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Autor: Mons. Fernando Sebastián | Fuente: El sentido busca al hombre.com La Universidad Católica en un mundo laicista
Las universidades católicas tienen que ser capaces de demostrar con hechos que su condición de católica.
La Universidad Católica en un mundo laicista
Monseñor Fernando Sebastián, Arzobispo Emérito de Pamplona y Tudela.
Hablar
ahora sobre la Universidad, y más sobre la Universidad católica,
no es un tema fácil. Vivimos unos momentos en los
que, si no el concepto, si los perfiles concretos de
la Universidad y de la vida universitaria no están nada
claros. Las fuerzas sociales más poderosas, como la política y
la economía, tiran de ella para convertirla en un instrumento
sometido a su servicio. Se busca un modelo de Universidad
con unos rasgos comunes que sean válidos para toda Europa,
cuando no sabemos muy bien qué es lo que Europa
quiere ser.
Si al difuso concepto de Universidad le añadimos
el calificativo de católica, entonces las dificultades se multiplican. Lo
religioso en general, y muy especialmente lo católico, provoca en
estos momentos un rechazo inexplicable. Parece que todos los agentes
de la vida pública se han puesto de acuerdo en
la necesidad de recluir la religión, y particularmente la fe
cristiano en el terreno de la vida privada, es decir,
de lo no relevante, de lo no influyente, de lo
no fiable. La profesión de cristianía es considerada como sinónimo
de falseado, incompatible con la autenticidad del pensamiento y la
libertad de las decisiones. Opuesto al progreso y al crecimiento
en humanidad. Para muchos de nuestros contemporáneos, universidad y católico
son dos conceptos incompatibles.
Esto es así en los sectores
laicistas que por desgracia predominan en estos momentos en la
vida cultural española. Y lo más grave es que muchos
cristianos participan también de esta manera de ver las cosas.
La profesión de fe debe quedar al margen de la
vida profesional e institucional. La investigación, la docencia, las relaciones
institucionales deben ser neutras, sin dejarse influencias por las convicciones
y vivencias religiosas de cada uno. Pacíficamente, con el consentimiento
mayoritario de los cristianos, en la vida universitaria está implantado
hace tiempo el criterio que ahora se nos quiere imponer
en toda la extensión de la vida pública: puesto que
nuestra sociedad es religiosamente pluralista, puesto que convivimos cristianos y
agnósticos, prescindamos de las manifestaciones religiosas para poder convivir en
paz en el terreno común de la neutralidad. Un falso
razonamiento que sustituye la verdadera tolerancia por la exclusión y
la represión de la religión.
En este contexto me habéis
invitado a presentar unas reflexiones sobre la Universidad católica y
me presento ante vosotros dispuesto a exponer y ponderar las
excelencias de la Universidad católica, la afinidad entre el saber
y la fe, el mutuo enriquecimiento del amor y servicio
a la verdad, propios del buen universitario, y el seguimiento
de Jesucristo, que es la nota esencial de la fe
y de la vida cristianas.
I. LA IDEA
Como consecuencia
de las prevenciones contra lo católico a las que acabo
de aludir, tanto en el ambiente universitario como en el
administrativo y político, abundan las prevenciones contra la Universidad católica.
Desde siempre, la mentalidad predominante en España, en la visión
de la educación, ha sido estatista y oficialista. Desde las
guarderías hasta la Universidad, la enseñanza tenía que ser pública.
Escuela pública, laica y gratuita ha sido el grito de
guerra de la izquierda española. Y la preferencia también de
la mayoría de los profesionales, de izquierdas y de derechas.
Con lo cual el concepto y la imagen de la
Universidad católica han tenido mucha dificultad para abrirse camino en
nuestra sociedad. Al amparo de la legislación franquista pudieron aparecer
lo que se llamaba universidades eclesiásticas, pero ha sido necesario
esperar hasta hace muy pocos años para que pudieran desarrollarse
entre nosotros algunas universidades no estatales, y entre ellas algunas
universidades libres y católicas. A duras penas, con unas condiciones
injustamente restrictivas, pero aquí estamos. Podemos decir que una nota
característica de la vida de la Iglesia y del cristianismo
en España es el nacimiento y el desarrollo de varias
Universidades católicas.
