La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Zenit | Fuente: Zenit Educación católica y diálogo interreligioso
En otras palabras, el diálogo interreligioso auténtico debe fomentar, no diluir, la identidad católica específica de una institución de enseñanza superior.
Educación católica y diálogo interreligioso
ROMA, sábado, 4 diciembre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la conferencia dictada
por el arzobispo Michael Miller, secretario de la Congregación para
la Educación Católica, pronunciada en el «Lay Center» del «Foyer
Unitas» de Roma al celebrar los 40 años de la
declaración del Concilio Vaticano II «Nostra Aetate» (27 de octubre
de 2004).
Primeramente quisiera agradecer a la doctora Donna Orsuto por
su muy amable invitación que nos da la oportunidad de
compartir y discutir con ustedes un tema de interés vital
no sólo para la Iglesia sino también para la política
contemporánea: el diálogo interreligioso y la aceptación de «Nostra Aetate»
en el mundo de la educación católica, especialmente en las
instituciones de educación superior. Identidad de instituciones
Quisiera tratar más explícitamente
una cuestión que está en el fondo de muchas mentes,
incluso si no se expresa; es decir, ¿cómo contribuye el
diálogo interreligioso a consolidar la identidad católica de una institución
académica? Esta cuestión se suscita porque «ex Corde Ecclesiae» da
gran preeminencia a afirmar la identidad católica de la universidad,
insistiendo que «cada uno en la comunidad ayude... a mantener
y consolidar el carácter católico distintivo de la institución» (No.
21; Cf. Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos,
No. 135). Queda sentado, por ello, que el fomento del
diálogo interreligioso debe surgir de «la común dedicación a la
verdad, la común visión de la dignidad de la persona
humana y, en última instancia, de la persona y mensaje
de Cristo que da a la Institución su carácter distintivo
(«Ex Corde Ecclesiae», 21).
En otras palabras, el diálogo interreligioso auténtico
debe fomentar, no diluir, la identidad católica específica de una
institución de enseñanza superior.
Algunos académicos, creo que una minoría,
no se sienten cómodos con la dualidad de «identidad católica»
y «diálogo interreligioso» y hacen poco por implementar las enseñanzas
de «Nostra Aetate». Para ellos, esta empresa se considera como
«un signo de debilidad o incluso de traición de la
fe» (1).
Sin embargo, a pesar de esta objeción, el verdadero
argumento que puede darse es mostrar que, de hecho, la
identidad católica de una universidad se fortalece cuando fomenta el
diálogo interreligioso, especialmente al introducir a los estudiantes en el
conocimiento de otras religiones y animar a los profesores a
sumarse a ello a través de su investigación. De hecho,
hoy es más necesario que nunca que la comunidad universitaria
promueva la firme convicción católica de la vocación común de
la humanidad y el único plan divino de salvación en
Cristo que «se une de alguna manera con cada persona»
(«Gaudium et Spes», 22). Cuatro cuestiones
Les sugeriría que incluso un juicio
intermedio, sobre el grado en que el mundo de la
educación católica ha «recibido» Nostra Aetate, podría basarse en las
respuestas dadas a cómo se han puesto en ejecución las
cuatro formas de diálogo mencionadas con frecuencia en varios documentos
del magisterio: el diálogo de la vida, de la acción,
del intercambio teológico y de la experiencia religiosa (2).
Diálogo de
la vida y testimonio
El «diálogo de la vida» es una
actitud y una forma de actuar, un espíritu que guía
la conducta. Exige lo que «Nostra Aetate» recomendaba como condición
previa a todo diálogo; los cristianos deben llevarlo a cabo
«mientras atestiguan sobre su propia fe y su forma de
vida» (No. 2). Dentro de la universidad, como en cualquier
otro lugar, implica «atención, respeto y hospitalidad» hacia las demás
religiones. Una universidad o escuela católica, que recibe estudiantes de
todos los credos, debería dejar lugar a la «identidad de
la otra persona, sus modos de expresión y valores («Diálogo
y Misión» No. 29). ¿Hasta qué punto se vive esto
en nuestras instituciones católicas? ¿Están verdaderamente abiertas a los demás,
prestas a recibir al «otro» como un don?
