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| Influencia de la televisión |
Conferencia pronunciada por el p. Carlos M. Buela I.V.E. en
el Salón de actos de la parroquia San Maximiliano Kolbe
(San Rafael) en 1999.
Recordemos que los padres son los responsables primeros de
la educación de los hijos y que hoy día una
de las cosas que más influyen en su formación es
la televisión. Sobre
todo de la realidad argentina, aunque, lamentablemente, es la común
en muchas partes del mundo.
«Los chicos argentinos miran cuatro horas y veinte
minutos de televisión por día en promedio... Al terminar la
educación secundaria, un estudiante ha pasado, como mínimo, unas 11.000
horas en el colegio, frente a unas 15.000 horas delante
de un televisor y unas 10.500 oyendo música» (1) .
La exposición de los chicos crece y se diversifica con
la popularización de la computadora, internet, los videos, los videojuegos
y los videoclips.
«La cultura de la imagen, el zapping (2), la navegación
y el chateo (3) son opciones vertiginosas, que prometen respuestas
rápidas y brindan emociones fuertes. Y conviven cada vez más
con una escuela que, en palabras del académico Alfredo van
Gelderen, en muchos aspectos ‘se ha quedado en el túnel
del tiempo’» (4). La escuela «tiene que formar sentido crítico
y criterio estético, y tiene que hacer comprender a los
padres los mensajes no morales que reciben sus hijos», advierte
van Gelderen (5). «Por eso mismo hay quienes sostienen que,
antes que una computadora en cada aula, lo que hace
falta es un buen maestro en cada aula, porque de
nada sirve formar chicos capaces de navegar en internet si
después no saben qué buscar o qué hacer con la
información que allí obtienen»(6).
Sin embargo lo que pasa es lo contrario. No
hay control familiar sobre la televisión y el uso de
los medios, en general.
a) ¡La mayoría de los chicos ve
TV sin control paterno!
«Menos de la mitad de los padres de familia
creen influir de manera decisiva en la conducta de sus
hijos, en tanto, una tercera parte estima que la personalidad
de los chicos está en manos de la televisión. Además,
la mayoría de los chicos admitió que sus padres no
saben qué programas miran» (7). Así lo demuestran las estadísticas
resultantes de un estudio sobre «420 padres, 60 productores de
televisión y 184 niños seleccionados de 15 colegios de diferente
nivel»...«muestran que el 30% mira televisión solo, el 25% lo
hace en compañía de sus hermanos y el 46 %
junto con sus padres» (8). «A la pregunta ‘¿A quién
creen más los chicos?’, sólo el 38% respondió que creen
a los padres, mientras que el 26% menciona la TV»
(9). Además, el 75% de los chicos quiere parecerse a
alguien de la TV. Un 33%, por su aspecto físico.
Ante la pregunta
de una profesora a sus niños de qué animal o
qué cosa les gustaría ser y por qué, un muchachito
ha respondido que a él le gustaría ser televisor. ¿Por
qué? «Porque así sus padres lo mirarían más, lo cuidarían
mejor, lo escucharían con mayor atención, mandarían que los demás
se callasen cuando él estuviera hablando y no lo enviarían
a la cama a medio juego, lo mismo que ellos
nunca se acuestan a media película» (10).
b) Jóvenes de 16
años.
Al
cumplir 16 años un adolescente ha visto 22.464 horas televisión
y 13.440 ha estado en el colegio. En las 22.464
horas de televisión, el joven ha visto «150.508 acciones violentas,
17.520 homicidios y 250.000 anuncios de televisión» (11). ¿Qué puede
salir de esas cabezas? Los jóvenes y «los niños matan,
violan y roban a imagen y semejanza de lo que
ven por televisión» (12).
c) "Medio millón de niños ve TV
prohibida" después de las 22 hs (13).
Casi medio millón de chicos de
entre 6 y 12 años en el área de la
ciudad de Buenos Aires miran la TV después de las
22, hora en la que finaliza la protección al menor.
A partir de las 23, aunque esa cifra se reduce
a la mitad, las mediciones demuestran que unos 250.000 chicos
de esa edad permanecen frente a la pantalla hasta medianoche.
Estos niños
han sido bautizados como "Generación Y", una segmentación posterior a
la difundida "Generación X". Los valores que adoptó la "Generación
X" fueron la autenticidad, la diversidad y el globalismo; e
incluye a los chicos y jóvenes de mediados de los
años 80 y principios de los 90, que estimaron el
impacto de lo distinto, tomaron la espiritualidad de las culturas
no occidentales y adoptaron, por ejemplo, la medicina alternativa.
