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Asamblea Plenaria (11-13 de marzo de 2004) La fe cristiana
al alba del nuevo milenio y el desafío de la no
creencia y la indiferencia religiosa
Documento final
¿Dónde está tu
Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa
INTRODUCCIÓN 1. La fe
cristiana, al alba del nuevo milenio, se ve confrontada con
el desafío de la increencia y de la indiferencia religiosa.
El Concilio Vaticano II, hace ya cuarenta años, compartía esta
grave constatación: «muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna
manera esta unión íntima y vital con Dios o la
rechazan explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser
considerado entre los problemas más graves de esta época y
debe ser sometido a un examen especialmente atento» (Gaudium et
spes, 19).
Con este objetivo, el papa Pablo VI creó en
1965 el Secretariado para los no creyentes, confiado a la
dirección del Cardenal Franz König. Cuando en 1980 Juan Pablo
II me llamó a sucederlo, me pidió también que pusiera
en marcha el Consejo Pontificio de la Cultura, que más
tarde, en 1993, fusionó con el Secretariado, convertido mientras tanto
en Consejo Pontificio para el Diálogo con los No creyentes.
Su motivación, expresada en la Carta apostólica en forma de
motu proprio Inde a Pontificatus, es clara: promover «el encuentro
entre el mensaje salvífico del Evangelio y las culturas de
nuestro tiempo, a menudo marcadas por la no creencia y
la indiferencia religiosa» (art. 1) y «el estudio del problema
de la no creencia y la indiferencia religiosa presente, bajo
diferentes formas, en los diversos ambientes culturales, investiga sus causas
y consecuencias por lo que atañe a la Fe cristiana»
(art. 2)[1].
Para cumplir este mandato, el Consejo Pontificio de la
Cultura ha llevado a cabo una investigación a escala mundial.
Sus resultados —más de 300 respuestas procedentes de todos los
continentes— fueron presentados a los miembros del Consejo Pontificio de
la Cultura durante la Asamblea plenaria de marzo de 2004,
siguiendo dos ejes principales: en primer lugar, cómo acoger «los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» de
los hombres de este tiempo, lo que hemos llamado «puntos
de anclaje para la transmisión del Evangelio»; y en segundo
lugar, qué vías privilegiar para llevar la buena noticia del
Evangelio de Cristo a los no creyentes, a los mal
creyentes y a los indiferentes de nuestro tiempo, cómo suscitar
su interés, cómo hacer que se interroguen sobre el sentido
de la existencia y cómo ayudar a la Iglesia a
transmitirles su mensaje de amor en el corazón de las
culturas, novo millennio ineunte.
Para ello, es necesario, ante todo, responder
a algunas preguntas: ¿quiénes son los no creyentes? ¿cuál es
su cultura? ¿qué nos dicen? ¿qué podemos decir a propósito
de ellos? ¿qué diálogo se puede entablar con ellos? ¿qué
hacer para despertar su interés, suscitar su preguntas, alimentar sus
reflexiones y transmitir la fe a las nuevas generaciones, a
menudo víctimas de la indiferencia religiosa de la que está
impregnada la cultura dominante?
Estas preguntas de los pastores de la
Iglesia expresan uno de los desafíos más preocupantes de «nuestra
época, a la vez dramática y fascinante» (Redemptoris missio, 38),
el desafío de una cultura de la increencia y de
la indiferencia religiosa que, desde un Occidente secularizado, se extiende
a través de las megápolis de todos los continentes.
En efecto,
en amplios espacios culturales donde la pertenencia a la Iglesia
sigue siendo mayoritaria, se observa una ruptura de la transmisión
de la fe, íntimamente ligada a un proceso de alejamiento
de la cultura popular, profundamente impregnada de cristianismo a lo
largo de los siglos. Es también importante tener en cuenta
los datos que condicionan este proceso de alejamiento, debilitamiento y
oscurecimiento de la fe en el ambiente cultural cambiante donde
viven los cristianos, con el fin de presentar propuestas pastorales
concretas que respondan a los desafíos de la nueva evangelización.
El habitat cultural donde el hombre se halla, influye sobre
sus maneras de pensar y de comportarse, así como sobre
los criterios de juicio y los valores, y no deja
de plantear cuestiones difíciles y a la vez decisivas.
Tras la
caída de los regímenes ateos, el secularismo, vinculado al fenómeno
de la globalización, se extiende como un modelo cultural post-cristiano.
«Cuando la secularización se transforma en secularismo (Evangelii Nuntiandi, n.
55), surge una grave crisis cultural y espiritual, uno de
cuyos signos es la pérdida del respeto a la persona
y la difusión de una especie de nihilismo antropológico que
reduce al hombre a sus instintos y tendencias»[2].
Para muchos, la
desaparición de las ideologías dominantes ha cedido el puesto a
un déficit de esperanza. Los sueños de un futuro mejor
para la humanidad, característicos del cientificismo y del movimiento de
la Ilustración, del marxismo y de la revolución del ’68,
han desaparecido, y en su lugar ha aparecido un mundo
desencantado y pragmático. El fin de la guerra fría y
del peligro de destrucción total del planeta, ha dado paso
a otros peligros y a graves amenazas para la humanidad:
el terrorismo a escala mundial, los nuevos focos de guerra,
la contaminación del planeta y la disminución de las reservas
hídricas, los cambios climáticos ocasionados por el comportamiento egoísta de
los hombres, las técnicas de intervención sobre los embriones, el
reconocimiento legal del aborto y la eutanasia, la clonación... Las
esperanzas de un futuro mejor han desaparecido para muchos hombres
y mujeres, que se repliegan desencantados sobre un presente que
con frecuencia se presenta oscuro, ante el temor de un
futuro todavía más incierto. La rapidez y la profundidad de
las mutaciones culturales que han tenido lugar en los últimos
decenios, son como el trasfondo de una gigantesca transformación en
numerosas culturas de nuestro tiempo. Este es el contexto cultural
en que se plantea a la Iglesia el enorme desafío
de la increencia y la indiferencia religiosa: ¿cómo abrir nuevos
caminos de diálogo con tantas y tantas personas que, a
primera vista, no sienten algún interés por ello y mucho
menos la necesidad, aun cuando la sed de Dios no
puede extinguirse nunca en el corazón del hombre, donde la
dimensión religiosa está profundamente anclada.
La actitud agresiva hacia la Iglesia,
sin haber desaparecido completamente, ha dejado lugar, a veces, a
la ridiculización y al resentimiento en determinados medios de comunicación
y, a menudo, a una actitud difusa de relativismo, de
ateísmo práctico y de indiferencia. Es la aparición de lo
que yo llamaría —tras el homo faber, el homo sapiens
y el homo religiosus— el homo indifferens, incluso entre los
mismos creyentes, contagiados de secularismo. La búsqueda individual y egoísta
de bienestar y la presión de una cultura sin anclaje
espiritual, eclipsan el sentido de lo que es realmente bueno
para el hombre, y reducen su aspiración a lo trascendente
a una vaga búsqueda espiritual, que se satisface con una
nueva religiosidad sin referencia a un Dios personal, sin adhesión
a un cuerpo de doctrina y sin pertenencia a una
comunidad de fe vivificada por la celebración de los misterios.
2.
El drama espiritual que el Concilio Vaticano II considera como
«uno de los hechos más graves de nuestro tiempo» (Gaudium
et spes, 19), se presenta como el alejamiento silencioso de
poblaciones enteras de la práctica religiosa y de toda referencia
a la fe. La Iglesia hoy tiene que hacer frente
a la indiferencia y la increencia práctica, más que al
ateísmo, que retrocede en el mundo. La indiferencia y la
increencia se desarrollan en los ambientes culturales impregnados de secularismo.
Ya no se trata de la afirmación pública de ateísmo,
si exceptuamos algunos Estados –pocos– en el mundo, sino de
una presencia difusa, casi omnipresente, en la cultura. Menos visible,
es por ello mismo más peligrosa, pues la cultura dominante
la extiende de forma sutil en el subconsciente de los
creyentes, en todo el mundo Occidental, y también en las
grandes metrópolis de África, de América y de Asia: verdadera
enfermedad del alma, que lleva a vivir «como si Dios
no existiera», neopaganismo que idolatra los bienes materiales, los beneficios
de la técnica y los frutos del poder.
Al mismo tiempo,
se manifiesta lo que algunos llaman «el retorno de lo
sagrado», y que consiste más bien en una nueva religiosidad.
No se trata de un retorno a las prácticas religiosas
tradicionales, sino más bien de una búsqueda de nuevos modos
de vivir y expresar la dimensión religiosa inherente al paganismo.
Este «despertar espiritual», va acompañado del rechazo de toda pertenencia,
sustituida por un itinerario totalmente individual, autónomo y guiado por
la propia subjetividad. Esta religiosidad, más emotiva que doctrinal, se
expresa sin referencia a un Dios personal. El Dios sí,
Iglesia no de los años sesenta, se ha convertido en
un religión sí, Dios no, o al menos religiosidad sí,
Dios no, a comienzos del nuevo milenio: ser creyente, sin
adherirse al mensaje transmitido por la Iglesia. En el corazón
mismo de lo que llamamos indiferencia religiosa, la necesidad de
espiritualidad se deja sentir de nuevo. Este resurgir, sin embargo,
lejos de coincidir con un regreso a la fe o
a la práctica religiosa, constituye un auténtico desafío para el
cristianismo.
En realidad, las nuevas formas de increencia y la difusión
de esta «nueva religiosidad» están estrechamente unidas. Increencia y mal-creencia
con frecuencia van juntas. En sus raíces más profundas, ambas
manifiestan a la vez el síntoma y la respuesta —equivocada—
a una crisis de valores de la cultura dominante. El
deseo de autonomía, incapaz de suprimir la sed de plenitud
y de eternidad que Dios ha puesto en el corazón
del hombre, busca paliativos en el gigantesco supermercado religioso donde
gurús de todo tipo ofrecen al consumidor recetas de felicidad
ilusoria. Sin embargo, es posible encontrar en esta sed de
espiritualidad un punto de anclaje para el anuncio del Evangelio,
mediante lo que hemos denominado «la evangelización del deseo»[3].
En los
últimos años se han multiplicado numerosos estudios sociológicos sobre el
hecho religioso, elaborados tanto a partir de los datos del
censo de población como de sondeos de opinión y encuestas.
Las estadísticas que ofrecen son tan interesantes como variadas, basadas
unas en la frecuencia de la misa dominical, otras sobre
el número de bautismos, otras sobre la preferencia religiosa y
otras aún sobre los contenidos de la fe. Los resultados,
complejos y variados, no se prestan a una interpretación uniforme,
como lo demuestra la gran cantidad de términos empleados para
expresar la importante gama de actitudes posibles en relación con
la fe: ateo, increyente, no creyente, mal creyente, agnóstico, no
practicante, indiferente, sin religión, etc. Además, muchos de los que
habitualmente participan en la misa dominical, no se sienten en
sintonía con la doctrina y la moral de la Iglesia
católica, mientras que en otros, que dicen no pertenecer a
religión o confesión alguna, no están completamente ausentes la búsqueda
de Dios y la pregunta por la vida eterna, incluso
en algunos casos como una cierta forma de oración.
Comprender estos
fenómenos, sus causas y consecuencias, para discernir los remedios que
se han de aplicar, con la ayuda de la gracia
de Dios, es hoy, sin duda, una de las tareas
más importantes para la Iglesia. Esta publicación del Consejo Pontificio
de la Cultura quisiera aportar su contribución específica, presentando un
nuevo estudio sobre la increencia, la indiferencia religiosa y las
nuevas formas de religiosidad, que van surgiendo y difundiéndose a
gran escala, como alternativas a las religiones tradicionales.
3. Las respuestas
a la encuesta que el Consejo Pontificio de la Cultura
ha recibido presentan un cuadro complejo, cambiante y en continua
evolución, con características diversificadas. Con todo, es posible extraer algunos
datos significativos:
1. Globalmente hablando, la increencia no aumenta en el
mundo. Este fenómeno se da sobre todo en el mundo
occidental. Pero el modelo cultural que éste propone se difunde
a través de la globalización en todo el mundo, con
un impacto real sobre las diversas culturas, debilitando su sentimiento
religioso popular.
2. El ateísmo militante, en franco retroceso, no ejerce
ya un influjo determinante sobre la vida pública, excepto en
los regímenes donde sigue en vigor un régimen ateo. En
cambio, especialmente a través de los medios de comunicación, se
difunde una cierta hostilidad cultural hacia las religiones, sobre todo
el cristianismo y concretamente el catolicismo, compartida por los ambientes
francmasones activos en diferentes organizaciones.
3. El ateísmo y la increencia,
que se presentaban hasta hace poco como fenómenos más bien
masculinos y urbanos, especialmente entre personas de un cierto nivel
cultural superior a la media, han cambiado aspecto. Hoy, el
fenómeno parece más bien vinculado a un cierto estilo de
vida, en el que la distinción entre hombres y mujeres
no es significativa. De hecho, entre las mujeres que trabajan
fuera de casa, la increencia aumenta y alcanza niveles prácticamente
iguales a los de sus colegas masculinos.
