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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.revistaecclesia.com En la verdad, la paz
Homilía de Benedicto XVI en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios, trigésimo novena Jornada Mundial de la Paz
En la verdad, la paz
¡Queridos hermanos y hermanas!
En la liturgia de hoy, nuestra
mirada sigue dirigiéndose al gran misterio de la encarnación del
Hijo de Dios, contemplando en particular la maternidad de la
Virgen María. En el pasaje de san Pablo que hemos
escuchado (Cf. Gálatas 4, 4), el apóstol hace referencia de
manera muy discreta a la mujer por la que el
Hijo de Dios entra en el mundo: María de Nazaret,
la Madre de Dios, la «Theotokos». Al inicio de un
nuevo año, se nos invita a entrar en su escuela,
la escuela de la fiel discípula del Señor para aprender
de Ella a acoger en la fe y en la
oración la salvación que Dios quiere ofrecer a quienes confían
en su amor misericordioso.
La salvación es don de Dios;
en la primera lectura se nos ha presentado como bendición:
«te bendiga y te guarde…; te muestre su rostro y
te conceda la paz» (Números 6, 24.26). Se trata de
la bendición que utilizaban los sacerdotes como invocación sobre el
pueblo al final de las grandes fiestas litúrgicas, en particular,
en la fiesta del año nuevo. Nos encontramos ante un
texto sumamente profundo, salpicado por el nombre del Señor que
es repetido al inicio de cada uno de los versículos.
Un texto que no es una simple exposición de principios,
sino que tiende a realizar lo que afirma. Como se
sabe, de hecho, en el pensamiento semítico, la bendición del
Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación, así
como la maldición produce desgracia y ruina. La eficacia de
la bendición se concretiza de manera más específica por parte
de Dios en la protección (versículo 24), en el hecho
de que nos es propicio (versículo 25) y de que
nos da la paz, con otras palabras, la abundancia de
la felicidad.
Al hacernos escuchar esta antigua bendición al inicio
de un nuevo año solar, la liturgia está como alentándonos
a invocar la bendición del Señor sobre el año nuevo
que da sus primeros pasos para que sea para todos
nosotros un año de prosperidad y de paz. Este es
precisamente el auspicio que quisiera dirigir a los ilustres embajadores
del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que participan
en la celebración litúrgica de hoy. Saludo al cardenal Angelo
Sodano, mi secretario de Estado. Junto a él, saludo al
cardenal Renato Raffaele Martino y a todos los miembros del
Consejo Pontificio de la Justicia y de la Paz. Les
doy particularmente las gracias por su compromiso en la difusión
del anual Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz,
dirigido a los cristianos y a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad. Dirijo también un saludo cordial a
los numerosos «pueri cantores», que con su canto hacen todavía
más solemne esta santa misa con la que invocamos de
Dios el don de la paz para el mundo entero.
Al escoger para el Mensaje de la Jornada Mundial de
la Paz de hoy el tema «En la verdad, la
paz», he querido expresar la convicción de que «donde y
cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de
la verdad, emprende de modo casi natural el camino de
la paz» (n. 3). ¿Cómo no ver una eficaz y
apropiada realización de esta afirmación en el pasaje evangélico que
se acaba de proclamar, en el que hemos contemplado la
escena de los pastores en camino hacia Belén para adorar
al Niño? (Cf. Lucas 2, 16). ¿No son esos pastores,
que nos describe el evangelista Lucas en su pobreza y
sencillez, con su obediencia al mandamiento del ángel y su
docilidad a la voluntad de Dios, la imagen más accesible
para cada uno de nosotros del hombre que se deja
iluminar por la verdad, haciéndose así capaz de construir un
mundo de paz?
¡La paz! Esta gran aspiración del corazón
de todo hombre y de toda mujer se construye día
tras día con la aportación de todos, como enseña la
admirable herencia que nos ha entregado el Concilio Vaticano II
con la constitución pastoral «Gaudium et spes», en la que
se afirma que la humanidad no logrará «construir un mundo
más humano para todos los hombres en toda la extensión
de la tierra, sin que todos se conviertan con espíritu
renovado a la verdad de la paz» (n. 77). El
momento histórico en el que se promulgó la constitución «Gaudium
et spes», el 7 de diciembre de 1965, no era
muy diferente al nuestro. Entonces, como por desgracia también en
nuestros días, tensiones de todo tipo se perfilaban en el
horizonte mundial. Ante las situaciones de injusticia y de violencia
que siguen oprimiendo diferentes zonas de la tierra, ante las
nuevas y más insidiosas amenazas contra la paz --el terrorismo,
el nihilismo y el fundamentalismo fanático--, ¡se hace más necesario
que nunca trabajar juntos por la paz!
Es necesario un
«empuje» de valentía y de confianza en Dios y en
el hombre para optar por recorrer el camino de la
paz. Es algo que tienen que hacerlo todos: individuos y
pueblos, organizaciones internacionales y potencias mundiales. En particular, en el
mensaje para el día de hoy, he querido invitar a
la Organización de las Naciones Unidas a tomar una nueva
conciencia de su responsabilidad en la promoción de los valores
de la justicia, de la solidaridad y de la paz,
en un mundo cada vez más marcado por el amplio
fenómeno de la globalización. Si la paz es la aspiración
de toda persona de buena voluntad, para los discípulos de
Cristo es un mandato permanente que compromete a todos; es
una misión exigente que les lleva a anunciar y a
testimoniar «el Evangelio de la Paz», proclamando que el reconocimiento
de la verdad plena de Dios es condición previa a
indispensable para la consolidación de la verdad de la paz.
Que esta conciencia crezca cada vez más de manera que
toda comunidad cristiana se convierta en «levadura» de una humanidad
renovada en el amor.
«María, por su parte, guardaba todas
estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lucas 2,
19). El primer día del año lleva el signo de
una mujer, María. El Evangelista Lucas la describe como Virgen
silenciosa, en constante escucha de la palabra eterna, que vive
en la Palabra de Dios. María guarda en su corazón
las palabras que proceden de Dios y, juntándolas como en
un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela, queremos aprender
también nosotros a ser atentos y dóciles discípulos del Señor.
Con su ayuda maternal, deseamos comprometernos a trabajar con empeño
en el «taller» de la paz, siguiendo a Cristo, príncipe
de la Paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen María,
¡dejémonos guiar siempre y sólo por Jesucristo, quien es el
mismo ayer, hoy y siempre! (Cf. Hebreos 13, 8).
[Traducción del original italiano realizada
por Zenit]
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