Este perfil de
la "Generación X" persiste en la nueva "Generación Y" (14)
de fines de los años 90. Pero, además, esta camada
de fin de siglo le suma otros valores: la importancia
de la conectividad (internet), la revalorización del conocimiento (lo asocian
con el poder) y la confianza en sí mismos (basada
en la libre elección). Para cumplir con este mandato generacional,
estos chicos cuentan con inteligencia, independencia, capacidad de recibir mensajes
complejos y manejo de tecnología.
En los Estados Unidos, un estudio explica que
los determinantes de la "Generación Y" son: los 16 millones
de chicos que navegaban en internet en 1998, el hecho
de que el 54% de los niños tiene un televisor
en su cuarto, la emergencia de la sociedad de la
información y la crisis de la familia 15 millones de
madres solteras y 80 millones de personas que combinan hijos
de más de un matrimonio). Esta "Generación Y" está integrada
por chicos que no dejan de tener las características propias
de la etapa de la niñez, pero que son más
autónomos, más sofisticados y revalorizan el conocimiento (15).
Lamentablemente, tampoco se cuida a
los niños en la Argentina. El Comité Federal de Radiodifusión
informó que «en 1998 se realizaron 23.357 observaciones a la
radio y al la TV abierta y por cable... 4487
casos fueron por falta de cumplimiento del horario de protección
al menor» (16).
«Los cambios generacionales y tecnológicos se encuentran estrechamente relacionados. Cada
dispositivo tecnológico (desde la escritura y el libro hasta la
televisión y la computadora) propone una jerarquía de sentidos, formas
de pensar y percibir el mundo».
Hay tres transformaciones que condicionan fuertemente la
relación que los niños establecen con los medios: la escuela,
la familia y la crisis de los espacios públicos. 1.
La escuela «constituyó el espacio institucional más importante para la
formación. La crisis de la escuela pública produce una modificación
clave...»
2. «Las transformaciones familiares se encuentran asociadas a los cambios
del mundo laboral... (antes) las madres establecían una regulación del
tiempo libre de sus hijos, pautando el uso de los
medios... así la televisión y la computadora se convierten en
‘niñeras electrónicas gratuitas’. En otras palabras, el problema no es
que los niños miren televisión, sino que lo hagan con
poca o ninguna intervención de sus padres».
3. A esto se
agrega la «crisis decreciente de los espacios públicos donde los
niños pasaban una gran parte de su tiempo libre...», problema
que algunos llaman "agarofobia".
Las tecnologías solas «no producen el surgimiento de una
nueva cultura generacional, sino que son parte de procesos sociales
más complejos. En este caso, son más una consecuencia del
cambio que una "causa". Si el problema no se encuentra
sólo en la televisión, las soluciones tampoco» (17).
Los teleteatros argentinos son un
paradigma de la vulgaridad de la TV. Es cómico, si
no trágico, lo que se nos cuenta, irónicamente, en un
artículo: "Milagros de la TV argentina" (18).
«Desde la antigüedad, el actor encarna
a tantos personajes como le son confiados. La televisión, hoy,
ha dado entre nosotros un cambio progresista a las reglas
tradicionales del oficio... Ahora se trata de representar a uno,
dos o varios personajes a la vez, ante las cámaras
de televisión, un adelanto que no merece sino el encomio,
por su extrema originalidad.
En la serie Verano del 98, la abuela de
Benjamín, de Clara, de Cony y de Yoko partió a
Buenos Aires desde Costa Esperanza, acompañada por su marido: iba
a cuidar a una hermana enferma. Al cabo de un
tiempo, el marido volvió a Costa Esperanza, solo. Nunca más
se dijo nada de la abuela ni de la hermana
enferma. Pero el observador perspicaz, que no cubre de infamia
la televisión, supo la verdad: la abuela, sin dejar de
serlo, se había convertido en madre italianizada de otra serie
del mismo canal, Trillizos...
Otra de las criaturas de ficción de Verano del
98, que había tomado los hábitos monjiles y partido al
África en misión de asistencia social, pronto reapareció en la
Argentina, ya sin hábitos, transformada en la sobrina de un
hombre rico y en la nieta de una especie de
mecenas de la infancia desvalida cuyo reino es un granero
(Chiquititas).