4. La indiferencia religiosa
o ateísmo práctico está en pleno auge, y el agnosticismo
se mantiene. Una parte importante de las sociedades secularizadas vive
de hecho sin referencia a los valores y las instancias
religiosas. Para el homo indifferens «puede que Dios no exista,
pero carece de importancia y, en cualquier caso, no sentimos
su ausencia». El bienestar y la cultura de la secularización
provocan en las conciencias un eclipse de la necesidad y
el deseo de todo lo que no es inmediato. Reducen
la aspiración del hombre hacia lo trascendente a una simple
necesidad subjetiva de espiritualidad y la felicidad, al bienestar material
y a la satisfacción de las pulsiones sexuales.
5. En el
conjunto de las sociedades secularizadas aparece una importante disminución del
número de personas que asisten regularmente a la iglesia. Este
dato indudablemente preocupante no comporta, sin embargo, un aumento de
la increencia como tal, sino una forma degradada de creencia:
creer sin pertenecer. Es él fenómeno de la «desconfesionalización» del
homo religiosus, que rechaza toda forma de pertenencia confesional obligatoria
y conjuga en una permanente reelaboración elementos de procedencia heterogénea.
Numerosas personas que declaran no pertenecer a ninguna religión o
confesión religiosa, se declaran al mismo tiempo religiosas. Mientras continúa
el «éxodo silencioso» de numerosos católicos hacia las sectas y
los nuevos movimientos religiosos[4], especialmente en América Latina y en
África Subsahariana.
6. Una nueva búsqueda, más espiritual que religiosa, que
no coincide sin más con el regreso a las prácticas
religiosas tradicionales, se desarrolla en el mundo occidental, donde la
ciencia y la tecnología moderna no han suprimido el sentido
religioso ni lo han logrado colmar. Se busca con ello
nuevas maneras de vivir y de expresar el deseo de
religiosidad ínsito en el corazón del hombre. En la mayor
parte de los casos, el despertar espiritual se desarrolla de
forma autónoma, sin relación con los contenidos de la fe
y la moral transmitidas por la Iglesia.
7. En definitiva, al
alba del nuevo milenio se va afianzando una desafección, tanto
por lo que respecta al ateísmo militante, como a la
fe tradicional en las culturas del Occidente secularizado, presa del
rechazo, o más simplemente, del abandono de las creencias tradicionales,
ya sea en lo que concierne a la práctica religiosa,
como en la adhesión a los contenidos doctrinales y morales.
El hombre que hemos denominado homo indifferens, no deja por
ello de ser homo religiosus en busca de una nueva
religiosidad perpetuamente cambiante. El análisis de este fenómeno descubre una
situación caleidoscópica, donde se da donde se da a la
vez todo y lo contrario de todo: por una parte,
los que creen sin pertenecer y, por otra, los que
pertenecen sin por ello creer íntegramente el contenido de la
fe y sobre todo los que no tienen intención de
asumir la dimensión ética de la fe. Verdaderamente, sólo Dios
conoce el fondo de los corazones, donde su gracia trabaja
en lo escondido. La Iglesia no cesa de recorrer caminos
nuevos para hacer llegar a todos el mensaje de amor
del que es depositaria.
El presente documento se estructura en dos
partes. La primera presenta un análisis sumario de la increencia
y la indiferencia religiosa, así como de sus causas, y
una exposición de las nuevas formas de religiosidad en estrecha
relación con la increencia. La segunda, ofrece una serie de
proposiciones concretas para el diálogo con los no creyentes y
para evangelizar las culturas de la increencia y de la
indiferencia. Con ello, el Consejo Pontificio de la Cultura no
pretende ofrecer recetas milagro, pues sabe bien que la fe
es siempre una gracia, un encuentro misterioso entre Dios y
la libertad del hombre. Desea solamente sugerir algunas vías privilegiadas
para la nueva evangelización a la que Juan Pablo II
nos llama, nueva en su expresión, sus métodos y su
ardor, para salir al encuentro de los no creyentes y
los mal-creyentes, y por encima de todo presentarse ante los
indiferentes: cómo alcanzarlos en lo más profundo de ellos mismos,
más allá del caparazón que los aprisiona. Este itinerario se
inscribe en la «nueva etapa de su camino», que el
Papa Juan Pablo II invita a toda la Iglesia a
recorrer «para asumir con nuevo impulso su misión evangelizadora »
«respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y
atendiendo a las diversas culturas en las que ha de
llegar el mensaje cristiano» (Novo millennio ineunte, nn. 1.51.40).
I. NUEVAS FORMAS DE INCREENCIA Y DE RELIGIOSIDAD 1. Un fenómeno
cultural
En los países de tradición cristiana, una cultura bastante difundida
da a la increencia un aspecto más práctico que teórico,
sobre un trasfondo de indiferencia religiosa. Ésta se convierte en
un fenómeno cultural, en el sentido en que con frecuencia
las personas no se vuelven ateas o no creyentes por
propia elección, como conclusión de un trabajoso proceso, sino simplemente,
porque «così fan tutti», porque es lo que hace todo
el mundo. A ello se añaden las carencias de la
evangelización, la ignorancia creciente de la tradición religiosa y cultural
cristiana, y la falta de propuesta de experiencias espirituales formativas
capaces de suscitar el asombro y de llevar a la
adhesión. Juan Pablo II así lo afirma: «A menudo se
da por descontado el conocimiento del cristianismo, mientras que, en
realidad, se lee y se estudia poco la Biblia, no
siempre se profundiza la catequesis y se acude poco a
los sacramentos. De este modo, en lugar de la fe
auténtica se difunde un sentimiento religioso vago y poco comprometedor,
que puede convertirse en agnosticismo y ateísmo práctico»[5].
2. Causas
antiguas y nuevas de la increencia
Sería exagerado atribuir la difusión
de la increencia y de las nuevas formas de religiosidad
a una sola causa, tanto más cuanto que el fenómeno
se halla más vinculado a comportamientos de grupo que a
decisiones individuales. Algunos han observado que el problema de la
increencia es consecuencia de la negligencia más que de malicia;
otros, en cambio, están firmemente convencidos de que detrás de
este fenómeno se ocultan ciertos movimientos, organizaciones y campañas de
opinión concretos, perfectamente orquestados.
En cualquier caso, es necesario, como pidió
el Concilio Vaticano II, interrogarse sobre las causas que empujan
a tantas personas a alejarse de la fe cristiana: la
Iglesia «se esfuerza por descubrir las causas ocultas de la
negación de Dios en la mente de los ateos, consciente
de la gravedad de las cuestiones que plantea el ateísmo,
y, movida por el amor a todos los hombres, considera
que éstas deben ser sometidas a un examen serio y
más profundo» (Gaudium et spes, 21). ¿Por qué tantos hombres
no creen en Dios? ¿Por qué se alejan de la
Iglesia? ¿Qué parte de sus razones podemos aceptar? ¿Qué proponemos
para responder a aquéllas?
Los Padres del Concilio, en la Constitución
pastoral Gaudium et Spes (nn. 19-21), han identificado algunas causas
del ateísmo contemporáneo. A este análisis, siempre actual, se añaden
nuevos factores de increencia e indiferencia en este comienzo de
nuevo milenio.
2.1. La pretensión totalizante de la ciencia moderna
Entre
las causas del ateísmo, el Concilio menciona el cientificismo. Esta
visión del mundo sin referencia alguna a Dios, cuya existencia
se niega en nombre de los principios de la ciencia,
se ha extendido ampliamente en la sociedad a través de
los medios de comunicación. Ciertas teorías cosmológicas y evolucionistas recientes,
abundantemente difundidas por publicaciones y programas de televisión para el
gran público, así como el desarrollo de las neurociencias, contribuyen
a excluir la existencia un ser personal trascendente, considerado como
una «hipótesis inútil», pues, se afirma, «no existe lo incognoscible,
sino sólo lo desconocido».
Sin embargo, por otra parte, el panorama
de las relaciones entre ciencia y fe se ha modificado
notablemente. Una cierta desconfianza ante la ciencia, la pérdida de
prestigio de ésta y el redimensionamiento de su papel contribuyen
a una mayor apertura a la visión religiosa y van
acompañados por el regreso de una cierta religiosidad irracional y
esotérica. La propuesta de nuevas enseñanzas específicas sobre las relaciones
entre ciencia y religión, —o en su caso, entre ciencia
y teología—, contribuyen a poner remedio al cientificismo.
2.2. La
exaltación del hombre como centro del Universo
Aun cuando no lo
mencionen explícitamente, los Padres del Concilio tenían en mente los
regímenes marxistas-leninistas ateos y su intento de construir una sociedad
sin Dios. Hoy día tales regímenes han caído en Europa,
pero el modelo antropológico subyacente no ha desaparecido. Más bien
observamos que se ha fortalecido con la filosofía heredada de
la Ilustración. Observando cuanto acontece en Europa, —que puede perfectamente
extenderse a todo el mundo occidental— el Papa constata «...
el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y
sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar
al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo
ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que
no es el hombre el que hace a Dios, sino
que es Dios quien hace al hombre. El olvido de
Dios condujo al abandono del hombre, por lo que, no
es extraño que en este contexto se haya abierto un
amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la
filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral;
y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la
configuración de la existencia diaria» (Ecclesia in Europa, n. 9).
El
elemento más característico de la cultura dominante del Occidente secularizado,
es, sin duda, la difusión del subjetivismo, una especie de
«profesión de fe» en la subjetividad absoluta del individuo que,
presentándose como un humanismo, hace del «yo» la única referencia,
egoísta y narcisista, y hace del individuo único centro de
todo.
Esta exaltación del individuo tomado como única referencia, y la
crisis concomitante de autoridad, hacen que la Iglesia no sea
aceptada como autoridad doctrinal y moral. En especial, se rechaza
su pretensión de orientar la vida de las personas en
función de una doctrina moral, pues se la percibe como
negación de la libertad personal. Se trata, por lo demás,
de un debilitamiento general que no afecta sólo a la
Iglesia, sino también a la Magistratura, el Gobierno, el Legislativo,
el Ejército y, en general, las organizaciones jerárquicamente estructuradas.
La exaltación
del «yo» conduce a un relativismo que se extiende por
doquier: la praxis política del voto en las democracias, por
ejemplo, conlleva a menudo la concepción según la cual una
opinión individual vale lo mismo que otra, de modo que
ya no habría una verdad objetiva, ni valores mejores o
peores que otros, ni, mucho menos, valores y verdades universalmente
válidos para todo hombre, en razón de su naturaleza, sea
cual fuere su cultura.
2.3. El escándalo del mal
El escándalo
del mal y el sufrimiento de los inocentes ha sido
siempre una de las justificaciones de la increencia y del
rechazo de un Dios personal y bueno. Este rechazo procede
del no aceptar el sentido de la libertad del hombre,
que implica su capacidad para hacer el mal tanto como
el bien. El misterio del mal es un escándalo para
la inteligencia y sólo la luz de Cristo, crucificado y
glorificado puede esclarecer su significado: «En realidad, el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, n. 22).
Pero si el escándalo del mal
no ha dejado de motivar el ateísmo y la increencia
personal, éstos se presentan hoy bajo un aspecto nuevo. En
efecto, los medios de comunicación social se hacen continuamente eco
de esta realidad omnipresente de múltiples formas: guerras, accidentes, catástrofes
naturales, conflictos entre personas y Estados, injusticias económicas y sociales.
La increencia está más o menos ligada a esta realidad
omnipresente y arrolladora del mal. El rechazo o la negación
de Dios se alimentan de la continua difusión de este
espectáculo inhumano, cotidianamente difundido a escala universal en los medios
de comunicación.
2.4. Los límites históricos de la presencia de
los cristianos en el mundo
La mayoría de los no creyentes
y de los indiferentes no lo son por motivos ideológicos
o políticos. Son con frecuencia ex-cristianos que se sienten decepcionados
e insatisfechos y que manifiestan una «des-creencia», una «desafección» respecto
a la creencia y sus prácticas, que consideran carentes de
significado, inútiles y poco incisivas para la vida. El motivo
puede estar a veces vinculado a una experiencia negativa o
dolorosa, vivida en ambientes eclesiales, a menudo durante la adolescencia,
lo cual condiciona el resto de la vida, transformándose después,
con el tiempo, en un rechazo general, que acaba al
fin en simple indiferencia. Esta actitud no implica por ello
mismo una negativa generalizada, pues puede haber quedado un cierto
deseo de volver a la Iglesia y restaurar una relación
con Dios. En este sentido, el fenómeno de los «recommençants»,
(los que comienzan de nuevo), es muy significativo: son cristianos
que tras un tiempo de alejamiento de la práctica religiosa,
regresan a la Iglesia.
Entre las causas internas a la Iglesia
que pueden empujar a algunas personas a alejarse de ella,
no se puede ignorar la ausencia aparente de vida espiritual
entre sacerdotes y religiosos. Cuando, en ocasiones, alguno de ellos
conduce una vida inmoral, muchos se sienten íntimamente turbados. Entre
las causas de escándalo hay que enumerar en primer lugar,
en razón de su importancia objetiva, los abusos sexuales contra
menores, pero también la superficialidad de la vida espiritual y
la búsqueda exagerada de bienes materiales, especialmente en regiones donde
la mayoría de la población se enfrenta a condiciones de
extrema pobreza. Para muchos cristianos, la vivencia de la fe
está estrechamente vinculada a los principios morales subyacentes; de ahí
que ciertos comportamientos escandalosos por parte de los sacerdotes tengan
efectos devastadores y provoquen una profunda crisis en su vida
de fe.
