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Autor: Francisco de Andrés | Fuente: www.iuscanonicum.org La libertad religiosa, ¿planta de imposible arraigo en el islam?
Nada, ni remotamente, puede sugerir la presencia en Arabia Saudí de otra religión
La libertad religiosa, ¿planta de imposible arraigo en el islam?
En un momento en que el islam en Europa reclama
su homologación legal con las demás religiones, surge inevitablemente la
cuestión de la reciprocidad en los países árabes. No se
trata en este caso del respeto a la libertad religiosa
de una población extranjera. Lo que se plantea es el
derecho de una minoría tan árabe como el resto de
la población, pero de religión cristiana.
Incierto porvenir de la
minoría cristiana en el mundo árabe
Kamran es libanés, y, aunque
no ha cumplido los 40 años, lleva 19 trabajando en
una embajada occidental en la capital de Arabia Saudí, Riad.
Su mujer, Soheila, también libanesa, trabaja en la misma legación.
Ambos solicitaron hace años el visado europeo, y no pierden
la esperanza de conseguirlo. Su sueño no consiste tanto en
buscar Eldorado en Europa como en alejarse de Oriente Próximo.
"Es muy duro vivir aquí siendo árabe y cristiano", comenta
Kamran. Soheila asiente: "Si somos de la misma raza, ¿por
qué nos detestan tanto?". Buena parte de los casi 12
millones de cristianos que viven en Oriente Próximo se formulan
la misma pregunta. La respuesta es con frecuencia el éxodo
a Occidente.
Para muchos cristianos árabes, la emigración representa el final
de un largo proceso de exclusión y de persecución, más
o menos directa, en todos los países del área. En
Tierra Santa, en particular en Cisjordania, existe un boicot casi
permanente a los negocios dirigidos por los palestinos cristianos. En
Egipto los coptos han sabido mantenerse al frente del sector
privado de la economía, pero tienen desde hace siglos la
categoría de ciudadanos de segunda y no pueden acceder a
los cargos públicos.
Temor a la desaparición
Desde la desgraciada guerra civil
(1975-1990), los cristianos libaneses han visto reducida drásticamente su participación
en el poder. En 1932 eran el 55% de la
población del Líbano. Hoy son menos del 30%. Más de
la mitad de los cristianos de Irak han abandonado el
país. En Egipto, el proceso migratorio de los coptos empezó
con grandes cifras ya después de la revolución de 1952.
La
celebración, hace cuatro años, del segundo milenio del nacimiento de
Cristo, ayudó a que se difundiera en Occidente el temor
a la desaparición de una de las comunidades cristianas más
antiguas en la tierra donde nació el Evangelio. Gracias a
la campaña de movilización, la Santa Sede logró canalizar más
recursos para sus obras apostólicas en Tierra Santa. Los países
del Golfo, donde la comunidad árabe cristiana es mínima pero
donde trabajan -en condiciones penosas- millón y medio de católicos
asiáticos, fueron objeto de especial atención, pese a que la
intolerancia sin fisuras de sus regímenes políticos integristas pone numerosas
trabas a cualquier tipo de ayuda del exterior.
Las dificultades tradicionales
han provocado un éxodo de árabes cristianos, más determinado por
las expectativas de ascenso en la escala social y económica
en Occidente. A esto se suma desde hace años el
auge del integrismo islámico en prácticamente todos los países de
la región. Monseñor Giu-
seppe de Andrea, nombrado en 2000 primer
nuncio residencial en Kuwait, con competencias para los siete países
del Golfo, lo explicó hace meses en unas declaraciones a
un diario español. "Temo -comentó De Andrea- que puedan producirse
más restricciones para la minoría cristiana. Los gobiernos islámicos se
han endurecido en materia de tolerancia religiosa. No hablo sólo
de los wahabí saudíes, quizá la rama más dura de
la mayoría suní. Todos los líderes musulmanes han reforzado sus
llamadas a la defensa de su identidad".