Pero
nada iguala lo sucedido con un tercer personaje de Verano
del 98. Bruno Beláustegui muere asesinado, unos días después de
casarse, por orden de un exitoso villano. Sin embargo, no
muere, como le había ocurrido al instigador un tiempo antes.
Alguien lo salva y lo alberga en su casa. Ha
quedado desfigurado por el ácido y oculta el rostro detrás
de unas vendas que apenas le dejan libres la boca
y los ojos. En un primer momento, Bruno era el
mismo actor, después fue sustituido. La razón, casi sobrenatural, es
muy simple: Bruno Beláustegui, médico, se había convertido en Sergio
Acosta, abogado, para enamorar a Milagros (Mili) en la serie
Muñeca brava. Todo al mismo tiempo...»
Otro milagro de la TV argentina atañe
a uno «de los grandes asuntos teóricos, el que versa
sobre el tiempo: Verano del 98 aparece desde dos años
y medio atrás, lo que significa haber multiplicado por diez
la duración de esa etapa de sólo tres meses... Ya
hoy, sin duda, es el verano más largo de la
historia humana, y tal vez de la prehistoria. Y esto,
también, no es poco adelanto, desde todo punto de mira».
«Los medios les
muestran y ofrecen a los chicos una realidad con una
velocidad tal que no tienen capacidad de analizar, de abstraer,
de conceptualizar, y eso les está generando una estructura mental
distinta de la nuestra», dice Federico Johansen, rector del colegio
Los Robles.
Su
experiencia le demuestra que los estímulos fuertes que vienen de
la mano de la explosión mediática tienen como contrapartida chicos
que se aburren cada vez más en la escuela y
que demuestran una notable falta de vocación para el esfuerzo.
Johansen trazó
el perfil del alumno secundario medio actual, con gran capacidad
intelectual, pero desmotivado y con tendencia al menor sacrificio posible,
que concurre al colegio por inercia y porque no tiene
otra cosa que hacer, dando vida a una realidad que
prolifera: la de los ‘secundarios guardería’, que tienen necesidad, más
que nunca, de profesores brillantes para lograr atraer la errática
atención de estos estudiantes.
«Antes se ponía en la primera hora al profesor
más serio o menos comunicativo, ‘más goma’, como dicen los
chicos, pensando que a esa hora todos estaban bien despiertos
para prestarle atención. Hoy tenemos que poner al más locuaz,
activo y divertido, para que los mantenga atentos, porque si
no se duerme», confiesa. «Haría falta un profesor estilo Tinelli.
Pero resulta que el Tinelli de la docencia no existe,
ni puede existir, porque lo que nosotros tenemos que pedirles
a los chicos es esfuerzo. Y eso es lo que
ellos no quieren.
Hoy, claramente, el problema no pasa por
la inteligencia, sino por la falta de voluntad. Hoy no
tenemos tecnología para educar la voluntad. Antes se respetaban los
horarios de las comidas, de las salidas, de irse a
la cama y, aunque hoy puedan parecer ejemplos estúpidos, lo
cierto es que eso iba educando el carácter desde la
casa. Ahora todo debe ser rápido, como las respuestas mediáticas.
Entonces los chicos, cuando tienen hambre, van a la heladera.
Antes, tener que esperar la hora de la comida era
una forma de educar la voluntad. Antes, a las 10
de la noche los padres te mandaban a la cama
y te ibas, te gustara o no. Hoy los chicos
ven televisión hasta la 1 o 2 de la madrugada
y después duermen toda la mañana arriba del banco, viven
tirados, todo les cuesta un terrible esfuerzo».
Giovanni Sartori, autor del
libro Homo videns. La sociedad teledirigida, afirma que «antes de
proclamar que la privatización mejora las cosas, es bueno tener
presente que para los grandes magnates europeos de hoy -los
Murdoch o los Berlusconi- el dinero lo es todo, y
el interés cívico o cultural es nulo. Y lo irónico
es que Berlusconi y Murdoch, en su escalada hacia los
desmesurados imperios televisivos, se venden como demócratas». «La TV produce
imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia
nuestra capacidad de abstracción y toda nuestra capacidad de entender».