Hechos de este tipo, orquestados y amplificados, son luego
instrumentalizados por los medios de comunicación para atacar la reputación
de todo el clero de un país y confirmar las
sospechas exasperadas de la mentalidad dominante.
2.5. Nuevos factores
La ruptura
en la transmisión de la fe
Una de las consecuencias de
la secularización es la dificultad creciente de la transmisión de
la fe a través de la catequesis, la escuela, la
familia y la predicación[6]. Estos canales tradicionales de la transmisión
de la fe a duras penas logran desempeñar su papel
fundamental.
La familia Hay un verdadero déficit de transmisión de la
fe en el interior de las familias tradicionalmente cristianas, sobre
todo en las grandes aglomeraciones urbanas. Las razones son múltiples:
los ritmos de trabajo, el hecho de que los dos
cónyuges, incluida la madre de familia, tengan a menudo cada
uno una actividad profesional que les aleja del hogar, la
secularización del tejido social, la influencia de la televisión. La
transformación de las condiciones de vida, en apartamentos de pequeñas
dimensiones, ha reducido el núcleo familiar, y los abuelos, cuyo
papel ha sido siempre fundamental en la transmisión de la
cultura y de la fe, se ven alejados. A ello
se añade el hecho de que en muchos países, los
niños pasan poco tiempo en familia, a causa de las
obligaciones escolares y de las múltiples actividades extra-escolares, como el
deporte, la música y otras asociaciones. Cuando están en casa,
el tiempo exagerado transcurrido ante el computador, los videojuegos o
la televisión, dejan poco espacio para la comunicación con los
padres. En los países de tradición católica, la inestabilidad creciente
de la vida familiar, el aumento de las uniones civiles
y las parejas de hecho, contribuyen a ampliar este proceso.
Los padres, sin embargo, no por ello se convierten en
no creyentes. A menudo piden el bautismo para sus hijos
y quieren que éstos hagan la primera comunión, pero fuera
de estos momentos de «paso religioso», la fe no parece
ejercitar influencia alguna en la vida familiar. De ahí la
pregunta apremiante: si los padres dejan de tener una fe
viva, ¿qué transmitirán a sus hijos en un ambiente indiferente
a los valores del Evangelio y casi sordo al anuncio
de su mensaje de salvación?
En otras culturas, como en la
sociedades africanas y, en parte, latinoamericanas, a través de la
influencia del grupo social, junto con el sentimiento religioso se
transmiten algunos contenidos de fe, pero a menudo falta la
experiencia de la fe vivida, que exige una relación personal
y viva con Jesucristo. Los ritos cristianos se realizan, pero
con frecuencia se perciben únicamente en su dimensión cultural.
La escuela
católica. En diversos países, numerosas escuelas católicas se ven obligadas
a cerrar por falta de medios y personal, mientras que
la presencia creciente de profesores sin una auténtica formación y
motivación cristiana, repercute en un debilitamiento, incluso una desaparición de
la transmisión de la fe. Con frecuencia, la enseñanza en
estas escuelas no tiene nada de específico en relación con
la fe y la moral cristiana. Por otra parte, los
fenómenos de inmigración desestabilizan a veces las escuelas católicas, que
toman la presencia masiva de no cristianos como pretexto para
una enseñanza laica, en lugar de aprovechar esta oportunidad para
proponer la fe, como ha sido práctica habitual en la
pastoral misionera de la Iglesia.
La globalización de los comportamientos
«La
misma civilización moderna, no en sí misma, sino porque está
demasiado enredada en las realidades humanas, puede dificultar a veces
el acceso a Dios» (Gaudium et spes, n.19). El materialismo
occidental orienta los comportamientos hacia la búsqueda del éxito a
toda costa, la máxima ganancia, la competencia despiadada y el
placer individual. A cambio, deja poco tiempo y energías para
la búsqueda de algo más profundo que la satisfacción inmediata
de todos los deseos y favorece así el ateísmo práctico.
De este modo, en numerosos países, no son ya los
prejuicios teóricos los que llevan a la increencia, sino los
comportamientos concretos marcados, en la cultura dominante, por un tipo
de relaciones sociales donde el interés por la búsqueda del
sentido de la existencia y la experiencia de lo trascendente
están como enterrados en una sociedad satisfecha de sí misma.
Esta situación de atonía religiosa se revela más peligrosa para
la fe que el materialismo ideológico de los países marxistas-leninistas
ateos. Provoca una profunda transformación cultural que conduce a menudo
a la pérdida de la fe, si no va acompañada
de una pastoral adecuada.
La indiferencia, el materialismo práctico, el relativismo
religioso y moral se ven favorecidos por la globalización de
la llamada sociedad opulenta. Los ideales y los modelos de
vida propuestos por los medios de comunicación social, la publicidad,
los protagonistas de la vida pública, social, política y cultural,
son a menudo vectores de un consumismo radicalmente antievangélico. La
cultura de la globalización considera al hombre y a la
mujer como objetos que se miden únicamente a partir de
criterios exclusivamente materiales, económicos y hedonistas.
Este dominio provoca en muchos,
como reacción, una fascinación por lo irracional. La necesidad de
espiritualidad y de una experiencia espiritual más auténtica, añadida a
las dificultades de carácter relacional y psicológico causadas, en la
mayoría de los casos, por el ritmo de vida frenético
y obsesivo de nuestras sociedades, empujan a muchos que se
dicen creyentes a buscar otras experiencias y a orientarse hacia
las «religiones alternativas» que proponen una fuerte dosis «afectiva» y
«emotiva», y que no implican un compromiso moral y social.
De ahí el éxito de las propuestas de religión «a
la carta», supermercado de espiritualidades, donde cada uno, de día
en día, toma lo que le place.
Los medios de
comunicación social[7]
Los mass media, ambivalentes por naturaleza, pueden servir tanto
al bien como al mal. Desafortunadamente, con frecuencia amplifican la
increencia y favorecen la indiferencia, relativizando el hecho religioso, al
presentarlo con comentarios que ignoran o deforman su verdadera naturaleza.
Incluso donde los cristianos constituyen la mayoría de la población,
numerosos medios de comunicación —periódicos, revistas, televisión, documentales y películas—
difunden visiones erróneas, parciales o deformadas de la Iglesia. Los
cristianos raramente oponen respuestas oportunas y convincentes. Deriva de ahí
una percepción negativa de la Iglesia que le quita la
credibilidad necesaria para transmitir su mensaje de fe. Añádase a
ello el desarrollo, a escala planetaria, de Internet, donde circulan
falsas informaciones y contenidos pretendidamente religiosos. Por otra parte, se
señala también la actividad, en Internet, de grupos del tipo
«Internet infidels», o de sectas satánicas, específicamente anticristianas, que llevan
a cabo violentas campañas contra la religión. No se puede
silenciar el daño que provoca la abundancia de la oferta
pornográfica en la Red: la dignidad del hombre y de
la mujer se ven con ello degradadas, lo cual no
deja de influir en un alejamiento de la fe vivida.
De ahí toda la importancia de una pastoral de los
medios de comunicación.
La Nueva Era, los nuevos movimientos religiosos
y las elites[8]
«La proliferación de las sectas es también una
reacción al secularismo y una consecuencia de los trastornos sociales
y culturales que han hecho perder las raíces religiosas tradicionales»[9].
Aun cuando el movimiento «Nueva Era» no constituye en sí
mismo una causa de increencia, sin embargo, no es menos
cierto que esta nueva forma de religiosidad contribuye a aumentar
la confusión religiosa.
Por otra parte, la oposición y la crítica
tenaz a la Iglesia Católica, por parte de ciertas elites,
sectas y nuevos movimientos religiosos, especialmente de tipo pentecostal, contribuyen
a debilitar la vida de fe. Este es uno de
los desafíos más importantes para la Iglesia católica, especialmente en
América Latina. Las críticas y las objeciones más graves de
estos grupos contra la Iglesia son: su incapacidad para mirar
la realidad, la incoherencia entre lo que la Iglesia pretende
ser y lo que realmente es, la escasa incidencia de
su propuesta de fe en la vida real, incapaz de
transformar la vida cotidiana. Estas comunidades sectarias, que se desarrollan
en América y África, ejercen una fascinación considerable sobre los
jóvenes, arrancándolos de las Iglesias tradicionales, sin lograr satisfacer sus
necesidades religiosas de forma estable. Para muchos, estos grupos constituyen
de hecho una puerta de salida de la religión tradicional,
a la que ya no regresan, salvo en casos excepcionales.
3. La secularización de los creyentes
Si la secularización es el
legítimo proceso de autonomía de las realidades terrestres, el secularismo
es una «una concepción del mundo según la cual este
último se explica por sí mismo sin que sea necesario
recurrir a Dios; Dios resultaría pues superfluo y hasta un
obstáculo» (Evangelii Nuntiandi, n.55). Muchos de los que se dicen
católicos o miembros de otra religión, se abandonan a una
forma de vida donde Dios y la religión no parecen
ejercer influencia alguna. La fe se vacía de su sustancia
y ya no se expresa a través de un compromiso
personal, mientras se abre paso una incoherencia entre la fe
profesada y el testimonio de vida. Las personas no se
atreven a afirmar claramente su pertenencia religiosa y la jerarquía
es objeto de crítica sistemática. Sin testimonio de vida cristiana,
la práctica religiosa se va abandonando lentamente. Ya no se
trata, como en otros tiempos, de un simple abandono de
la práctica sacramental o de la falta de vitalidad de
la fe, sino de algo que toca profundamente las raíces
de la fe.
Los discípulos de Cristo viven en el mundo
y están marcados — a menudo sin ser conscientes de
ello— por la cultura mediática que se desarrolla fuera de
toda referencia a Dios. En este contexto, tan refractario a
la idea misma de Dios, muchos creyentes, sobre todo en
los países más secularizados, se dejan dominar por la mentalidad
hedonista, consumista y relativista.
Un observador atento se sorprende de la
ausencia de referentes claros y seguros en los discursos de
los creadores de opinión pública, que rechazan pronunciar cualquier juicio
moral cuando se trata de analizar un acontecimiento social, dado
en pasto a los medios de comunicación, abandonado a la
apreciación de cada uno y envuelto en un discurso de
tolerancia, que corroe las convicciones y adormece las conciencias.
Por lo
demás, el laxismo en las costumbres y la ostentación del
pansexualismo producen un efecto adormecedor sobre la vida de fe.
El fenómeno de la cohabitación y de la convivencia de
las parejas antes del matrimonio se ha convertido casi en
la norma en no pocos países tradicionalmente católicos, especialmente en
Europa, incluso entre aquellos que, a continuación, se casan por
la Iglesia. La manera de vivir la sexualidad se torna
una cuestión puramente personal y el divorcio, para muchos creyentes,
no plantea algún problema de conciencia. El aborto y la
eutanasia, estigmatizados por el Concilio como «crímenes abominables» (Gaudium et
spes, n. 27), son aceptados por la mentalidad mundana. La
debilitación de la creencia llega a los dogmas fundamentales de
la fe cristiana: la encarnación de Cristo, su unicidad como
Salvador, la subsistencia del alma tras la muerte, la resurrección
de los cuerpos y la vida eterna. La doctrina de
la reencarnación está bastante difundida entre muchos que se dicen
cristianos y frecuentan la Iglesia. La reencarnación se acepta más
fácilmente que la inmortalidad del alma tras la muerte o
que la resurrección de la carne, pues en el fondo
propone una nueva vida en el mismo mundo material.
La vida
cristiana parece alcanzar así, en algunos países, niveles mediocres, con
evidente dificultad para dar razón de la fe. Esta dificultad
no viene sólo de la influencia de la cultura secularizada,
sino también de un cierto temor a comportarse según la
fe, consecuencia de una carencia en la formación cristiana que
no ha preparado a los cristianos para actuar confiados en
la fuerza del Evangelio y no ha sabido valorar adecuadamente
el encuentro personal con Cristo a través de la oración
y los sacramentos.
Así, se extiende un cierto ateísmo práctico, incluso
entre aquellos que siguen llamándose cristianos.
4. Nueva religiosidad [10]
Junto con
la difusión de la indiferencia religiosa en los países más
secularizados, la encuesta sobre la increencia ha revelado un aspecto
nuevo entre personas que experimentan una dificultad real para abrirse
a lo infinito, ir más allá de lo inmediato y
emprender un itinerario de fe, un fenómeno a menudo calificado
como el regreso de lo sagrado.
En realidad, se trata más
bien de una forma romántica de religión, una especie de
religión del espíritu y del «yo», que hunde sus raíces
en la crisis del sujeto, se encierra progresivamente en el
narcisismo y rechaza todo elemento histórico-objetivo. Se convierte así en
una religión fuertemente subjetiva, donde el espíritu puede refugiarse y
contemplarse en una búsqueda estética, donde no hay que rendir
cuentas a nadie acerca del propio comportamiento.
