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Ecumenismo y Diálogo interreligioso | sección
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¿Qué es? | tema
Autor: Jutta Burggraf | Fuente: El ecumenismo: una tarea para todos
Amor a la unidad y a la pluralidad
La pluralidad en la Iglesia constituye ciertamente un bien
 
Amor a la unidad y a la pluralidad
Amor a la unidad y a la pluralidad
Capítulo III
La unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no es sólo la fuente, sino también el modelo de la unidad en la Iglesia católica.
La noción de catolicidad puede entenderse, por un lado, en sentido cuantitativo o geográfico: la Iglesia tiene la misión de extenderse hasta los últimos rincones de la tierra y alcanzar a todos los hombres. Está destinada, en otras palabras, a asumir todas las diversidades legítimas, sean nacionales, sociales, económicas o culturales. De esta forma, mediante el pluralismo y la diversidad, adquiere cada vez más riqueza interior. Su catolicidad se presenta como un valor cualitativo o espiritual, en cuanto purifica y eleva todas estas diversidades temporales.

El Vaticano II reconoce la diversidad inherente a la auténtica catolicidad y pide a los cristianos no sólo que la acepten (resignadamente), sino que la fomenten con alegría e ilusión. La casa de Cristo es fundamentalmente una, pero la vida en esta casa no está regulada completamente –ni mucho menos- por las (pocas) exigencias que derivan de esta profunda unidad. La existencia cristiana no está ligada a ningún particularismo. En la Iglesia no debe haber, por tanto, uniformidad alguna en materia de ritos, de espiritualidad, de sistemas teológicos, de sensibilidades religiosas o de disciplina eclesiástica. “La legítima diversidad no se opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino que, por el contrario, aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento de su misión,”, afirma Juan Pablo II. La gracia de Dios es “multiforme”. Por esto, tenemos que actualizar constantemente la catolicidad auténtica; esta es una de las más profundas intenciones del ecumenismo.

Debe haber unidad en lo necesario, en lo fundamental. Después se puede admirar una gran variedad de matices en las formas de relacionarse los diferentes grupos con Dios, en la liturgia, en los usos y costumbres cotidianas de nuestros hermanos separados.

Como Dios es Uno y Trino, un cristiano ama a la vez la unidad y la pluralidad. Defiende la legítima libertad propia y la de los demás. “¿Por qué el Espíritu Santo ha permitido todas estas divisiones?”, pregunta el Papa Juan Pablo II en una ocasión, y da una respuesta sorprendente: “¿No podría ser que las divisiones hayan sido también una vía que ha conducido y conduce a la Iglesia a descubrir las múltiples riquezas contenidas en el Evangelio de Cristo y en la redención obrada por Cristo? Quizá tales riquezas no hubieran podido ser descubiertas de otro modo.” Dios, en su omnipotencia, puede sacar el bien incluso del mal, de nuestras debilidades humanas.

“Es necesario que el género humano alcance la unidad mediante la pluralidad –continúa reflexionando Juan Pablo II-, que aprenda a reunirse en la única Iglesia, también con ese pluralismo en las formas de pensar y de actuar, de culturas y de civilizaciones.” Esta manera de entender las separaciones, ¿no podría estar en gran armonía con la sabiduría de Dios, con su Bondad y Providencia?

El Vaticano II se dirige especialmente a los católicos e intenta abrirles los ojos acerca de “las riquezas de Cristo” presentes entre los hermanos separados. Los católicos deben “reconocer con alegría” estos valores realmente cristianos, “apreciarlos” equitativamente, darse cuenta de “la poderosa eficacia de Cristo” entre los otros cristianos. Sin esta actitud abierta ante los aspectos de bondad y verdad que se encuentran entre todos los cristianos, el ecumenismo estará lastrado en el corazón. “Lo que de verdad es cristiano, no puede oponerse en forma alguna a los auténticos bienes de la fe, antes al contrario, siempre puede hacer que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia.”

La pluralidad en la Iglesia constituye ciertamente un bien. Todo uniformismo, en cambio, asfixia a la vida y no crea sino una apariencia de armonía, mientras que la verdadera unidad potencia las diferencias. Esto no significa que siempre resulte fácil vivir la unidad en la diversidad; pero, al menos, tenemos la certeza de que este desafío se halla en la misma línea que “el camino, la verdad y la vida” de Jesucristo.
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