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Autor: Francesc Torralba Roselló | Fuente: Forum Libertas "No quieren estudiar"
Algunos estudiantes están dilapidando el tiempo en las aulas. Y no sólo ellos, sino también tiempo del maestro y tiempo de sus compañeros.
"No quieren estudiar"
El mito de que todos tienen que llegar
a la universidad necesariamente es un error descomunal y sólo
se alcanza rebajando niveles de exigencia Son cada día más los
que, obligados por ley a estar en la escuela y
en la misma enseñanza hasta los dieciséis años, no quieren
este tipo de estudio, pero no tienen otra salida y
son un factor frecuente de conflictos. Cabe recordar que, en
nuestro país, la escolarización no es sólo un derecho, sino
una obligación hasta los dieciséis años y ello es un
factor de distorsión para muchos maestros, además de un gasto
público extraordinario.
Muchos consideramos que, a partir de los catorce
años, el estudiante ya debería poder decidir si continuar el
ejercicio del estudio o empezar una iniciación profesional con rigor
y competencia. El mito de que todos tienen que llegar
a la universidad necesariamente es un error descomunal y sólo
se alcanza rebajando niveles de exigencia.
Estudios realizados en varias provincias,
por diferentes instituciones, corroboran el dato siguiente: las experiencias escolares
negativas son el mejor antídoto al deslizamiento de los niños
y los adolescentes hacia la droga y la delincuencia. En
cambio, son menos vulnerables los niños y adolescentes que, aunque
tengan un rendimiento académico normal, tienen una adecuada integración al
medio escolar.
Los educadores sabemos que no somos islas
y que no educamos en campanas antirruidos. A la escuela
llegan todos los estímulos de la satisfacción vital que los
niños y adolescentes disfrutan en la calle, en los círculos
de amistades, o que les venden los medios de comunicación.
Y la escuela no es siempre un espacio y un
tiempo placentero y lúdico, sobre todo a partir de ciertas
edades, en las que la carga de estudio exige más
aplicación y rendimiento y en las que el éxito y
el fracaso cobran más significado social.
La escuela exige
esfuerzo, grandes dosis de voluntad para concentrarse; exige abnegación, sacrificio
personal, constancia, paciencia laboriosa, organización, autodominio y fortaleza interior. En
contra, predomina en nuestra sociedad un clima de moral blanda,
guiada por los deseos y la imaginación, las pasiones y
la búsqueda ilimitada de sensaciones, en definitiva, una cultura que
convierte los deseos en derechos.
En contra, la difusión de
mensajes reduccionistas sobre la democratización de la escuela nos arrastró
hacia una cierta tiranía del estudiante que se resiste ante
el esfuerzo, ante las exigencias de los profesores, ante la
necesidad de respetar las reglas de juego del trabajo y
la convivencia. Es el resultado de la prevalencia de lo
que me apetece y lo que no me gusta en
el seno de la escuela, la familia y la sociedad.
Hoy es urgente recuperar al interior de la escuela
las condiciones previas para reflexionar, para aprender, para convivir, para
educar: el orden ambiental, la disciplina, el ambiente sano y
seguro. Para ello, es esencial discernir antes los dieciséis quiénes
tiene aptitudes y capacidades para el desarrollo de la vida
intelectual y quiénes pueden articular con competencia una labor profesional
de tipo manual.
Algunos estudiantes están dilapidando el tiempo
en las aulas. Y no sólo ellos, sino también tiempo
del maestro y tiempo de sus compañeros. No podemos permitirnos
este lujo y menos aún en contextos de movilidad laboral
y de competitividad. Debemos formar excelentemente a nuestros jóvenes para
que puedan competir con otros jóvenes procedentes de otros países
europeos con un nivel de exigencia mucho más elevada. La
cultura de la permisividad y del todo vale tiene los
días contados.
Hace falta sobre todo recuperar el sentido
de jerarquía y autoridad, el respeto a las normas sociales
y a las leyes; en definitiva, el respeto a los
derechos y deberes propios y de los demás.
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