4.1. Un dios
sin rostro
Esta nueva religiosidad se caracteriza por la adhesión a
un dios que, a menudo, carece de rostro o de
características personales. A la pregunta por Dios, muchos, se llamen
creyentes o no, responden que creen en la existencia de
una fuerza o de un ser superior, trascendente, pero sin
las características de una persona, mucho menos de un padre.
La fascinación por las religiones orientales, trasplantadas a Occidente, va
acompañada de esta despersonalización de Dios. En los ambientes científicos,
el materialismo ateo del pasado deja lugar a una nueva
forma de panteísmo, donde el universo es concebido como algo
divino: Deus, sive natura, sive res.
El desafío es grande para
la fe cristiana, que se funda sobre la revelación del
Dios tripersonal, a cuya imagen, cada hombre está llamado a
vivir en comunión. La fe en un Dios en tres
personas es el fundamento de toda la fe cristiana, así
como la constitución de una sociedad auténticamente humana. De ahí
la necesidad de profundizar en el concepto de persona en
todos los campos para llegar a comprender la oración como
diálogo entre personas, las relaciones interpersonales en la vida cotidiana
y la vida eterna del hombre tras la muerte temporal.
4.2. La religión del «yo»
La nueva religiosidad se caracteriza porque
coloca el «yo» en el centro. Si los humanismos ateos
de otrora eran la religión de la «humanidad», la religiosidad
post-moderna es la religión del «yo», que se funda en
el éxito personal y en el logro de las propias
iniciativas. Los sociólogos hablan de una «biografía del hágalo-usted-mismo», en
la que el yo y sus necesidades constituyen la medida
sobre la que se construye una nueva imagen de Dios
en las distintas fases de la vida, a partir de
diferentes materiales de naturaleza religiosa, utilizados en una especie de
«bricolaje de lo sagrado».
Es aquí propiamente donde se halla el
abismo que separa esta religión del yo de la fe
cristiana, que es la religión del «tú» y del «nosotros»,
de la relación, que tiene su hontanar en la Trinidad,
donde las Personas divinas son relaciones subsistentes. La historia de
la salvación es un diálogo de amor de Dios con
los hombres, jalonado por las sucesivas alianzas establecidas entre Dios
y el hombre, que caracterizan esta experiencia de relación, a
la vez personal y personalizadora. La llamada a la interioridad
y a colocar en el corazón de la vida los
misterios de la cruz y la resurrección de Cristo, signo
supremo de una relación que va hasta el extremo don
de sí al otro, es una constante de la espiritualidad
cristiana.
4.3. Quid est veritas?
Otro rasgo característico de esta nueva
religiosidad es la falta de interés por la verdad. La
enseñanza de Juan Pablo II en sus encíclicas Veritatis splendor
y Fides et ratio, acogidas con favor incluso por intelectuales
no creyentes, no parece haber tenido, aparte alguna honrosa excepción,
gran eco en el interior de la Iglesia, comenzando por
las universidades católicas. En una cultura marcada por el «pensamiento
débil», las convicciones fuertes provocan rechazo: más que creer con
el absoluto de la fe, se trataría de creer dejando
siempre una zona de incertidumbre, una especie de «salida de
emergencia». Sucede así que la pregunta acerca de la verdad
del cristianismo o sobre la existencia de Dios es ignorada,
considerada irrelevante o sin sentido. La pregunta de Pilatos, respondiendo
a la declaración de Cristo, es siempre actual: «¿Qué es
la verdad?». Para muchos, la verdad tiene una connotación negativa,
asociada a conceptos como «dogmatismo», «intolerancia», «imposición», «inquisición», «poder», a
causa, principalmente, de algunos acontecimientos donde la verdad ha sido
manipulada para imponer por la fuerza decisiones de conciencia que
no tenían que ver con el respeto de la persona
y la búsqueda de la verdad.
En realidad, la Verdad en
el Cristianismo no es una simple idea abstracta o un
juicio éticamente válido, o una demostración científica. Es una persona,
cuyo nombre es Jesucristo, Hijo de Dios y de María.
Cristo se presentó como la Verdad (Jn 14,6), y ya
Tertuliano observa al respecto que Cristo dijo «Yo soy la
verdad» y no «Yo soy la tradición». Hablar hoy del
Evangelio requiere afrontar el hecho de que la Verdad se
manifiesta en la pobreza de la impotencia, de Aquel que
por amor, ha aceptado de morir en la cruz. En
este sentido, verdad y amor son inseparables: «En nuestro tiempo,
la verdad es confundida a menudo con la opinión de
la mayoría. Además, muchos están convencidos de que el amor
y la verdad son antagonistas. Pero la verdad y el
amor necesitan el uno del otro. Sor Teresa Benedicta es
testigo de ello. La “mártir por amor”, que dio su
vida por los amigos, no se dejó superar en el
amor. Al mismo tiempo, buscó la verdad con toda su
alma... Sor Teresa Benedicta nos dice a todos: ¡No aceptéis
nada como verdad que esté privo de amor. Y no
aceptéis como amor nada que esté privo de verdad! El
uno sin el otro se convierten en una mentira destructora»[11].
Así, «sólo el amor es digno de fe», el amor
se vuelve el gran signo de credibilidad del Cristianismo, porque
no está separado de la verdad.
4.4. Fuera de la
Historia
La nueva religiosidad está íntimamente ligada a la cultura contemporánea
secularizada, antropocéntrica, y propone una espiritualidad subjetiva que no se
funda sobre una revelación ligada a la historia. Lo que
importa es hallar el modo y las vías para «sentirse
bien». La crítica de la religión, que antaño se dirigía
contra las instituciones que la representaban, se basaba sobre todo
en la falta de coherencia y de testimonio de algunos
de sus miembros. Hoy, es la existencia misma de una
mediación objetiva entre la divinidad y el sujeto la que
se niega. El regreso de la espiritualidad parece orientarse entonces
hacia la negación de lo trascendente, con el consiguiente rechazo
de un institución religiosa, y hacia el rechazo de la
dimensión histórica de la revelación y del carácter personal de
la divinidad. Y al mismo tiempo, este rechazo va acompañado
por publicaciones de gran difusión y emisiones para el gran
pública, en un intento de destrucción de la objetividad histórica
de la revelación bíblica, de sus personajes y los acontecimientos
que en ella se narran.
La Iglesia está arraigada en
la historia. El Símbolo de la fe menciona a Poncio
Pilatos para señalar el anclaje de la profesión de fe
en un momento particular de la historia. Así, la adhesión
a la dimensión histórica concreta es fundamental para la fe
y su necesidad se siente entre muchos cristianos que desean
ver la concordancia entre la verdad del cristianismo y de
la revelación bíblica, por una parte, y los datos de
la historia, por otra. La Iglesia es sacramento de Cristo,
prolongación en la historia de los hombres del misterio de
la Encarnación del Verbo de Dios, acontecida hace dos mil
años. Bossuet, el «águila de Meaux», lo expresaba así: «La
Iglesia es Jesucristo, pero Jesucristo difundido y comunicado».
4.5. Nuevas
formas discutidas
Para completar esta rápida descripción, aparecen, como respuesta a
la aparición de esta religiosidad multiforme, sin nombre ni rostro,
nuevas formas destacadas del panorama religioso en la cultura contemporánea.
Nacen
en la Iglesia nuevos movimientos religiosos con una estructura bien
determinada y un sentimiento fuerte de pertenencia y solidaridad. La
existencia y la vitalidad de estos movimientos, que corresponden a
la nueva búsqueda espiritual, dan testimonio de una religiosidad fuerte,
no narcisística y, sobre todo, arraigada en el encuentro personal
y eclesial con Cristo, en los sacramentos de la fe,
en la oración, la liturgia celebrada y vivida como Mistagogía,
en la participación del misterio del Dios vivo, fuente de
vida para el hombre.
Los fundamentalismos, tanto cristianos como islámicos o
hindúes, acaparan hoy la actualidad: en una época de incertidumbre,
estos movimientos actúan como catalizadores de la necesidad de seguridad,
fosilizando la religiosidad en el pasado. La fascinación indiscutible que
ejercen en un mundo sometido a constantes mutaciones, responde a
necesidades de espiritualidad e identificación cultural. Es justo decir que
el fundamentalismo se presenta como el reverso de la nueva
religiosidad.
El intento de elaborar una nueva religión civil, que se
manifiesta progresivamente en diferentes países de Europa y en América
del Norte, nace de la necesidad de hallar símbolos comunes
y una ética fundada sobre el consenso democrático. El despertar
de los valores vinculados a la Patria, la búsqueda del
consenso ético a través de la creación de Comités ad
hoc, la simbología de los grandes acontecimientos deportivos en los
estadios, con ocasión de los Juegos Olímpicos o los Mundiales
de Fútbol, dejan traslucir la necesidad de recuperar los valores
trascendentales y de fundar la vida de los hombres a
partir de signos visibles compartidos, aceptados en una cultura pluralista.
Integrando
estos fenómenos en sus aspectos positivos y negativos, la pastoral
de la Iglesia trata de responder a los desafíos que
la nueva religiosidad presenta al anuncio de la Buena Nueva
de Cristo.
II. PROPOSICIONES CONCRETAS Un desafío no es
un obstáculo. Los desafíos que presentan las culturas de nuestro
tiempo y la nueva religiosidad estimulan a los cristianos a
profundizar en su fe y a buscar cómo anunciar hoy
la Buena noticia del amor de Jesucristo, para llegar a
los que viven en la increencia y la indiferencia. La
misión de la Iglesia no consiste en impedir la transformación
de la cultura, sino más bien asegurar la transmisión de
la fe en Cristo, en el corazón mismo de unas
culturas en pleno proceso de cambio.
El diálogo con los no
creyentes y la pastoral de la increencia tratan de responder
al doble mandato de Cristo a la Iglesia: «Id a
todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la
creación» (Mc 16,15), «Amaestrad a todas las naciones» (Mt 28,19).
Este mandamiento misionero concierne a todos los miembros de la
Iglesia, sin excepción. No se puede separar de la vida
misma de la Iglesia ni quedar reservado para algunos expertos.
Es una misión transversal, que afecta conjuntamente a la catequesis
y la enseñanza, la liturgia y la actividad pastoral ordinaria,
las familias y las parroquias, los seminarios y las universidades.
Toda
iniciativa pastoral acerca de la increencia y la indiferencia religiosa
nace de la vida misma de la Iglesia, vida comunitaria
impregnada del Evangelio. Sin el impulso de una fe vivida
en plenitud, las iniciativas pastorales carecen de valor apostólico. Invitando
a colocar la santidad en el primer punto de toda
programación pastoral, el Santo Padre recuerda la importancia de la
oración, la eucaristía dominical, el sacramento de la reconciliación, en
definitiva, el primado de la gracia y la escucha y
el anuncio de la Palabra[12].
En esta presentación sucinta de algunas
propuestas pastorales concretas, el diálogo con los que se declaran
explícitamente no creyentes va acompañado del anuncio del Evangelio dirigido
a todos: bautizados, no creyentes, mal creyentes, indiferentes, etc., es
decir, la evangelización de la cultura de la increencia y
de la indiferencia religiosa.
1. El diálogo con los no creyentes
En
realidad, más que de increencia habría que hablar de no
creyentes, agnósticos o ateos, cada uno con su propia historia.
De ahí que el modo más adecuado de tratar la
cuestión sea el diálogo personal, paciente, respetuoso, amistoso, sostenido y
animado por la oración, que trata de proponer la verdad
de modo equilibrado y en el momento oportuno, sabiendo que
la verdad no se impone sino en virtud de su
propia fuerza[13], y que eso exige saber esperar el momento
favorable, con el deseo de que «Te conozcan a Ti,
Padre, y al que Tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).
1.1.
La oración por los no creyentes
Este diálogo amoroso ha de
ir acompañado por la oración de intercesión. En este campo,
han ido surgiendo algunas iniciativas importantes en grupos, como el
llamado «Incroyance-prière» (increencia y oración). Esta asociación, fundada por el
Padre Jean-Baptiste Rinaudo en la diócesis de Montpellier con el
apoyo del Consejo Pontificio de la Cultura, cuenta ya más
de 3000 miembros en unos cincuenta países del mundo. Sus
miembros, convencidos de la potencia de la oración de intercesión,
se comprometen, como buenos samaritanos, a rezar todos los días
por un no creyente. La fórmula de compromiso para rezar
por esta intención, puede servir de modelo a iniciativas semejantes:
Yo...
me comprometo a rezar cada día, con toda humildad, para
que Dios ilumine mediante su Espíritu a un no creyente,
y a mí mismo también, para que pueda descubrir su
inmenso amor y amarlo como padre. En... a..... Firmado[14].
Los monasterios,
lugares de peregrinación, santuarios y centros de espiritualidad, desempeñan un
papel crucial, tanto por la oración como por la ayuda
espiritual a través de la escucha y la atención dada
a las personas que van en busca de orientación. En
algunos monasterios, las «jornadas de puertas abiertas» ha contribuido a
acercar a la Iglesia a quienes viven lejos de ella.
1.2. La centralidad de la persona humana
Un acercamiento antropológico, centrado
en el hombre en su totalidad y sin fragmentaciones instrumentales,
ofrece un terreno de diálogo fecundo con los no creyentes.