Frente al hecho de la Universidad católica, se
ha levantado en nuestros ambientes culturales una objeción de fondo:
la Universidad es una institución al servicio del saber y
de la ciencia, y un servicio honesto a la investigación
y difusión de la verdad tiene que ser laico, libre
de cualquier condicionante dogmático. Por lo cual cualquier confesionalidad es
del todo incompatible con una vida universitaria auténtica. Más todavía,
la confesionalidad católica es enemiga del pensamiento, de la inteligencia,
del verdadero saber.
Digamos en primer lugar que la historia
desmiente esta afirmación: La fe, la Iglesia católica ha sido
madre de la Universidad moderna, hay están Bolonia, París, Salamanca,
y todas las Universidades que España levantó muy pronto en
las grandes capitales de la nueva España, Perú, México, Santiago
de Chile.
Juan Pablo II, en 1990, pudo comenzar su
constitución apostólica dedicada a la Universidad católica afirmando que la
Universidad nació "del corazón de la Iglesia" "Ex corde Ecclesiae".
¿Y cual es ese corazón de la Iglesia del cual
nació la idea y la realidad de la Universidad europea?
El amor a la verdad, la convicción de que el
mundo creado por un Dios personal y misericordioso es un
mundo bueno, inteligible, hecho para el bien del hombre. La
confianza del hombre que se siente capaz de explorarlo, comprenderlo
y ponerlo a su servicio. Un concepto histórico de la
propia existencia que mueve al hombre a la investigación de
la verdad del mundo y a utilizarlo como instrumento de
crecimiento y de expansión de la humanidad en el mundo
en un movimiento permanente de afirmación solidaria y universal.
La
fe en el Dios creador fundamenta y estimula el afán
de saber. La adoración de un Dios que nos ha
hecho a su imagen y semejanza nos sostiene en la
confianza de nuestra capacidad para conocer y dominar el mundo.
Pero es que además, la fe en un solo Dios
creador y redentor, principio del mundo y Padre de N.S.
Jesucristo nos permite afirmar a priori la plena compatibilidad entre
la razón y la fe, la verdad del mundo de
la creación y la verdad histórica y salvífica del orden
de la gracia, de la redención y de la salvación.
Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, en la medida
en la que devuelve al hombre el dominio y la
autenticidad de su ser, lo capacita para utilizar su razón
con objetividad y eficacia en la tarea nunca acabada del
descubrimiento y la comprensión del mundo. "La unidad de la
verdad es ya un postulado de la razón humana expresado
en el principio de la no contradicción. La Revelación da
la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador
es también el Dios de la historia de la salvación.
El mismo y único Dios que fundamenta y garantiza que
sea inteligible y racional el orden natural de las cosas
sobre las que se apoyan confiadamente los científicos, es el
mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo"1.
El corazón de la Iglesia es también el Espíritu Santo,
el amor universal e incansable del Dios Trinidad, que mueve
las velas de la nave de la historia, que ensancha
los corazones hasta reunirlos en un abrazo universal fraternidad, que
levante e impulsa la esperanza hacia un progreso ilimitado cuya
verdadera meta está más allá de este mundo. La Universidad
es hija del amor a la verdad, del deseo de
saber para vivir, de la voluntad de ayudar al prójimo
haciéndole partícipe del gozo de la verdad y del bien
de la libertad y del dominio del mundo. A la
luz de estas elementales consideraciones podemos concluir que la fe
en Dios no es enemiga del saber ni de la
ciencia, sino que capacita al hombre para entender el mundo,
para dominarlo, para ayudar a sus hermanos a crecer en
humanidad. La Universidad es una de las grandes creaciones culturales
de la Iglesia y de la fe católica.
Lo que
fue impulso para hacer surgir la idea de Universidad y
para hacerla nacer históricamente, es también ahora impulso para dar
existencia a estas Universidades verdaderamente católicas, nacidas del corazón de
la Iglesia, llamadas a ser un poderoso instrumento de enriquecimiento
espiritual y cultural tanto para la sociedad como para la
misma Iglesia.