«Si el periódico llega a decir, todos los días, que
lo que la televisión hace es estúpido, falso y que
no sirve para nada, esto podría mejorar la situación. El
diario debe combatir y no seguir a la TV. Debe
ridiculizarla, porque el cansancio de la gente existe». «La democracia
es, según creo, un gobierno de opinión, y la opinión
la da la televisión. Esto es un círculo vicioso donde
la opinión depende de la TV, la cual dice que
refleja la opinión del pueblo. Pero esto no es cierto,
porque la opinión del pueblo es un reflejo de la
televisión. La opinión tele-creada termina siendo menos informada y peor
informada que antes. Esto puede ser manipulado en forma notable
por la televisión, porque ella juega con las emociones de
la gente, y la excita para todo uso. (...) El
modelo consecuencia de esta opinión pública es una democracia populista
plebiscitaria, que se mueve sobre la base de olas emotivas,
a menudo dementes». «El crecimiento de las crónicas emotivas y
locales perjudica el conocimiento sobre el mundo. Allí se ve
la culpa de la televisión. Cuando la influencia de la
TV no existía, los diarios contenían más información del mundo».
«Si las madres se convencen de que la televisión hace
mal a los chicos, entonces allí pueden tener más cuidado.
Si yo fuera el doctor Spock escribiría un libro para
explicar que la TV puede hacer a un niño tan
malvado y violento como para matar a su madre. Bastaría
para convencerla. El chico no puede aprender a conocer el
mundo por imágenes si antes no aprendió a leer». «En
el video-niño no se desarrolla nada, menos un sentido crítico.
De un niño idiota surge un adulto idiota. Con esa
paideia no hay posibilidades. Hay que regresar a la educación
que contribuye a desarrollar el pensamiento abstracto, porque el sentido
crítico depende de él». «Cuando Nicholas Negroponte hace sonar la
trompeta para anunciar que el mundo digital es grandioso, de
infinitas posibilidades y de infinitas libertades, estas son tonterías graves.
El hombre es un burro nunca visto» (20). «Quienes hacen
la televisión son analfabetos» (21).
Costantin Costa Gavras, productor de
cine: «Me impresiona la vulgaridad de la TV». «La locura
del rating, esa carrera en la que más de uno
necesita desembarazarse de la mochila de la ética para llegar
más rápido». «La TV no es más que un objeto
y el problema no está en los objetos, sino en
los hombres y en lo que ellos hacen con esa
herramienta (...) que puede ser buena pero también diabólica. «Para
atraer al público, a menudo se utilizan los medios más
bajos, más vulgares (...) La vulgaridad es aún peor que
la violencia. (...) Es más fácil de imitar». «Creo que,
actualmente, terminamos pareciéndonos a lo que miramos. Cuanta más vulgaridad
haya en la tele, más vulgares seremos todos»(22).
Jesús Quintero,
notable periodista sevillano, hizo un impactante análisis sobre la mediocre
pantalla actual: «La TV está llena de bufones... En la
Argentina sólo estoy oyendo hablar de rating. ¡Y a mí
qué me importa eso! Yo no hago televisión para zapping.
Yo sé, por los años que llevo en la televisión,
cuáles son los recursos para tener más rating. Pero no
es honrado que nos transformemos en vulgares mercaderes». «Yo no
suelo analizar la política. Una vez, un periodista le preguntó
a Kissinger, 5 días antes de derrumbarse el Muro de
Berlín, si había alguna posibilidad de que el Muro cayera,
y Kissinger respondió que el Muro iba a permanecer todo
el tiempo del mundo. A la semana, ese periodista llamó
a Kissinger para decirle: "¿Qué me dice usted ahora?", y
él le dijo que nunca más iba a hacer un
análisis político» (23).
Pedro Simoncini, ex presidente de Telefé, sostiene que
«el horario de protección al menor es un excusa dialéctica
que los operadores de medios utilizan para justificar todas las
cosas inconvenientes que se instalan en la televisión antes y
después de esa franja horaria. No es posible evitar que
los chicos tengan acceso a contenidos inconvenientes, ni siquiera con
el control de los padres ni con el famoso chip
electrónico de Clinton. La única manera de evitarlo es que
los empresarios no los transmitan y que los anunciantes no
los respalden» (24).
Guillermo Jaim Etcheverry, médico, docente e investigador: «Una
gran parte de los que hablan desde la pantalla son
ignorantes, y ni siquiera saben que lo son» (25).
Alfredo Sáenz,
SJ, afirma que: «El imperialismo de la imagen va demoliendo
el reino de la palabra y de la inteligencia, con
el consiguiente acrecentamiento de la estupidez y de la necedad...
