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Autor: Pablo VI | Fuente: Decreto Unitatis Redintegratio Capítulo III Las Iglesias y comunidades eclesiales separadas en Occidente
Aunque todavía no es universal el movimiento ecuménico y el deseo de armonía con la Iglesia católica, abrigamos, no obstante, la esperanza de que este sentimiento ecuménico y el mutuo aprecio irán imponiéndose poco a poco
Capítulo III Las Iglesias y comunidades eclesiales separadas en Occidente
Condición propia de estas comunidades
19. Las Iglesias y comunidades eclesiales
que se disgregaron de la Sede Apostólica Romana, bien en
aquella gravísima perturbación que comenzó en el Occidente ya a
finales de la Edad Media, bien en tiempos sucesivos, están
unidas con la Iglesia católica por una afinidad de lazos
y obligaciones peculiares por haber desarrollado en los tiempos pasados
una vida cristiana multisecular en comunión eclesiástica.
Puesto que estas Iglesias
y comunidades eclesiales por la diversidad de su origen, de
su doctrina y de su vida espiritual, discrepan bastante no
solamente de nosotros, sino también entre sí, es tarea muy
difícil describirlas cumplidamente, cosa que no pretendemos hacer aquí.
Aunque todavía
no es universal el movimiento ecuménico y el deseo de
armonía con la Iglesia católica, abrigamos, no obstante, la esperanza
de que este sentimiento ecuménico y el mutuo aprecio irán
imponiéndose poco a poco en todos.
Hay que reconocer, ciertamente que
entre estas Iglesias y comunidades y la Iglesia católica hay
discrepancias esenciales no sólo de índole histórica, sociológica, psicológica y
cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada.
Mas para que, a pesar de estas dificultades, pueda entablarse
más fácilmente el diálogo ecuménico, en los siguientes párrafos trataremos
de ofrecer algunos puntos que pueden y deben ser fundamento
y estímulo para este diálogo.
La confesión de Cristo
20. Nuestra atención
se dirige, ante todo, a los cristianos que reconocen públicamente
a Jesucristo como Dios y Señor y Mediador único entre
Dios y los hombres, para gloria del único Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo. Sabemos que existen graves divergencias entre
la doctrina de estos cristianos y la doctrina de la
Iglesia católica aun respecto a Cristo, Verbo de Dios encarnado,
de la obra de la redención y, por consiguiente, del
misterio y ministerio de la Iglesia y de la función
de María en la obra de la salvación. Nos gozamos,
sin embargo, viendo a los hermanos separados tender hacia Cristo,
como fuente y centro de la comunión eclesiástica. Movidos por
el deseo de la unión con Cristo, se sienten impulsados
a buscar más y más la unidad y también a
dar testimonio de su fe delante de todo el mundo.
Estudio
de la Sagrada Escritura
21. El amor y la veneración y
casi culto a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos
separados el estudio constante y solícito de la Biblia, pues
el Evangelio "es poder de Dios para la salud de
todo el que cree, del judío primero, pero también del
griego" (Rom., 1,16).
Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras
a Dios, que, en cierto modo, les habla en Cristo,
preanunciado por los profetas, Verbo de Dios encarnado por nosotros.
En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el
divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los
hombres, sobre todo los misterios de su muerte y de
su resurrección.
Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina
de los sagrados libros sienten -cada uno a su manera-
diversamente de nosotros en cuanto a la relación entre las
Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la fe
católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden
a la exposición y predicación de la palabra de Dios
escrita.
Sin embargo, las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo,
instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr
aquella unidad que el Salvador presenta a todos los hombres.
La
vida sacramental
22. Por el sacramento del bautismo, debidamente administrado según
la institución del Señor, y recibido con la requerida disposición
del alma, el hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado
y glorioso y se regenera para el consorcio de la
vida divina, según las palabras del Apóstol: "Con El fuisteis
sepultados en el bautismo, y en El, asimismo, fuisteis resucitados
por la fe en el poder de Dios, que lo
resucitó de entre los muertos" (Col., 2,12; Rom., 6,4).