Desde la invasión de
Irak, en marzo del año pasado, la llamada de buena
parte de los imanes (los clérigos musulmanes responsables de la
predicación en las mezquitas) al rechazo de los valores occidentales
en la nebulosa semántica de la invocación a la yihad,
la guerra santa, es aún más perentoria. Los atentados de
la red islamista Al Qaida, que recorren toda la geografía
del islam, desde Indonesia hasta Marruecos, no han buscado -hasta
la fecha- objetivos propiamente árabe-cristianos. Pero han creado un clima
sofocante para las comunidades cristianas, más que nunca sospechosas de
connivencia con el "enemigo occidental".
Iniciativas de apoyo
Los últimos estudios estadísticos
sobre la disminución de cristianos en el mundo árabe, realizados
antes de la invasión de Irak, hablan con dramática elocuencia
de la lenta desaparición de la más primitiva de las
comunidades cristianas. A finales de 2001, Belén, la ciudad cristiana
por antonomasia, había perdido la mayoría de población cristiana que
mantuvo casi de modo ininterrumpido a lo largo de dos
milenios. Otro tanto ocurrió con Nazaret, ciudad en la que
los cristianos eran mayoría antes de la creación de Estado
de Israel.
La situación en estas dos ciudades, y en general
en toda la región, ha movilizado numerosas iniciativas -en particular
en Estados Unidos- y un plan de apoyo a la
comunidad árabe-cristiana por parte de la Custodia de Tierra Santa,
encomendada a los franciscanos. Su proyecto incluye la construcción de
viviendas para los sectores más necesitados de la población palestina,
y becas de estudio que faciliten a los jóvenes árabes
católicos obtener su titulación en Israel o en los territorios
ocupados sin necesidad de emigrar a Europa o a Estados
Unidos.
Las iniciativas de apoyo a las comunidades cristianas apenas han
servido hasta la fecha para aliviar la sensación de abandono
entre la población árabe-cristiana. El desconcierto y la irritación se
centran en la actitud de los gobiernos occidentales, que suelen
hacer la vista gorda en materia de libertad religiosa cuando
se trata de estrechar relaciones políticas o comerciales con los
regímenes más intolerantes de Oriente Próximo. Algunas de las iniciativas
políticas, tomadas casi exclusivamente en Estados Unidos, apenas han servido
para sensibilizar a la opinión pública norteamericana respecto a la
pobre suerte de los cristianos del mundo árabe. Cuando no
han sido trivializadas con el sambenito de "fundamentalistas". Ése es
el caso de la propuesta de un conocido político neoyorquino,
que pidió un boicot de los productos de las compañías
norteamericanas que hacen negocios con los regímenes árabes que persiguen
a los cristianos.
Sólo Estados Unidos se preocupa
En el terreno institucional,
Estados Unidos es, sin embargo, el único régimen occidental que
se preocupa por la cuestión. Washington ha tratado de mostrar
su "respaldo moral" a las minorías cristianas dentro del islam
a través de las audiencias especiales organizadas por el Senado,
y sobre todo con el informe anual sobre la persecución
religiosa en el mundo que desde 1999 publica el Departamento
de Estado.
La campaña de denuncias ha comenzado a prender en
algunos círculos mediáticos occidentales. Una cosa es plantearse si es
oportuno exigir a los regímenes árabes los estándares democráticos del
Occidente cristiano, y otra muy distinta comulgar con ruedas de
molino en materia de derechos fundamentales del hombre. Entre ellos,
el de la libertad religiosa.
En uno de sus últimos números,
el semanario The Economist (3-IV-2004) aborda el problema al analizar
el afán de algunas elites árabes por lograr en sus
países mayor espacio de libertad política y económica. La revista
establece un ranking de libertades en los 18 países árabes.
En cabeza de la lista, sumadas las distintas puntuaciones, figura
Marruecos. En la cola, Arabia Saudí, el país con más
estrechas relaciones económicas con Occidente.
En materia de libertad religiosa, el
informe de The Economist sitúa a Túnez como el país
más tolerante. Le siguen Siria e Irak, curiosamente los dos
regímenes árabes tradicionalmente "canallas" para la Administración norteamericana. Países como
Marruecos, Líbano y Jordania logran un aprobado más o menos
raspado, mientras que el resto de los países árabes registran
graves carencias en su respeto a las minorías no musulmanas.