En lugar de resignarse a asistir impotentes a la «apostasía
tranquila» de multitudes de nuestros contemporáneos, hay que retomar la
iniciativa apostólica, fieles al mandato de Cristo (cfr. Mt 28,19-20),
teniendo en cuenta la sed inextinguible, aun cuando a veces
inconsciente, de paz, de reconciliación y de perdón, que existe
en todo hombre. Nuestra misión es salir al encuentro del
hombre, tomarlo de la mano si es necesario, pero sin
pretender crear un ideal para nuestro uso y disfrute, para,
a continuación, jactarnos de ser los guías de humanidad perfecta
que se ajusta a todos los esquemas. Ofreciendo respuestas a
preguntas que en realidad nadie ha planteado, nos veríamos como
un caudillo sin nadie a quien guiar.
La experiencia del
sufrimiento, compañero de viaje ineludible de todo hombre, compartida hasta
el extremo por el varón de dolores, constituye como un
«lugar antropológico» de encuentro. Ante la enfermedad, el sufrimiento y
la muerte, el dolor provoca la pérdida del sentido, la
kénosis, o vaciamiento, y abre un espacio para la búsqueda
de una palabra, de un rostro, de un «alguien» que
sepa abrir un intersticio de luz en la oscuridad más
total. La misión evangélica, exige que crezcamos en la fe
a través de experiencias espirituales fuertes y nos empuja a
convertirnos, no en cruzados intransigentes, sino en testigos humildes, verdaderos
signos de contradicción en el corazón de las culturas en
toda la tierra, para llegar a nuestros hermanos, sin forzarlos
ni apabullarlos, sino aceptando abajarnos por ellos. La categoría antropológica
de la inter-humanidad tiene un significado particular para la misión.
Evoca el mundo globalizado donde la persona corre el riesgo
de reducirse al «hombre de la cumbre antropológica». Y es
sin embargo, con este hombre con quienes estamos llamados a
entrar en diálogo, porque es este hombre en todas las
culturas, el camino de la Iglesia (cfr. Redemptor hominis, 14).
Este
desafío se plantea sin cesar, en especial cuando se piden
los sacramentos de la iniciación cristiana en familias no creyentes
o indiferentes a la religión. En efecto, a través del
encuentro de preparación a los sacramentos con padres que no
creen o indiferentes, a veces es posible discernir recursos humanos
y religiosos, siempre presentes, pero que se hallan como aprisionados.
Como creyentes, no podemos ignorar esta dimensión antropológica: el bautismo
que se solicita porque siempre se ha hecho así en
la familia —la fe de los padres— y que permite
inscribir al niño en la genealogía familiar. El encuentro con
estas personas nos permite experimentar que el bautismo representa algo
más profundo, incluso respecto a lo que los padres conscientemente
piden. Estos, sin duda, sentirían un sentimiento de vació en
la historia de su familia, si su hijo no estuviera
bautizado. Nos hallamos aquí ante una situación pastoral aparentemente paradójica,
que nos pone delante personas no creyentes o indiferentes, pero
siempre impregnadas de fuertes raíces religiosas ancestrales: es una situación
típica de la cultura de la post-modernidad. Por ello, el
contacto humano, amable y sincero, la oración, la actitud de
acogida, de escucha, de apertura y respeto, la relación confiada,
la amistad, la estima y otras virtudes, son la base
sobre la que es posible construir en una relación humana,
una pastoral en la que cada uno se siente respetado
y acogido porque es, aunque no lo sepa, una criatura
amada personalmente por Dios.
1.3. Modalidades y contenidos del diálogo
con los no creyentes
Un diálogo constructivo con los no creyentes,
basado en estudios y observaciones pertinentes, puede desarrollarse en torno
a algunos temas privilegiados:
Las grandes cuestiones existenciales: el porqué y
el sentido de la vida y de la responsabilidad, la
dimensión ética de la vida humana, el porqué y el
sentido de la muerte en la cultura y en la
sociedad, la experiencia religiosa en sus diferentes expresiones, la libertad
interior de la persona humana, la fe.
Los grandes temas de
la vida social: la educación de los jóvenes, la pobreza
y la solidaridad, los fundamentos de la convivencia en la
sociedades multiculturales, los valores y derechos del hombre, el pluralismo
cultural y religioso, la libertad religiosa, el trabajo, el bien
común, la belleza, la estética, la ecología, la paz, las
nuevas biotecnologías y la bioética.
En algunos casos, el diálogo con
los no creyentes se hace más formal, con una dimensión
pública, cuando se trata de discusiones y debates con organizaciones
explícitamente ateas. Mientras que el diálogo de persona a persona
es responsabilidad de todos los bautizados, el diálogo público con
los no creyentes exige personas bien preparadas. Con tal fin,
el Secretariado para los no creyentes, publicó en 1968 un
documento titulado El diálogo con los no creyentes[15], con indicaciones
que todavía siguen siendo útiles. En Francia, los miembros del
servicio «Incroyance et foi» (Increencia y fe), de la Conferencia
Episcopal, participan en debates, coloquios y mesas redondas organizados por
Centros Culturales e instituciones educativas, católicas o laicas. En Italia,
la «Cátedra de los no creyentes» de la Diócesis de
Milán, instituida para el diálogo entre creyentes y no creyentes,
permite un debate sincero entre laicos y católicos, bajo la
guía de su pastor[16]. En Lisboa, el Patriarca ha mantenido
un diálogo público con intelectuales en forma de intercambio epistolar,
usando como tribuna las páginas de un importante diario nacional[17].
En
el marco del diálogo con los no creyentes, la teología
fundamental, concebida como una apologética renovada, tiene como misión dar
razón de la fe (1Pe 3,15), justificar y explicitar la
relación entre la fe y la reflexión filosófica, a través
del estudio de la revelación en relación con los interrogantes
de la cultura actual. La Teología Fundamental tiene su lugar
propio en la Ratio Studiorum de los seminarios, facultades de
teología y centros de formación de laicos, ya que muestra
cómo «a la luz del conocimiento de la fe, aparecen
algunas verdades que la razón ya capta en su itinerario
autónomo de búsqueda» (Fides et ratio, n. 67).
2. Evangelizar
la cultura de la increencia y de la indiferencia
El mandato
de Cristo a la Iglesia no se agota en la
evangelización de las personas. En efecto, es necesario también evangelizar
la conciencia de un pueblo, su ethos, su cultura (Evangelii
Nuntiandi, n. 18). Si la cultura es aquello por lo
que el hombre se hace más hombre, o sea, el
clima espiritual en el que vive y actúa, es evidente
que su salud espiritual dependerá en gran medida de la
calidad del aire cultural que respire. Si la increencia es
un fenómeno cultural, la respuesta de la Iglesia ha de
tomar en consideración también las diversas problemáticas de la cultura
a través del mundo.
Evangelizar la cultura es dejar que el
Evangelio impregne la vida concreta de los hombres y mujeres
de una sociedad dada. «Para ello, la pastoral ha de
asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la
vida ordinaria» (Ecclesia in Europa, n. 58). Más que de
convencer, la evangelización de la cultura trata de preparar un
terreno favorable a la escucha, es una especie de pre-evangelización.
Si el problema fundamental es la indiferencia, el primer deber
al que la Iglesia no puede renunciar es el de
despertar la atención y suscitar el interés de las personas.
Al identificar algunos puntos de anclaje para el anuncio del
Evangelio, las proposiciones aquí presentadas ofrecen diferentes orientaciones —nova et
vetera— para una pastoral de la cultura, con el fin
de ayudar a la Iglesia a proponer la fe cristiana
respondiendo al desafío de la increencia y la indiferencia religiosa
al alba del nuevo milenio.
2.1. Presencia de la Iglesia
en la vida pública
«Hasta el fin de los tiempos, entre
las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, la
Iglesia continúa su peregrinación»[18], con la confianza y la certeza
de saberse sostenida e iluminada por el Señor. Su presencia
visible y su acción tangible como sacramento universal de salvación
en el seno de la sociedad pluralista, son hoy más
necesarios que nunca para permitir a todos los pueblos del
mundo entrar en contacto con el mensaje de la Verdad
revelada en Jesucristo. La Iglesia lo hace a través de
una presencia diversificada en los lugares de encuentro, en los
grandes debates de la sociedad, para suscitar la curiosidad de
un mundo a menudo indiferente y presentar la persona de
Cristo y su mensaje de modo que atraiga la atención
y suscite la acogida por parte de la cultura dominante.
El
testimonio público ofrecido por los jóvenes que participan en las
Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) es un acontecimiento sorprendente,
y atrae la atención hasta el punto de interpelar a
jóvenes carentes de referencias o motivaciones religiosas. El compromiso de
los diversos movimientos eclesiales que implican a los jóvenes es
fundamental. Las JMJ ayudan a cambiar una falsa imagen de
Iglesia considerada como institución opresora, vieja y decadente.
Las nuevas misiones
ciudadanas, llevan de nuevo a la Iglesia en la plaza
pública. Así se ha llevado a cabo en Europa, sucesivamente
en cuatro ciudades: Viena, París, Lisboa y Bruselas. Las maravillas
apostólicas suscitadas desde hace diez años por la peregrinación de
las reliquias de santa Teresa del Niño Jesús en todo
el mundo, son verdaderamente sorprendentes[19]. Ante la mirada sorprendida de
pastores desazonados, esta peregrinación atrae multitudes que se cuentan por
decenas de millones, muchos de los cuales viven habitualmente lejos
de la Iglesia e incluso la ignoran.
Los movimientos y asociaciones
cristianos activos en la vida pública, en los medios de
comunicación social y ante los gobiernos, contribuyen a crear un
cultura diferente de la cultura dominante, no sólo en el
nivel intelectual, sino sobre todo en la vida práctica. Vivir
en plenitud el misterio de Cristo y proponer maneras de
vivir inspiradas en el Evangelio, según el espíritu de la
Carta a Diogneto[20], constituye la forma de testimonio propia del
cristiano en medio del mundo.
La colaboración de los cristianos con
organizaciones de no creyentes con vistas a realizar acciones que
en sí mismas son buenas o al menos indiferentes, permite
compartir momentos de diálogo. Según las directivas pastorales de Juan
XXIII en la encíclica Pacem in terris, «si los católicos,
por motivos puramente externos, establecen relaciones con quienes o no
creen en Cristo o creen en Él de forma equivocada,
porque viven en el error, pueden ofrecerles una ocasión o
un estímulo para alcanzar la verdad» (n. 158). Es así
como algunos cristianos colaboran con la «Liga agnóstica a favor
de la vida», en defensa de la vida.
La promoción de
manifestaciones públicas sobre los grandes temas de la cultura. Estos
encuentros favorecen los contactos y el diálogo personal con los
que trabajan en los grandes campos de la cultura y
constituyen un modo significativo de presencia pública de la Iglesia.
Los
coloquios organizados por el Consejo Pontificio de la Cultura con
el Ente dello Spettacolo, en Roma, sobre el cine espiritual,
y el congreso celebrado en colaboración con la Iglesia Luterana
Noruega en Oslo, sobre La Iglesia y el cine, son
ejemplos de encuentros donde se pone en evidencia la capacidad
del lenguaje cinematográfico para transmitir, gracias a la fuerza de
las imágenes, valores espirituales que pueden fecundar las culturas. Una
iniciativa parecida del Consejo Pontificio de la Cultura sobre el
teatro religioso, se revela prometedora. Tales acontecimientos permiten asegurar una
presencia cristiana en el mundo de la cultura, valoran las
potencialidades del arte y crean espacios de diálogo y reflexión.
Cada
año, el Santo Padre concede el Premio de las Academias
Pontificias, como conclusión de un concurso preparado por el Consejo
Pontificio de la Cultura, con el fin de animar a
jóvenes estudiosos o artistas cuyas investigaciones y trabajos contribuyen notablemente
a promover el humanismo cristiano y sus expresiones artísticas. Las
Semanas de los intelectuales católicos y las Semanas Sociales, ofrecen
una dimensión pública al encuentro entre la fe y la
cultura y manifiestan el compromiso de los católicos en los
grandes problemas de la sociedad.
Los medios de comunicación social desempeñan
en la cultura actual un papel fundamental. La imagen, la
palabra, los gestos, la presencia son elementos que no se
pueden descuidar en un proceso de evangelización que se inserta
en la cultura de las comunidades y de los pueblos,
aun cuando se haya de estar atento a no privilegiar
la imagen en detrimento de la realidad y del contenido
objetivo de la fe. Los enormes cambios que los medios
de comunicación social operan en la vida de las personas,
reclaman un compromiso pastoral adaptado: « Muchos laicos jóvenes se
orientan hacia los medios. Corresponde a la pastoral de la
cultura prepararlos para estar activamente presentes en el mundo de
la radio, la televisión, del libro y de las revistas,
ya que estos vectores de información constituyen la referencia diaria
de la mayoría de nuestros contemporáneos. A través de medios
abiertos y moralmente convenientes, cristianos bien preparados pueden jugar un
papel misionero de primer plano. Es importante que sean formados
y apoyados» (Para una pastoral de la cultura, 34). La
presencia profesional de católicos calificados que se identifican claramente como
tales en los medios de comunicación social, las agencias de
prensa, los periódicos, revistas, sitios Internet, agencias de radio y
televisión, es esencial para difundir noticias e informaciones veraces sobre
la Iglesia, y ayuda a comprender la particularidad del misterio
de la Iglesia, evitando centrarse sobre los aspectos marginales o
insólitos, o los prejuicios ideológicos. Premios como el Premio católico
del cine, o el Premio Robert Bresson del Festival de
Venecia; bolsas de estudio, las Semanas Cristianas del Cine y
la creación de redes y asociaciones profesionales católicas, animan y
manifiestan a la vez el necesario compromiso en este campo
tan importante, sin caer en el peligro de crear un
ghetto católico.
