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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.vatican.va Encuentro ecuménico
Discurso del Santo Padre en la Cripta de la catedral de Santa María de Sydney. Viernes 18 de julio de 2008
Encuentro ecuménico
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A SYDNEY (AUSTRALIA)
CON OCASIÓN DE LA XXIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (13
- 21 DE JULIO DE 2008)
ENCUENTRO ECUMÉNICO
DISCURSO DEL
SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Cripta de la catedral de Santa María
de Sydney Viernes 18 de julio de 2008
Queridos hermanos
y hermanas en Cristo:
Doy gracias a Dios fervientemente por la
oportunidad de encontraros y de orar junto con vosotros, que
habéis llegado aquí en representación de varias comunidades cristianas en
Australia. Agradecido por las cordiales palabras de bienvenida del Obispo
Forsyth y del Cardenal Pell, con sentimientos de alegría os
saludo en el nombre del Señor Jesús «la piedra angular»
de la «casa de Dios» (cf. Ef 2,19-20). Deseo enviar
un saludo particular al Cardenal Edward Cassidy, Presidente emérito del
Consejo Pontificio para la Promoción de la unidad de los
Cristianos, que no ha podido estar hoy con nosotros a
causa de su delicada salud. Recuerdo con gratitud su decidido
compromiso de promover la comprensión recíproca entre todos los cristianos
y quisiera invitaros a todos a uniros conmigo en la
oración por su pronto restablecimiento.
Australia es un País marcado por
gran diversidad étnica y religiosa. Los inmigrantes llegan a las
costas de esta majestuosa tierra con la esperanza de encontrar
en ella felicidad y buenas oportunidades de trabajo. La vuestra
es también una Nación que reconoce la importancia de la
libertad religiosa. Éste es un derecho fundamental que, si se
respeta, permite a los ciudadanos de actuar en base a
valores arraigados en sus convicciones más profundas, contribuyendo así al
bienestar de toda la sociedad. De este modo, los cristianos
contribuyen, junto con los miembros de las otras religiones, a
la promoción de la dignidad humana y la amistad entre
las naciones.
A los australianos les gusta la discusión franca
y cordial. Eso ha proporcionado un buen servicio al movimiento
ecuménico. Un ejemplo puede ser el Acuerdo firmado en 2004
por los miembros del Consejo Nacional de las Iglesias en
Australia. Este documento reconoce un compromiso común, indica objetivos, declara
puntos de convergencia, sin pasar apresuradamente por encima de las
diferencias. Un planteamiento como éste no sólo demuestra que es
posible encontrar resoluciones concretas para una colaboración fructuosa en el
presente, sino también que necesitamos proseguir pacientes discusiones sobre los
puntos teológicos de divergencia. Es de desear que las deliberaciones,
que haréis en el Consejo de las Iglesias y en
otros foros locales, se vean alentadas por los resultados que
ya habéis alcanzado.
Este año celebramos el segundo milenario del
nacimiento de San Pablo, trabajador incansable en favor de la
unidad en la Iglesia primitiva. En el pasaje de la
Escritura que acabamos de escuchar, Pablo nos recuerda la inmensa
gracia que hemos recibido al convertirnos en miembros del cuerpo
de Cristo mediante el Bautismo. Este Sacramento, que es la
puerta de entrada en la Iglesia y el «vínculo de
unidad» para cuantos han renacido gracias a él (cf. Unitatis
redintegratio, 22), es consiguientemente el punto de partida de todo
el movimiento ecuménico. Pero no es el destino final. El
camino del ecumenismo tiende, en definitiva, a una celebración común
de la Eucaristía (cf. Ut unum sint, 23-24;45), que Cristo
ha confiado a sus Apóstoles como el Sacramento por excelencia
de la unidad de la Iglesia. Aunque hay todavía obstáculos
que superar, podemos estar seguros de que un día una
Eucaristía común subrayará nuestra decisión de amarnos y servirnos unos
a otros a imitación de nuestro Señor. En efecto, el
mandamiento de Jesús de «hacer esto en conmemoración mía» (Lc
22,19), está intrínsecamente ordenado a su indicación de «lavaros los
pies unos a otros» (Jn 13,14). Por esta razón un
sincero diálogo sobre el lugar que tiene la Eucaristía –estimulado
por un renovado y atento estudio de la Escritura, de
los escritos patrísticos y de los documentos de los dos
milenios de la historia cristiana (cf. Ut unum sint, 69-70)–
favorecerá indudablemente llevar adelante el movimiento ecuménico y unificar nuestro
testimonio ante del mundo.