El bautismo,
por tanto, constituye un poderoso vínculo sacramental de unidad entre
todos los que con él se han regenerado. Sin embargo,
el bautismo por sí mismo es tan sólo un principio
y un comienzo, porque todo él se dirige a la
consecución de la plenitud de la vida en Cristo. Así,
pues, el bautismo se ordena a la profesión íntegra de
la fe, a la plena incorporación, a los medios de
salvación determinados por Cristo y, finalmente, a la íntegra incorporación
en la comunión eucarística.
Las comunidades eclesiales separadas, aunque les falte
esa unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y
aunque creamos que, sobre todo por la carencia del sacramentodel
orden, no han conservado la genuina e íntegra sustancia del
misterio eucarístico, sin embargo, mientras conmemoran en la santa cena
la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en
la comunión de Cristo se representa la vida y esperan
su glorioso advenimiento. Por consiguiente, la doctrina sobre la cena
del Señor, sobre los demás sacramentos, sobre el culto y
los misterios de la Iglesia deben ser objeto de diálogo.
La
vida con Cristo
23. La vida cristiana de estos hermanos se
nutre de la fe e cristo y se robustece con
la gracia del bautismo y con la palabra de Dios
oída. Se manifiesta en la oración privada, en la meditación
bíblica, en la vida de la familia cristiana, en el
culto de la comunidad congregada para alabar a Dios. Por
lo demás, su culto muchas veces presenta elementos claros de
la antigua Liturgia común.
La fe por la cual se cree
en Cristo produce frutos de alabanza y de acción de
gracias por los beneficios recibidos de Dios; únesele también un
vivo sentimiento de justicia y una sincera caridad para con
el prójimo. Esta fe laboriosa ha producido no pocas instituciones
para socorrer la miseria espiritual y corporal, para perfeccionar la
educación de la juventud, para hacer más llevaderas las condiciones
sociales de la vida, para establecer la paz en el
mundo.
Pero si muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en
su aspecto moral, en la misma manera que los católicos,
ni admiten las mismas soluciones a los problemas más complicados
de la sociedad moderna, no obstante quieren seguir, lo mismo
que nosotros, la palabra de Cristo, como fuente de virtud
cristiana, y obedecer al precepto del Apóstol: "Todo cuanto hacéis
de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del
Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El" (Col.,
3,17). De aquí puede surgir el diálogo ecuménico sobre la
aplicación moral del Evangelio.
Conclusión
24. Expuestas brevemente las condiciones en
que se desarrolla la acción ecuménica y los principios por
los que se debe regir, dirigimos confiadamente nuestra mirada al
futuro. Este Sagrado Concilio exhorta a los fieles a que
se abstengan de toda ligereza o imprudente celo, que podrían
perjudicar al progreso de la unidad. Su acción ecuménica ha
de ser plena y sinceramente católica, es decir, fiel a
la verdad recibida de los Apóstoles y de los Padres
y conforme a la fe, que siempre ha profesado la
Iglesia católica, tendiendo constantemente hacia la plenitud con que el
Señor desea que se perfeccione su Cuerpo en el decurso
de los tiempos.
Este Sagrada Concilio desea ardientemente que los proyectos
de los fieles católicos progresen en unión con los proyectos
de los hermanos separados, sin que se pongan obstáculos a
los caminos de la Providencia y sin prejuicios contra los
impulsos que puedan venir del Espíritu Santo.Además, se declara conocedor
de que este santo propósito de reconciliar a todos los
cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo
excede las fuerzas y la capacidad humana. Por eso pone
toda su esperanza en la oración de Cristo por la
Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en
la virtud del Espíritu Santo. "Y la esperanza no quedará
fallida, pues el amor de Dios se ha derramado en
nuestros corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos
ha sido dado" (Cf.Rom., 5,5).
Todas y cada una de las
cosas contenidas en este Decreto han obtenido el beneplácito de
los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de
la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables
Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo,
y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para
gloria de Dios.
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