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Autor: Ignacio Sánchez-Cámara | Fuente: www.conoze.com Educación sin dogmas
No se puede educar a un niño quie no tiene una idea clara acerca del ideal humano.
Educación sin dogmas
La nuestra es una época dogmática que presume de antidogmática.
Lo que sucede es que sus dogmas están equivocados o
son ideas correctas pero están donde no deberían estar. Escribe
Chesterton: «Es curioso que la gente hable de separar el
dogma de la educación. El dogma es en realidad lo
único que no puede separarse de la educación. Es educación.
Un profesor que no es dogmático es simplemente un maestro
que no enseña». No es posible educar sin dogmas. Una
educación libre y antidogmática no es una educación. Dejar al
niño libre es la forma perfecta de no educarlo. Tal
vez circulen prejuicios en torno a lo que sea un
dogma. La consulta al diccionario ayuda. Tres acepciones se encuentran
en el de la Academia Española: «1. Proposición que se
asienta por firme y cierta y como principio innegable de
una ciencia. 2. Doctrina de Dios revelada por Jesucristo a
los hombres y testificada por la Iglesia. 3. Fundamento o
principios capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión». No
veo qué pueda haber de malo en ninguna de las
tres acepciones, aunque sí adivino algunos inconvenientes para las mentes
progresistas, es decir, para mentes que, pese a sus progresos,
aún no han alcanzado el nivel intelectual del siglo XII.
Sin dogmas no hay ciencia, sistema, religión ni doctrina. Ignoro
cómo podrá haber sin ellos educación alguna. Igualmente ignoro cómo
puede haber una educación sin autoridad o sin la transmisión
de la verdad. La educación consiste en la transmisión de
un credo. Incluso la educación que pretende no transmitir ninguno,
ya transmite uno: el credo de la increencia. Una educación
sin certezas y verdades es un cuadrado redondo. Chesterton considera
que la eterna educación consiste en «estar tan seguro de
que algo es lo bastante seguro como para atrevernos a
decírselo a un niño».
Si es cierto que toda educación es
dogmática, entonces ninguna educación puede ser permisiva. Permitir todo es
educar nada. Toda educación impide algo e impone algo. Cabe
así considerar que la educación moderna es tan poco permisiva
como la antigua. Y acaso aún menos. Aunque seguramente es
mucho menos elevada y bastante más torpe. El problema no
es tanto la permisividad como el error en las permisiones
y prohibiciones. El problema no es tampoco la falta de
prohibiciones como quizá el abuso de ellas. Incluso es muy
probable que el problema de nuestra educación no consista en
su laxitud ni en la falta de disciplina. Dejando de
lado los casos patológicos en los que en la escuela
hace falta más un policía que un profesor, los niños
se ven abrumados por obligaciones, deberes y tareas. El problema
parece más bien de acierto en la imposición de esos
deberes y tareas. Y, sobre todo, de acierto en la
transmisión de un credo. No pueden transmitir la verdad quienes
ni siquiera se han acercado a ella. No pueden educar
a un niño quienes no tienen una idea clara acerca
del ideal humano. Sin la autoridad de la verdad, la
educación se derrumba.
Hace unos días publicaba este diario un reportaje
sobre la implantación del modelo educativo finlandés en España. El
país nórdico es el que mejores resultados ha obtenido en
los estudios de la OCDE. España ocupa el puesto 24
de 28. Debe ser la nuestra una de las educaciones
menos dogmáticas. Entre las claves de su éxito me llama
la atención una: el exquisito cuidado en la formación de
los profesores. No es posible dar clase sin una titulación
universitaria superior y sin poseer muy elevadas competencias pedagógicas. Pero
sobre todo me llama la atención algo: en Finlandia, los
profesores son unos profesionales altamente especializados, y, por ello, respetados
y pagados. Suponemos que esta competencia y este respeto derivan
de algo más que de permitir a los niños hacer
lo que les venga en gana. Son considerados los mayores
profesionales. Y es natural, pues de ellos depende lo más
importante: la educación de los niños y, con ella, el
futuro de la sociedad.
Es posible educar a un niño para
habitar una colmena o para vagar como un lobo solitario.
También es posible educar a un niño para convertirlo en
un hombre. Lo que no es posible es educar sin
dogmas. Entre otras razones, porque es imposible vivir una vida
humana sin ellos.
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