II.CARACTERES DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA.
Una vez que
hemos descrito los fundamentos profundos de la evidente afinidad entre
la Iglesia y la Universidad, podemos preguntarnos por los rasgos
específicos de la Universidad católica. Para algunos, los partidarios de
un catolicismo formal que no modifica la realidad de la
vida humana, para que la Universidad católica fuese lo que
tiene que ser y llenase adecuadamente su función bastaría que
fuese simplemente una buena Universidad. Es la consecuencia de esa
manera de entender el catolicismo según la cual el ser
cristiano no añade nada al ser pretendidamente natural de un
modelo de hombre adecuado a los límites de la razón.
¿Todos católicos? "los miembros católicos" (n. 27)
Para poder hablar
de Universidad católica se requiere una primera condición puramente formal
que hablando propiamente tiene que ser garantía de otras muchas
cualidades reales. La Universidad católica tiene que estar erigida, o
por lo menos aceptada, por una autoridad de la jerarquía
católica, sea un Obispo o la Congregación competente de la
Curia romana. Esta condición jurídica y administrativa no es una
condición vana, sino que tiene que ser la garantía de
que la Universidad pretendidamente católica tiene otras muchas características que
la configuran como verdaderamente y realmente católica. Tratemos de indagar
en qué tiene que consistir la catolicidad, la cristianía de
una verdadera Universidad.
Para que una Universidad sea de verdad
católica es preciso que su existencia y su despliegue institucional
estén inspirados por la fe cristiana. ¿Cuáles son los resultados
imprescindibles de esta inspiración cristiana en la configuración y existencia
de una Universidad católica?
En primer lugar el amor a
la verdad, un amor que es interés, respeto, veneración por
la verdad de las cosas, confianza en la inteligibilidad y
en la bondad de la creación, en la capacidad de
la razón para conocer todo lo existente, en la eficacia
constructiva de la verdad. "La fe no teme la razón,
sino que la busca y confía en ella. Como la
gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe
supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la
fe, es liberada de la fragilidad y de los límites
que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la
fuerza necesaria para conocer el mundo y elevarse hasta el
conocimiento de Dios"2.
A los estímulos de la fe hay
que añadir los de la caridad. El amor ilumina, acerca,
ensalza la realidad del ser o de los seres queridos
y facilita el conocimiento. Creer en Dios creador es principio
de un amor respetuoso hacia la realidad entera, es una
buena preparación para mar y respetar el mundo que abree
la puerta de la contemplación y facilita la utilización respetuosa
de sus riquezas a favor del hombre. La caridad nos
acerca a la realidad, nos permite atender al verdadero ser
de las cosas, de acuerdo con la Sabiduría suprema de
Dios sin la cual nuestra existencia en el mundo se
hace problemática y conflictiva.
De esta manera fe y razón
concurren en el crecimiento de la verdadera sabiduría sobre la
cual se asienta la libertad y la grandeza del hombre
sobre la tierra. El "Intellige ut credas, Crede ut intelligas"
de San Agustín podría ser el lema del sabio y
del universitario cristiano.
En segundo lugar, en la Universidad católica
el saber nace y crece subordinado al bien de la
persona. No es una subordinación externa que manipule o deforme
la verdad, sino que el servicio al bien de la
persona se asume como un criterio de verdad. La fe
en el Dios creador nos dice que todo fue hecho
por Dios para el bien del hombre, por lo cual
podemos pensar que no conocemos del todo una cosa mientras
no la situamos en el conjunto del universo al servicio
de la verdad y del bien del hombre. Esta intencionalidad
antropológica del universo, a la vez que abre infinitamente las
posibilidades de la investigación, despeja todos los tabúes y todos
los fantasmas que podrían entorpecer la libertad del pensamiento humano.
"Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios"3
Podríamos decir que el amor purifica incluso la metodología. El
amor acerca a la realidad de las cosas queridas, y
por eso mismo protege a la razón del ideologismo, de
los apriorismos que impiden ver la realidad en su integridad,
de las abstracciones o deformaciones que centran la atención en
un sector de la realidad y olvidan los aspectos o
los elementos que no interesan. La virtud cristiana enseña a
acercarse a la realidad sin prejuicios, sin deformaciones interesadas, sin
pretensiones injustas. La caridad permite acercarse a la realidad con
un corazón limpio. Por eso mismo unifica los saberes y
humaniza la ciencia poniéndola de verdad al servicio del bien
y del progreso.
Alguien podría objetar que la influencia de
la revelación y de la fe altera el respeto a
la autonomía de la ciencia. Nuestra respuesta es que obliga
más bien a respetar cuidadosamente el método racional y científico
para descubrir con exactitud lo que en cada caso se
pretende conocer. La influencia de la fe sobre el conocimiento
racional es más bien extrínseca, apartando los inconvenientes y excluyendo
todo aquello que por ser contrario a la revelación no
puede ser admitido como una verdad científica firme y definitiva.
La desconfianza actual contra la iluminación proveniente de la revelación
nos ha llevado a dudar de la misma razón. La
armonía del pensamiento alcanzada en el seno de la cultura
cristiana fue destruida por la desconfianza del racionalismo y nos
ha llevado a desconfiar de la razón misma. En el
ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una
mentalidad positivista que no solo se ha alejado de cualquier
referencia a la revelación cristiana, sino que ha prescindido de
la dimensión metafísica y moral del saber humano. Consecuencia de
ello es la fragmentación de los saberes y la pérdida
de la dimensión moral que induce a buscar en todo
y por todo el bien de la persona y de
la comunidad humana. La investigación se ha hecho fin de
sí misma y el pensamiento, desligado de la realidad de
la persona, cae bajo el peso del pesimismo y del
nihilismo. De esta manera la existencia humana queda desamparada no
sólo de la providencia divina sino hasta de la solicitud
del hombre por su propio bien. El hombre perdido en
un mundo sin verdad deja de ser pastor y cuidador
de su propia existencia.
Una universidad católica así concebida se
mantiene libre de las ingerencias de otras instituciones y se
declara independiente ante las presiones inevitables de la política o
del dinero. Estará a tenta a las necesidades de la
sociedad para formar buenos profesionales en los diferentes campos de
las ciencias y de la técnica, pero no caerá en
la tentación del pragmatismo ni del mercantilismo. Mantendrá siempre un
espacio para la filosofía y las humanidades en la formación
de sus alumnos. Les ayudará a conocer científicamente los fundamentos
de la fe cristiana y a conocer los contenidos de
la revelación con una lectura religiosa y científica a la
vez de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamento, ofrecerá a
sus alumnos un conocimiento suficiente de las intervenciones del magisterio
de la Iglesia en cada momento y ante cada nuevo
problema moral que planteen los nuevos conocimientos y las nuevas
técnicas.
El marco común de la fe cristiana permite a
las Universidades católicas colaborar en programas conjuntos de pura investigación
o de una investigación dirigida y centrada en un problema
concreto, como pueden ser la lucha contra ciertas enfermedades, programas
de desarrollo cultural o técnico para países del Tercer Mundo,
en cualquier punto de la lucha general contra la pobreza,
la enfermedad o la injusticia. Las Universidades católicas tienen que
ser militantes en la causa universal de la verdad y
de la justicia en el mundo, para bien los pueblos.
En este servicio brillará el esplendor de la fe y
la fuerza humanizadora de la revelación cristiana.
Las Universidades católicas,
presentes en los lugares más alejados de la tierra, en
la medida en que alcancen la fuerza suficiente para influir
de verdad en la vida científica y cultural de sus
respectivos países, pueden promover un movimiento de acercamiento y concurrencia
entre los diferentes pueblos y las diferentes culturas, liberadas por
la fe de sus errores y concurrentes en el servicio
a la persona y a la humanidad unificada en un
mundo globalizado. Solo la fe cristiana es capaz de promover
un acercamiento cultural universal que respete la autonomía de las
culturas y a la vez las haga crecer de manera
concurrente en favor de una verdadera comunicación universal y fraterna
entre todos los pueblos de la tierra.