Un aspecto no
desdeñable es el influjo de la televisión en el seno
de la familia. De hecho, la televisión hace poco menos
que imposible la comunicación familiar. (...) El interés se traslada
a sucesos o personas lejanas, de modo que el televidente
se va convirtiendo en un ciudadano global, ciudadano del mundo,
dispuesto a apasionarse por causas totalmente remotas y hasta descabelladas...
A principios de 1997, toda Norteamérica se movilizó para salvar
a un perro labrador de ser muerto con una inyección...
Dicha comunión con lo remoto fomenta a veces el desinterés
por las cosas más cercanas, por la propia familia, justamente
en una sociedad caracterizada por el desarraigo. El hombre queda
reducido a ser pura relación, pero una relación apartada de
las religaciones naturales, una relación vacía que comunica vacío» (26)
(pp. 63-64).
Alexandr Solzhenitsyn, gran escritor ruso, con su habitual agudeza,
dice: «Y nuestra vida cotidiana gris es iluminada por el
centelleo azul de las pantallas de televisión, promesa de vida
y de cultura, único lazo real entre las personas en
un país que cae hecho pedazos. ¿Pero qué nos ofrece
que sirva para reconfortarnos y saciar nuestro apetito? Vulgaridad, vulgaridad
y aun más vulgaridad. Publicidad seductora que muestra la "vida
bella"... ¡y para el 98% de la población es tan
real como la vida en Marte! Una sucesión de imágenes
confusas y agitadas. "Series" importadas de baja calidad.
Sucedáneos del
espíritu. Estupideces en las que se asfixia la cultura. El
culto de la ganancia y la prostitución. ¡Esos banquetes insensatos
donde los afortunados de la capital se muestran ante el
país hundido en la miseria, la jactancia de los millonarios!
O esas payasadas chillonas de las autofelicitaciones televisadas...
Ya se sabe: Cuando la
carne está podrida, de nada sirve sazonarla. Es para vomitar:
el pueblo detesta la "caja", pero no puede estar sin
ella» (27).
Juan
Pablo II advierte con claridad acerca de la nefasta influencia
de los medios de comunicación sobre distintos aspectos de la
vida:
Sobre las familias: «No raras veces al hombre y
a la mujer de hoy día, que están en búsqueda
sincera y profunda de una respuesta a los problemas cotidianos
y graves de su vida matrimonial y familiar, se les
ofrecen perspectivas y propuestas seductoras, pero que en diversa medida
comprometen la verdad y la dignidad de la persona humana.
Se trata de un ofrecimiento sostenido con frecuencia por una
potente y capilar organización de los medios de comunicación social
que ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad
de juzgar con objetividad» (28).
«Viviendo en un mundo así, bajo las
presiones derivadas sobre todo de los medios de comunicación social,
los fieles no siempre han sabido ni saben mantenerse inmunes
del oscurecerse de los valores fundamentales y colocarse como conciencia
crítica de esta cultura familiar y como sujetos activos de
la construcción de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes
de este fenómeno, los Padres Sinodales han señalado en particular
la facilidad del divorcio y del recurso a una nueva
unión por parte de los mismos fieles; la aceptación del
matrimonio puramente civil, en contradicción con la vocación de los
bautizados a "desposarse en el Señor"; la celebración del matrimonio
sacramento no movidos por una fe vivida, sino por otros
motivos; el rechazo de las normas morales que guían y
promueven el ejercicio humano y cristiano de la sexualidad dentro
del matrimonio" (29).
«Precisamente por esto la Iglesia sigue con solícita atención
las orientaciones de los medios de comunicación social, cuya misión
es formar, además de informar, al gran público. Conociendo bien
la amplia y profunda incidencia de tales medios, la Iglesia
no se cansa de poner en guardia a los operadores
de la comunicación de los peligros de manipulación de la
verdad. En efecto, ¿qué verdad puede haber en las películas,
en los espectáculos, en los programas radiotelevisivos en los que
dominan la pornografía y la violencia? ¿Es éste un buen
servicio a la verdad sobre el hombre? Son interrogantes que
no pueden eludir los operadores de esos instrumentos y los
diversos responsables de la elaboración y comercialización de sus productos.
