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Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net Ante el pluralismo religioso
El hombre contemporáneo, como el hombre de cada época histórica, sigue en camino hacia la verdad.
Ante el pluralismo religioso
Al constatar la existencia de tantas religiones, al percibir cómo
se dan creencias tan distintas entre los seres humanos, surgen
diversas preguntas.
Una de ellas se refiere a la verdad. ¿Existen
verdades alcanzables por los hombres y mujeres de nuestro planeta
por lo que se refiere a la religión? ¿Es posible
establecer cuál es la religión verdadera, o al menos cuál
sea la “más” verdadera, o la “menos” falsa? ¿Pueden los
poderes públicos tomar alguna posición concreta en estos temas?
Es obvio
que la respuesta no resulta fácil. Si lo fuera, el
pluralismo religioso se reduciría drásticamente. Pero la dificultad real no
implica que sea imposible encontrar una respuesta. Simplemente muestra que
estamos ante un argumento difícil, sumamente complejo. Especialmente porque el
tema religioso involucra a cada persona en lo más profundo
de sus convicciones y de sus comportamientos.
La existencia de tantas
dificultades nos permite vislumbrar por qué se dan actitudes mentales
muy diferentes ante la religión. Algunos optan por la cerrazón,
la hostilidad, la apatía; otros, en cambio, muestran un gran
entusiasmo, pasión, deseo de comunicar verdades sobre Dios a todos
los hombres. Porque ningún ser humano se siente indiferente cuando,
frente a una realidad que supera los límites de la
materia, del tiempo y del espacio, reconoce que su razón
se pregunta sobre “algo” que no puede ser ni envuelto
por los sentidos ni plenamente agotado por nuestra comprensión racional.
Precisamente
estas dificultades nos llevan a reconocer que el pluralismo religioso
no puede ser simplemente valorado como una riqueza, sino como
una señal de las dificultades de este tema. Nos gustaría,
en ese sentido, alcanzar una convergencia mayor respecto a la
Realidad Suprema; no sólo para evitar conflictos que muchas veces
han enfrentado a los miembros de distintas religiones, sino como
señal de un acercamiento cada vez más universal de las
mentes y de los corazones hacia aquel Dios que sea
el objeto último de la comprensión y del amor humano.
Frente
al pluralismo religioso las autoridades públicas, y todos los miembros
de la sociedad, están llamadas a una actitud de respeto.
No es correcta la decisión de un grupo de poder
que decida imponer sus propias ideas o sus planteamientos sobre
los valores más profundos de la vida a todos los
miembros de la sociedad. Porque nadie puede ser forzado a
considerar como verdadero lo que le parece falso, ni a
someterse a leyes que vayan contra sus convicciones más profundas
en el campo religioso (o en aquellos otros ámbitos en
los que la conciencia merece siempre el máximo respeto).
La historia
del mundo occidental ha mostrado, a veces a través de
experiencias dramáticas, cuánto daño, cuánta injusticia es cometida cuando una
autoridad se siente legitimada a imponer convicciones de un grupo
religioso sobre quienes tienen convicciones distintas. Como también el daño
producido sobre millones de seres humanos por parte de ideologías
que han rechazado las religiones por considerarlas, erróneamente, como fuente
de degrado humano y moral; ideologías que se han autodeclarado
“liberadoras” de una humanidad abstracta, mientras luego oprimían, marginaban o
incluso asesinaban a millones de personas concretas que acogían y
defendían sus propias convicciones religiosas.
Desde las experiencias del pasado necesitamos
tomar conciencia de la dignidad que todo ser humano posee,
sea de la religión que sea. Sólo así podremos convivir
personas de religiones e ideas distintas. Pero ello no debe
ser obstáculo para conseguir, desde un deseo profundo de avanzar
hacia lo verdadero, mejores formulaciones y razonamientos más profundos que
nos permitan acercarnos entre nosotros respecto a un tema de
máxima importancia: Dios.
El hombre contemporáneo, como el hombre de cada
época histórica, sigue en camino hacia la verdad. Para los
cristianos, tal verdad se hizo presente en nuestra tierra, hace
2000 años, en la forma sencilla y humilde de Jesús,
el Nazareno. Saber mostrar su rostro, transmitir algo del misterio
de Cristo a nuestros contemporáneos, es sólo el resultado de
una convicción profunda que nace del encuentro: “nosotros hemos conocido
el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en
él” (1Jn 4,16).
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