No basta hablar para ser comprendido. Se nos exige
un gran esfuerzo para utilizar el lenguaje de los hombres
de hoy, compartir sus esperanzas y responder sinceramente, con un
estilo accesible. Así, por ejemplo, el Arzobispado de Danzig, en
Polonia, ha presentado una Carta de los Derechos del Hombre
que ha tenido un gran impacto sobre el público, siguiendo
el espíritu del Concilio en su Constitución pastoral Gaudium et
spes: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la
angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de
los pobres y de todos los afligidos, son también gozo
y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo
y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia
en su corazón. Pues la comunidad que ellos forman está
compuesta por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por
el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del
Padre y han recibido el mensaje de la salvación para
proponérselo a todos. Por ello, se siente verdadera e íntimamente
solidaria del género humano y de su historia» (Gaudium et
spes, n. 1).
En definitiva, asegurar la presencia de la Iglesia
en la vida pública, en diálogo con los no creyentes,
permite crear un puente entre su mensaje evangélico y la
vida cotidiana, lo que no deja de plantear interrogantes y,
a menudo, de revelar al Invisible en medio de lo
visible. Se trata de suscitar verdaderas preguntas antes de proponer
respuestas convincentes. En efecto, si estas no responden a verdaderas
preguntas y, por tanto, a una búsqueda personal, no despiertan
la atención y no se acogen como pertinentes. Saliendo del
templo para ir a la plaza, los cristianos dan testimonio
público, sin publicidad, del gozo de creer y de la
importancia de la fe para la vida. El diálogo y
el testimonio pueden suscitar el deseo de entrar en el
misterio de la fe. Es el itinerario de Jesús en
el Evangelio: «Venid y veréis» (Jn 1,36).
2.2. La familia
Si para
algunos la increencia es un dato teórico, en realidad, para
muchos padres se convierte en algo concreto cuando constatan con
dolor que sus hijos abandonan la fe o viven como
si no creyeran. Por ello, es importantísimo ayudar a los
padres a transmitir a los hijos, junto con el patrimonio
cultural, la herencia de la fe y la experiencia de
Dios que son fuentes de libertad y de gozo. La
ayuda ofrecida a la pareja durante el noviazgo y después
del matrimonio es más necesaria que nunca para afrontar estas
situaciones. La experiencia de los Equipes de Notre Dame es
significativa: hogares cristianos que se ayudan mutuamente a crecer en
su vida de fe compartiendo los gozos y las alegrías
cotidianas, profundizando en la fe. Allí donde el Evangelio ha
quedado inscrito en los corazones de los hijos gracias a
los maestros y a la familia, es más fácil superar
las crisis de la adolescencia. La familia, primera escuela de
evangelización, es el lugar de la transmisión de una fe
viva, encarnada en la vida cotidiana a través de diversos
gestos: la celebración de las fiestas religiosas, la oración en
familia por la noche, la bendición de la mesa, el
rezo del rosario, las visitas al Santísimo y a las
iglesias, el tiempo para la lectio divina o la liturgia
de las horas. Los padres son los primeros evangelizadores de
sus hijos en la familia, donde los gozos y los
sufrimientos son ocasiones para hacer crecer las virtudes cristianas. Acompañándolos
a las actividades de los movimientos eclesiales, les ayudan a
arraigarse en la fe para prepararlos a recibir los sacramentos
y a formarse una conciencia cristiana. Viven así de modo
más pleno la vida familiar y eclesial. Las «catequesis familiares»
constituyen un ejemplo de ello: a los padres, especialmente a
los papás, se les pide que ejerzan su responsabilidad en
el anuncio del Evangelio.
La familia aparece así como un lugar
de cultura de la vida y para la vida, donde
unos aprenden de otros los valores fundamentales de la convivencia,
apreciando la diversidad y la riqueza de cada uno. Para
introducir en las familias cristianas «los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la
humanidad» (Evangelii nuntiandi, n. 19), es decir, una cultura inspirada
por la fe, es importante consagrar más tiempo a la
vida de familia. Así puede nacer una nueva manera de
ver y de vivir, de comprender de actuar y preparar
el futuro y ser, allí donde sea necesario, promotores de
una nueva cultura. Además, en una cultura de la imagen,
es importante que los padres eduquen a los hijos a
ver la televisión, discutiendo juntos sobre los programas, viéndolos con
ellos y mostrándose disponibles a contestar a sus preguntas. Si
no, se corre el riesgo de que la televisión ocupe
el tiempo necesario para las relaciones interpersonales, tan importantes para
la transmisión de la fe.
2.3. La instrucción religiosa y
la iniciación cristiana
La ignorancia, ya sea religiosa o cultural, es
una de las causas principales de la increencia, de la
mal-creencia y de la indiferencia religiosa. Para hacer frente a
la ignorancia, es necesario replantearse las diferentes formas de educación
y de formación actuales, especialmente en el nivel elemental. El
papel de los profesores y los maestros, que tienen que
ser además testigos, es esencial. Siempre es buen momento para
enseñar, como lo muestran los Evangelios, que presentan a Jesús
dedicado a hacerlo durante la mayor parte de su vida
pública.
En este campo, es importante definir mejor la especificidad cristiana
frente a la Nueva Era[21], a las sectas y a
los nuevos movimientos religiosos[22], tanto en el nivel de la
investigación teológica como en el de la formación de los
catequistas. La superstición y la fascinación por la magia son
a menudo resultado de una formación insuficiente. La ignorancia de
los contenidos esenciales de la fe favorece el crecimiento de
las sectas y la multiplicación de los falsos profetas. Es
importante hacer percibir la diferencia entre vida eterna y mundo
de los espíritus; entre contemplación cristiana y meditación trascendental; entre
milagro y sanación; entre ciclo litúrgico y relación con la
naturaleza.
Iniciación cristiana, catequesis y catecumenado. En todas partes se aprecia
la necesidad de dar mayor importancia a la iniciación cristiana,
junto con la preocupación por una catequesis sacramental intensa y
prolongada, condición sine qua non del crecimiento en el hombre
de la vida divina y de su amor hacia la
Iglesia. Muchos subrayan la necesidad de introducir o de reintroducir
la catequesis para adultos, no sólo para colmar las lagunas
de conocimientos, sino sobre todo para favorecer la experiencia personal
y eclesial de la fe. El catecumenado se propone bajo
diversas formas, entre las cuales, los nuevos movimientos eclesiales se
revelan un apoyo a la formación y al crecimiento de
la fe, de modo que en diversos países, el número
de catecúmenos no deja de aumentar y prepara una nueva
generación de creyentes que redescubren juntos el gozo de creer
en Cristo compartiendo la fe de la Iglesia, un fervor
y un entusiasmo contagiosos y una esperanza viva.
La lectura y
el estudio de la Biblia en las parroquias se ve
facilitada por programas adecuados. Al mismo tiempo, hay que ofrecer
diversas posibilidades para responder al derecho de cada bautizado de
recibir una verdadera formación doctrinal, derecho que va unido al
deber de seguir profundizando los contenidos de la fe y
de transmitirlos a las generaciones futuras[23]. En este campo, es
útil orientar tales actividades hacia grupos específicos: niños, universitarios, graduados,
adultos y ancianos, personas comprometidas con responsabilidades en la comunidad.
Las iniciativas emprendidas en los distintos niveles de formación, —bíblica,
moral, doctrina social de la Iglesia—, permiten a los participantes
discernir, a la luz del Evangelio, los acontecimientos de los
ambientes donde viven.
Instituciones de educación. La Iglesia dispone de una
imponente red de centros de enseñanza, desde la escuela elemental
a la Universidad. A diario, las escuelas y centros de
enseñanza católicos congregan a millones de jóvenes. Este hecho constituye
una excelente oportunidad, a condición de que se la aproveche
para proponer una formación auténticamente cristiana, donde la fe se
convierte en el elemento unificador de todas las actividades del
Instituto. En numerosos países, la enseñanza de la religión católica
en las escuelas públicas está garantizada, con cotas que alcanzan
a veces hasta el 90% del total de alumnos, como
es el caso de Italia. El contacto con los jóvenes
en las escuelas desempeña un papel fundamental en la pastoral
de la cultura.
Allí donde no es posible ofrecer la enseñanza
de la religión, es importante mantener una dimensión religiosa en
la escuela. En algunos estados de los Estados Unidos, los
padres y los profesores cristianos, católicos y evangélicos, se han
movilizado activamente para introducir la oración en las escuelas públicas,
no desde arriba, con una decisión del Gobierno, sino a
partir de iniciativas de base, con campañas de recogida de
firmas u otras similares. Del mismo modo, han obtenido que
se incluya en los programas de historia la importancia y
el papel fundamental de la religión en la cultura.
La presencia
de la Iglesia en las Universidades[24], tanto en el campo
de la enseñanza como en el de la pastoral, es
vital. Aun cuando no esté presente a través de una
Facultad de Teología, la Iglesia asegura su presencia a través
de una pastoral universitaria, que se distingue de la simple
pastoral juvenil. La pastoral universitaria apunta principalmente a la evangelización
de la inteligencia, la creación de nuevas síntesis entre la
fe y la cultura y se dirige prioritariamente a los
profesores y docentes, para disponer de católicos bien formados.
En los
seminarios y facultades de teología, la filosofía y la teología
fundamental tienen una importancia particular como disciplinas de diálogo con
la cultura moderna. Crece la necesidad de diseñar nuevos cursos
y programas en el diálogo entre la ciencia y la
fe. Así, por ejemplo, el Proyecto STOQ[25] –—Ciencia, Teología y
búsqueda Ontológica—, nacido en Roma, agrupa diversas universidades pontificias bajo
el patronato del Consejo Pontificio de la Cultura, con el
fin de formar personas competentes en el campo de la
ciencia y en el de la teología. Este proyecto interdisciplinar
está ya sirviendo de modelo a otros centros universitarios en
todo el mundo.
Otras iniciativas concretas merecen todo el apoyo: la
creación de una Academia para la Vida, centros como bibliotecas,
videotecas, librerías, el fomento de la prensa y las publicaciones
cristianas de amplia difusión.
Los servicios especializados en el diálogo con
los no creyentes y con la cultura de la increencia
tienen también gran importancia, en unión con las Comisiones para
la cultura y para la increencia de las Conferencias Episcopales.
En las Facultades de teología se pueden crear departamentos u
observatorios sobre la increencia, como los que ya existen en
Zagreb, Split y en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma.
También la constitución de grupos reducidos de estudio, que se
reúnen informalmente, permite continuar esta reflexión. Allí donde no exista
una cátedra para el estudio del ateísmo, la reflexión sobre
las nuevas formas de increencia puede ser de gran ayuda
para la misión de la Iglesia.
2.4. La vía de
la belleza y el patrimonio cultural
La belleza es una vía
privilegiada para acercar a los hombres a Dios y saciar
su sed espiritual. La belleza «como la verdad, es quien
pone la alegría en el corazón de los hombres, es
el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo,
que une las generaciones y las hace comulgar en la
admiración»[26]. La belleza, con su lenguaje simbólico, es capaz de
hacer que hombres y mujeres de culturas diferentes se encuentren
en valores comunes, que, radicándolos en su propia identidad antropológica
y en la experiencia original de su humanidad, permiten al
hombre mantener el corazón abierto a la fascinación del misterio
y el absoluto[27]. En este contexto, la Iglesia se abre
a una nueva epifanía de la belleza, es decir, introduce
en una nueva via pulchritudinis que amplía el concepto de
belleza de la filosofía griega. Las Escrituras revelan al Mesías,
«el más bello de los hijos de los hombres», que
se ha abajado por nosotros y se presenta como el
«varón de dolores» (cfr. Is 53,3). En una cultura de
la globalización, donde el hacer, el obrar y el trabajar
ocupan un lugar fundamental, la Iglesia es llamada a fomentar
el ser, el alabar y el contemplar para desvelar la
dimensión de lo bello. Un itinerario semejante requiere una pastoral
específica para los artistas y sus ambientes, lo mismo que
una adecuada valoración del patrimonio cultural.
Ya el Concilio Vaticano II
reconoció la importancia del diálogo con los artistas y el
valor de la presencia constante y benéfica de sus obras
en la Iglesia, como camino que permite al hombre elevarse
hacia Dios. Es oportuno abrir o continuar el diálogo con
las instituciones y con las sociedades artísticas para crear relaciones
recíprocas que permitan enriquecer tanto a la Iglesia como a
los mismos artistas. En efecto, numerosos artistas han hallado en
la Iglesia un lugar de creatividad personal, donde la acogida
se acompaña con propuestas, confrontación y discernimiento. Esta pastoral
requiere laicos y clérigos que hayan recibido una buena formación
cultural y artística, para entablar un diálogo con «todos aquellos
que, con amor apasionado buscan nuevas “epifanías” de la belleza
para donarla al mundo en la creación artística»[28].
