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Autor: José Maria Iraburu | Fuente: Infidelidades en la Iglesia Ecumenismo externo e interno
La Iglesia Católica no admite esa visión del ecumenismo, porque está cierta de su unidad y unicidad
Ecumenismo externo e interno
El tratamiento complaciente recibido por los católicos disidentes tiene, sin
duda, buena parte de su explicación en la evolución concreta
del movimiento ecuménico.
Recordaremos, pues, de éste algunas fechas significativas.
1864.
El Beato Pío IX, un siglo antes del Vaticano II,
advierte contra un error que ya por entonces se ha
difundido:
«El protestantismo no es otra cosa que una forma diversa
de la misma verdadera religión cristiana y en él, lo
mismo que en la Iglesia Católica, se puede agradar a
Dios» (Syllabus 18: DS 2918).
La Iglesia Católica no admite
esa visión del ecumenismo, porque está cierta de su unidad
y unicidad. Ella no es una forma más del cristianismo.
1949.
Por eso el Santo Oficio, en tiempos de Pío XI,
enseña que la verdadera unidad de los cristianos solo puede
hacerse por el retorno (per reditum) de los hermanos separados
a la verdadera Iglesia de Dios (Instructio de motione oecumenica
20-XII-1949).
Téngase en cuenta, como ya dijimos, que Lutero y
su descendencia niegan casi todas las verdades cristianas fundamentales: la
libertad real del hombre, la necesidad de las obras
para la salvación, el sacerdocio ministerial, la sucesión apostólica, la
autoridad de los dogmas, del Papa y de los Concilios,
la Misa como sacrificio eucarístico, la vida religiosa consagrada por
votos, la ley eclesiástica, la presencia real eucarística, el culto
a los santos, los dogmas marianos, etc. Niega casi todo
el cristianismo. Y el protestantismo liberal del XIX vendrá a
negar lo que aún se afirmaba.
«Pero tenemos en común, se
dice, las Escrituras sagradas». Tampoco, pues Lutero da a sus
fieles las sagradas Escrituras cerradas, ya que niega a sus
lectores el sentido verdadero de las mismas, que solo puede
ser conocido por la tradición y el Magisterio apostólico de
la Iglesia.
Si estos cristianos separados no vuelven a la
plenitud de la fe católica, es inevitable que se vean
privados de altísimos bienes del mundo de la gracia, en
los que ahora no creen, y que la Iglesia Católica,
con perfecta constancia secular, profesa, cree, predica y comunica a
sus fieles.
1964. El concilio Vaticano II, en el decreto Unitatis
redintegratio, cien años después del Syllabus, reafirma la doctrina tradicional
católica sobre la unidad y unicidad de la Iglesia (2).
Y aunque reconoce que las comunidades cristianas separadas «no están
desprovistas de valor en el misterio de la salvación», declara:
«creemos que el Señor entregó todos los bienes del Nuevo
Testamento a un solo colegio apostólico, a saber, al que
preside Pedro, para constituir un solo cuerpo de Cristo en
la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente [unitatis redintegratio]
todos los que de alguna manera pertenecen ya al pueblo
de Dios» (3).
Sin embargo, en los años del postconcilio, dentro
y fuera de la Iglesia Católica, aparecen pronto y se
difunden versiones más o menos falseadas del ecumenismo, que con
el tiempo irán prevaleciendo.
1967. Así, Van Melsen, Presidente del Concilio
holandés: «Desde el momento en que la unidad de la
Iglesia ya no significa el retorno a la Iglesia católica
tal como ésta es hoy día, sino un crecimiento de
todas las Iglesias hacia lo que la Iglesia de Cristo
debería ser, no se puede decir de antemano cuál será
la forma de esta Iglesia» (Informations Catholiques Internationales, 1-II-1967, 15).
1968.
Y el Patriarca Atenágoras: «no se trata en este movimiento
de una marcha de una Iglesia hacia la otra, sino
de una marcha de todas las Iglesias hacia el Cristo
común» (ib. 1-V-1968,18).
Poco a poco, el error denunciado por Pío
IX –catolicismo y variedades protestantes, «formas diversas» del cristianismo, todas
válidas–, se va generalizando tácitamente en ambientes católicos. Tanto, que
a veces es profesado de forma explícita.
