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Autor: José Maria Iraburu | Fuente: Infidelidades en la Iglesia Misiones y ecumenismo
Prædicare (que viene de dicare, derivado de dicere), significa decir, más aún, decir con fuerza, proclamar, decir con autoridad, solemnemente, con insistencia
Misiones y ecumenismo
Cristo nos mandó y nos manda: «id a todo por
todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura»
(Mc 16, 15).
Prædicare (que viene de dicare, derivado de
dicere), significa decir, más aún, decir con fuerza, proclamar, decir
con autoridad, solemnemente, con insistencia. Por supuesto que los enviados
de Cristo también hemos de dialogar con todos, con amor,
con paciencia y amabilidad. Pero ante todo hemos sido enviados
por Él para predicar el Evangelio a todos los hombres,
a todos los pueblos.
Hemos, pues, de predicar a los animistas
que hay un solo Dios vivo y verdadero, y que
sus ídolos no tienen vida, ni son dioses, ni pueden
salvar, ni deben ser adorados. Hemos de predicar a los
judíos que no van a salvarse por el cumplimiento de
la Ley mosaica, sino por el Mesías salvador, que ya
ha venido y que es nuestro Señor Jesucristo. Hemos de
predicar a los protestantes que la fe sin obras buenas
está muerta y no salva, que Cristo está presente en
la eucaristía, que la eucaristía es el mismo sacrificio de
la Cruz, que los sacramentos de la salvación son siete,
que hay purgatorio, que las Escrituras sagradas, sin la guía
de la Tradición y del Magisterio, no son inteligibles, y
que la fe, sin obediencia a la autoridad docente de
los apóstoles, no es propiamente fe, sino opinión. Hemos de
predicar al Islam que en Dios hay tres personas divinas,
y que la segunda se hizo hombre, y es el
único Salvador del mundo. «Con oportunidad o sin ella», hemos
de predicar a toda criatura (2Tim 4,2).
Bueno y prudente es
sumar el diálogo y la predicación. Pero aquella Iglesia, en
la que el diálogo sustituye a la predicación, y que
prácticamente no se atreve ya a predicar el Evangelio a
todos los hombres, llamándolos a conversión, desobedece a Cristo, está
resistiendo al Espíritu Santo, se irá acabando, no tendrá vocaciones,
ni los padres tendrán hijos...
También la Iglesia antigua, tan
poderosamente evangelizadora, conocía y practicaba el diálogo, y no se
limitaba a la predicación. Pero los antiguos Diálogos, que incluso
encontramos por escrito en los comienzos de la Iglesia –en
la mitad del siglo II, por ejemplo, el Diálogo con
Trifón, de San Justino, o el Diálogo de Jason y
Papisco sobre Cristo, escrito por Aristón de Pella – eran
en realidad apologías del cristianismo, en las que se pretendía
la conversión de los interlocutores y la refutación de sus
errores.
La urgencia de la conversión –y de la llamada a
la conversión, consiguientemente– es un dato continuo en los escritos
del Nuevo Testamento. Llamando a conversión es como comienza tanto
la predicación del Bautista como la de Jesús: «convertíos, porque
el reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2; Mc
1,15). Y así continua la predicación de los apóstoles, como
San Pablo:
«Yo te envío para que les abras los ojos,
para que se conviertan de las tinieblas a la luz,
y del poder de Satanás a Dios, y reciban el
perdón de los pecados y parte en la herencia de
los santificados» (Hch 26,18). «Dios, habiendo disimulado los tiempos de
la ignorancia, ahora intima a los hombres que todos en
todo lugar se arrepientan» (Hch 17,30).
La conversión que el
Espíritu Santo pretende operar en los hombres por el ministerio
de los apóstoles es meta-noia, es decir, un cambio de
mente, antes aún que un cambio de costumbres. Lo que
la evangelización procura es que los hombres acepten «los pensamientos
y los caminos de Dios», que distan tanto de los
humanos, como el cielo de la tierra (Is 55,8). La
lógica del Logos divino difiere tanto de la lógica humana
como la luz de las tinieblas. Por eso el Apóstol
dice a los filipenses:
«hijos de Dios sin mancha, en medio
de esta generación perversa y adúltera, vosotros aparecéis como antorchas
encendidas, que llevan en alto la Palabra de la vida»
(Flp 2,15).
