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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Diálogo interreligioso, verdades y errores
Un diálogo desde la sinceridad, el respeto y el compromiso por buscar la verdad
Diálogo interreligioso, verdades y errores
¿Se puede hablar de verdadero o falso, de correcto o
incorrecto, de acertado o equivocado, a la hora de iniciar
un diálogo entre religiones?
Según una opinión más o menos difundida,
la pretensión de poseer la verdad, de tener razón, de
estar en lo cierto, podría llevar a actitudes de desprecio,
de intolerancia. Es decir, llevaría a impedir el diálogo, a
poner serias trabas en las relaciones humanas. Si uno piensa
que tiene razón y que los demás están equivocados, ¿cómo
puede ser posible el diálogo?
Además, afirman algunos, las nociones de
error y falsedad, aplicadas a las religiones, llevan al deseo
de distinguir entre las que sean verdaderas y las que
sean falsas. Habrá incluso quien hipotice que todas las religiones
serían falsas. Estas actitudes parecerían invalidar, dicen, todo diálogo: quienes
pretenden poseer la verdad (normalmente cada religión acepta esta idea)
consideran que los demás están equivocados, si es que no
ven a los otros como a pobres hombres seguidores de
algún líder que ha mentido o engañado a pocas o
a muchas personas.
Para evitar este “peligro”, habría que cambiar de
actitudes. Si se prescinde de las nociones de verdad y
falsedad, y se acepta, como punto de partida, la igual
validez de todas las posiciones, entonces sería posible un verdadero
diálogo interreligioso, en el que todas las religiones se encuentran
en cuanto dotadas supuestamente de igual verdad.
Esta postura, sin embargo,
crea más problemas que soluciones. En primer lugar, porque no
es nada fácil decir a cada religión que vale igual
que las otras. Esta “ficción mental” supone, en la práctica,
dar un igual trato a lo que es distinto, cerrar
los ojos ante creencias que son, en algunos casos, contrapuestas,
y, en otros, simplemente incompatibles.
La psicología de la fe que
lleva a las personas a aceptar una religión en vez
de otra nos muestra que el acto de creer sólo
es posible desde el presupuesto de considerar a la propia
religión como verdadera. Por eso mismo, se supone también que
las demás religiones son, como mínimo, “menos verdaderas” (si es
que no son vistas como falsas).
En segundo lugar, porque dialogar
no significa creer que todo vale lo mismo, sino comprometerse,
en el respeto al otro, para buscar con sinceridad si
mi punto de vista es correcto (es verdadero) o si
es equivocado. Establecer un diálogo, por ejemplo, entre un musulmán
y un cristiano sobre la doctrina trinitaria sin que ninguno
de los interlocutores crea en la verdad de su punto
de vista sería como hablar sobre nada, es decir, como
no hablar...
Aceptar la verdad del propio punto de vista resulta,
por lo tanto, un presupuesto imprescindible para entrar en diálogo
con el otro. Pero no basta. También hay que aceptar
otra verdad que en algunos momentos de la historia (también
del presente) ha sido olvidada, si es que no ha
sido gravemente violada: cada hombre, cada mujer, tiene un valor
muy elevado, y nadie puede despreciarle u obstaculizar sus derechos
fundamentales por el simple hecho de pertenecer a otra religión
o por tener una filosofía distinta de la propia.
Esta verdad,
que funda cualquier relación humana que se haga realidad según
criterios de justicia, supone nuevamente superar cualquier “pacifismo” descafeinado que
diga que no existen verdades. La dignidad del ser humano
es una “verdad”, no una opinión o algo que no
sabemos si vale o no vale. Por lo mismo, hay
que saber decir, con valor, que quien niega esta verdad
está en el error, y en error sumamente grave que
puede llevar a actitudes gravemente intolerantes.
El diálogo interreligioso tiene que
seguir adelante en un mundo donde hay muchas diferencias y
poco esfuerzo sincero por buscar la verdad. No podemos vivir
encerrados en conchas herméticas donde cada uno acepte tener toda
la verdad sin confrontarnos con puntos de vista distintos. Pero
la confrontación tiene que hacerse desde la sinceridad, el respeto
y el compromiso por acoger la verdad allí donde se
encuentre.
A veces esto implicará reconocer que yo estaba equivocado, que
lo que antes consideraba como verdad era un error. Otras
veces será el otro quien diga, con sencillez, que estaba
en el error y podrá así acoger la verdad que
puedo ofrecerle como el don más grande de la amistad,
como el terreno común que es capaz de unirnos a
todos los hombres.
Otras veces descubriremos que existen muchos puntos en
común y que podemos trabajar juntos para defender la dignidad
de la persona, la justicia y la paz. Pero, de
nuevo, sin ocultar las diferencias.
Como recordaba el Papa Benedicto XVI
en un encuentro interreligioso en Washington (17 de abril de
2008), "en nuestro intento de descubrir los puntos de comunión,
hemos evitado quizás la responsabilidad de discutir nuestras diferencias con
calma y claridad. Mientras unimos siempre nuestros corazones y mentes
en la búsqueda de la paz, debemos también escuchar con
atención la voz de la verdad. De este modo, nuestro
diálogo no se detendrá sólo en reconocer un conjunto común
de valores, sino que avanzará para indagar su fundamento último.
No tenemos nada que temer, porque la verdad nos revela
la relación esencial entre el mundo y Dios".
Todos estamos llamados
a dar su sentido correcto al diálogo interreligioso. Podemos poco
a poco poner piedras desde las cuales sean posibles más
encuentros. Sin engaños. Sin aparentar que no creemos en la
verdad de nuestro punto de vista.
Para los católicos, lo más
honesto será estudiar nuestra propia fe, reconocer en ella una
verdad que nos transciende, y ofrecerla, en el respeto sincero,
a quienes nos pregunten sobre nuestra condición de creyentes en
Cristo, de miembros de la Iglesia. Una Iglesia que mantiene
abiertas sus puertas a quienes llamen con un deseo profundo
de sopesar la verdad de una fe antigua y siempre
nueva, una Verdad que coincide con una Persona: Jesús de
Nazaret, Hijo del Padre, Hijo de María, Salvador del mundo
y de la historia.
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