Queridos amigos en Cristo, creo que estaréis
de acuerdo en considerar que el movimiento ecuménico ha llegado
a un punto crítico. Para avanzar hemos de pedir continuamente
a Dios que renueve nuestras mentes con la gracia del
Espíritu Santo (cf. Rm 12,2), que nos habla por medio
de las Escrituras y nos conduce a la verdad completa
(cf. 2 P 1,20-21; Jn 16,13). Hemos de estar en
guardia contra toda tentación de considerar la doctrina como fuente
de división y, por tanto, como impedimento de lo que
parece ser la tarea más urgente e inmediata para mejorar
el mundo en el que vivimos. En realidad, la historia
de la Iglesia demuestra que la praxis no sólo es
inseparable de la didaché, de la enseñanza, sino que deriva
de ella. Cuanto más asiduamente nos dedicamos a lograr una
comprensión común de los misterios divinos, tanto más elocuentemente nuestras
obras de caridad hablarán de la inmensa bondad de Dios
y de su amor por todos. San Agustín expresó la
interconexión entre el don del conocimiento y la virtud de
la caridad cuando escribió que la mente retorna a Dios
a través del amor (cf. De moribus Ecclesiae catholicae, XII,21),
y que dondequiera que se ve la caridad, se ve
la Trinidad (cf. De Trinitate, 8,8,12).
Por esta razón, el
diálogo ecuménico no solamente avanza mediante un cambio de ideas,
sino compartiendo dones que nos enriquecen mutuamente (cf. Ut unum
sint, 28;57). Una «idea» está orientada al logro de la
verdad; un «don» expresa el amor. Ambos son esenciales para
el diálogo. Abrirnos nosotros mismos a aceptar dones espirituales de
otros cristianos estimula nuestra capacidad de percibir la luz de
la verdad que viene del Espíritu Santo. San Pablo enseña
que en la koinonia de la Iglesia es donde nosotros
tenemos acceso a la verdad del Evangelio y los medios
para defenderla, porque la Iglesia está edificada «sobre el fundamento
de los Apóstoles y los Profetas», teniendo a Jesús mismo
como piedra angular (Ef 2,20).
En esta perspectiva podemos tomar
en consideración quizás las imágenes bíblicas complementarias de «cuerpo» y
de «templo», usadas para describir la Iglesia. Al emplear la
imagen del cuerpo (cf. 1 Co 12,12-31), Pablo llama la
atención sobre la unidad orgánica y sobre la diversidad que
permite a la Iglesia respirar y crecer. Pero igualmente significativa
es la imagen de un templo sólido y bien estructurado,
compuesto de piedras vivas, que se apoyan sobre un fundamento
seguro. Jesús mismo aplica a sí, en perfecta unidad, estas
imágenes de «cuerpo» y de «templo» (cf. Jn 2,21-22; Lc
23,45; Ap 21,22).
Cada elemento de la estructura de la Iglesia
es importante; pero todos vacilarían y se derrumbarían sin la
piedra angular que es Cristo. Como «conciudadanos» de esta «casa
de Dios», los cristianos tienen que actuar juntos a fin
de que el edificio permanezca firme, de modo que otras
personas se sientan atraídas a entrar y a descubrir los
abundantes tesoros de gracia que hay en su interior. Al
promover los valores cristianos, no debemos olvidar de proclamar su
fuente, dando testimonio común de Jesucristo, el Señor. Él es
quien ha confiado la misión a los «apóstoles», es Él
del que han hablado los «profetas», y es Él al
que nosotros ofrecemos al mundo.
Queridos amigos, vuestra presencia hoy
aquí me llena de la ardiente esperanza de que, continuando
juntos en el arduo camino hacia la plena unidad, tendremos
la fuerza de ofrecer un testimonio común de Cristo. Pablo
habla de la importancia de los profetas en la Iglesia
de los inicios; también nosotros hemos recibido una llamada profética
mediante el Bautismo. Confío que el Espíritu abra nuestros ojos
para ver los dones espirituales de los otros, abra nuestros
corazones para recibir su fuerza y abra de par en
par nuestras mentes para acoger la luz de la verdad
de Cristo. Expreso mi viva gratitud a cada uno de
vosotros por el compromiso de tiempo, enseñanza y talento que
habéis prodigado al servicio de «un sólo cuerpo y un
sólo espíritu» (Ef 4,4; cf. 1 Co 12,13) que el
Señor ha querido para su pueblo y por el que
ha dado su propia vida. Gloria y poder para Él
por los siglos de los siglos. Amén.
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