La revista otorga al régimen de los 7000 príncipes saudíes
un cero tanto en materia de libertad política como de
libertad religiosa, entendida por el influyente semanario liberal como libertad
de culto y separación del poder político respecto al religioso.
En
Arabia Saudí, ni una biblia
La vida para los no musulmanes
adquiere niveles intolerables en Arabia Saudí, el régimen guardián de
los lugares santos de La Meca y Medina y, por
lo tanto, en cierto modo paradigma para los 1.300 millones
de musulmanes de todo el mundo que están obligados a
hacer, al menos una vez en su vida, una peregrinación
a la patria del profeta Mahoma.
Esta circunstancia sirve a las
autoridades políticas saudíes para justificar el rigor con que aplican
el integrismo en todos los aspectos de la vida pública,
y el celo con que persiguen a los no musulmanes.
Según la tesis oficial, es un "mandato de Dios" transmitido
a través del profeta que no se permita la presencia
de ninguna otra religión en la tierra donde nació el
islam. La interpretación literal de la sura del Corán tiene
algunos detractores dentro de Arabia Saudí -y, desde luego, en
muchos círculos coránicos de otras naciones árabes-, pero la prohibición
de iglesias, incluso dentro de los recintos de las embajadas,
y del más mínimo signo religioso no islámico es inapelable.
Nada,
ni remotamente, puede sugerir la presencia en Arabia Saudí de
otra religión. El hallazgo de un crucifijo o de una
biblia basta para dictar la orden de expulsión en el
caso de los extranjeros, o para fijar penas severas si
se trata de un musulmán saudí. Son relativamente frecuentes las
redadas de la policía religiosa (la mutawa) en domicilios privados
donde se sospecha que pueden reunirse más de dos extranjeros,
por lo general filipinos, para rezar. Según se cuenta en
Riad, la compañía Swissair tuvo problemas para operar en Arabia
Saudí por su logotipo, en el que aparece una cruz.
Cristianismo
de catacumbas
La intolerancia que existe en Arabia Saudí -el único
país árabe sin relaciones con el Vaticano- es especialmente dolorosa
por una circunstancia: del millón y medio de católicos que
residen en el área del Golfo Pérsico, en su mayoría
trabajadores inmigrantes procedentes de la India y Filipinas, medio millón
trabajan en territorio saudí. El único medio para mantener a
flote su fe es la reproducción del régimen de las
catacumbas.
Afortunadamente, la situación se alivia en el resto de los
países árabes. El obispo delegado para Arabia Saudí tiene su
sede en los vecinos Emiratos Árabes Unidos, un régimen que
-junto con el de Bahrein- permite la existencia de algunas
escuelas cristianas para los inmigrantes católicos. Qatar otorgó el año
pasado permiso para construir la primera iglesia del país, y
Kuwait ha aceptado que el Vaticano abra en su capital
la sede de la nunciatura para toda la región. El
resto del mundo árabe, con los matices que recoge la
clasificación de The Economist, mantiene unos niveles de tolerancia hacia
las minorías cristianas superiores a los de los países del
Golfo.
La situación saudí es especialmente lacerante por otras razones. El
régimen de Riad es el primer promotor mundial de la
construcción de mezquitas en Occidente, y se siente asimismo responsable
de la formación y pago de los imanes que trabajan
en ellas. Por otra parte, en su labor tutelar de
las comunidades musulmanas en Occidente, los líderes musulmanes buscan la
homologación con el cristianismo para obtener más ventajas. Para ello
no dudan en recurrir a los conceptos de "tolerancia" y
"libertad religiosa consagrada por la Constitución", dos términos que han
tomado prestados porque no existen en el diccionario islámico. La
falta absoluta de reciprocidad no inmuta a los dirigentes políticos
árabes. Pero acabará por conmover, tarde o temprano, a los
gobiernos occidentales más afectados por la inmigración musulmana, en la
medida en que se mantenga vivo el debate en la
opinión pública.
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