Las Semanas culturales,
Festivales de arte, Exposiciones de arte, Premios de arte sacro,
Bienales artísticas, organizados también en colaboración con las autoridades civiles,
en diferentes regiones del mundo, ayudan a un acercamiento pastoral
a la vía de la belleza como camino privilegiado de
inculturación de la fe. Estas actividades, junto con otras iniciativas,
que favorezcan las experiencia artística, donde la persona de Cristo
y los misterios de la fe, siguen siendo una fuente
privilegiada de inspiración para los artistas.
En el campo de la
literatura, encuentros como los organizados por el Consejo Pontificio de
la Cultura con poetas, escritores y críticos, tanto católicos como
laicos, así como la creación de círculos literarios, permiten intercambios
muy prometedores.
Por otra parte, el patrimonio cultural de la Iglesia
sigue siendo un medio de evangelización. Los monumentos de inspiración
cristiana edificados a lo largo de siglos de fe son
auténticos testigos de una cultura modelada por el Evangelio de
Cristo y guías siempre actuales para una buena formación cristiana.
En numerosos lugares, la restauración de templos y, especialmente, de
las fachadas, a veces por iniciativa de la administración pública,
se convierten en una invitación a responder a la invitación
de Jesús: «Brille, pues, vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras» (Mt 5,6).
La organización y
la promoción de conciertos de música sacra, de coreografías de
inspiración religiosa o de exposiciones de arte sacro, ayudan a
personas que hacen así de la experiencia de la belleza
un elemento de crecimiento de su fe en el encuentro
personal con el Salvador, contemplado a través de una obra
de arte. Grandes exposiciones, como en Londres, Behold the Saviour.
Discovery of the Transcendent through the Face of Christ; en
diferentes ciudades de España, Las Edades del Hombre, y en
Roma, El Dios Escondido, han atraído grandes cantidades de público,
y constituyen un ejemplo de la capacidad que tiene el
arte de llegar al corazón insatisfecho del hombre moderno. En
efecto, son muchos los que se dan cuenta de la
incapacidad de la cultura racional y técnica para responder a
la necesidad profunda de sentido que reside en todo hombre
y experimentan una impotencia real para captar la realidad compleja
y misteriosa del mundo y la persona humana, mientras afirman
su libertad y se afanan en una búsqueda de felicidad
a menudo ficticia.
En algunos países aparece la necesidad creciente de
una enseñanza religiosa en la Universidad para los estudiantes de
disciplinas artísticas y ciencias humanas. Estos, en efecto, con frecuencia
carecen de conocimientos elementales sobre el cristianismo y son incapaces
de comprender su propio patrimonio histórico y artístico. Estos cursos
sobre el cristianismo destinados a estudiantes de arte e historia
ofrecen la oportunidad de ponerles en contacto con la Buena
noticia de Cristo a través del patrimonio cultural.
La vía de
la belleza aparece especialmente importante en la liturgia. Cuando la
dimensión de lo sagrado, según las normas litúrgicas, se manifiesta
a través de las representaciones artísticas, el misterio celebrado logra
despertar a los indiferentes e interpelar los no creyentes. La
via pulchritudinis se convierte así en el camino del gozo
que se manifiesta en las fiestas religiosas celebradas como encuentros
de fe.
2.5. Un nuevo lenguaje para comunicar el Evangelio:
razón y sentimiento
El Cardinal Newman, en su Gramática del asentimiento[29]
subraya la importancia del doble canal de la evangelización, el
corazón y la cabeza, es decir, el sentimiento y la
razón. Hoy día, la dimensión emocional de la persona adquiere
importancia creciente y numerosos cristianos llegan por este medio al
gozo de la fe. En un cultura de irracionalismo dominante,
experimentan la necesidad de profundizar sus razones para creer mediante
una formación apropiada, donde la Iglesia se hace «samaritana» de
la razón herida.
El primer problema es el del lenguaje. ¿Cómo
comunicar la Buena noticia de Cristo, único Salvador del mundo?
La cultura de la indiferencia y del relativismo, nacida en
un Occidente secularizado no facilita una comunicación fundada sobre un
discurso objetivo. En este caso, el diálogo, lo mismo que
la comunicación, se ve seriamente comprometido. Si las personas que
viven en este cultura tienen dificultades para descubrir la res
significata, es decir, Cristo mismo, es necesario repensar la res
significans, es decir, todo aquello que conduce a El y
a los misterios de la fe, en función de su
cultura, para una evangelización renovada.
Estar junto a los jóvenes, tratar
de comprender sus maneras de vivir y su cultura, es
el primer acercamiento para ayudar a encontrar un lenguaje capaz
de transmitirles la experiencia de Dios. Algunas cadenas de televisión,
como MTV[30], basan su éxito entre los jóvenes en una
mezcla de simpatía y rabia, sarcasmo y tolerancia, sentido de
responsabilidad y egoísmo. Adoptando en alguna medida este lenguaje y,
por supuesto, purificándolo, el diálogo de la Iglesia con los
jóvenes se vería facilitado y la relación directa establecida con
las personas permitiría transformar desde el interior los aspectos negativos
de su cultura y reforzar lo que tiene de positivo.
Los medios de comunicación social son aptos para comunicar una
experiencia positiva de conversión y de fe, vividas por personas
reales con las que es posible identificarse.
Por lo demás, la
Iglesia puede explotar su tradición multisecular para llegar a las
personas mediante el atractivo de la música, ya sea litúrgica
o popular. En efecto, la música tiene una gran capacidad
de apertura a la dimensión religiosa y en algunos casos,
como el canto gregoriano, ejerce una fascinación incluso en ccidente
secularizOambientes no eclesiales.
La cultura de la relación significativa es indispensable
para que el testimonio cristiano pueda implicar al otro en
un itinerario de fe. El primado de la persona y
de las relaciones personales es esencial en la obra de
evangelización. El contacto misionero auténtico se opera a través del
diálogo y tejiendo relaciones entre personas. Esta apertura no puede
hacerse si no es permaneciendo junto a las personas que
tienen dificultades para establecer relaciones positivas en la pareja, la
familia o en la comunidad cristiana misma, procurando que haya
un acompañamiento a los niños, en los centros parroquiales, adolescentes,
novios, con educadores buenos y competentes. Las personas ancianas tienen
también necesidad de una pastoral que responda a sus necesidades,
lo que requiere de la comunidad cristiana un esfuerzo para
que las personas se sientan escuchadas, comprendidas amadas y no
consideradas como un simple miembro de una institución. Aun en
el «supermercado» de la religión y de la cultura, donde
predominan el sentimiento, la estética y la emoción, es posible
ofrecer a quienes van en busca una respuesta segura y
exhaustiva, fundada sobre la verdad, la belleza y la bondad
de la fe en Jesucristo, que con su vida, su
muerte y resurrección da respuesta a todos los interrogantes fundamentales
del hombre sobre el gran misterio de su vida.
La Nueva
Era y las sectas atraen a muchos actuando precisamente sobre
la emotividad. Para responder a este desafío, y siguiendo la
invitación del beato Juan XXIII de «emplear la medicina de
la misericordia y no empuñar las armas de la severidad»[31],
se trata de salir al encuentro de todas las personas
que buscan la Verdad con sinceridad y de cuidar de
quienes atraviesan momentos de fragilidad e inquietud, que son presas
fáciles para las sectas. A estas personas en dificultad estamos
llamados a presentar el misterio de la Cruz: en ella,
sin caer en la trampa del absurdo o del sentimentalismo,
podemos compartir los sufrimientos de las personas heridas y ayudarlas
a encontrar allí la posibilidad de dar un sentido a
su vida de sufrimiento.
Las relaciones personales dentro de la Iglesia,
sobre todo en las parroquias más extensas, son de gran
importancia. Las pequeñas comunidades, vinculadas a movimientos eclesiales, que tienen
en cuenta las particularidades antropológicas, culturales y sociales de las
personas, permiten renovar y profundizar la vida de comunión. El
gozo de pertenecer a la familia de Dios es el
signo visible del mensaje de la salvación y la Iglesia,
familia de familias, aparece entonces como el verdadero «lugar» del
encuentro entre Dios y los hombres.
La actitud misionera hacia los
que están lejos de la Iglesia y que consideramos como
no creyentes o indiferentes es siempre la del Buen pastor
que va a buscar la oveja perdida para reconducirla al
redil. Es también fundamental acoger con cuidado a aquellos, cada
vez más numerosos, que sólo acuden a la iglesia ocasionalmente[32].
Entrar en diálogo con estas personas es muchas veces más
fácil de lo que se piensa. A veces, basta un
poco de iniciativa para dirigirles una invitación calurosa y personalizada,
o para entablar relaciones humanas de amistad profunda, para suscitar
la confianza y una mejor comprensión de la Iglesia[33].
Inculturar la
fe y evangelizar las culturas a través de las relaciones
interpersonales permite a todos y cada uno percibir la Iglesia
como su propia casa y sentirse en ella a gusto.
El anuncio del Evangelio que llevaron a Asia misioneros venidos
de Occidente, como Matteo Ricci o De Nobili, fue fecundo
en la medida en que los pueblos asiáticos percibieron su
inserción en las culturas locales, cuyas lenguas y costumbres aprendieron,
respetándolas y tratando de enriquecerse en un intercambio recíproco. Evangelizar
las culturas exige entrar en ellas con amor e inteligencia
para comprenderlas en profundidad y hacerse allí presente con verdadera
caridad.
2.6. Los Centros Culturales Católicos[34]
«Los centros culturales católicos ofrecen
a la Iglesia singulares posibilidades de presencia y acción en
el campo de los cambios culturales. En efecto, éstos son
unos foros públicos que permiten la amplia difusión, mediante el
diálogo creativo, de convicciones cristianas sobre el hombre, la mujer,
la familia, el trabajo, la economía, la sociedad, la política,
la vida internacional y el ambiente » (Ecclesia in Africa,
n. 103).
Los Centros Culturales Católicos, que se conciben como una
especie de laboratorio cultural, «presentan una rica diversidad, tanto por
su denominación (Centros o Círculos Culturales, Academias, Centros Universitarios, Casas
de Formación), como por las orientaciones (teológica, ecuménica, científica, educativa,
artística, etc...), o por los temas tratados (corrientes culturales, valores,
dialogo intercultural e interreligioso, ciencia, artes etc...), o por las
actividades desarrolladas (conferencias, debates, cursos, seminarios, publicaciones, bibliotecas, manifestaciones artísticas
o culturales, exposiciones, etc.). El concepto mismo de “Centro Cultural
Católico” reúne la pluralidad y la riqueza de las diversas
situaciones de un país: se trata, bien de instituciones vinculadas
a una estructura de la Iglesia... bien de iniciativas privadas
de católicos, pero siempre en comunión con la Iglesia» (Para
una pastoral de la cultura, n. 32).
Los Centros culturales católicos
son lugares privilegiados para una pastoral de la cultura y
ofrecen la posibilidad de debates, con la ayuda de películas
o conferencias, sobre problemas culturales de actualidad. La respuesta a
estos interrogantes de la cultura, permite superar numerosos obstáculos a
la fe, un don de Dios que se recibe a
través de la escucha (cfr. Rm 10,17).
2.7. Turismo religioso
Mientras en
ciertas partes del mundo siguen dominando condiciones inhumanas de trabajo,
en otras no deja de aumentar el tiempo dedicado al
ocio. Siguiendo el surco de la tradición de la peregrinación,
la promoción del turismo religioso adquiere toda su importancia. Entre
las diferentes iniciativas que tratan de responder a las legítimas
expectativas culturales de los indiferentes y de los que no
frecuentan la Iglesia, algunas buscan unir la presentación del patrimonio
religioso con el deber cristiano de la acogida, de la
propuesta de la fe y de la caridad. Las condiciones
para ello son las siguientes:
Abrir una oficina para coordinar las
actividades eclesiales locales con las peticiones de los turistas, ayudándoles
a comprender lo específico del patrimonio de la Iglesia, que
es ante todo cultual;
Poner en marcha actividades, acontecimientos, museos diocesanos,
itinerarios culturales, donde el arte local conservado para las generaciones
futuras puede servir de instrumento para la catequesis y la
educación;
Dar a conocer la piedad popular a través de itinerarios
devocionales y permitir así experimentar la riqueza, la diversidad y
la universalidad de la vida de fe en los diversos
pueblos;
Crear organizaciones de guías católicos para los monumentos, que puedan
ofrecer a la vez indicaciones culturales de calidad y un
testimonio de fe, gracias a una formación cristiana y artística
seria.
Utilizar el sitio Internet de las diócesis para dar a
conocer estas actividades.