Gracias a esta
reflexión crítica, nuestra civilización, aun teniendo tantos aspectos positivos a
nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde
diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce
profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La
razón está en el hecho de que nuestra sociedad se
ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de
la verdad sobre lo que el hombre y la mujer
son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo
que son verdaderamente la entrega de las personas en el
matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y
la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la
educación. Entonces, ¿es exagerado afirmar que los medios de comunicación
social, si no están orientados según sanos principios éticos, no
sirven a la verdad en su dimensión esencial? Éste es,
pues, el drama: los instrumentos modernos de comunicación social están
sujetos a la tentación de manipular el mensaje, falseando la
verdad sobre el hombre. El ser humano no es el
que presenta la publicidad y los medios modernos de comunicación
social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de
alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su
vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer
en la dimensión del "gran misterio"» (30).
Sobre la falta
de justicia entre las relaciones de los pueblos: «Los Países
subdesarrollados, en vez de transformarse en Naciones autónomas, preocupadas de
su propia marcha hacia la justa participación en los bienes
y servicios destinados a todos, se convierten en piezas de
un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a
menudo en el campo de los medios de comunicación social,
los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la
parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida
consideración las prioridades y los problemas propios de estos países,
ni respetan su fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión
desviada de la vida y del hombre y así no
responden a las exigencias del verdadero desarrollo»31 .
Sobre la
pérdida del sentido del pecado y la moralidad: «La pérdida
del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma
o fruto de la negación de Dios: no sólo de
la atea, sino además de la secularista. Si el pecado
es la interrupción de la relación filial con Dios para
vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él,
entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar es
también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de
la propia existencia diaria. Un modelo de sociedad mutilado o
desequilibrado en uno u otro sentido, como es sostenido a
menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la
pérdida progresiva del sentido del pecado» (32).
«La conciencia moral, tanto individual
como social, está hoy sometida, también a causa del fuerte
influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro
gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien
y el mal en relación con el mismo derecho fundamental
a la vida» (33).
«La primera provocación proviene de una cultura hedonística que
deslinda la sexualidad de cualquier norma moral objetiva, reduciéndola frecuentemente
a mero juego y objeto de consumo, transigiendo, con la
complicidad de los medios de comunicación social, con una especie
de idolatría del instinto. Sus consecuencias están a la vista
de todos: prevaricaciones de todo tipo, a las que siguen
innumerables daños psíquicos y morales para los individuos y las
familias» (34).
Sobre su importancia en formar la cultura: «El
primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola -como
suele decirse- en una "aldea global". Los medios de comunicación
social han alcanzado tal importancia que para muchos son el
principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para
los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre
todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. Quizás
se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se privilegian
otros instrumentos para el anuncio evangélico y para la formación
cristiana, mientras los medios de comunicación social se dejan a
la iniciativa de individuos o de pequeños grupos, y entran
en la programación pastoral sólo a nivel secundario.
El trabajo
en estos medios, sin embargo, no tiene solamente el objetivo
de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho más
profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende
en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos
para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la
Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta
"nueva cultura" creada por la comunicación moderna. Es un problema
complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de
los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos
de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos.
Mi predecesor Pablo VI decía que: «la ruptura entre Evangelio
y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro
tiempo»; y el campo de la comunicación actual confirma plenamente
este juicio» (35).
Sobre influir a favor de la cultura
de la vida: «Grande y grave es la responsabilidad de
los responsables de los medios de comunicación social, llamados a
trabajar para que la transmisión eficaz de los mensajes contribuya
a la cultura de la vida. Deben, por tanto, presentar
ejemplos de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios
positivos y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo
con gran respeto los valores de la sexualidad y del
amor, sin enmascarar lo que deshonra y envilece la dignidad
del hombre. En la lectura de la realidad, deben negarse
a poner de relieve lo que pueda insinuar o acrecentar
sentimientos o actitudes de indiferencia, desprecio o rechazo ante la
vida. En la escrupulosa fidelidad a la verdad de los
hechos, están llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad
de información, el respeto a cada persona y un sentido
profundo de humanidad» (36).
Sobre la manipulación de la opinión
pública: «...la manipulación llevada a cabo por los medios de
comunicación social, cuando imponen con la fuerza persuasiva de insistentes
campañas, modas y corrientes de opinión, sin que sea posible
someter a un examen crítico las premisas sobre las que
se fundan» (37). ***
Hace años recordábamos: «La televisión, que por amenazar "los
diques saludables con los que la sana educación protege la
tierna edad de los hijos" (38), de tal manera destruye
que "no se podría imaginar cosa más fatal para las
fuerzas espirituales... que puedan sacudir y arruinar para siempre toda
una construcción de pureza, de bondad y de sana educación
individual y social" (39).