Una Universidad católica
es un lugar privilegiado donde se desarrolla espontáneamente el diálogo
entre la fe y la cultura. En la investigación de
los profesores, en la convivencia de las diversas áreas de
conocimiento con las ciencias propiamente teológicas, en los seminarios interdisciplinares,
en la misma formación interior de sus alumnos, se mantiene
permanentemente abierto el diálogo sereno y fructuoso entre las afirmaciones
de la fe y los contenidos antiguos y nuevos de
las ciencias humanas, de la cosmología, de la biología y
de todos los grandes espacios del saber y de la
ignorancia de los hombres.
De esta manera, gracias a este
diálogo permanente, las expresiones de la fe se purifican de
fórmulas o contenidos arcaicos, alcanzan formas más maduras y menos
imperfectas, y los conocimientos humanos se purifican de todo aquello
que es incompatible con la revelación de Dios y crecen
ilimitadamente por el deseo de llegar a conocer los últimos
secretos de la creación. Todo es vuestro, vosotros de Cristo
y Cristo de Dios. De nuevo las palabras de San
Pablo nos invitan a ver al hombre en el centro
de la creación, no como rival sino como criatura de
Dios, engrandecido por el conocimiento de sí mismo y de
la creación entera e iluminado por la huella de la
sabiduría eterna que le hace capaz de vivir como hijo
de Dios con Cristo para la gloria de Dios y
felicidad suya.
De esta manera la Universidad católica está llamada
a mantener una presencia viva del pensamiento cristiano en los
acontecimientos de la vida pública, es el instrumento adecuado, quizás
no suficiente pero sí indispensable, para formar hombres y mujeres
bien pertrechados culturalmente que sean capaces de dar un testimonio
aquilatado de las verdades de la fe, ciudadanos capacitados para
actuar e influir en los diferentes campos del apostolado y
de la vida cultural, social y política.
Para que esto
sea posible en la Universidad católica deben concurrir unas cuantas
notas imprescindibles: - La presencia activa y responsable de algunas
personas que vivan y actúen con una honda inspiración cristiana;
- La reflexión continua y conjunta sobre la realidad cultural
a la luz de la fe - Una sincera fidelidad
a las enseñanzas de la Iglesia en materias de fe
y criterios morales; - Una voluntad honesta y eficaz de
ayudar a los alumnos a crecer humanamente en la plenitud
del humanismo cristiano que es fuente y garantía de madurez
humana y honestidad ciudadana; - El esfuerzo institucional y colectivo
para situar las tareas ordinarias de cada día en el
marco de un servicio real al crecimiento intelectual y moral
de los alumnos para al servicio de la Iglesia y
de la sociedad
Con este conjunto de funciones, la Universidad
católica es un instrumento privilegiado de mediación entre la Iglesia
y la sociedad. En ella y por ella la sabia
de la fe y de la sabiduría cristiana crea cultura
y recibe también los beneficios de una cultura viva y
actuante, en un flujo y reflujo continuo. La Universidad católica
promueve puntos de contacto entre los intereses de la Iglesia
y de la sociedad, ella misma es permanentemente un lugar
de encuentro entre la fe y la cultura que colaboran
armoniosamente en la educación de los jóvenes universitarios y el
crecimiento del patrimonio teológico y cultural cristiano. Ella es uno
de esos lugares privilegiados donde la fe se hace cultura
y la cultura se prepara para acoger la luz de
la fe y la riqueza de la vida cristiana en
su integridad.
III.OBJETIVOS ESPECIFICOS DE LA U.C. EN ESPAÑA
No
está de más que tratemos de explicitar algunas de las
tareas más importantes que las universidades católicas tienen que desempeñar
en la España actual.
Condición previa para que exista una
Universidad verdaderamente católica es la confianza en el valor humanizador
del evangelio y de la fe cristiana, confianza en la
armonía interna y fecunda entre fe y ciencia. Contra la
tentación de desconfesionalizarse para convivir en el conjunto de la
familia universitaria a costa de diluirse sacrificando su identidad, las
Universidades católicas en España tienen que ser capaces de mostrar
con el argumento irrefutable de los hechos, que su confesionalidad
católica, lejos de ser un impedimento para desarrollar una vida
verdaderamente universitaria, es un plus que estimula su labor investigadora,
enriquece las relaciones entre profesores y alumnos, despierta el amor
a la verdad y el deseo de aprender, facilita la
comunicación y consolida la disciplina y la honestidad en el
trabajo y la convivencia.