Este diálogo de
la vida también exige que los católicos de nuestras instituciones
educativas den testimonio a los demás en su vida diaria
de sus valores humanos y espirituales y ayuden así a
los no cristianos a vivir en fidelidad a los auténticos
valores que abrazan. Diálogo de la acción
Un segundo elemento de medición
que puede usarse es el «diálogo de la acción» o
«diálogo de las obras», al que Nostra Aetate se refiere
como la necesidad de «preservar y promover la paz, la
libertad, la justicia social y los valores morales» (No. 3).
Esta forma de diálogo viene de una actitud de cooperación,
especialmente en áreas que promueven el bien común: temas de
desarrollo humano integral, justicia, paz, derechos humanos, etc. «Diálogo y
Misión» dice que este «nivel de diálogo es el de
los hechos y colaboración con otros para fines de naturaleza
humanitaria, social, económica o política, que van dirigidos a la
liberación y progreso de la humanidad» (No. 31).
En sus numerosos
encuentros con líderes y representantes de otras religiones y estados
con importantes mayorías no cristianas, el Santo Padre ha puesto
de relieve en repetidas ocasiones la importancia de este diálogo
de los hechos, convencido como lo está de que «las
diversas religiones, ahora y en el futuro, tendrán un papel
preeminente en preservar la paz». Una y otra vez el
Santo Padre ha puesto de relieve que «cuando se emprende
con un espíritu de confianza, y con respeto y sinceridad,
la cooperación interreligiosa y el diálogo hacen una verdadera contribución
a la paz» (3).
Es también responsabilidad de una institución católica
de enseñanza superior aprender a implicarse en la búsqueda de
la paz: Debería incluirse, por tanto, entre sus actividades investigadoras,
el estudio de los graves problemas contemporáneos en áreas como
la dignidad de la vida humana, la promoción de la
justicia para todos, la calidad de la vida personal y
familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la
paz y la estabilidad política, una más justa distribución de
los recursos del mundo, y un nuevo orden económico y
político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel
nacional e internacional. La investigación universitaria buscará descubrir las raíces
y las causas de los graves problemas de nuestro tiempo,
prestando especial atención a sus dimensiones éticas y religiosas («Ex
Corde Ecclesiae», No. 32).
Incluso aunque no entren directamente en el
ámbito del diálogo interreligioso, las principales iniciativas, publicaciones, conferencias e
institutos patrocinados por instituciones católicas por todo el mundo –escuelas
y universidades- son una encarnación significativa de las esperanzas expresadas
en «Nostra Aetate». Me parece, sin embargo, que estos nobles
esfuerzos deben ligarse de un modo más explícito al diálogo
interreligioso, puesto que un fundamento seguro para establecer la justicia,
la paz y la dignidad humana debe basarse en un
sincero intercambio entre creyentes. Diálogo entre expertos
Una tercera forma de diálogo
es la de los expertos – cuando el concilio anima
a los católicos «a entrar con prudencia y caridad en
el debate y colaboración con miembros de otras religiones» («Nostra
Aetate», No. 2). Permite a los especialistas «profundizar su comprensión
de sus respectivas herencias, y apreciar los valores espirituales de
cada uno» («Diálogo y Proclamación», No. 42-c). Las universidades católicas,
en particular, tienen una responsabilidad especial al respecto puesto que
están abiertas a toda experiencia humana y preparadas para el
diálogo y aprenden de cualquier cultura o religión. Una universidad
católica, «consciente de que la cultura humana está abierta a
la revelación y a la trascendencia, es también un lugar
primario y privilegiados para un diálogo fructífero entre el Evangelio
y la cultura» (Ex Corde Ecclesiae», No. 43) y, puedo
añadir, entre el cristianismo y otras religiones.