¿Habrá algo que exalte más la codicia, la ira,
la comodidad, el mundanismo, la venganza, la impureza y la
violencia -vicios todos diametralmente opuestos al espíritu de las bienaventuranzas
evangélicas-, que la televisión en particular y los medios de
comunicación social en general? Hoy, muchos hijos ven y oyen
más a la TV que a sus padres. Así saldrán:
serán hijos... de la TV» (40).
En fin, la TV puede usarse para
bien: Videos documentales, películas artísticas y moralmente sanas, programas educativos
y deportivos, laparoscopia, investigaciones de todo tipo, etc., pero su
uso masivo a nivel popular, de manera adictiva y compulsiva,
sin criterios de discernimiento, sin adultos que enseñen a discernir
críticamente, sólo puede provocar desinformación, contra cultura, vulgaridad y acelera
la debacle actual, en especial, en lo que hace a
los auténticos valores humanos y cristianos. Notas
(1) Diario La Nación,
5 de octubre de 1999, p.10. (2) Del inglés "zap" =
borrar; en presente progresivo tiene el sentido de "yo estoy
borrando"; es pasar de un canal a otro continuamente. (3) Del
verbo to chat = hablar a través de la Red
(Web). (4) Idem, nota 1. (5) Idem. (6) Idem. (7) Diario La Nación, 3
de agosto de 1999, p. 9. (8) Idem. (9) Diario La Nación,
3 de agosto de 1999, p. 9. (10) Adaptado de José
Luis Descalzo, Razones para vivir. Sociedad de Educación. Atenas. Madrid,
España; cit. por Nuevas Lecturas, n. 18, p. 38. (11) Diario
La Nación, 5 de octubre de 1999, p. 10. (12) Diario
Uno de Mendoza, 5 de junio de 1997, p. 36,
artículo de Vicente Verdu, de El País de Madrid. (13) Diario
La Nación, 27 de junio de 1999, p. 4, sec.
4. (14) Cfr. Adriana Petra, fuente internet, Revista Tres Puntos; cit.
Diario Los Andes, 18 de abril de 1999, sec. 2,
p. 3. (15) Cfr. Diario La Nación, 27 de junio de
1999, sec. 4, p.1. (16) Idem, nota 12. (17) Cfr. Alejandro Grimson,
para el diario La Nación, 27 de junio de 1999,
p. 4, sec. 4. El autor es especialista en Antropología
de la Comunicación, docente de la Universidad de Buenos Aires. (18)
Ramiro de Casasbellas, para el diario La Nación, 12 de
julio de 1999, p. 15. (19) Diario La Nación, 5 de
octubre de 1999, p. 10. (20) Diario La Nación, 20 de
octubre de 1998, p. 12. (21) Diario La Nación, 9 de
mayo de 1999, sec 7, p. 3. (22) Diario La Nación,
5 de junio de 1997, sec. 4, p. 3. (23) Diario
Ámbito Financiero, 16 de febrero de 1999, contratapa y p.
16. (24) Diario La Nación, Enfoques, 12 de septiembre de 1999,
p. 3. (25) Diario La Nación, 10 de septiembre de 2000,
p. 17. (26) Alfredo Sáenz, El hombre moderno, Ediciones Gladius, 1999,
p.58. (27) Alexandr Solzhenitsyn, Rusia bajo los escombros, Ed. Fondo de
Cultura Económica, Buenos Aires, 1999, pp. 101-102. (28) Encíclica Familiaris consortio,
4. (29) Idem, n. 7. (30) Carta a las familias, 20. (31) Encíclica
Solicitudo rei socialis, 22. (32) Exhortación apostólica Recontiliatio et paenitentia, 18. (33)
Encíclica Evangelium vitae, 24. (34) Exhortación apostólica Vita Consacrata, 88. (35) Encíclica
Redemptoris missio, 37. (36) Encíclica Evangelium vitae, 98. (37) Encíclica Centesimus annus,
41. (38) Pío XII, Miranda Prorsus, Colección Encíclicas Pontificias, Editorial Guadalupe,
p.2175. (39) Pío XII, I rapidi progressi, o.c., p. 2176. (40) Modernos
ataques contra la familia, Mikael 1977, n. 15.
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