Según, pues, la
evolución mental descrita, y que afecta sobre todo a los
ambientes católicos ilustrados, la actitud ecuménica generalizada podría expresarse con
estas tesis:
–El ecumenismo de ningún modo ha de plantearse
como una reintegración («unitatis redintegratio») en la Iglesia Católica.
Por eso, la causa ecuménica es incompatible con todo proselitismo
católico hacia los hermanos separados. O diálogo o predicación. O
ecumenismo o proselitismo.
–La plena verdad cristiana solo puede hallarse por
la suma y convergencia de las diferentes maneras de concebir
la doctrina y la moral del cristianismo. Nadie, pues, pretenda
tener el monopolio de la verdad. Tampoco el Papa o
un Concilio.
–La unidad total de la Iglesia ha de buscarse,
y no se hallará sino por una convergencia en Cristo
de todas las comunidades cristianas.
De hecho, en cualquier symposium
de teología en el que asisten profesores de las distintas
confesiones cristianas, es una realidad patente que los católicos disidentes
–los que piensan y actúan al margen o en contra
de la Autoridad apostólica– tienen una relación mucho mejor con
«los hermanos separados» –ilustrados, abiertos, modernos– que con los católicos
fieles a la Tradición y al Magisterio –ignorantes, cerrados, anacrónicos–.
Éstos son para ellos una presencia insoportable. Se sienten en
comunión con aquéllos, no con éstos. Y aciertan, porque, en
realidad, ellos también son «hermanos separados».
2000. Declaración Dominus
Iesus. La Congregación para la Doctrina de la Fe se
ve obligada a reafirmar ante el falso ecumenismo ciertas verdades
de la fe que se veían cada vez más olvidadas
o negadas. Lógicamente, tal como está muchas veces la mentalidad
de los católicos ilustrados, la Declaración ocasiona gran conmoción, un
verdadero escándalo.
La Declaración reafirma verdades de la fe que han
sido amplísimamente ignoradas o negadas en los últimos decenios. En
su capítulo IV, Unicidad y unidad de la Iglesia, se
atreve a decir que «la Iglesia de Cristo, no obstante
las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente solo en
la Iglesia Católica» (16). Y que las comunidades sin Episcopado
válido y sin Eucaristía verdadera «no son Iglesia en sentido
propio» (17).
«“Por tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia
de Cristo como la suma –diferenciada y de alguna manera
unitaria al mismo tiempo– de las Iglesias y Comunidades eclesiales;
ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de
Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por
lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de
todas las Iglesias y Comunidades” (Congr. Doctrina de la Fe,
Mysterium Ecclesiæ 1)» (17)
Con este breve ex cursus no nos
hemos alejado de nuestro tema. En efecto, el ecumenismo falso,
que afecta a muchos medios católicos liberales, como es lógico,
da a los católicos «disidentes» un trato tan complaciente como
el que da a los «hermanos separados». Un mismo ecumenismo
actúa ad extra, hacia los hermanos separados, y ad intra,
hacia los católicos disidentes. Se aplican, pues, a los disidentes
todas las normas prácticas del falso ecumenismo.
Según esto, habrá que
dialogar con los disidentes respetando sus opiniones, aunque sean contrarias
a «la doctrina oficial» de la Iglesia, evitando toda reprobación
rígida, monopolizadora de la verdad. Se deberá considerar que están
promoviendo «una forma de cristianismo», o si se quiere «una
forma de catolicismo» que, ciertamente, no coincide con «la forma
oficial» católica; pero que no por eso debe ser corregida
y menos aún reprobada y sancionada. Es posible –y para
algunos es probable– que esos disidentes, ésos que hoy chocan
con la doctrina y disciplina de la Iglesia, sean una
vanguardia profética de la verdadera Iglesia católica.
En todo caso,
queda completamente excluida la posibilidad de llamar a los disidentes
a una conversión (meta-noia: cambio de mente), sino que, con
toda humildad y paciencia, habrá que seguir «profundizando» con ellos
en las verdades de la fe, en una búsqueda común
de la verdad del Evangelio, que a todos nos transciende,
que no se deja atrapar en fórmulas fijas, y en
la que todos hemos de encontrarnos por convergencia.
Notemos por último
que la falsificación del ecumenismo ad extra y del ecumenismo
ad intra piensa, con obtuso optimismo, que «en el fondo
todos los cristianos pensamos lo mismo. Solo cambian las palabras,
los modos de expresar la fe en un misterio que
nos supera a todos».
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