Un objetivo urgente de las Universidades
católicas en España es recuperar el prestigio cultural de la
fe. La fe es cultura y principio activo de la
vida y de la creatividad cultural de un pueblo. En
España se ha instalado el convencimiento de que la fe
es más bien una actividad parásita que deforma y empobrece
la vida cultural de un pueblo. Esto para nosotros españoles
significa vivir avergonzándonos de nosotros mismos, menospreciando nuestra historia y
nuestro lugar en el mundo, perder la identidad y la
fuerza creadora en el concierto de las naciones. Esta es
a mi juicio una de las causas profundas de la
decadencia cultural actual y de la debilidad creativa y apostólica
de gran parte del catolicismo español. Con su creatividad, con
sus publicaciones, con su capacidad educativa, las Universidades españolas tienen
que demostrar que la fe católica sigue siendo fermento de
cultura y de progreso, y por tanto las raíces católicas
de nuestra cultura siguen siendo una fuente viva de progreso
social, científico, económico y artístico. No hace falta dejar de
ser católicos ni españoles para ocupar un puesto honroso entre
las naciones del siglo XXI. En este momento la juventud
española necesita descubrir el amor al saber, a la preparación
y la fuerza intelectual, el amor al estudio y al
trabajo, la confianza en sí misma, el gusto de la
propia capacidad y la reconciliación consigo mismo, con sus mayores,
con la historia y la realidad de su pueblo.
Sin
unas cuantas nociones filosóficas y antropológicas no puede haber un
pueblo culto y seguro. La Universidad católica tiene que atender
a la formación filosófica y humanista de sus alumnos. Las
nuevas generaciones necesitan conocer con cierta profundidad y precisión unas
cuantas realidades que componen la grandeza de la persona humana,
como, por ejemplo, el verdadero significado de la libertad, de
la inteligencia, de la responsabilidad y la sociabilidad, de la
muerte y la inmortalidad. Sin unos elementos bien fundados de
antropología no puede haber personalidades firmes, ni puede haber una
sociedad fuerte, ni hay tampoco base para profesar y vivir
la fe católica con claridad y serenidad en un mundo
tan pluralista y tan confuso como el nuestro. En este
mismo orden de las convicciones antropológicas, la Universidad católica tiene
que fundamentar la capacidad y el deseo de vivir en
la verdad, inmunizando contra la tentación del relativismo intelectual y
del permisivismo moral, que van juntos y esterilizan la vida
de las naciones y de los pueblos.
Nadie en la
Universidad católica, debería quedar privado de un buen conocimiento de
los contenidos fundamentales de la filosofía cristiana, de las Escrituras
y del credo católico, junto, los capítulos más importantes de
la vida de la Iglesia católica y de la Iglesia
española.
En estos momentos de inseguridad es preciso que desde
las Universidades católicas se vean protegidos y fortalecidos los fundamentos
de la cultura católica, la aceptación racional de la existencia
y la providencia de Dios creador, el valor supremo de
la persona y de la vida humana, los fundamentos y
principales contenidos de la ética natural y racional, la primacía
social del matrimonio y de la familia, los verdaderos fundamentos
de la libertad y de la paz en la verdad
y en la justicia.
Por último, creo que tendría que
en España ser tarea de las Universidades católicas favorecer un
diálogo permanente y multiforme con personas e instituciones no católicas
acerca de todas estas cuestiones, de los fundamentos históricos, filosóficos
y políticos de nuestra convivencia, de los riesgos del laicismo
y de los nacionalismos, de las exigencias de la justicia
en el marco nacional e internacional. Su acción coordinada puede
y debe ser un impulso decisivo para la regeneración cultural
y religiosa de España. Para eso no hace falta multiplicar
más de lo justo estas instituciones, sino trabajar intensamente para
que sean lo que tienen que ser y hagan lo
que tienen que hacer.
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