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Autor: Editrice Vaticana | Fuente: Editrice Vaticana Carta de Benedicto XVI sobre la Urgencia de la Educación.
El pasado 21 de enero el Papa se dirigió en una carta a su Diócesis, Roma, transmitiendo a todos su preocupación y sus orientaciones para afrontar el reto de la educación de las nuevas generaciones. Reproducimos la traducción del texto íntegro.
Carta de Benedicto XVI sobre la Urgencia de la Educación.
Queridos fieles de Roma:
He querido dirigirme a vosotros con esta
carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis
y en el que están comprometidos los diversos componentes de
nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos
por el bien de las personas que amamos, en particular
por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que
de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto,
no podemos menos de interesarnos por la formación de las
nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida
y de discernir el bien del mal, y por su
salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar
jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más
difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores,
los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas.
Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada
por los fracasos en los que muy a menudo terminan
nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con
los demás y de dar un sentido a su vida.
Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si
los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que
nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura
entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es
más bien el efecto y no la causa de la
falta de transmisión de certezas y valores.
Por consiguiente, ¿debemos
echar la culpa a los adultos de hoy, que ya
no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres
como entre los profesores, y en general entre los educadores,
es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso
el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su
papel, o mejor, la misión que se les ha confiado.
En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales
de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen
y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una
mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar
del valor de la persona humana, del significado mismo de
la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad
de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una
generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento,
objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia
vida.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación
quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo!
En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien,
por decirlo así, son la otra cara de la medalla
del don grande y valioso que es nuestra libertad, con
la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que
sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos
actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito
de la formación y del crecimiento moral de las personas
no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad
del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona
y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones.
Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse
simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de
una opción personal, a menudo costosa.
Pero cuando vacilan los
cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos
valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto,
hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente
tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados
por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores,
que viven la triste experiencia de la degradación de sus
escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve
cómo se ponen en duda las bases mismas de la
convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos
y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos
de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un
motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues
sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos
alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y
debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.
Queridos hermanos
y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede
ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica.
Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen
del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia
de amor que hacen los niños —o que, por lo
menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador
sabe que para educar debe dar algo de sí mismo
y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a
superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico.
Además,
en un niño pequeño ya existe un gran deseo de
saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas
y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la
educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando
a un lado la gran pregunta acerca de la verdad,
sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la
vida.
También el sufrimiento forma parte de la verdad de
nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los
más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos
el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones,
personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar
corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.
Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más
delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado
entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de
vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas,
no se forma el carácter y no se prepara para
afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero
la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades,
y la educación bien lograda es una formación para el
uso correcto de la libertad. A medida que el niño
crece, se convierte en adolescente y después en joven; por
tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre
atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En
cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus
errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que
los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso
humano.
Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio,
que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto
de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con
la coherencia de la propia vida y con la implicación
personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es
un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también
él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará
de ponerse de nuevo en sintonía con su misión.
Queridos
fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la
educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del
educador, desde luego, pero también, y en la medida en
que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del
joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable
quien sabe responder a sí mismo y a los demás.
Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios,
que lo ha amado primero.
La responsabilidad es, en primer
lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos,
como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma
nación, como miembros de la familia humana y, si somos
creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de
la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida,
las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que
vivimos, y la imagen que da de sí misma a
través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en
la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero
a menudo también para el mal.
Ahora bien, la sociedad
no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos
juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que
elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno
sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada
uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social,
para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma,
llegue a crear un ambiente más favorable a la educación.
Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi
reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana:
sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la
educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se
ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los
antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin
esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el
apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2,
12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más
profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz
de la crisis de la educación hay una crisis de
confianza en la vida.
Por consiguiente, no puedo terminar esta
carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en
Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las
decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la
muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las
injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se
dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para
mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los
demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios
en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la
verdad y en el amor. Os saludo con afecto y
os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la
vez que envío a todos mi bendición.
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