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Autor: Papa Benedicto XVI Benedicto XVI promotor de la unidad cristiana y del diálogo interreligoso
Del primer mensaje en la capilla Sistina, 20 de abril de 2005
Benedicto XVI promotor de la unidad cristiana y del diálogo interreligoso
Jueves, 16.junio.2005
En sus propias palabras
Alimentados y apoyados por
la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados
a tender a esa plena unidad que Cristo deseó ardientemente
en el Cenáculo. El sucesor de Pedro sabe que tiene
que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo
deseo del divino Maestro. A Él se le ha confiado
la tarea de confirmar a los hermanos (cf. Lucas 22,
32).
Plenamente consciente, por tanto, al inicio de su ministerio
en la Iglesia de Roma que Pedro ha regado con
su sangre, su actual sucesor asume como compromiso prioritario trabajar
sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena
y visible de todos los seguidores de Cristo. Ésta es
su ambición, éste es su apremiante deber. Es consciente de
que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos.
Son precisos gestos concretos que penetren en los espíritus y
remuevan las conciencias, llevando a cada uno hacia esa conversión
interior que es el presupuesto de todo progreso en el
camino del ecumenismo.
El diálogo teológico es necesario. También es
indispensable profundizar en los motivos históricos de decisiones tomadas en
el pasado. Pero lo que más urge es esa «purificación
de la memoria», tantas veces evocada por Juan Pablo II,
la única que es capaz de preparar los espíritus para
acoger la verdad plena de Cristo. Cada quien debe presentarse
ante Dios, juez supremo de todo ser vivo, consciente del
deber de rendirle cuentas un día de lo que ha
hecho o no ha hecho por el gran bien de
la unidad plena y visible de todos sus discípulos.
El
actual sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona
por esta petición y está dispuesto a hacer todo lo
posible para promover la causa fundamental del ecumenismo. Tras las
huellas de sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar toda
iniciativa que pueda parecer oportuna para promover contactos y el
entendimiento con los representantes de las diferentes iglesias y comunidades
eclesiales. A ellos les dirige también en esta ocasión el
saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos.‰
La
Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia
de la tarea de volver a proponer al mundo la
voz de Aquél que dijo: «Yo soy la luz del
mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8,
12). Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que
su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y
las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la
propia luz, sino la de Cristo.
Con esta conciencia
me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras
religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas
fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado.
Me dirijo a todos con sencillez y cariño para asegurarles
que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo
abierto y sincero, en búsqueda del verdadero bien del ser
humano y de la sociedad.
(Del primer mensaje en
la capilla Sistina, 20 de abril de 2005)
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