolado ad fidem (catholicam). Mientras el apostolado se refiere a la conversión de personas concretas, el ecumenismo busca la unidad de toda la Iglesia. Los diálogos ecuménicos, por tanto, competen en sentido estricto y formal a los representantes de las respectivas comunidades cristianas, que pueden delegar esta tarea importante a unos especialistas. Así proclamó el Papa Juan Pablo II en una ocasión en la Basílica de San Pedro, en Roma: “Que el Señor ilumine a los pastores y a los teólogos, para que encuentren juntos los caminos de la santificación y de la unidad.”
Los “pastores y teólogos” se esfuerzan, codo a codo con sus colegas de otras creencias, por cumplir el “primer deber” de la Iglesia que consiste en ser verdaderamente lo que ella es: profunda comunión entre Dios y los hombres y, en consecuencia, sincera unión de los hombres entre sí. Con su trabajo abnegado y su ilusión por buscar la voluntad de Dios en cada momento histórico, estos teólogos manifiestan, no pocas veces, que las actividades relacionadas con el gobierno de la Iglesia constituyen una misión de servicio a toda la humanidad.
Por otro lado, la gracia del Espíritu Santo produce en todos los bautizados una íntima unión con Dios en Cristo. Así, de modo misterioso, cada uno de ellos es Iglesia y ha de hacer suya la preocupación por la unidad entre los cristianos. Todos debemos participar en la labor ecuménica, aunque de modos distintos. El Concilio Vaticano II declara: “La preocupación por el restablecimiento de la unión es cosa de toda la Iglesia..., y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria, ya en las investigaciones teológicas e históricas.”
Entonces, ¿cómo puede un cristiano corriente formar parte del ecumenismo? Vamos a considerar algunas actitudes básicas que son necesarias para que una persona pueda –allí donde esté- preparar la unidad de los bautizados. Estas actitudes no sólo afectan el ambiente a su alrededor, sino también, en un segundo paso, la vida pública de la Iglesia y todas sus instituciones. Según afirma Pablo VI, las organizaciones eclesiales –como todos los demás lugares en los que se unen los hombres- “jamás” son suficientemente perfectas, suficientemente santas, como las quería Dios. Pero cada uno de nosotros puede contribuir a que lo sean un poco más.
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