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Autor: Tomás Baviera Puig | Fuente: Conoze Lo que sólo la Universidad puede dar
¿Cuál es el papel específico de la universidad en la sociedad?
Lo que sólo la Universidad puede dar
Hacía tiempo que la Universidad no acaparaba tantas noticias en
los medios de comunicación como en este curso que terminamos.
El motivo ha sido la reacción al Plan Bolonia de
reforma de nuestro sistema universitario. Esta coyuntura ha provocado una
interesante reflexión: la conveniencia de que la Universidad se adapte
a las demandas de la sociedad. El enfoque que se
dé a esta cuestión va a depender de cómo se
entienda la misión propia de la Universidad; es decir, de
si sabemos identificar cuál es el papel específico e intransferible
que únicamente la institución universitaria puede desempeñar en la sociedad.
Sólo así podremos realmente evaluar si una reforma mejora aquello
que se dispone a cambiar.
Parece que una corriente influyente ve
a la Universidad como una habilitación para el mundo laboral.
Desde esta perspectiva, es lógico que se potencien la adquisición
de conocimientos y de habilidades que sirvan al mercado de
trabajo. Sin embargo, este planteamiento de la misión de la
Universidad parece que olvida algo que los buenos profesionales tienen
muy presente: que nunca se deja de estudiar.
No estoy diciendo
que la preparación técnica no sea necesaria, pero sí que
pienso que la Universidad está para algo más. El valor
añadido que la educación superior puede proporcionar es, a mi
modo de ver, el cultivo de una formación intelectual. Esta
no consiste propiamente en ser erudito o en ser capaz
de resolver problemas cada vez más difíciles. Consiste, más bien,
en saber pensar, en saber ejercitar el intelecto, que es
distinto de almacenar cosas en la memoria o de aplicar
el método correcto.
Cualquier actividad intelectual gira fundamentalmente en torno a
dos puntos: saber hacerse las preguntas pertinentes, y saber dar
una respuesta consistente a esas preguntas. Muchas veces da la
impresión de que las preguntas importantes para un universitario tienen
que ver con las salidas profesionales de unos determinados estudios.
Sin embargo, hay preguntas que se incuban en el interior
de la persona, y que son más determinantes para la
propia vida: ¿Cómo he de tratar a los amigos? ¿Quién
es la persona con la que quiero formar mi futura
familia? ¿Vale la pena arriesgarse por algo? ¿Hasta qué punto
me compensa decir las cosas sin aparentar? ¿Son iguales todas
las formas de divertirse el fin de semana? ¿Qué hace
que algo sea efímero?
Precisamente durante los años de Universidad una
persona se plantea este tipo de preguntas de un modo
más candente. Se trata de un periodo decisivo, pues resulta
inminente la salida a la vida profesional y social. Para
estas cuestiones decisivas no sirve cualquier respuesta. Hay muchas posibles,
pero algunas de ellas son más verdaderas que otras.
En esta
búsqueda, la razón opera de un modo específico, distinto al
que proporciona evidencias científicas. La ciencia es, de por sí,
metodológica, esto es, ofrece métodos eficaces para verificar una hipótesis
planteada. Pero este modo de funcionamiento sirve poco para las
decisiones que hay que tomar. La vida no es un
laboratorio, puesto que no es posible hacer experimentos. La vida
es más bien un proyecto que hay que realizar. Para
ese proyecto, la razón aprende de las experiencias compartidas, y
a ella le corresponde comparar y apreciar los comportamientos más
dignos. De ahí que se hagan más necesarias durante la
época universitaria las disciplinas humanísticas, como son la literatura o
la historia.
No obstante, estos conocimientos no son suficientes para avanzar
en el camino de la vida con paso seguro. Tienen
que ir de la mano de un ambiente que propicie
esa búsqueda de la verdad. Es muy difícil avanzar en
soledad por este camino porque fácilmente uno puede engañarse. Buscar
la verdad es una tarea solidaria, que se hace acompañado
de otro. En este sentido, resulta paradigmático el ejemplo de
Sócrates, quien dialogaba para ayudar a sus interlocutores a detectar
por sí mismos los planteamientos contradictorios que sostenían.
La misión de
la Universidad puede sintetizarse en dos palabras: convivencia culta. En
la medida en que proporcione un ambiente que facilite a
los jóvenes estudiantes poder plantearse las grandes preguntas sobre el
sentido de la vida y buscar las respuestas más verdaderas,
la Universidad prestará un servicio que difícilmente puede realizar otra
institución. Esto es debido a que la formación intelectual es
algo más amplio que la formación académica o el aprendizaje
de habilidades. Implica saber ejercer la inteligencia. En efecto, la
inteligencia se ejercita cuando resolvemos ecuaciones o cuando invertimos en
Bolsa, pero fundamentalmente tenemos inteligencia para dirigir nuestra vida.
A veces
da la impresión de que el sistema educativo quiere equipar
a los jóvenes con un cronómetro bien preciso. Parece que
hay que saber hacer cosas útiles; y cuanto más útil
sea aquello y menos tiempo requiera, mejor. Los jóvenes ya
tienen suficientes cronómetros: más bien nos están pidiendo una brújula.
La formación intelectual que se siembre en esta convivencia culta
contribuirá a que cada universitario sea capaz de orientarse en
el camino de su vida. No se trata tanto de
saber hacer muchas cosas, sino más bien de discernir qué
cosas vale la pena hacer.
El sistema universitario proporciona titulados al
mercado laboral. Sin duda, es algo que viene bien para
las empresas. Pero además de preparar buenos profesionales, la Universidad
puede hacer algo más por aquellos ciudadanos que se encuentran
en sus aulas, en atención a las necesidades sociales. Y
es que la sociedad sobre todo demanda personas inteligentes que
sepan dirigir su vida, para que así sean después competentes
para dirigir la sociedad.
Tomás Baviera Puig Director del Colegio Mayor Universitario
de La Alameda, Valencia
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