3. La vía del amor
«Mucho contribuye, finalmente,
a esta afirmación de la presencia de Dios el amor
fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en
la fe del Evangelio y se alzan como signo de
unidad» (Gaudium et spes, n. 21). El testimonio de la
caridad es el argumento más convincente que los cristianos presentan
como prueba de la existencia del Dios del amor; es
el «camino mejor», del que habla san Pablo (cfr. 1Cor
13). En el arte cristiano y en la vida de
los santos, resplandece una chispa de la belleza y del
amor de Dios que se encarna de manera siempre nueva
en la vida de los hombres. Al final, la belleza
salvará al mundo[35]: la belleza comprendida como una vida moral
lograda que, a imitación de Cristo, atrae a los hombres
hacia el bien. No deja de ser significativo que los
griegos consideraran como ideal de la vida del hombre la
kalokagathía, la posesión de todas las cualidades físicas y morales,
lo bello y lo bueno. El filósofo Jacques Maritain ha
convertido lo bello en un trascendental, a la par de
lo bueno y lo verdadero: ens et unum et bonum
et verum et pulchrum convertuntur. Esta síntesis se manifiesta en
la vida del cristiano y, sobre todo, en la comunidad
cristiana. No se trata de «demostrar» a toda costa, sino
de compartir el gozo de la experiencia de la fe
en Cristo, Buena Noticia para todos los hombres y sus
culturas. Así, nuestros contemporáneos pueden sentirse interpelados en el corazón
de su increencia o de su indiferencia. Los grandes santos
de nuestro tiempo, especialmente aquellos que han ofrecido su vida
por los más pobres, unidos a la multitud de todos
los santos de la Iglesia, constituyen el argumento más elocuente
para suscitar en el corazón de los hombres y mujeres
la búsqueda de Dios y su respuesta. Cristo es la
Belleza, «egw eimi o poimhn o kaloV » (Jn 10,
11), que atrae los corazones hacia el Padre con la
gracia del Espíritu Santo.
El testimonio del perdón y del amor
fraterno entre los cristianos se extiende a todos los hombres
como una oración suplicante. Es una llamada dirigida a todos
los cristianos, según la recomendación de san Agustín: «Hermanos, os
exhortamos vivamente a que tengáis caridad, no sólo para con
vosotros mismos, sino también para con los de fuera, ya
se trate de los paganos, que todavía no creen en
Cristo, ya de los que están separados de nosotros... Deploremos
su suerte, sabiendo que se trata de hermanos nuestros...Os conjuramos,
pues, hermanos, por Cristo nuestro Señor, ... a que usemos
con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia,
rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente
un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta
que non tienen en absoluto nada que decir contra la
verdad»[36]
4. En resumen
Una visión sintética de las indicaciones, sugerencias
y propuestas de personas procedentes de diferentes culturas en los
cinco continentes y de experiencias pastorales muy diferentes, permite destacar
los puntos siguientes que merecen una atención particular:
Importancia de dar
testimonio de la belleza de ser amados por Dios
Necesidad de
renovar la apologética cristiana para dar razón, con dulzura y
respeto, de la esperanza que hay en nosotros (1Pe 3,15)
Acercarse
al homo urbanus mediante una presencia pública en los debates
de sociedad y poner el Evangelio en contacto con las
fuerzas que modelan la cultura.
Urgencia de enseñar a pensar, en
la escuela y la universidad y tener el valor de
reaccionar, frente a la aceptación tácita de una cultura dominante,
a menudo impregnada de increencia e indiferencia religiosa, mediante una
nueva y gozosa propuesta de cultura cristiana.
A los no creyentes,
indiferentes a la cuestión de Dios, pero creyentes en los
valores humanos, mostrar que ser verdaderamente hombre es ser religioso,
que el hombre halla su plenitud humana en Cristo, verdadero
Dios y verdadero hombre, y que el Cristianismo es una
buena noticia para todos los hombres y culturas.
CONCLUSIÓN
«En tu nombre, echaré las redes» (Lc 5,4) Los Padres del
Concilio Vaticano II afirman con convicción: «Se puede pensar con
toda razón que el porvenir de la humanidad está en
manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones
para vivir y razones para esperar» (Gaudium et spes, n.
31). Para los cristianos, ha llegado la hora de la
esperanza. Esta virtud teologal es el hilo conductor de la
exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II Novo Millennio Ineunte,
al final del Gran Jubileo del Año 2000, horizonte de
fe de toda la Iglesia en esta época crucial de
la Iglesia. Hoy como ayer, solo Cristo es capaz de
ofrecer razones para vivir y esperar. El enigma de la
muerte, el misterio del sufrimiento, sobre todo el de los
inocentes, siguen siendo un escándalo para muchos, hoy como siempre,
en todas las culturas. El deseo de la vida eterna
no se ha apagado en el corazón de los hombres.
Sólo Jesucristo, que ha vencido la muerte y ha devuelto
la vida a los hombres, puede ofrecer una respuesta decisiva
al sufrimiento y a la muerte, sólo Él es el
verdadero portador del agua de la vida que apaga la
sed de los hombres. No hay otro camino que contemplar
su rostro, experimentar la comunión de fe, de esperanza y
de amor en la Iglesia y dar al mundo testimonio
de la caridad y del primado de la gracia, de
la oración y de la santidad. Frente a los nuevos
desafíos de la increencia y de la indiferencia religiosa, de
la secularización de los creyentes y de la nueva religiosidad
del Yo, hay razones para seguir esperando, fundados en la
Palabra de Dios: «Lámpara es tu Palabra para mis pasos,
luz en mi sendero» (Sal 119,105).
Los fenómenos simultáneos de vacío
interior y de vagabundeo espiritual, de desafío institucional y de
sensibilidad emocional de las culturas secularizadas de Occidente, exigen una
renovación del fervor y autenticidad de vida cristiana, valor e
iniciativa apostólica, rectitud de vida y de doctrina, para dar
testimonio, en comunidades creyentes renovadas, de la belleza y la
verdad, la grandeza y la fuerza incomparables del Evangelio de
Cristo. Los gigantescos desafíos de la increencia, de la indiferencia
religiosa y de la nueva religiosidad son otras tantas llamadas
a evangelizar las nuevas culturas y el nuevo deseo religioso
que renace en sus formas paganas y gnósticas al alba
del tercer milenio. Es la tarea pastoral más urgente para
toda la Iglesia en nuestro tiempo, en el corazón de
todas las culturas.
Tras una noche de dura fatiga sin ningún
resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y
a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva
fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde
sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc
5,4). La red se llena de peces, hasta el punto
de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo
en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es
invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la
orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo
la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro:
«Señor, en tu palabra, echaré la red».
Notas
[1] Inde
a Pontificatus, 25 de marzo de 1993, AAS 85 (1993)
549-552.
[2] El documento del Consejo Pontificio de la Cultura, Para
una pastoral de la cultura, ha sido publicado en español
por la Librería Editrice Vaticana. Al igual que los restantes
textos del Magisterio aquí citados, se puede consultar en el
sitio Internet del Vaticano: http://www.vatican.va
[3] Véanse los estudios del Consejo
Pontificio para el Diálogo para los No Creyentes, P. Poupard
(Ed.), Fe y ateísmo en el mundo, BAC, Madrid 1988;
Felicidad y fe cristiana, Herder, Barcelona, 1992.
[4] Es importante
distinguir «nuevos movimientos religiosos», término técnico para designar a las
religiones llamadas «alternativas» de «nuevos movimientos eclesiales», que designa las
nuevas comunidades surgidas en el seno de la Iglesia católica.
Además es importante la distinción entre «religioso» y «espiritual»: no
todo movimiento «espiritual», es decir, vinculado a una experiencia del
espíritu puede pretender ser reconocido como una religión.
[5] Ángelus del
27 de julio 2003, in L’Osservatore Romano, Ed. Semanal en
lengua española, n. 31, 1-VIII-2003.
[6] La transmisión de la fe
en el corazón de las culturas fue el tema de
la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura en
2002. Véase el número monográfico de la revista del Consejo,
Culturas y fe, X (2002).
[7] Cfr. Para una pastoral de
la cultura, n. 9.
[8] Sobre la «Nueva Era», véase el
documento, publicado conjuntamente por el Consejo Pontificio de la Cultura
y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador
del agua de la vida, Ciudad del Vaticano 2003.
[9] Para
una pastoral de la cultura, n. 24.
[10] Para este apartado,
véase el documento antes citado, Jesucristo, portador del agua de
la vida.
[11] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de
Edith Stein, 14-X-1998, in L’Osservatore Romano, ed. Sem. en lengua
española, nº 42, 16-X-1998.
[12] Cfr. Juan Pablo II, Novo
Millennio Ineunte, nn. 30-31.
[13] Cfr. Concilio Vaticano II, Decl. Dignitatis
humanae, n.3
[14] Dirección de Incroyance et prière: 11, Impasse
Flammarion, F-13 001, Marseille (Francia).
[15] Secretariado para los No Creyentes,
El diálogo con los no creyentes, Roma 1968. Cfr. también
del mismo Secretariado la nota Studium atheismi et institutionem ad
dialogum cum non credentibus habendum, Romae 1970.
[16] La Cátedra está
organizada de manera original. Consiste en una serie de encuentros
que se celebran en la Universidad de Milán (Estatal). La
sesión se desarrolla en una atmósfera de respeto y de
silencio, desde la presentación misma del tema de la sesión;
no se permiten los aplausos, ni se cede la palabra
al público asistente. El Cardenal presenta al primero de los
conferenciantes que van a intervenir. Tras él, retoma la palabra.
Tras un tiempo de silencio y un intermedio musical, ofrecido
por el Coro de la Universidad Católica, el Cardenal da
la palabra a un segundo conferenciante. Acabada su intervención, el
Cardenal invita a los asistentes a poner por escrito sus
preguntas y objeciones. La última sesión está consagrada a la
respuesta a estas preguntas.
[17] Los diálogos, aparecidos primero en las
páginas finales del Diario de Notícias lisboeta, a finales del
2003, han dado origen a un libro: J. Policarpo-E. Prado
Coelho, Diálogos sobre a Fé, Editorial Notícias, Lisboa 2004.
[18]
S. Agustín, La Ciudad de Dios, XVIII,51,2; in Obras Completas
XVI-XVII, Trad. Santamarta y Fuertes, BAC, Madrid 1988.
[19] Mons. Guy
Gaucher, obispo auxiliar de Lisieux, ha narrado esta peregrinación en
su libro «Je voudrais parcourir la terre». Thérèse de Lisieux
thaumaturge, docteur et missionaire, Cerf, Paris 2003.
[20] A Diogneto,
en Padres Apostólicos, ed. D. Ruiz Bueno, BAC, Madrid 21967.
[21]
Cfr. Jesucristo portador del agua de la vida. Cit.
[22] Cfr.
el sitio del Observatorio sobre las sectas: www.cesnur.org
[23] Código de
Derecho Canónico, can. 229, 748 y 226,§ 2.
[24] Cfr. Congregación
para la Educación Católica-Consejo Pontificio para los Laicos- Consejo Pontificio
de la Cultura, Presencia de la Iglesia en la Universidad
y en la Cultura Universitaria, Ciudad del Vaticano 1994.
[25] Science,
Theology and the Ontological Quest. La página Internet: www.stoqnet.org. Véase
también el portal www.disf.org
[26] Concilio Vaticano II, Mensaje a los
artistas; Cfr. Juan Pablo II, Carta a los artistas, n.
3, Ciudad del Vaticano 1999; Para una pastoral de la
cultura, n. 36.
[27] Cfr. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte,
nn. 15 y 31.
[28] Dedicatoria de Juan Pablo II en
la apertura de su Carta a los artistas.
[29] J.H. Newman,
An Essay in Aid of a Grammar of Assent, I.
Ker (Ed.), Oxford University Press, 1985.
[30] Music TeleVision (MTV)
es una cadena de televisión internacional de música pop, el
equivalente, desde el punto de vista de la cultura juvenil,
de la CNN con sus noticieros de actualidad 24 horas
al día.
[31] Juan XXIII, Discurso en la apertura del Concilio,
11 octubre 1962, en Concilio Ecuménico Vaticano II, BAC, Madrid
2000, p. 1095.
[32] A este propósito, en lugar de decir
a los que no vienen más que a la misa
de Navidad o de Pascua, «hasta el año que
viene», sería mejor que el sacerdote les invitara: «Los extrañamos.
Vengan a vernos más a menudo».
[33] Los redentoristas de Edimburgo
han publicado en la prensa local un aviso ofreciendo gratuitamente
un libro Once a catholic? Why not a fresh start?
(¿Dejaste de ser católico? ¿Por qué no comenzar de nuevo?).
Recibieron más de dos mil solicitudes.
[34] Véase al respecto el
vademécum editado por el Consejo Pontificio de la Cultura y
el Servicio Nacional para el Proyecto Cultural de la Conferencia
Episcopal Italiana, Centri Culturali Cattolici. Perché? Cos’è? Cosa fare? Dover?
Ed. San Paolo, Cinisello Balsamo 2003. El CELAM está preparando
una edición en español que aparecerá próximamente.
[35] F. Dostoyevski, El
idiota, p. III, cap. V; citado en Juan Pablo II,
Carta a los artistas, n. 16.
[36] S. Agustín, Comentario al
Salmo 32, 29. CCL 38,272-273. II Lectura del martes de
la XIV semana del T.O.
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