Por eso, «¿qué hay de común entre la luz
y las tinieblas?» (2Cor 6,14). En este sentido, la sustitución
sistemática de la predicación por el diálogo, y la exclusión
en la predicación de toda finalidad de conversión –o como
suele decirse, de todo proselitismo– es hoy una gran infidelidad
al Evangelio, es una vergüenza, un escándalo.
«Los misioneros no pretendemos
la conversión de los paganos. Eso era antes. Cuántas veces
ellos, los paganos, sin bautismo y sin misa, son bastante
mejores que nosotros. Lo que buscamos, pues, es participar de
sus vidas y ayudarles en todo lo que podamos, sabiendo
que muchas veces más tenemos nosotros que aprender de ellos
que de enseñarles nada».
Así piensan no pocos de los que
han sido enviados por Cristo con una clara misión: «enseñad
a todas las naciones... en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo
cuanto yo os he mandado» (Mt 28,19-20).
La posición de estos
«misioneros» respecto a la evangelización destruye prácticamente la misión apostólica,
y necesariamente tiene que ser falsa, pues dista años-luz de
la actitud de Cristo, Pablo, Bonifacio, Javier. Nos vemos, pues,
en la obligación de asegurar que la disidencia en la
doctrina y en la práctica de las misiones respecto de
la doctrina de la Iglesia ha ido haciéndose abismal en
los últimos años (1965, decreto conciliar Ad gentes; 1975; exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi; 1990,encíclica Redemptoris missio).
Pero el Espíritu Santo,
el «glorificador de Cristo» (Jn 16,14), el «unificador de la
Iglesia», quiere eliminar ese falso ecumenismo, y fortalecer el verdadero
impulso misionero que busca la verdadera unidad de los cristianos
y de los pueblos en la plena verdad de Cristo.
Predicación a los judíos Si el Señor nos manda predicar el
Evangelio a todos los pueblos, tendremos que predicarlo también, evidentemente,
a los judíos. Así lo hicieron Cristo, Esteban, Santiago, Pablo...
con los resultados que ya conocemos. En este sentido, parece
algo especialmente grave que hoy en la Iglesia muchas veces
se renuncie, de hecho, a predicar a los judíos el
evangelio de la conversión, y que solo se pretenda por
el diálogo estar con ellos en relación de agradable amistad.
Se diría que evangelizar a los judíos –lo más amoroso
y benéfico que se les puede hacer– viene a ser
antisemitismo.
¿Como Cristo, Esteban o Pablo, no amaban a su
pueblo Hermann Cohen, los hermanos Ratisbonne o los hermanos Lémann,
judíos conversos al cristianismo, que predicaron el Evangelio a sus
hermanos con toda su alma?
Otros hay que se niegan a
evangelizar a los judíos, creyendo que así los estiman y
respetan más –y que, de paso, van a ahorrarse así
muchos disgustos–. En un coloquio organizado por el International Council
of Christians and Jews (8-IX-1997), un Cardenal expone la conferencia
«¿El cristianismo tiene necesidad del judaísmo?». Y contesta a esa
pregunta:
«Sin dudar respondo que sí, un sí franco y sólido,
un sí que expresa una necesidad vital y, diría, visceral...
Para mí, el cristianismo no puede pensarse sin el judaísmo,
no puede prescindir del judaísmo... Mi fe cristiana tiene necesidad
de la fe judía»... .
En la perspectiva del Cardenal, que
se declara «lejos de toda teología cristianizante del judaísmo», para
afirmar la fe cristiana en Cristo, necesitamos que los judíos
nieguen la fe en Cristo, y lo rechacen como el
Mesías anunciado por los profetas y esperado como Salvador.
Pero
el Espíritu Santo quiere que la predicación del Evangelio a
los judíos hecha por Cristo, Esteban, Pablo, o por Cohen,
Ratisbonne, Lémann, siga resonando para la gloria de Dios y
la salvación de todos.
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