En este punto podemos
afirmar que las instituciones educativas católicos han estado en la
vanguardia. No sólo ofrecen cursos, incluso a nivel muy avanzado,
sobre las diversas tradiciones religiosas sino que animan a sus
profesores a tomar parte en innumerables diálogos. Más importante, están
formando expertos en filosofía, religiones comparadas, ciencias sociales y, sobre
todo, en teología para servir a la Iglesia. Si no
fuera por estos expertos, financiados y apoyados por muchas instituciones,
la Iglesia católica carecería de la maestría que tiene en
estos temas. Además, precisamente porque las universidades católicas están tan
comprometidas en el diálogo entre fe y razón, de igual
forma están comprometidas en el diálogo interreligioso basado en «la
investigación de todos los aspectos de la verdad en su
conexión esencial con la suprema Verdad, que es Dios» («Ex
Corde Ecclesiae», No. 4). La pregunta a responder: «¿Las escuelas,
facultades y seminarios católicos se implican en el diálogo teológico
en el grado pedido por el concilio? Diálogo de la experiencia
religiosa
Aunque el «diálogo de la experiencia religiosa» se solapa con
el de los expertos dado que tiene un contenido teológico,
alcanza de modo más profundo las experiencias personales de compartir
la oración, la contemplación, las formas de búsqueda del Absoluto
y la fe. Es aquel diálogo que «puede ser un
enriquecimiento mutuo y una cooperación fructífera de promoción y salvaguarda
de los más altos valores e ideales espirituales» (Diálogo y
Misión, No. 35). El diálogo teológico se hace vida por
los intercambios en el ámbito de experiencia religiosa, sólo en
tales debates «puede iluminarse la experiencia y dar pie a
contactos más cercanos» («Diálogo y Proclamación», No. 43).
El fomento del
diálogo de la experiencia religiosa puede también ser un camino
de consolidación de la identidad de una institución católica. Las
universidades y escuelas, en particular, debería dar una muestra práctica
de su fe en su actividad diaria, ofreciendo momentos de
reflexión y oración. No sólo se deberían ofrecer a los
católicos oportunidad de celebrar los sacramentos, sino que «cuando la
comunidad académica incluya miembros de otras iglesias, comunidades eclesiales o
religiones, se deben respetar las iniciativas de reflexión y oración
en consonancia con sus propias creencias» («Ex Corde Ecclesiae», No.
39). ¿Hasta qué punto nuestras instituciones educativas proporcionan tales ocasiones?
¿Sólo respetan o también animan a los demás a ser
fieles a sus tradiciones religiosas de manera que tanto cristianos
como no cristianos puedan aumentar la estima mutua? Llamamientos a la
paz
Al llevar estos puntos a una conclusión, les diría a
ustedes que el mundo de la educación católica ha dado
mucho más que unos primeros pasos a la hora de
«recibir» la llamada al diálogo y cooperación interreligiosos planteada con
tanta pasión por los padres conciliares en «Nostra Aetate».
Ciertamente se
necesita hacer más para que las instituciones católicas de educación
puedan hacer frente a todos los niveles al desafío que
les propone el Papa Juan Pablo II en «Novo Millennio
Ineunte», cuando habla sobre «el gran desafío del diálogo interreligioso
al cual debemos comprometernos en el nuevo milenio, siendo fieles
a las enseñanzas del Concilio Vaticano II». En los años
de preparación para el Gran Jubileo, la Iglesia ha visto
formarse, no sólo a través de una serie de encuentros
simbólicos, una relación de apertura y diálogo con los seguidores
de otras religiones. Este diálogo debe continuar.
En el clima de
creciente pluralismo cultural y religioso que se espera marque a
la sociedad del nuevo milenio, resulta obvio que este diálogo
será especialmente importante para establecer una base segura para la
paz y para alejar el espectro amenazante de aquellas guerras
de religión que con frecuencia han ensangrentado la historia humana.
El nombre de un solo Dios debe convertirse cada vez
más en los que es: un nombre de paz y
una llamada a la paz.
______________________________ NOTAS FINALES (1) Pontificio Consejo para el
Diálogo Interreligioso y Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
«Diálogo y Proclamación» (1991), No. 52.
(2) Ver, por ejemplo, Secretariado
para los No Cristianos, «Diálogo y Misión» (1984), Nos. 28-35;
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, «Diálogo y Proclamación» (1991),
Nos. 42-46; y Juan Pablo II, «Redemptoris Missio», No. 57.
(3)
Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz de 1991, No. 7.5.
Si
tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o
quieres darnos tu opinión, te esperamos en los FORO
PARA EDUCADORES CATÓLICOS donde siempre encontrarás a alguien al otro
lado de la pantalla, que agradecerá tus comentarios y los
enriquecerá con su propia experiencia.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Preguntas acerca del perfil y la formación de educadores católicos, de los criterios de enseñanza que deben regir en una escuela católica y de los modelos pedagógicos a seguir para una mejor asimilación de la doctrina cristiana
Ver todos los consultores